Autocontrarretrato (24)

Siempre procuraba tropezar con el mismo pie. Aunque la piedra fuera otra. Guardaba las distancias y luego no las encontraba. No sabía qué pensar y, sin embargo, pensaba. Padecía claustrofobia y agorafobia a la vez, o de manera confundida e inapropiada. Su indolencia le permitió vivir largos años. Seguía haciendo cosas que no debía. Si volviera a estudiar de nuevo, solo se dedicaría a la arqueología y la ornitología. Lo demás le parecía superfluo. Cada vez que cruzaba un paso de cebra se sentía un poco beatle. No se metería, por nada del mundo, en un batiscafo. Ni aunque estuviera en superficie. No hacía más que traicionar sus propósitos de enmienda. Le hubiera gustado tener la paciencia de un río seco, su devastada dignidad. Tuvo una cita con el destino pero llegó tarde.

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El polvo de las alas de la mariposa

I

Uno de los libros más hermosos y devastadores que he leído nunca no es un libro. Solo pasado el tiempo adquirió apariencia de libro, pero cuando fue escrito -a cuatro manos- no pretendía serlo. Son las cartas que se escribieron durante años Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald, tan hermosos como malditos, pareja que fue paradigma del éxito, la belleza y el glamur más absoluto, y que, irremediablemente, lo fueron también del descenso a los infiernos de la desesperación, el alcohol y la locura. Mientras tanto, él escribía unas novelas brillantes como pocas, dolorosas como ninguna otra.

Ahora mismo no tengo a mano el libro en cuestión –“Cartas de amor y guerra (1919-1940)”-, una edición de los años 90 que no sé dónde anda ahora y que no puedo consultar ni releer. Pero que me ha venido ahora de golpe a la memoria -su aire, su ingenuidad, sus descensos- al leer estos días de verano “La muerte de la mariposa”, de Pietro Citati.

En el libro, vuelven a aparecer Francis y Zelda casi como personajes de su propia vida, de su propia historia. Y acaso lo fueron de verdad durante aquellos años espléndidos y fugaces, y esa fue su gloria y, al tiempo, su condena.

Su amor -ella una joven sureña de belleza almendrada y viva y caprichosa inteligencia, de clase alta, hija de un juez y nieta de un senador; él, un joven de clase media, apuesto y escrupuloso, que acabaría siendo el mejor, y el más rico, de los escritores de su época- acabó envuelto -y enredado- en una vida desenfrenada y de éxito, tanto literario como social, en una adictiva destrucción -propia y mutua-, en un carrusel de frivolidades y excentricidades que les llevaría a lo más alto y a lo más desgarrador. Como si fueran personajes de las novelas que él escribía.

Pietro Citati narra con precisión en este librito el esplendor y la caída de una de las parejas más envidiadas y de más éxito del Hollywood de los años treinta. De América a Europa, de la Costa Azul a París, su vida esos años fue una montaña rusa de derroche, lujo, excentricidad, peleas definitivas y arrepentimientos absolutos.

Todo se vio agravado por la aparición de una devastadora enfermedad mental. A Zelda le diagnosticaron esquizofrenia. A partir de ahora su vida se convertiría en una sucesión de ingresos en las más prestigiosas y caras clínicas psiquiátricas. Fitzgerald acrecentó, a la vez, su vieja tendencia al alcohol. Se aceleró la destrucción, como si la vida intentará cobrarse lo que le debían. Fueron las más espléndidas mariposas en el más espléndido jardín, pero ahora, aunque seguían aleteando, habían perdido el polvo de sus alas.

En sus últimos años, Fitzgerald, ya perdido el brillante cetro de mejor y más brillante novelista de su generación, intentando huir de la bebida y empleado en un estudio de Hollywood escribiendo diálogos para películas que casi nunca llegaron a rodarse, murió en 1940 de un ataque al corazón, tan debilitado. Algunos años después, en el hospital psiquiátrico en el que estaba ingresada de nuevo Zelda, se inició un incendio en las cocinas que rápidamente subió hasta las habitaciones. Murieron nueve mujeres. Entre ellas estaba Zelda, calcinada en su habitación cerrada con llave. Pudieron reconocerla porque una de sus chinelas quedó carbonizada solo en parte.

Los cuerpos de Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald fueron enterrados juntos. En la lápida, alguien -probablemente su adorada hija Scottie- mandó grabar las últimas palabras de “El Gran Gatsby”: “Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”.

