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Aire

Con la mirada perdida y fija a la vez sobre la superficie de mi antebrazo izquierdo, erizado de diminutas gotas de sudor, pude contemplar el grosor inmóvil del tiempo detenido y el peso insoportable de un calor que lo congelaba todo a fuerza de derretirlo. Era como estar dentro de una gran bola de fuego en la que aún, inexplicablemente, se podía respirar. Los días se estaban alargando con una crueldad innecesaria, como estirados -y horriblemente torneados- dentro de un horno.

Pero, ahora, de forma inesperada, pude vivir, al cabo de tantos días, una prodigiosa y benéfica revelación, una unción salvífica, un regalo que me inundó para sumergirme por completo y devolverme a la vida: una casi inapreciable brisa, un leve airecillo que quería mover las hojas más altas de los árboles, recorrió mi antebrazo izquierdo y después mi cuerpo entero.

Durante el resto del día mi cuerpo fue un detector de esas mínimas corrientes de aire, escasas, débiles, pero ahora tan necesarias. Me paraba entonces y quería sentir cómo ondeaba mi camisa, cómo eran aliviadas mis gotas de sudor. Y las buscaba en pequeñas elevaciones o en improbables umbrías. Como un cazador de brisas al acecho, aunque eran ellas -tan raramente- las que me cazaban. El placer que me proporcionaban, algo en lo que nunca había reparado, era tenido ahora como un regalo de los dioses, un elemental -pero imprescindible- alivio. Con eso -con que corriera una gota de aire- me conformaba. Todo lo demás resultaba secundario.

Aunque cuando llegan los días fríos del invierno esta caza se convierte en huida. Se trata entonces de guarecerse, de evitar aquellas corrientes criminales como cuchillos, de buscar los rincones o las esquinas en los que el aire se acuesta, de cerrar la ventana. No hay nada tan traicionero como un mal aire. Unos escasos minutos bastan. Hurtarse de su incisiva y pertinaz acción es un alivio máximo, encontrar un lugar en donde no nos dé el aire, en donde no estemos a merced de sus corrientes, es una recompensa magnífica.

Pero ahora, dentro de las sucesivas y martirizantes bolas de fuego de este verano prematuro y precoz, mientras mantengo la mirada fija y perdida sobre la superficie empapada de mi antebrazo izquierdo, y contemplo, por fin, al cabo de las horas, cómo una ligera brisa cimbrea el vello de mi antebrazo izquierdo, siento una verdadera y limpia felicidad. O algo muy parecido y mejor.

Eso fue todo

La normalidad es extraña y está llena
de lagunas profundas y horas vacías.
Así que debemos trabajar con cada nuevo día
sin saber muy bien a qué atenernos.
Y esperar que un viento cargado
de una ira inútil recorra las calles
de noche cuando no haya nadie
para limpiarlo todo.
Una vez me dijiste
que estabas buscando los motivos
que te llevaron a cometer
la gran equivocación de tu vida,
pero que no tenías tiempo de hacerlo,
porque estabas intentando
sobrevivir a sus consecuencias.
Recuerdo que se movían las cortinas
con una cadencia inesperada
y no dije nada. Eso fue todo.
Cerré la ventana y las cortinas
dejaron de moverse.
No sé si podré empezar de nuevo
con un corazón tan viejo.
Ahora ya sé que el futuro ha quedado atrás.

Publicaba muestras, bocetos, apuntes. Lo hizo durante años, dejando siempre la impresión de que tenía ciertas facultades, de que incluso se podía intuir un posible talento. Quienes le seguían, más o menos, estaban  convencidos de ello. Aunque empezaban a mostrar, a estas alturas, síntomas de nerviosismo y falta de fe después de tantos años de solo muestras, bocetos y apuntes. Debía de haber algo más, algo que se les ocultaba. Esa obstinación, esa fragmentación, esa proliferación de señuelos, eran -debían ser-  como las esquirlas de un iceberg asomando a la superficie. Todo lo que con cuentagotas venía haciendo público no eran más que breves ensayos, pruebas, ejercicios de calentamiento, con los que acaso estuviera adquiriendo seguridad, músculo y certezas para acometer una obra mayor, de más enjundia, algo que, de verdad, y definitivamente, mereciera la pena. Y no esas pizcas, esos inanes fuegos de artificio. Quienes le seguían estaban convencidos de ello. Algún día saldría a la luz lo que tan celosamente ocultaba.

