Las penúltimas montañas (Casi un libro)

Casi.

De manera imprevista.

Escribí una historia de apenas un folio que ni siquiera era una historia. Pero las frases tenían un ritmo diferente y aludían a un territorio definido, creaban una atmósfera distinta. Más tarde, otras historias -solo algunas- se desarrollaron con ese mismo tipo de frases, tenían lugar en ese territorio, compartían la misma cadencia y el mismo aire de familia. Hasta que, ya escritas unas cinco o seis, me di cuenta de que, si no encajar, podían al menos compartir un espacio, ya que incluso, de manera reiterada, se establecían relaciones y contactos entre ellas. Algo fluía por fin.

Siempre -aunque lo negara y me lo negara- quise escribir algo. Algo completo, algo coherente. Pero hacía ya tiempo que había desistido. Pereza e incapacidad habían ganado la partida. Hasta que, sin pretenderlo, casi como por acumulación, sin ninguna obligación de por medio, había escrito uno. O por lo menos, había construido trozos, fragmentos, retazos de algo, que, encajados entre una portada y una contraportada, podían tener la apariencia de libro.

Aunque tampoco creo que sea necesario. Nadie necesita otro libro. Están esos fragmentos bien así, esparcidos, casi ocultos, separados.

Otra cuestión es si he escrito lo que pensaba que iba a escribir. Si me he atrevido. Si he sido capaz. Si he escrito lo que quería. Y no esto.

O casi. 

Las penúltimas montañas

1. En las últimas fronterasclic aquí
2. Vigíaclic aquí
3. Niña y tiemposclic aquí
4. La última escaramuzaclic aquí
5. Abandonoclic aquí
6. Fragmentos del deshieloclic aquí
7. La frontera líquidaclic aquí
8. La rama hacia el sur
    Iclic aquí
    IIclic aquí
    IIIclic aquí
    y IVclic aquí
9. En los valles (Coda)…clic aquí

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Orden, simetría

Era meticuloso, ordenado y simétrico. Tan meticuloso, ordenado y simétrico que vivía al límite de la propia autoaniquilación, caminando descalzo sobre el filo de la navaja que él mismo se encargaba de afilar a diario. Solo ese obsesivo amor por el orden le salvaba de los sucesivos e imprevistos naufragios que a cada paso le acechaban. Solo cuando estaba cada cosa en su sitio, conseguía tranquilizar su alma torturada. Cualquier atisbo de desorden era presagio del más absoluto -e insoportable- caos. De ahí a la perdición no había más que un paso. Por eso se esforzaba, cada minuto, en procurar orden, limpieza y simetría. Era un esfuerzo titánico, tantálico, definitivamente sobrehumano.

Tenía especial aprecio por sus finos e impolutos guantes. Solo los utilizaba en muy determinadas ocasiones, pero siempre le gustaba tenerlos a mano. Un buen día, de manera imprevista, sus esfuerzos se vieron, finalmente, desbaratados. Todo, como las fichas de dominó dispuestas unas detrás de otras, separadas por la misma y justa distancia, cayó inevitable y sucesivamente. Eso sí, el derrumbe fue ordenado, exacto, definitivo. Ese buen día, cuando fue a coger los guantes, descubrió -con terror- que faltaba uno, que debía haber perdido uno de ellos. El otro. ¡Sólo tenía un guante ahora! Un cataclismo nuclear le hubiera afectado menos y causado un pánico menor.

No podía ser. Tenía que estar por algún lado. Tenía que encontrarlo. No sería capaz de soportar la presencia de un solo guante, insolente y desparejado. Como pasaron las horas y cada vez resultaba más improbable encontrarlo, no le quedó más remedio que tomar la decisión -por dolorosa y drástica que fuera- que rondaba por su cabeza sin acabar de reconocerla como única posible a aquella catástrofe. Y fue entonces cuando se cortó una mano.

El problema estaba solucionado. Si faltaba un guante, sobraba una mano. Todo volvía a estar en orden y guardaba la necesaria simetría. Aunque para ponérselo tendría que ayudarse con la boca, podía salir con su guante enfundado, ufano y tranquilizado, reparada la insoportable pérdida del guante. Estaba impaciente por recuperarse de las heridas para abrir el cajón donde guardaba los guantes, donde el guante solitario ya no le podía recriminar la pérdida del otro. Ahora podría hacerlo sin temor, con su única mano.

Refrescaba un poco y decidió, aunque no era más que coquetería, ponerse el guante antes de salir. Abrió el cajón y allí estaba. El guante. Tendría dificultades para ponérselo las primeras veces, pero con el tiempo todo sería más fácil. Todo volvía a estar en orden.

Pero al cogerlo para ponérselo, empezó a darle vueltas, nervioso y asustado. Al principio creyó que esa imposibilidad era consecuencia de su impericia. Volvió a darle la vuelta una y más veces, hasta que no tuvo más remedio que aceptar que el guante que tenía no correspondía con su mano, el pulgar quedaba al otro lado. Que solo tenía un guante para la mano izquierda -el otro lo había perdido- y que él era manco de esa mano. Su mano derecha sujetaba ahora, temblorosa, ese guante inservible como una flor sin vida.

Luvina

“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero, si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.

“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva para engañar el hambre. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.

“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.

“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.

“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.