II

Cuenta Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y del oficio de escribir: “Fitzgerald era siempre culpable de las cosas que, sin tener él la culpa, se le escapaban, y de las luces que se desplazaban de un lugar a otro del mundo. “No se puede tener nada -decía Anthony Patch en Hermosos y malditos– nada en absoluto […]. Es como un rayo de sol que entra en una habitación y se desplaza por ella. De pronto se detiene y baña de oro algún objeto carente de interés, y nosotros, pobres idiotas, tratamos de apresarlo. Sin embargo, cuando lo hemos hecho, el rayo de sol se desplaza hacia otro lado, y tú te has quedado con el objeto insignificante, pero aquel resplandor que te hizo desearlo se ha desvanecido ya…” Nada hay más doloroso que ese rayo que se desplaza y las heridas que nos infligimos persiguiéndolo. Quien escribe poemas y cuentos busca las luces que se desplazan, los destellos, los reflejos, mientras escucha con una atención cada vez mayor algo que suena al fondo, la poderosa o imperceptible música trágica de las cosas perdidas”.

Cuenta también Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y el éxito: “Una tarde en Nueva York […], se encontró dentro de un taxi entre edificios altísimos, mientras sobre su cabeza se extendía un cielo rosa y malva, y se puso a gritar porque tenía todo cuanto quería y sabía que nunca más sería feliz”.

Y también cuenta Pietro Citati en “La muerte de la mariposa” acerca de Fitzgerald y de Zelda y de la vida que vivieron: “Como les escribió a los Murphy casi tres años después, Fitzgerald tenía un consuelo: “¿Quién dijo que es asombroso que los dolores más profundos puedan transformarse, pasado el tiempo, en una especie de goce? Por supuesto, la copa de oro se ha roto, pero era de oro”.

Si hubieses visto

Si hubieses visto, como yo,
al aclarar, venir, desde la nada, los pájaros,
y edificarse, desde la nada, la luz,
recomenzando, trabajosamente, día tras día,
no como consecuencia, sino como condescendiendo a las leyes que observamos,
y recordaras, estremeciéndote, como yo, desde una cama
solitaria, la espuma del amor, bajando,
como una vestimenta nupcial, al encuentro
de su llanto, no quedaría, de esa pesadilla, ni la escoria,
aunque más no fuese por un momento. Porque hay más de una
realidad. Hay más de una realidad
o un nudo, centelleante, de realidad,
que cambia a cada momento y es, sin embargo, único.

Juan José Saer. Diálogo bajo un carro. El arte de narrar (1960-1975)

La educación sentimental

Frédéric
Volvía a su habitación; después, tendido en su diván, se entregaba a una meditación desordenada; planes de trabajo, proyectos de comportamiento, aspiraciones para el porvenir. Por fin, para liberarse de sí mismo, salía a la calle.

Madame Arnoux
A Madame Arnoux le faltaba el aliento. Se acercó a la ventana para respirar.
Al otro lado de la calle, en la acera, un embalador, en mangas de camisa, clavaba una caja. Pasaban coches. Ella cerró la ventana y fue a sentarse. Las altas casas vecinas ocultaban el sol, un ambiente frío llenaba la casa. Sus hijos habían salido, nada se movía alrededor de ella. Era como una inmensa deserción.

Final
Viajó.
Conoció la melancolía de los paquebotes, los fríos amaneceres bajo la tienda, el vértigo de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las amistades truncadas.
Regresó.
Trató gente, y tuvo otros amores todavía. Pero el recuerdo continuo del primero se los hacía insípidos; y además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación, se había perdido. Sus ambiciones intelectuales también habían disminuido. Pasaron años; y seguía soportando la ociosidad de su inteligencia y la inercia de su corazón.

Gustave Flaubert. La educación sentimental. 1869

Miro esa línea

Esa línea no existe y la miro.

Es el mar que rebosa hasta el cielo,
es el cielo que se deja caer hasta el mar,
pero ni existe el mar, ni existe el cielo;
existe el sol que me toca y el aire.

Sobre la arena discurrimos
entelequias demasiado reales,
como los hechos de nuestra vida
atrás, olvidada y recurrente,
los ojos incendiados
tras el rojo de los párpados.

Respirar es el mejor oficio
y sentir el aire que riza
ese mar inexistente,
bajo ese cielo azul
tan azul que duele.

Finalmente se encuentran,
todo el mar, todo el cielo,
sobre la falsa línea del horizonte.
Sé que no existe y la miro.
Oigo el mar acariciándome las telas
del corazón, suaves a su pesar.