Pero podían esperar sentados. No había -no podía haber- más que esos bocetos, esos apuntes ingeniosos, esas muestras similares a las de perfumería. Lo que se sospechaba que permanecía oculto, simplemente no existía. Era todo como un decorado. No había nada detrás. Era, además, falso. Una carcasa, una fachada sujeta con unos tablones, apenas levantados para sostenerla y que no caiga. Esos tímidos ensayos no irían nunca más allá, esas pruebas no pretendían demostrar nada, apenas eran un juego algo indolente, sobrante e innecesario. No era, en definitiva, más que un atleta realizando ejercicios de calentamiento interminablemente que nunca llegaría a tomar parte en la competición. Seguiría calentando hasta que le echaran del estadio.

Camino despacio por el camino más largo.
No tengo prisa. Lo único que espero
es no llegar nunca. Estoy cansado,
estoy tan cansado que no puedo parar ahora.
Como no voy a ningún sitio
ni siquiera puedo perder el norte.
Ahora sé que le debo la vida
a una promesa incumplida.
Me dijiste que no me fiara de ti
y no te hice caso. Como siempre me ocurre,
he comprendido tarde y he comprendido mal.
Es curioso. Cada vez soportamos peor la felicidad.
Ahora simplemente sigo mi camino
como si fuera un falso atajo,
esquivando la vida y la buena fortuna.
La fuerza que mueve el mundo es la de la inercia.
No me interesa lo más mínimo
cómo acabará el Juicio Final.
Mi corazón congelado bajo este sol gotea.
A lo lejos los niños juegan entre el centeno.
No parece que haya nadie en casa.

Una pluma

Un pájaro perdió una pluma. La sujeto ahora con los dedos sin saber qué hacer con ella. No me molesta, pero sigo sin saber qué hacer con ella. Es bonita, su arquitectura y líneas son perfectas. No quiero guardarla en alguno de mis bolsillos por temor a estropearla. Pero andar con ella en la mano, me resulta algo incómodo, me limita. Y cuando me cruce con alguien me resultará incluso ridículo, me sentiré innecesariamente ridículo. Especialmente porque no sé para qué la he cogido. Especialmente porque ahora no encuentro fuerzas, o valor, para deshacerme de ella. Tendré que llevármela a casa. Y allí no sabré dónde dejarla. ¿En algún lugar a la vista? ¿O en el fondo de un cajón? No lo sé. Haga lo que haga con ella, la ponga donde la ponga, siempre terminaré por preguntarme lo mismo, ¿por qué no la he tirado? Y allí, en el lugar donde la deje, pasará el tiempo, tal vez el resto de su inerte existencia, acompañándome y haciéndome esa pregunta. ¿Por qué me recogiste del suelo? ¿Por qué no me dejaste allí? ¿Por qué me llevaste contigo? Ahora la sujeto con cuidado y con firmeza, y de vez en cuando la hago girar entre los dedos y la miro. Sigo de vuelta a casa un poco incómodo por llevarme algo que no quiero llevarme, por llevarme algo que un pájaro perdió y encontré en el suelo, entre la maleza, y que me agaché a recoger y que no me atrevo a tirar. Ahora es como si fuéramos inseparables. Si me cruzara con alguien que llevara un sombrero de paja se la podría regalar para que lo adornara con ella. Todo tendría un sentido, aunque fuera una estupidez. Pero ninguna de las personas con las que me he encontrado lleva sombrero. Además, no me atrevería a dársela y sugerir que la podría colocar allí. No le encuentro otra utilidad a la pluma que hago girar continuamente entre mis dedos. También pienso en, cuando llegue a casa, hacerle un corte transversal en su extremo e intentar escribir con ella. Pero se me antoja otra idea extravagante y con muy poco recorrido. Probablemente la colocaré en un portalápices, entre los lápices, como un guiño a la escritura del pasado. Pero no será más que un estorbo. Está empezando a anochecer y ya estoy cerca del pueblo. Ahora me pregunto dónde estará el pájaro que perdió la pluma. Es ridículo. No sé si pasarme antes por el bar a tomar algo o ir a casa directamente. Pero al acordarme de la pluma que tenía en la mano supe que no podía elegir, no podía ir al bar con esa pluma en la mano. Aunque también podía tirarla en cualquier sitio y tomarme tranquilamente unas cervezas. Pero no lo hice. No podía hacerlo. Y regresé a casa con una pluma en la mano.

