Algunas canciones de 2018. De la 25 a la 21

Con paso corto, torpe y acezante avanza esta lista -más bien ristra- de canciones. Debería ser un paseo disfrutable, sin prisas ni jerarquías numéricas. Y no esto. Aunque acaso haya alguien aún que las ignore y que así las escuche, incompletas o repetidas, por su orden o al azar, ajeno al tiempo real.

Para ver las canciones que van del 30 al 26, clica aquí.

25
The Talking Wind. Great Lake Swimmers
(From the LP The Waves, The Wake, Nettwerk Records, august 2018)

24
Long Wave. Boony Doon
(From the LP Longwave, Woodsist, march 2018)

23
Backwards Women. The Jayhawks
(From the LP Back Roads And Abandoned Motels, Legacy Recordings, july 2018)

22
Straight Street. Ry Cooder
(From the LP The Prodigal Son, Fantasy Records, may 2018)

21
Lucky Ones. Israel Nash
(From the LP Lifted, Desert Folklore Music, july 2018)

 

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El instante más inmediato

Poco después me quedé sin dinero y me echaron del hotel que pagaba semanalmente. La calle. La libertad rigurosa, la vida completamente a la deriva, para mí la vida total. La exaltación al más alto nivel. El tiempo de la gran inocencia, del delirio dulcemente triunfal, haciendo pacientemente más amplia la herida, con una amorosa y demente bondad. El verdadero tiempo del poeta, su primera comunión. La miseria iniciática, hermana más que enemiga, y esa alegría invulnerable de no pertenecer a nadie, de estar limitado al instante más inmediato, pero de tener seguramente frente a sí la más bella ruta por recorrer, o en todo caso la más misteriosa, la más excitante. Y en esta miseria, la sensación patética de no tener más que diecisiete años, de ser un adolescente entregado a los suntuosos monstruos de la desgracia.

Pierre Minet. La derrota. 1947

Algunas canciones de 2018. De la 30 a la 26

Un poco de la misma incompresible manera que continúo empecinado en este quaderno -sin sentido, absurdo, fracasado y sin interés alguno, patético, pretencioso, pedantísimo, aburrido hasta límites estratosféricos o simplemente insoportables, banal en el fondo, falso a sabiendas, a menudo vomitivo y finalmente inane-, de la misma manera, digo, vuelvo a las andadas con este puñado de canciones que a lo largo del año que está a punto de extinguirse me acompañaron durante las horas de trabajo, ocio o lo que sea esto. Y las elijo, un poco al azar, otro poco por capricho o debilidad, para formar con ellas una lista. Otra.

Una lista de canciones como otra cualquiera, tan ridícula como pretenciosa, tan incompleta como injusta, tan sobrante como innecesaria…

Aquí la dejo, por irritantes entregas, además.

30
We Made It. Cedric Burnside
(From the LP Benton County Relic, Single Lock Records, september 2018)

29
Phenomenal Problems. El Ten Eleven
(From the LP Banker’s Hill, Topshelf Records, august 2018)

28
Night, Moon, Dance. Jim Ghedi & Toby Hay
(From the LP The Hawksworth Grove Sessions, Cambrian Records, october 2018)

27
The Gypsy Faerie Queen. Marianne Faithfull
(From the LP Negative Capability, BMG, november 2018)

26
Last Man Standing. Willie Nelson
(From the LP Last Man Standing, Legacy Recordings, april 2018)

 

Bosque, orilla

Solo en un bosque
lleno de personas solas
que ya no recuerdan
el final de los abrazos,
que intentan borrar sus huellas
con otras huellas
y no son capaces de oír
la lucha interior de los injertos,
ese cataclismo inadvertido, todo
lo que hay antes de la extenuación,
y miden, mientras tanto, cuál es
la extensión de los márgenes,
su perímetro vacío.

Me alejo de ellos y me pierdo,
fuera del bosque, cerca del río,
me acerco a la orilla y no bebo.
No. El oro no arde ni suplica.