El toque de las horas (y IV)

La vida diaria, los cotidianos quehaceres, los trabajos y los días de los habitantes de este pequeño pueblo de las montañas, recuperaron su antigua disciplina horaria. La normalidad y la rutina enderezaron los desvíos y anomalías que, en los últimos años, habían sumido a sus habitantes en un caos intrépido, pero poco recomendable. Ahora las autoridades, las gentes de orden y de bien, podían mantener su hueca respetabilidad sostenida por el exacto y repetido toque de las horas, cada cosa a su tiempo, sin posibilidad alguna de salirse del preconvenido carril. La hora de levantarse, la hora de acostarse, el inicio del trabajo, la apertura de los tiendas, el inicio de las clases en la escuela, el horario de las misas, la consulta del médico, la hora de la siesta, la hora de la partida en el casino, el regreso de las vacas al establo, las reuniones acordadas o el simple nos vemos esta tarde a las siete, eran calcados de un día a otro, exactos y predecibles, redescubriendo la posibilidad real de llegar tarde, ante la reconvención hipócritamente indignada del puntual que no atendía a excusas: dijimos que a las siete.

El alcalde estaba orgulloso de su obra y le gustaba observar desde el ventanal del consistorio cómo iban los niños a la escuela, las beatas a la iglesia, los jornaleros a los campos, el boticario a abrir la botica y las criadas a fregar arrodilladas las frías lanchas de los amplios y oscuros pasillos de las casas de las señoras más respetables. Era como si fuera él quien, gracias al nuevo reloj, diera cuerda a todos sus convecinos para que fueran donde debían, a la hora que debían. El mundo, al menos su pueblo, estaba bien hecho.

El toque de las horas -variando tan solo su número- era idéntico. Exacto uno y otro. Siempre el mismo. Con la misma intensidad cada toque e idéntica la duración de su eco. No era posible ni la variación ni, mucho menos, la improvisación. Y aquello -además de su infalibilidad- contribuyó, sin que se dieran del todo cuenta, a que los habitantes cayeran en una rutina triste, martilleada con la misma y reiterada precisión, algo apagada y sin vida. Iban y venían de sus tareas con un aire autómata, casi tan mecánico como el artilugio del reloj de la torre y sus señales horarias.

La tristeza, cierto desánimo inexplicable y una creciente falta de ilusión, se apoderaron de los habitantes del pequeño pueblo, que empezaron a sentir el toque de las horas como el golpe del martillo sobre el clavo que iba cerrando la tapa del ataúd. Sabían que con la última hora dada, con el último golpe de martillo, quedaría definitivamente cerrada la caja. Podían ser muchos los clavos, pero siempre hay uno que será el último. Tal vez no lo podían saber -o acaso lo preferían ignorar, no pensar mucho en ello-, pero algo intuían en ese desalmado golpeteo de las horas. Y, aunque no se atrevían a declararlo, empezaron a echar de menos aquellos años en los que el toque de las horas -esto es, el cruel e inmisericorde paso pautado del tiempo- estaba en manos del borrachín de la taberna. Aquella trepidante y descabellada sucesión de asincrónicas horas era recordada ahora como un tiempo feliz, más humano y, ay, más libre. Aquel malvivir era realmente vivir. Vivir la vida y sus arritmias.

Pero aquellos tiempos no volverían. Ya no había posibilidad de escapar de ese férreo y estrecho carril de una sola dirección que marcaban las horas del reloj de la torre. Antes podía ocurrir cualquier cosa. Ahora, con mecánica precisión, habían matado cualquier posibilidad de esperanza. No podías esperar ninguna alteración, ningún olvido, ningún fallo, ningún acierto, ninguna sorpresa. Este último febrero vieron algunas cigüeñas sobrevolar la torre buscando un lugar, una repisa, un saledizo, donde empezar a construir su nido, pero no lo encontraron. Todo estaba erizado de siniestros pinchos y barras cruzadas. Después de varios vuelos circulares de reconocimiento, se dirigían hacia otros lugares más amables. Si es que quedaban aún.

Todo el mundo, finalmente, se olvido del reloj y del toque mecánico de las horas. Supongo que lo dieron por bueno, empeñados ahora tan solo en sobrevivir a la rutina que les devoraba. Todo el mundo, menos el borrachín de la taberna, que cada vez pasaba más horas en aquel recinto oscuro y mal ventilado. Ahora sin trabajo, y convenientemente bebido desde que despertaba ahogado por las toses del tabaco hasta que se caía derrumbado al llegar a su cuchitril, se dedicaba a filosofar. Acerca del tiempo. Era su tema favorito. Algún parroquiano le atendía a veces, hasta que dejaba de prestarle atención porque, realmente, se ponía muy pesado. Así pasaba los días, ajeno al toque de las horas. Los únicos que respetaba, decía, eran la salida del sol -aunque aún le pillaba en su camastro-, la puesta del sol -que apenas llegó a ver ningún día, porque a esas horas, claro, estaba en la taberna-, y el canto del gallo. Eran los únicos hechos que podían medir el tiempo y los únicos que merecía la pena respetar como señales para regir nuestra vida diaria.