Colter Wall. Colter Wall. Young Mary’s Record Co. 2017

Por cuestiones que no vienen al caso, me vi durmiendo en la nieve. No tenía lugar para ir. Estaba durmiendo en la nieve hasta que llegaron un par de policías y me despertaron de mala manera. Me sujetaron por detrás los brazos y oí, otra vez, el viejo sonido del clic tan familiar. Uno de ellos me dijo: “Apuesto lo que quieras a que no tienes ni una maldita cosa a tu nombre”. Ni siquiera sonreí. Deberían haberme dejado en la nieve. Ni siquiera les dije que tenía mi vida, mi libertad, mi sombrero, una botella de vez en cuando y trece dólares de plata que escondí hace tiempo en algún sitio. Ah, y que sabía cantar Blue Yodel Number Nine.

Fue un niño de ojos azules que nació bajo el inmenso cielo de la inmensa pradera, allá por las tierras del norte, en Saskatchewan. Y muy joven, con su guitarra, su sombrero y una navaja, subió en uno de esos trenes de mercancías que atraviesan los campos de ganado a la velocidad suficiente como para poder subirse en marcha, en uno de esos trenes de mercancías where the souls of ramblers go.

Colter Wall, tal vez para negar de alguna manera que apenas tiene 21 años, viste de negro y prefiere ocultar su rostro bajo el ala de su sombrero y una incipiente barba. Luego, su voz grave retumba y sus canciones crecen hasta adquirir una edad de siglos.

Si hace un par de años descubríamos otro joven músico, Barna Howard, más dulce y melancólico, Colter Wall parece su reverso más oscuro y rasposo. Es difícil creer que esa voz y esas canciones son de alguien tan joven.

Tal vez tenga algo de culpa -además de su voz y su talento- la autenticidad de sus referencias, que van más allá de la fácil comparación con Johnny Cash o un primerizo Bob Dylan. Están presentes los ecos de Woody Guthrie o de Ramblin’ Jack Elliot, pero sobre todos ellos, el clasicismo, la seriedad y la emoción de Townes Van Zandt.

Pero todo esto no son más que divagaciones de falso erudito que intenta desentrañar el enigma de este joven oscuro y grave. Como si las canciones y las historias debieran ser desentrañadas.

Es hora de salir de la cama. Aunque es muy temprano, ya hace un buen rato que ha amanecido. La noche ha sido excesivamente calurosa. Apenas un tímido apunte de frescor entra ahora por la ventana abierta. La ropa es escasa. Pero hay que volver a hacer la cama. La primera energía del día es la utilizada para sacudir las sábanas, como si fuera necesario -y primordial- alejar los restos de la noche y del sueño, airearlo todo para empezar de nuevo. Y queda como imagen inicial entre la tenue luz de la amanecida, a la manera de una ofrenda ante un dios inexistente, el gesto suspendido de, una vez convenientemente sacudida, volver a tender, dejándola caer con cuidado desde lo alto, como si extendiéramos con cuidado una red, la sábana sobre la cama. En su ondulación, no sé si escapan, o quedan atrapados, los sueños, si huyen por la ventana o vuelven, de nuevo, a caer en el lecho, esperándonos, agazapados, hasta la noche siguiente.