Unas flores incluso

Jimy no se llamaba Jimy. Ni siquiera se llamaba Jaime. En realidad se llamaba Juan. Aunque todos, desde siempre, le llamaban Jimy. Acaso le pusieron el nombre de cuando, de niño, alborotaba el cine Imperial -el único cine que había en el pueblo, de nombre tan exagerado para aquella cuadra grande que antes había sido el baile- durante las accidentadas proyecciones de aquellas infames películas del oeste, sumándose, como si fueran reales, a las peleas y tiroteos, a los galopes tendidos y las súbitas apariciones de los apaches tras las colinas. Alguno de esos protagonistas se llamaría Jimmy y se parecería a él. Todos, desde entonces, le llamaban Jimy, algo que a él, secretamente, le enorgullecía. Aunque no se llamara así, ni siquiera Jaime o algo parecido, aunque hubiera perdido incluso una eme en el nombre. (Pero no la i griega). Nadie reparó en que, llamándose Juan, hubiera sido mejor que le llamaran Johnny.

Ahora, pasados los años, casi la vida entera, seguía siendo Jimy. Y todos le saludaban cuando salía del pueblo, renqueante y sostenido por una especie de báculo, un palo más alto que él en el que se apoyaba, en busca de lo que fuera, de lo que hubiera en el campo o en la sierra. Enjuto más que delgado, estaba vivo de milagro, avejentado, sobreviviente a un ictus y ya sin capacidad alguna de ganarse la vida como hizo siempre de jornalero, malgastada su salud y su juventud en los más procelosos excesos del alcohol y de lo que se terciara. Ahora, en esta su segunda y precaria vida -no le quedaba otra-, se escapaba al campo, alejándose de cualquier tipo de tentación o recuerdo. Algo así como superviviente y derrotado.

-Buenos días, Jimy. ¿Dónde vamos hoy?
-No sé. Ya veré, lo mismo tiro para arriba que para abajo, para un lado o para otro, que el mundo es muy grande y muy redondo.

Aunque no andaba muy boyante y sus pasos eran cada vez más inseguros, era capaz de marchar durante horas por los caminos y también campo a través, despacio, con una precisa lentitud, pero con una constancia animal, obcecada, buscando lo que diera el campo en cada estación. Unas veces tiraba por el camino de La Sierra, hacia el norte, otras por el camino de La Cruz, más allá del crucero de piedra situado al oeste, otras hacia el este, en dirección a Los Arroyos, cuando no al sur, hacia Las Vegas. Luego los caminos se bifurcaban interminablemente en una red invisible que conformaba un intrincado tapiz que Jimy conocía como nadie. Cada recodo, cada ejido, cada vaguada, cada roca, cada pico, cada cerro, cada charca, cada valle, casi cada árbol.

Y así pasaban los días, ya hiciera calor o frío, lloviera o no, con Jimy siempre por los caminos y los campos, con su andar tambaleante y breve, pero obstinado, como si tuviera un objetivo exacto, ineludible e importantísimo, y no fueran esas caminatas más que una manera de matar los días que pasaban y de huir unas horas de un infierno frío, propio, demasiado conocido, para regresar exhausto y arañado por cada zarza, embarrado o polvoriento. No tenía miedo de que le pudiera pasar algo cuando estuviera por esos andurriales, perdido, sin móvil, sin saber nadie dónde. Tal vez, así, se cumpliera su destino, tan largamente aplazado.

Siempre regresaba con algo, no había día que no le suministrara su afán o su necesidad, su capricho o su azar, su dádiva o su fracaso, dependiendo de lo que el campo le diera o en él hubiera, esclavo del ciclo preciso e interminable de las estaciones. Espárragos silvestres, romazas, acerones, poleos, cardillos, orégano, tomillo, hinojo, almoraduj, níscalos, huevos de rey, pies azules, setas de cardo, piñones, castañas, bellotas, aceitunas, moras, té de las rocas y otras hierbas y frutos se iban sucediendo en su saco de arpillera al paso de los días y las distintas y sucesivas épocas de año, al ritmo de las lluvias y del abierto abanico de las horas de sol, del frío paralizante de enero o del más achicharrante calor de julio. Venía siempre de regreso con su vara y su saco al hombro, con un andar ahora más cansino, ligeramente encorvado a la luz distinta de la media tarde.

-¿Qué traemos hoy, Jimy?
-Siempre hay algo, siempre hay algo. Solo hay que saber buscar y tener paciencia.

