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Como Sísifo

La luz del amanecer envejece enseguida.
Bajo esa luz Sísifo silba distraído
mientras alguien le recuerda al oído
que intentarlo no es suficiente, y que acabar
no es sino otra manera de empezar.
De pronto me di cuenta de que había caído
en una trampa que yo mismo llevaba años fabricando.
El lecho en el que me recuesto tiene la suavidad
de la ceniza, su próxima inexistencia.
Ahora tengo que aparentar que estoy buscando la llave,
cuando la cerradura ha estado siempre abierta.
Alguien me recuerda al oído que no hay mayor desgracia
que el conocimiento sin sabiduría,
que todo está antes o después, nunca ahora,
que todo, al fin, llega cuando ya no importa,
y que hay lágrimas que son inexplicables.
Sin embargo, una lluvia que durara varios días
sería suficiente -esos grandes charcos después al sol-
para que Sísifo volviera a silbar distraído
bajo la luz sucia del amanecer.

Circunstancias me han mantenido alejado de este quaderno. Creo que ha sido, en estos seis o siete años, la primera vez que lo he abandonado durante tanto tiempo. Se había convertido en una rutina, costumbre o lastre que me ha ido acompañando, casi a diario, hasta convertirse en una especie de fiel obsesión o necesaria vía de escape. Pero de este abandono obligado -de esta interrupción que no sé si se alargará mucho más tiempo- he podido sacar un par de conclusiones.

El número de visitas, a pesar de la inactividad -o, tal vez, provocada por ella-, y en contra de lo que pudiera ser más lógico y yo mismo podría suponer, se ha mantenido constante, en su legendaria y habitual escasa proporción, con cifras a las que ya me he habituado, que rara vez alcanzan los dos dígitos, pero constante. No publicar no me ha hecho perder lectores.

La otra conclusión me atañe más directamente. Ya he comentado que durante estos seis o siete años he procurado mantenerme fiel -de una manera disciplinada y absurda- a este quaderno. Nos hacíamos compañía. Y ahora que algunas circunstancias nos han separado, he descubierto que, en contra de lo que suponía o imaginaba, puedo perfectamente vivir sin él. No me es necesario ya devanarme la sesera para, cada dos o tres días, escribir algo, lo que sea, como sea. Puedo permanecer días y días sin asomarme a él, sin siquiera pensar en él. Este intermedio forzoso me ha servido para darme cuenta de que puedo alejarme de él sin pena.

Lo que no me explico es por qué estoy escribiendo esto ahora.

En las afueras

Llevo las botas manchadas de barro
y el humo de las fábricas en los ojos.
Camino por las cunetas pisando una hierba
exhausta entre restos de plásticos
y pañuelos de papel usados. Desperdicios
de vidas asomadas a la ventanilla de un coche
viajando demasiado deprisa hacia la nada.
El apocalipsis no nos cogerá por sorpresa.
Lo hemos roto en pedazos antes siquiera
de saber para qué servía.
Un aura de tranquilidad envuelve
unas casitas bajas en las afueras.
Pero es una falsa impresión. No hay salida
ni paz en los desvíos. La sombra de un árbol seco
es muy escasa. Muy parecida a la nuestra.
Alguien camina con una bolsa de plástico
llena de latas de comida. Un tren de mercancías
pasa despacio como si no acabara nunca de pasar.
Dios sabe que he dado muchas vueltas
para no llegar a ningún sitio. ¿Cuándo
empezó la función? ¿Ha terminado ya?
De los viejos cuarteles abandonados
quedan los puestos de vigilancia vacíos.
Todo está lleno de escombros y amapolas.
Los cuatro jinetes pasaron de largo por aquí.
No había nada que hacer y lo dejaron todo
tal y como estaba. Conviene llevar siempre
una navaja en el bolsillo. Por la noche
encenderemos un fuego con palés
y un poco de gasolina. Miraremos
las pavesas ascender en lo oscuro
hasta desaparecer. Aquellos hombres
han olvidado lo que decía el sermón de la montaña.

