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En las afueras

Llevo las botas manchadas de barro
y el humo de las fábricas en los ojos.
Camino por las cunetas pisando una hierba
exhausta entre restos de plásticos
y pañuelos de papel usados. Desperdicios
de vidas asomadas a la ventanilla de un coche
viajando demasiado deprisa hacia la nada.
El apocalipsis no nos cogerá por sorpresa.
Lo hemos roto en pedazos antes siquiera
de saber para qué servía.
Un aura de tranquilidad envuelve
unas casitas bajas en las afueras.
Pero es una falsa impresión. No hay salida
ni paz en los desvíos. La sombra de un árbol seco
es muy escasa. Muy parecida a la nuestra.
Alguien camina con una bolsa de plástico
llena de latas de comida. Un tren de mercancías
pasa despacio como si no acabara nunca de pasar.
Dios sabe que he dado muchas vueltas
para no llegar a ningún sitio. ¿Cuándo
empezó la función? ¿Ha terminado ya?
De los viejos cuarteles abandonados
quedan los puestos de vigilancia vacíos.
Todo está lleno de escombros y amapolas.
Los cuatro jinetes pasaron de largo por aquí.
No había nada que hacer y lo dejaron todo
tal y como estaba. Conviene llevar siempre
una navaja en el bolsillo. Por la noche
encenderemos un fuego con palés
y un poco de gasolina. Miraremos
las pavesas ascender en lo oscuro
hasta desaparecer. Aquellos hombres
han olvidado lo que decía el sermón de la montaña.

Necesitaba dos relojes. Uno para que diera el tic, y otro, el tac. Debían estar perfectamente sincronizados. El tac del segundo reloj debía anular el tac del primero, de la misma manera que el tic del primer reloj debía anular el tic del segundo. O viceversa. Cualquier fallo o desajuste podría resultar fatal. No podría soportar dos tic seguidos, ni dos tac. Tampoco podía siquiera imaginar que el tac que siguiera al tic del primer reloj fuera el de este mismo reloj. Todo, entonces, carecería de sentido. Tampoco, nunca, el tic del segundo reloj podía anular al tic del primero. Un tic del segundo reloj debía ir seguido entonces del tac del primer reloj. No cabía otra posibilidad. Tenían que ser alternos. Aunque, es verdad, fuera cada vez más difícil distinguir el tic y el tac de uno, del tic y del tac del otro. Muchas veces era tal el parecido que no quedaba más que confiar en que eran de relojes diferentes. Todo -el orden del mundo y de su vida- se sostenía en que lo fueran, en que el tic del primer reloj anulara el tic del segundo reloj y que fuera seguido por el tac de este segundo reloj, que, a su vez, anulaba el tac del primer reloj. O viceversa. Pero que siendo diferentes los relojes, debían funcionar como si fueran el mismo. El que cada reloj marcara una hora distinta, daba un poco igual.

Muchas tardes se les veía avanzar muy despacio por la acera cogidos del brazo. Salían a dar un paseo y, ya de vuelta, se paraban a tomar algo en el bar de la esquina. En una primera impresión pudiera parecer que era él quien había propuesto salir y no ella, pero si te fijabas con un poco más de atención, y a pesar de que ella ya no iba a cumplir los ochenta y era pequeñita como un pájaro, te dabas cuenta de que había sido ella quien le había propuesto a su hijo salir a dar un paseo y tomar un café, y de que era ella, a pesar de su edad y de su aspecto, quien iba tirando de los dos. Aunque fuera, le dijo, un descafeinado de sobre. Avanzaban con lentitud, ella mirando los escaparates de las pocas tiendas de toda la vida que iban quedando en el barrio y él con la mirada un poco perdida, como si estuviera buscando un taxi que ya no necesitaba. Sus ropas, a pesar de ser de otra época, eran todavía elegantes, y conservaba la extraña pareja un aire de bohemia distinción.

Le reconocí enseguida, a pesar de que había aparecido escasamente en los medios de comunicación. Resultaba inconfundible con sus ojos claros y su melena cuidadosamente enmarañada, un poco a la manera de un Dylan joven. Era, sin duda, él, no me podía equivocar, uno de los más grandes -y cruelmente infravalorados- músicos de este país, un tipo de extraordinario talento al que le persiguieron durante toda su accidentada carrera la mala suerte y las excelentes críticas, convirtiéndose finalmente en un caso perdido, en eso que llaman un artista de culto. Nunca estuvo en el sitio adecuado en el momento justo. Siempre fuera de tiempo y lugar. Todo este malditismo lo llevaba con una inusual elegancia y una connatural tendencia a abstraerse en una especie de nebuloso autismo. Sus canciones -pequeñas joyas de orfebrería pop- debían flotar en esa neblina que le acompañaba.