No había nadie que conociera los lugares como él. Y cuando todavía no había algo, él era capaz de encontrarlo por vez primera esa temporada, de la misma manera que cuando ya no lo había, él daba con sus últimos restos. Era capaz también de improvisar y traer siempre algo diferente, internándose en los rincones más intrincados e inaccesibles de la sierra o alejándose hasta los últimos meandros de los arroyos de las vegas del sur antes de perderse en el gran río. De más joven traía peces o pájaros, lagartos o cangrejos, conejos o liebres, alguna zorra incluso. Ahora había abandonado los ingenios para hacerlo, pero proseguía en su viaje hacia ninguna parte que le llevaba, cada día, hasta donde quería, hasta donde podía, con las fuerzas menguadas pero suficientes, perdido a cada paso en la conocida inmensidad del campo y sus accidentes, bajo el cielo tan alto. Sus botas, sus ojos y sus manos eran quienes lo sabían y le llevaban en ese viaje diario, exploración precisa del territorio natural y propio de sus contornos, descubrimiento incesante de lo que a cada momento, con las distintas luces de los sucesivos días, cambiaba y era, a pesar de ser siempre lo mismo, siempre algo nuevo. Los pájaros ya le conocían.

Muchos días, de regreso, se paraba en el último bar del pueblo, muy cerca del crucero de piedra, a tomar un descafeinado y hablar con alguien. Hacía ya algunos años que dejó el alcohol y el único lujo que se permitía era el de añadir dos sobrecitos de azúcar al descafeinado que se tomaba, a sorbos inapreciables, siempre, aunque hiciera un calor insoportable, muy caliente.

-Si no está muy caliente no es café -decía-, y ya si es descafeinado, pues no te digo nada.

Llegaba como si viniera de la selva, con la ropa lo suficientemente descompuesta, no sucia sino ajada, y cargado siempre con algo, o bien en la mano, una buena brazada, o bien en el saco de correos de color ya indefinible que llevaba sobre su hombro izquierdo. Dejaba la vara en la entrada y se adentraba en la semipenumbra del bar, ante la atenta -y desinteresada a la vez, si eso es posible- mirada de los escasos parroquianos que a esa hora apuraban un enésimo vino rúspero. A veces, alguien le compraba lo que traía, pero eran las menos. A él tampoco le importaba mucho. No lo hacía por eso. Otras veces lo regalaba al primero que mostraba interés. Lo importante había sido la búsqueda, no tanto lo que había encontrado. Pero para que esa búsqueda mereciera la pena era fundamental encontrar algo, nunca regresar de vacío, aunque no fuera necesario y hubiera después que tirarlo. Algo. Pero no pensaba en esas cosas. Bebía el café despacio, como si disfrutara quemándose.

Estuvo el bar cerrado bastante tiempo hasta que, un buen día, lo volvieron a abrir. Etelvina había regresado al pueblo después de un periplo de años, que ahora no viene al caso referir, por diversas ciudades, grandes, modernas, de brillante fascinación y trepidantes vidas. Sin oficio ni beneficio, y lo que es peor, sin ingresos, decidió alquilar el bar que llevaba tanto tiempo cerrado y darle una vuelta con la limitada y única intención de posarse finalmente -con las alas averiadas- en algún sitio, aunque fuera en éste, y ganarse la vida. El mohín en su gesto no era de decepción, pero se le parecía bastante. Durante los primeros meses le fue bien, atraídos los parroquianos por la novedad y por sus cambiantes peinados y cortes de pelo, pero pronto, como ocurre siempre en estas latitudes, volvió todo a su cauce. Y ese cauce llevaba un caudal cada vez más escaso. El mohín empezaba a dejar de ser mohín, como si el gesto representara alguna herida en el alma y la careta sustituyera, finalmente y para siempre, al propio rostro, más que oculto, desvanecido.

Etelvina sí que se llamaba Etelvina y los habitantes del pueblo sabían que le habían puesto ese nombre porque su abuela se llamaba así, tía Etelvina, pero ella renunció desde que recuerda a llamarse de esa horrible manera y siempre decía que se llamaba Ethel, así con esa hache tan elegante y sugeridora, y acaso en esas ciudades tan grandes donde vivió la llamaran así -o simplemente Etel o Ezel-, pero desde que regresó, volvieron a desempolvar -no sabía si con inocencia o por molestar- su nombre completo. Cada vez que algún paisano la llamaba Etelvina daba un respingo detrás de la barra y le miraba como si lo fuera a taladrar con la broca de odio de sus ojos. Al principio se empeñó en que la llamaran Ethel -o Etel, al menos-, y hacía oídos sordos cuando desplegaban -no sin cierto regodeo- su nombre completo, pero tuvo que aceptar finalmente que se llamaba como la tía Etelvina. Al menos en el pueblo.