Necesitaba dos relojes. Uno para que diera el tic, y otro, el tac. Debían estar perfectamente sincronizados. El tac del segundo reloj debía anular el tac del primero, de la misma manera que el tic del primer reloj debía anular el tic del segundo. O viceversa. Cualquier fallo o desajuste podría resultar fatal. No podría soportar dos tic seguidos, ni dos tac. Tampoco podía siquiera imaginar que el tac que siguiera al tic del primer reloj fuera el de este mismo reloj. Todo, entonces, carecería de sentido. Tampoco, nunca, el tic del segundo reloj podía anular al tic del primero. Un tic del segundo reloj debía ir seguido entonces del tac del primer reloj. No cabía otra posibilidad. Tenían que ser alternos. Aunque, es verdad, fuera cada vez más difícil distinguir el tic y el tac de uno, del tic y del tac del otro. Muchas veces era tal el parecido que no quedaba más que confiar en que eran de relojes diferentes. Todo -el orden del mundo y de su vida- se sostenía en que lo fueran, en que el tic del primer reloj anulara el tic del segundo reloj y que fuera seguido por el tac de este segundo reloj, que, a su vez, anulaba el tac del primer reloj. O viceversa. Pero que siendo diferentes los relojes, debían funcionar como si fueran el mismo. El que cada reloj marcara una hora distinta, daba un poco igual.

Muchas tardes se les veía avanzar muy despacio por la acera cogidos del brazo. Salían a dar un paseo y, ya de vuelta, se paraban a tomar algo en el bar de la esquina. En una primera impresión pudiera parecer que era él quien había propuesto salir y no ella, pero si te fijabas con un poco más de atención, y a pesar de que ella ya no iba a cumplir los ochenta y era pequeñita como un pájaro, te dabas cuenta de que había sido ella quien le había propuesto a su hijo salir a dar un paseo y tomar un café, y de que era ella, a pesar de su edad y de su aspecto, quien iba tirando de los dos. Aunque fuera, le dijo, un descafeinado de sobre. Avanzaban con lentitud, ella mirando los escaparates de las pocas tiendas de toda la vida que iban quedando en el barrio y él con la mirada un poco perdida, como si estuviera buscando un taxi que ya no necesitaba. Sus ropas, a pesar de ser de otra época, eran todavía elegantes, y conservaba la extraña pareja un aire de bohemia distinción.

Le reconocí enseguida, a pesar de que había aparecido escasamente en los medios de comunicación. Resultaba inconfundible con sus ojos claros y su melena cuidadosamente enmarañada, un poco a la manera de un Dylan joven. Era, sin duda, él, no me podía equivocar, uno de los más grandes -y cruelmente infravalorados- músicos de este país, un tipo de extraordinario talento al que le persiguieron durante toda su accidentada carrera la mala suerte y las excelentes críticas, convirtiéndose finalmente en un caso perdido, en eso que llaman un artista de culto. Nunca estuvo en el sitio adecuado en el momento justo. Siempre fuera de tiempo y lugar. Todo este malditismo lo llevaba con una inusual elegancia y una connatural tendencia a abstraerse en una especie de nebuloso autismo. Sus canciones -pequeñas joyas de orfebrería pop- debían flotar en esa neblina que le acompañaba.

Antes de que entraran en la cafetería, me adelante a ellos y entré primero. Después de unas necesarias y excesivamente lentas maniobras, se sentaron en una mesita junto a la ventana. Esa lentitud no era producto, como pudiera parecer, de los estragos de los muchos años, sino consecuencia de una rara falta de prisas, de una manera de moverse por el mundo distinta. Luego él se levanto hasta la barra a pedir un descafeinado para su madre. Él no iba a tomar nada. Permaneció mirando con atención los movimientos de la camarera estrangulado el artilugio de la cafetera para calentar la leche. Así debían de sonar antiguamente las locomotoras de los trenes al entrar o salir de la estación. Le costó mucho llegar hasta la mesa sin verter nada pero al fin lo consiguió como si hubiera llegado a tierra firme después de atravesar un proceloso oceáno. La tarde dejaba que una luz sucia entrara por el ventanal. Comidas caseras, raciones, tapas. Al rato él se levantó de la silla para sentarse en uno de los taburetes de la barra. ¿A dónde vas?, le dijo ella. Aquí, a mirar un rato. Y miro el espacio del bar, con todos los que estábamos allí dentro, con la misma atención que un niño mira el interior de un acuario. Aunque lo que le interesaba realmente -de eso me di cuenta un poco después- era la máquina tragaperras que había en la esquina más cercana a la barra, al lado de la máquina de tabaco. Bailaban los dibujos de cofres del tesoro y las frutas acompañados por una breve y obsesiva musiquilla. Avance.