Antes de que entraran en la cafetería, me adelante a ellos y entré primero. Después de unas necesarias y excesivamente lentas maniobras, se sentaron en una mesita junto a la ventana. Esa lentitud no era producto, como pudiera parecer, de los estragos de los muchos años, sino consecuencia de una rara falta de prisas, de una manera de moverse por el mundo distinta. Luego él se levanto hasta la barra a pedir un descafeinado para su madre. Él no iba a tomar nada. Permaneció mirando con atención los movimientos de la camarera estrangulado el artilugio de la cafetera para calentar la leche. Así debían de sonar antiguamente las locomotoras de los trenes al entrar o salir de la estación. Le costó mucho llegar hasta la mesa sin verter nada pero al fin lo consiguió como si hubiera llegado a tierra firme después de atravesar un proceloso oceáno. La tarde dejaba que una luz sucia entrara por el ventanal. Comidas caseras, raciones, tapas. Al rato él se levantó de la silla para sentarse en uno de los taburetes de la barra. ¿A dónde vas?, le dijo ella. Aquí, a mirar un rato. Y miro el espacio del bar, con todos los que estábamos allí dentro, con la misma atención que un niño mira el interior de un acuario. Aunque lo que le interesaba realmente -de eso me di cuenta un poco después- era la máquina tragaperras que había en la esquina más cercana a la barra, al lado de la máquina de tabaco. Bailaban los dibujos de cofres del tesoro y las frutas acompañados por una breve y obsesiva musiquilla. Avance.

Días después le volví a ver en la estación del metro, iba solo y demasiado abrigado para la época en que estábamos. Estaba delante de uno de los planos del metro y lo miraba como si estuviera intentando desentrañar el significado de la piedra de Rosetta. Solo después del pitido que anunciaba con estrépito la entrada de los vagones en el andén, se dio la vuelta y entró. Nunca me ha gustado abordar a la gente -ni siquiera a los conocidos-, pero esta vez me armé de valor -o de inconsciencia- y me acerqué a él para preguntarle si era realmente él. Me miró sorprendido y me respondió muy bajito. Intenté hablarle de sus discos, le pregunté si estaba haciendo algo ahora. Respondía brevemente. Seguía sorprendido. Terminamos hablando de blues. Me preguntó por mis artistas de blues favoritos, no sé, Robert Johnson, Charlie Patton, Skip James, Mississippi John Hurt, Leadbelly, Lightnin’ Hopkins, Big Bill Broonzy… Fue la única parte de la conversación que le interesó. Pero había llegado a su estación y tenía que bajarse. Le vi alejarse -cuando en realidad me estaba alejando yo- en dirección contraria, con su abrigo corto y su bolsa amarilla de una tienda de discos del centro hacia la boca de salida. La multitud le seguía ignorando.

Muy de vez en cuando, cuando salía por el barrio, volvía a verle acompañando a su madre a dar un paseo -cuando en realidad era al revés-, levantando la enmarañada cabeza y arrastrando a su octogenaria acompañante con paciencia y delicadeza -cuando en realidad era al revés.

Como en la editorial en la que trabajaba estábamos a punto de publicar una nueva colección de libros de música -y yo sabía que, a pesar de tocar blues y pop, él tenía por músicos inspiradores -su particular hall of fame, como había confesado en más de una ocasión- a Erik Satie, Franz Lehár, Leoncavallo, Kurt Weill, Jimmy Van Heusen, Hoagy Carmichael o Nat King Cole Porter, y que mostraba una cultura musical inusual y personal- decidí distraer algunos ejemplares y llevarlos ese día a la cafetería, esperando que volviera la extraña pareja a tomar el café. Tal vez le pudieran interesar esos libros. Esperé la ceremoniosa y repetida maniobra para colocarse en la mesa del ventanal y, antes de que él se levantara a curiosear por las cercanías de la máquina tragaperras, me acerqué, saludé a la madre, que creo que no me oyó, y le di los libros a él. Hablan de grandes músicos. Apenas me dio las gracias y me alejé, con la intención de no volver a molestarle más. Ya era casi de noche.

Al día siguiente le volví a ver. Iba solo y con los libros bajo el brazo. Era como si le pesaran demasiado. Giró la esquina y me dio justo tiempo para verle entrar en la pequeña tienda de discos que quedaba, como un resto de otra época, en el barrio. Ahora, ya que apenas se vendían discos, se dedicaba sobre todo a la compra y venta de libros de segunda mano. Unos minutos después le vi salir sin nada en los brazos. Se había quitado un peso de encima.

Cuando entré en la cafetería, estaba frente a la máquina tragaperras gastándose lo que le habían dado por los libros. Me pareció genial.

Agárrame fuerte. Iremos de la mano hacia el desastre.
Tomar una decisión difícil es una de las cosas más sencillas del mundo,
así que no tienes por qué preocuparte. Equivocarse
forma parte del juego. Ni siquiera, al final, la banca gana.
Todos perdemos siempre.
Solo debes fijarte en cómo se alargan los días
y en cómo la luz se estira a última hora de la tarde.
Aunque ya sabes que no hay nada gratis.
Quiero que sepas que no fue fácil hacerlo tan mal.
Ojalá llueva toda la noche y oigamos caer el agua
por el tubo metálico de los canalones.
Será nuestra música perfecta y acuática
hasta que la luz del amanecer lo diluya todo.
Los pájaros empezarán a cantar
y el desastre estará cada vez más cerca.
No, no es necesario que te quites la venda de los ojos.