No todos los días, pero sí la mayoría, Jimy, después de sus largas caminatas en las que se perdía por las sierras o por las vegas, tras horas de búsqueda de cosas que no necesitaba, pero que le daban sentido a esas excursiones -y a su vida-, paraba de regreso a casa en el bar de Etel con la intención de deshacerse -vender o regalar- lo que con tan arduo esfuerzo traía en el descolorido saco de correos, tomarse ese descafeinado y, con un poco de suerte, cruzar unas palabras con la dueña. Eran -y pertenecían- a mundos tan distintos que esas solas y predecibles palabras intercambiadas le resultaban, al menos a él, tan reconfortantes como el viento que había sentido durante el día en el campo, en la más completa intemperie. Había algo de mágico -él así lo percibía- en ese breve y desganado saludo, en esas obviedades que se intercambiaban, en esos silencios incluso, en alguna mirada interrumpida, más que por otra cosa, por simple educación o intento de alejar el sombrío y acongojante aburrimiento que a ella le acometía sin remedio. Pero, demasiado pronto, terminaba por irse a la cocina, abandonado siempre y a los pocos minutos a Jimy, al que no le hacía ya más caso. Pero a él le resultaban muy valiosas esas pocas palabras, esa efímera presencia, ese breve y rutinario intercambio. Las miradas. A veces le regalaba una manada de espárragos que ella agradecía, aunque tenía dificultades para ocultar su fastidio o desánimo, porque qué iba a hacer ahora con eso. Y entraba, como si desapareciera para siempre, en la cocina.

A Jimy le gustaba sentarse cerca de la entrada, donde a la izquierda de la puerta había una ventana que, aun a pesar de las rejas y de una cortina rescatada de dios sabe dónde, dejaba entrar la luz del sol, al menos una cierta claridad que aliviaba la apenada penumbra del resto del bar. Allí terminaba y hacía una esquina la barra. Cuando entraba y estaba ocupado el sitio, sentía una contrariedad que le llevaba a beberse el descafeinado deprisa y corriendo, quemándose realmente entonces la lengua. Pero cuando se recluía en su hueco, ambarinamente iluminado, se sentía como dentro de un cálido acuario.

Era abril y hacía un tiempo raro. Lo que podía encontrarse en el invierno había desaparecido, pero aún era pronto para encontrar algo que trajera la reciente primavera. Así que era tarde y pronto, uno de esos periodos en los que el campo juega a esconder lo que, en cualquier momento, nos empezará a dar, pero no ahora, no hoy. Más adelante tal vez, con las próximas lluvias. Pero Jimy siempre se las ingeniaba, recordaba los lugares a los que casi nadie accedía, conocía, varios kilómetros a la redonda, su territorio, y cada accidente geográfico, por pequeño que fuera, tenía un nombre. Y algo que escondía. Y lejos hacia el este, aunque nunca lo había hecho, se agachó aquel día, en aquella umbría que medio encharcaba un regato de aguas limpias y frías, antes de perderse en el arroyo, a cortar unos macizos de lirios del campo que se movían levemente, casi con timidez, con la brisa de la mañana. Con su navaja, y poniendo especial cuidado, cortaba los tallos a ras de tierra. Sus botas se hundían en el barro. Oía el agua correr. Y parecía que no había nadie más en el mundo. Al cabo de unos minutos juntó un ramo espectacular, casi excesivamente voluminoso, fresco y de un color morado que, al que lo mirara durante unos instantes, era capaz de aturdirlo. La luz del sol convertía ese color leve e intenso, casi azul, en un color inaudito, extraño en aquellas tierras, anticipo de una primavera que, acaso, ya no vendría nunca otra vez para él.

No quiso meterlas en el saco para no estropearlas y tuvo que regresar con mayores dificultades de las habituales, sujetando el excesivo ramo con su brazo izquierdo apretado contra el pecho mientras que con el otro mantenía la vara en la que se apoyaba para salir de las tierras bajas encharcadas por los regatos y la hierba demasiado fresca. Una vez en el camino pudo recuperar cierta prestancia. Las primeras abejas revoloteaban en torno los lirios que iban desprendiendo un olor poderoso y desconcertante.