Días después le volví a ver en la estación del metro, iba solo y demasiado abrigado para la época en que estábamos. Estaba delante de uno de los planos del metro y lo miraba como si estuviera intentando desentrañar el significado de la piedra de Rosetta. Solo después del pitido que anunciaba con estrépito la entrada de los vagones en el andén, se dio la vuelta y entró. Nunca me ha gustado abordar a la gente -ni siquiera a los conocidos-, pero esta vez me armé de valor -o de inconsciencia- y me acerqué a él para preguntarle si era realmente él. Me miró sorprendido y me respondió muy bajito. Intenté hablarle de sus discos, le pregunté si estaba haciendo algo ahora. Respondía brevemente. Seguía sorprendido. Terminamos hablando de blues. Me preguntó por mis artistas de blues favoritos, no sé, Robert Johnson, Charlie Patton, Skip James, Mississippi John Hurt, Leadbelly, Lightnin’ Hopkins, Big Bill Broonzy… Fue la única parte de la conversación que le interesó. Pero había llegado a su estación y tenía que bajarse. Le vi alejarse -cuando en realidad me estaba alejando yo- en dirección contraria, con su abrigo corto y su bolsa amarilla de una tienda de discos del centro hacia la boca de salida. La multitud le seguía ignorando.

Muy de vez en cuando, cuando salía por el barrio, volvía a verle acompañando a su madre a dar un paseo -cuando en realidad era al revés-, levantando la enmarañada cabeza y arrastrando a su octogenaria acompañante con paciencia y delicadeza -cuando en realidad era al revés.

Como en la editorial en la que trabajaba estábamos a punto de publicar una nueva colección de libros de música -y yo sabía que, a pesar de tocar blues y pop, él tenía por músicos inspiradores -su particular hall of fame, como había confesado en más de una ocasión- a Erik Satie, Franz Lehár, Leoncavallo, Kurt Weill, Jimmy Van Heusen, Hoagy Carmichael o Nat King Cole Porter, y que mostraba una cultura musical inusual y personal- decidí distraer algunos ejemplares y llevarlos ese día a la cafetería, esperando que volviera la extraña pareja a tomar el café. Tal vez le pudieran interesar esos libros. Esperé la ceremoniosa y repetida maniobra para colocarse en la mesa del ventanal y, antes de que él se levantara a curiosear por las cercanías de la máquina tragaperras, me acerqué, saludé a la madre, que creo que no me oyó, y le di los libros a él. Hablan de grandes músicos. Apenas me dio las gracias y me alejé, con la intención de no volver a molestarle más. Ya era casi de noche.

Al día siguiente le volví a ver. Iba solo y con los libros bajo el brazo. Era como si le pesaran demasiado. Giró la esquina y me dio justo tiempo para verle entrar en la pequeña tienda de discos que quedaba, como un resto de otra época, en el barrio. Ahora, ya que apenas se vendían discos, se dedicaba sobre todo a la compra y venta de libros de segunda mano. Unos minutos después le vi salir sin nada en los brazos. Se había quitado un peso de encima.

Cuando entré en la cafetería, estaba frente a la máquina tragaperras gastándose lo que le habían dado por los libros. Me pareció genial.

Agárrame fuerte. Iremos de la mano hacia el desastre.
Tomar una decisión difícil es una de las cosas más sencillas del mundo,
así que no tienes por qué preocuparte. Equivocarse
forma parte del juego. Ni siquiera, al final, la banca gana.
Todos perdemos siempre.
Solo debes fijarte en cómo se alargan los días
y en cómo la luz se estira a última hora de la tarde.
Aunque ya sabes que no hay nada gratis.
Quiero que sepas que no fue fácil hacerlo tan mal.
Ojalá llueva toda la noche y oigamos caer el agua
por el tubo metálico de los canalones.
Será nuestra música perfecta y acuática
hasta que la luz del amanecer lo diluya todo.
Los pájaros empezarán a cantar
y el desastre estará cada vez más cerca.
No, no es necesario que te quites la venda de los ojos.

“Tenemos que hablar, aunque no sirva de nada”,
dijo mirándome a los ojos mientras el gato
se escapaba al patio de atrás a jugar con la basura.
Me acordé entonces de aquel tiempo
en el que no teníamos que hablar
y acabábamos de pintar nuestra casa.
Job no se atrevió nunca a traspasar
los límites de su paciencia pero yo sí.
Ahora cuando me miro al espejo veo
una vieja fotografía y al fondo
una oscura figura de tahúr me enseña
sobre su mano un corazón que aún palpita.
Lo debe de haber robado porque sonríe.
El diablo sabe a la perfección hacer la señal
de la cruz. Es él quien mejor se santigua.
Tiene una práctica de siglos
y conocimiento de causa.
Ella no sabe que la ley del mínimo esfuerzo
requiere también grandes sacrificios.
No sé por qué hemos dejado de entendernos.
Ahora que lo pienso, una mariposa
debe mirar con horror a un pájaro.