Algunas noches intempestivas, de lluvia recia o temporal, le vieron en la plaza buscar piedras en el suelo y tirarlas con furia contra el reloj de la torre. El intento era ridículo, más bien patético, ya que sus fuerzas eran escasas, inversamente proporcionales a su rabia. Pero allí se le vio algunas noches, al abrigo de la oscuridad, apedreando el maldito reloj.

El toque de las horas (III)

Todos sabían qué hora era, pero nadie podía adivinar cuánto iba a durar esa hora, ni tan siquiera si después de las cuatro iban a dar -fuera el que fuera el lapso de tiempo que pasara entre una y otra- las cinco. Sabían a qué atenerse, pero no durante cuánto tiempo. Esto llevó a sus habitantes a una situación de desasosiego que se tradujo en una extenuación general. Y las autoridades -alcalde, junta de gobierno, párroco y señoras principales- decidieron reunirse para tomar medidas. Y se citaron a las seis de la tarde de ese mismo día. Había anochecido cuando dieron las cinco. Pero como todos habían acudido ya a la sala de juntas -algunos estaban allí desde la tres de la tarde, por si acaso- decidieron empezar la reunión antes de la hora fijada. Esto es, varias horas después de la seis.

Prescindir de los servicios del borrachín de la taberna era lo que les pedía el cuerpo a todos. Pero cuando uno de los concejales recordó los días anteriores a la muerte del sacristán, ese silencio ominoso e insoportable, decidieron aplazar esa decisión. Tal vez, si le reconvenían seriamente podía rectificar su actitud y volver a ordenar -tampoco era tan difícil- el toque de las horas. También hubo quien dijo que eso no valdría de nada. Pero por intentarlo que no quedara. El alguacil se acercó a la taberna y volvió con el campanero, eximido, en este caso, de su obligación de tocar la hora que le correspondía. Aunque no sabía muy bien cuál era. Iba ya dando un poco igual. Tenía que ser consciente de su responsabilidad, de que la situación actual era insostenible, que nadie sabía ya a qué atenerse y que tenía que recuperar algo, aunque fuera un poco, de sobriedad, para dar las horas a su hora, una detrás de otra por su natural orden. Escuchaba y asentía. Eso era lo que hacía ante la comisión. Escuchaba y asentía. Tampoco le dejaban hablar. Aunque pudo aprovechar un resquicio para iniciar una tartamudeante perorata en su defensa. Explicó que todo tuvo su inicio en el primer retraso, de apenas un minuto y del que nadie se dio cuenta. Hasta ese día -aunque tampoco nadie se dio cuenta de eso- su trabajo fue un paradigma de rigor y exactitud. Pero ese inapreciable retraso dio al traste con todo. A partir de ahí, intentó subsanarlo y empezó a hacer sumas y restas para que todo volviera a cuadrar. Pero algo falló en sus cálculos, porque todo fue a peor. El tiempo que ganaba por un lado, lo perdía por otro. Y empezó a hacer trampas para recuperar así el tiempo perdido. Y las trampas, en lugar de solucionar nada, fueron haciendo más ingobernable la sucesión ordenada y natural de los toques… ¡Basta!, gritó el alcalde, que quiten de mi vista a este tarado. Asustado e incomprendido, se retiró a la taberna. Aunque antes se acercó a la torre para dar las seis.

A pesar de la irritación de las autoridades, incapaces de dar solución a tan singular problema, los habitantes admitían de buen grado -como ocurría con la lluvia, el sol o las tormentas- los constantes sobresaltos a los que les sometía la asimétrica y alterada duración de las horas, aunque evitaban expresarlo en público. Visto desde fuera -cualquier visitante o forastero así lo percibiría- aquello era un caos, pero ese caos estaba regido por el toque de las horas de las campanas de la torre. Eso no convenía olvidarlo. Tenían unas pautas que aún no habían descifrado, y de ahí su apariencia -solo su apariencia- de caos. El borrachín de la taberna estaba convencido de que, tarde o temprano, daría con ellas, con esas pautas, averiguaría su sentido que, por ahora, a él también se le escapaba.