Le daba algo de vergüenza entrar así, cargado de flores, en el pueblo, pero ya estaba de vuelta de lo que pudieran pensar o decir. Y demasiado cansado. Nadie, además, sería capaz de encontrar unos lirios tan grandes y bonitos en esa época del año. Y sin más dilación se dirigió al bar de Etelvina a descansar y tomarse su descafeinado. Cuando llegó, no estaba ella en la barra, sino una chiquita que le ayudaba unas horas al día.

-Qué flores tan bonitas, Jimy.
-Sí. Son lirios.

Estaba incómodo con ellos, con el brazo entumecido de sujetarlos con tanto cuidado.

-Toma- dijo. Iba a decir que eran para Etel.
-Son para el bar -dijo finalmente- Si las queréis.
-Muchas gracias -dijo la chiquita alargando los brazos- A ver dónde las ponemos.

Sintió alivio cuando se las quitó de encima.

Ella las puso en una cubitera que colocó en la esquina final de la barra, justo donde la luz del sol entraba desde la ventana, dejando brochazos de claridad. Las ahuecó un poco y parecía entonces que no estuvieran cortadas. Él daba vueltas al descafeinado con la cucharilla mientras observaba el macizo morado de rozagantes flores, todavía erguidas, con alguna gota de rocío incluso, iluminadas en el rincón. Empezaba a percibirse su olor, casi pregnante.

-Voy a decírselo a Etel.

Y se marchó a la cocina. Así que estaba en el bar. Sonrió mientras daba sorbitos.

Bien pensado, eran suficientes la luz, las flores y el descafeinado. Le hubiera gustado conocer las palabras -todas las palabras precisas- para poder describir lo que estaba viendo, esa claridad desvaída cayendo e inundando esa amalgama -en ordenado desorden- de flores moradas que al llegar a su centro -al centro de cada una- desvanecían la intensidad de su color violentamente malva hasta volverse -en ese tramo final y suavemente degradado- blancas, y que ese blanco tan puro, casi oculto en el fondo del cáliz, se viera, como si lo hubiera sido de improviso, manchado por un tiznón amarillo intenso que pretendía hacer olvidar, destacándolo aún más, el omnipresente morado. Y los tallos eran verdes, verdes oscuros y llenos de agua, con la quebradiza consistencia vegetal de una verdura del mercado.

Cuando salió la chiquita le dijo:

-Que dice Etel que muchas gracias.

Y siguió atendiendo a los otros clientes y lavando vasos. Esperó un rato con la taza vacía y los restos del descafeinado fríos y pegajosos. Y siguió esperando que saliera de la cocina para ver las flores y decirle algo, darle las gracias. Le hubiera gustado ver a Etel, hablar con ella unos momentos, aunque fueran esas frases convencionales y sobrantes que solían intercambiar. Estar cerca de ella, aunque fuera al otro lado de la barra, y poder ver, a ella y a los lirios, a la vez. Bajo esa luz. No sabía muy bien por qué le subyugaba -o le subyugaría- esa imagen. No quería saberlo. Era absurdo. Era ridículo. Lo imaginó entonces. Pero solo estaban las flores. Siempre -y para siempre- habían estado solo las flores. Como ahora. Esperó un poco más. Pero Etel no salió de la cocina.

Y Jimy se fue del bar. Cogió su vara de chopo y se marchó a casa. Estaba acostumbrado. No estaba triste. Ni siquiera. Las flores eran bien bonitas.

-Bueno Jimy, parece que hoy no traes nada.
-Siempre se trae algo, siempre, aunque se venga de vacío.

¿De dónde?

¿De dónde viene el aire?
¿Dónde se pierden los senderos?
Los árboles callan bajo la lluvia.
Sin embargo, un pájaro saltando
de una rama a otra es suficiente
para que el día se cumpla.
Más tarde, durante las horas de sol
las mariposas fabricarán el paraíso,
porque ellas saben que la luz
viaja de la mano del tiempo
y el presente apenas existe.

Hemos aprendido tarde
que un esfuerzo inútil
sostiene el mundo,
que un corazón nunca
es simétrico y que las cenizas
terminarán por sustituirnos.

Ayer también fue mañana,
como mañana lo será a su vez ayer,
y el sol de esa mañana sabrá resolver
siempre la ecuación planteada
por los cristales de la helada
para regalarnos su crujido.

A medida que

En cada instante del trabajo de expresión, a medida que avanza la escritura, el lenguaje reacciona, propone sus propias soluciones, incita, suscita ideas, contribuye a la formación del poema.

Francis Ponge. My creative method.
Sidi-Madani, sábado 31 de enero de 1948