“Tenemos que hablar, aunque no sirva de nada”,
dijo mirándome a los ojos mientras el gato
se escapaba al patio de atrás a jugar con la basura.
Me acordé entonces de aquel tiempo
en el que no teníamos que hablar
y acabábamos de pintar nuestra casa.
Job no se atrevió nunca a traspasar
los límites de su paciencia pero yo sí.
Ahora cuando me miro al espejo veo
una vieja fotografía y al fondo
una oscura figura de tahúr me enseña
sobre su mano un corazón que aún palpita.
Lo debe de haber robado porque sonríe.
El diablo sabe a la perfección hacer la señal
de la cruz. Es él quien mejor se santigua.
Tiene una práctica de siglos
y conocimiento de causa.
Ella no sabe que la ley del mínimo esfuerzo
requiere también grandes sacrificios.
No sé por qué hemos dejado de entendernos.
Ahora que lo pienso, una mariposa
debe mirar con horror a un pájaro.

 

La brizna de hierba, cuando nació, quiso llegar al cielo. Esta era su sencilla pretensión. Llegar al cielo. Ni siquiera pensaba en la distancia que le separaba de su objetivo, ni en el impulso o la fuerza que necesitaría para llegar tan alto. Ella empezó haciendo lo que tenía que hacer. Nacer, salir a la superficie y empezar a crecer. Le gustaba verse ya erguida, separándose unos milímetros del suelo hacia lo alto. Aunque aún le quedaba mucho, es cierto. Pero, al menos, la dirección era la correcta. Le gustaba mirar las nubes y no le parecía que estuvieran tan lejos.

El cielo, mientras tanto, desde la alta distancia, la observaba con ternura, contemplando su esfuerzo baldío, pero contento al verla separarse -aunque fuesen solo esos milímetros- del suelo. Era tan importante para él ver crecer la hierba que se diría que no eran las altas montañas de más de ocho mil metros quienes -como pensaba la gente- le sostenían, sino esas briznas que intentaban, desde tan lejos, desde tan abajo, llegar hasta él. Aunque nunca lo conseguirían.

Le hubiera gustado no estar tan alto ni tan lejos para poder sentir más cerca esa brizna de hierba que, en cuanto nació, en lo único que pensó fue en llegar al cielo. El cielo, por eso, enviaba la lluvia y la luz del sol, enviaba las ráfagas de viento que hacían cimbrearse a la brizna de hierba. Con eso tendría que conformarse la brizna de hierba y con eso tendría que conformarse el cielo.

La brizna de hierba, es cierto, desde el mismo momento en que nació, quiso llegar al cielo. Luego se dio cuenta de que no era necesario.

-El que dijo aquello de que yo soy yo y mis circunstancias no dijo más que una perogrullada. Pero ahí ha quedado la frase para los restos, como si fuera una profunda máxima filosófica. ¿Quieres otra cerveza? Claro que somos nuestras circunstancias, que son ellas quienes nos construyen, que son ellas quienes nos impulsan o quienes nos doblegan, quienes nos ayudan a avanzar o nos limitan dolorosamente. Esto es de cajón. Y también es evidente que suelen ser más habituales las que nos limitan y nos doblegan. Pero no todas las circunstancias son iguales. Hay circunstancias que nos vienen impuestas y otras que elegimos. No hay quien se coma estas patatas. Están saladísimas. Y chorrean pringue. Es curioso, la vida nos va asignando unas circunstancias que nos vienen sobrevenidas, no hay elección posible ni posibilidad de liberarse de ellas, pero por si fueran pocas, o acaso con la ingenua intención de escapar de aquellas, uno va escogiendo otras nuevas circunstancias, que elegimos nosotros solitos, consciente o, más bien, inconscientemente. ¿Qué hora es? Aún tenemos algo de tiempo. Pero al final, las circunstancias que uno ha elegido y las que nos han venido impuestas, al final, digo, acaban confundiéndose. ¿No tomas nada más? Y se confunden de tal manera que uno no sabe si las que ha elegido libremente son las que le han venido impuestas, o si las que le han venido impuestas son las que uno ha elegido verdadera y definitivamente. O por lo menos, estas últimas son las que terminamos por aceptar mejor. O no. No sé. Depende de las circunstancias -da igual que sean impuestas o elegidas- de cada uno y depende de cada uno. Aunque, lo que está claro, es que no tenemos escapatoria. Las circunstancias nos persiguen. Nos tienen acorralados. Yo apenas soy yo, soy más bien mis circunstancias. A menudo tengo la sensación de que solo soy mis circunstancias. Un ser puramente circunstancial. Un ser invadido por las circunstancias, casi un no-ser. No sé si podría -si sería capaz de, si me atrevería a- vivir sin ellas.

-Cada vez te explicas peor, más confusamente. Y sobre todo, todo esto que me cuentas suena a justificación. Y no sé muy bien por qué hay que justificarse. No sé por qué te estás siempre justificando. Anda, llama al camarero y paga. Que nos vamos. Al final se nos va a hacer tarde. Y deja de comer ya esas patatas.