Intentaba ajustar el tiempo, recuperar el perdido o adelantar el que faltaba, devolverlo a su origen exacto, y a pesar de lo inútil de sus intentos, se obcecaba en mantener, fuera cual fuera su duración o periodicidad, el toque de las horas, como si fuera el definitivo -y único- compás de la vida de los habitantes de aquel pequeño pueblo de las montañas. Y comprobaba maravillado, casi en éxtasis, cómo sus convecinos se amoldaban -como podían, aun maldiciendo a veces- a ese extraño e impredecible compás. Horas de levantarse o de acostarse, horas de empezar los oficios o de ir a la escuela, horas de atender al ganado, hora de abrir los negocios y tiendas, hora de cerrarlas, horas de las misas, horas fijadas para encuentros o reuniones, se ajustaban a esos toques de las horas que el pobre borrachín intentaba organizar según su cada vez más estropeado criterio. La buena intención no se la negaba nadie. Es difícil comprender cómo se puede vivir -ordenar los pequeños acontecimientos de la vida cotidiana- en semejante estado, permanentemente alterado, pero los habitantes de aquel pequeño pueblo sí que fueron, durante esos breves años, capaces. Vivían, si me permiten la expresión, en un delicioso caos.

Pero aquellos prohombres que siempre procuran el bien de sus gobernados, sabían que, de alguna manera, aquel desordenado y antitemporal modo de vida minaba su autoridad. Esos alternantes e imprevistos toques de las horas iban, en definitiva, en contra del orden con mayúsculas que ellos no solo representaban, sino que tenían la obligación de vigilar y mantener. También, por derivación, este radical desorden atacaba la principalísima idea de jerarquía, y por ende, de sumisión. Su autoridad se basaba en la abolición del azar y el albedrío, y este maldito campanero, con su inepcia, la estaba subvirtiendo.

Uno de los concejales, de vuelta de uno de sus viajes a la capital, le comentó al alcalde que allí, en las torres con reloj, habían incorporado un nuevo invento, un artilugio que, conectado al reloj principal, activaba una grabación que reproducía el tañido de las campanas cada hora, marcando con cada tañido grabado la hora que era de manera automática y precisa, y lo que era lo mejor de todo, sin necesidad de campanero. El alcalde vio el cielo abierto. Una comisión viajó a la capital a pedir presupuesto. Se organizó una cuestación -que aunque era voluntaria, la presentaron sutilmente como obligatoria si no querían atenerse a futuras consecuencias que podían ser de todo tipo- entre todos los vecinos, y la empresa instaladora fue requerida para que, cuanto antes, viniera a poner en marcha tan avanzada y beneficiosa maquinaria. Los días del campanero estaban contados. Desde que se enteró, sus toques sonaban más flojos, más lentos, casi melancólicos, menos desordenados, se diría.

El día de la inauguración el consistorio organizó una gran fiesta. El cura aprovechó que la iglesia estaba llena de feligreses para dar una de las más largas homilías que se le recuerdan, los bares de la plaza extendieron sus terrazas por las calles aledañas, requiriendo incluso el mobiliario -sillas y mesas- de sus casas, un tiovivo chirriaba con extraordinarios brillos, puestos de helados y bocadillos desprendían un olor que debía ser considerado como apetecible, un hombre vendía globos y la orquesta estaba aún montando el escenario para que cuando diera orden el alcalde, atacar los consabidos y estruendosos pasodobles. El borrachín de la taberna lo miraba todo con ojos vidriosos, aunque eso no era novedad en él. Miraba la torre y el nuevo reloj. Cuando iban a dar las siete de la tarde, hora convenida para su puesta en marcha, prefirió no verlo y se metió en la taberna. Cuando sitió el primer toque automático del reloj de la torre se tapó los oídos con fuerza para no oír el resto. Una vez dadas la siete empezó la fiesta.

La empresa que instaló el artilugio también aprovechó -siguiendo las instrucciones del alcalde- para colocar unos pinchos metálicos por todas las cornisas y salientes de la torre, lo suficientemente numerosos, largos y tiesos como para evitar que construyeran allí las cigüeñas sus nidos, tan sucias, engorrosas y molestas. La impoluta torre recortaba, erizada, al aire azul de la tarde, su nítida y esbelta silueta. La campana quedó también fijada con unos anclajes para evitar que el viento -ni nadie- la desplazara. Quitaron el badajo y la campana quedó muda, de adorno. La grabación reproducía, con una asombrosa precisión, sus tañidos. Ahora no era necesaria. Una campana sin badajo, una torre sin cigüeñas… musitaba el borrachín en la taberna, compadeciéndose más del pueblo que de sí mismo.