“…Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’

En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plasta encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…

“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo…”

Luvina. El llano en llamas. Juan Rulfo. 1953

Taxi

Mis lectores caben en un taxi. Casi podría decir que, aunque no nos hayamos visto, los conozco. O imagino que los conozco. O podría reconocerles entre una multitud sin saber quiénes son.

Mis lectores son tan pocos que cabrían en un taxi. Es todo mucho más fácil así. Tener un número indeterminado de lectores debe resultar desasosegante. Eso sería como escribir para nadie. En cambio, si los puedes contar con los dedos de una mano, todo resulta más cercano y la complicidad resulta posible. Aunque a veces falla esa posible complicidad, como si el taxista, en lugar de ir por el trayecto más corto hasta donde le han dicho que tiene que ir, se dedique a dar un interminable e innecesario rodeo. Suele ocurrir. Pero en este caso la intención del taxista no es la de cobrarles más por la carrera. Lleva el taxímetro desconectado hace tiempo. Es como si condujera el taxi por la ciudad por el simple placer de recorrerla, de subir al viajero y llevarle hacia otros lugares, y tal vez, hasta otro tiempo. Barrios alejados del centro o bulevares demasiado conocidos. Noches de lluvia fría o atascos propicios a la filosofía.

Ahí hay uno que levanta el brazo. Paro. Le llevo. Esta vez la carrera es corta.

Es uno de ellos -ya ha cogido el taxi otras veces, es de los habituales, se siente como en casa, a veces reclina la cabeza y mira por la ventanilla con melancolía-, pero podían caber todos los demás -ya saben, podría contarlos con los dedos de una mano- a la vez en el taxi. Y aún sobraría espacio. Ya ni les pregunto si quieren ir por el lado corto o por el lado largo. Se suele tardar lo mismo.

Novedades discográficas (17)

sunny war with the sun

Sunny War. With the Sun. Hen House Studios, 2018

“A lo largo de toda mi infancia, estuve en un lugar diferente cada dos años, así que no estoy acostumbrada a quedarme en un lugar mucho tiempo. Creo que es hora de irse cuando la gente empieza a conocer tu nombre”, dice Sunny.

Hija de madre soltera, de infancia nómada y poco convencional, vivió en diversas ciudades. Fueron muchas y permaneció poco tiempo en ellas. Siempre tuvo una relación difícil con los demás hasta que descubrió -sintió- que la música era su refugio. No tenía muchos amigos cuando era joven. Con trece años aprendió a tocar la guitarra y a escribir sus canciones. Ya no hubo vuelta atrás.

Y se marchó de casa y estuvo viviendo -a menudo, como un homeless- en San Francisco y San Diego, hasta que decidió que Venice Beach era un buen lugar para que sus canciones fueran escuchadas. Durante esos años -aún no había cumplido veinte cuando llegó- tocó a diario en el famoso paseo marítimo con la funda de su guitarra abierta para recibir las monedas y exponer su disco casero autoeditado a la venta por 10 dólares.

Durante esos años se introdujo en el mundo de las bandas punk de la ciudad y cuando tocaba punk lo hacía con el espíritu del blues. Por eso, su manera de interpretar el blues tiene un aire cortante, casi punk.

Pero, ¿todo esto importa? No. Tal vez explique algo las cosas, su música, sus canciones. Pero no importa gran cosa cuando uno la escucha.

Toca la guitarra con dos dedos -el pulgar y el índice- con un estilo primitivo e intenso, acaso el mismo estilo autodidacta de los viejos bluesmen acústicos del sur. ¿Se puede ser brusco y delicado a un tiempo? Sí.

Y luego está la voz de Sunny, poderosa y melancólica, que llega al corazón del que la escucha. Y eso, en el prefabricado y falso mundo de la música actual, es un raro -e inapreciado- tesoro. Billie Holiday, Elizabeth Cotten, Robert Johnson, Elmore James, Mississippi John Hurt, Joan Armatrading, Tracy Chapman… encuentran en Sunny War una continuación natural, fuerte, cortante, verdadera, real, y tan tangible y vibrante como el eco de una garganta conectada directamente, sin poses, argucias o trampas, con el corazón.

Herida

Respira la herida que sueña
con ser una hermosa cicatriz,
pero es el tiempo quien convierte
la realidad en una condena.

Siento el futuro ahora ya
como un pasado imposible
y cada ceremonia que fingimos
solo intenta borrar lo real.

Persiste la herida en nacer
otra vez, aunque ya sin sangre.
Una marca incisa en la piel
da una idea inexacta del amor.

La herida ya no respira,
tampoco sueña, ni sangra.
Un amanecer impávido
se derrumba sobre nosotros.

Cicatrices y ceremonias marcan
la ruta del día: su debacle.
Indelebles y falsas, ocultan
la idea más exacta del amor.

El tiempo tiene ahora la forma
de un interminable costurón.
Expira la herida que duerme
y cada cicatriz cobrará su deuda.

La rama hacia el sur (y IV)

Recuerdo confundidos aquellos días, similares, intercambiables y casi felices. Caminábamos de sol a sol por carreteras de tierra o campo a través, a menudo al borde de los extensos y sucesivos cultivos. La primavera también nos estaba alcanzando. Era una sensación extraña la de andar, sin nada a cuestas ni nada entonces que perder, en tierra extranjera. Y no sentíamos nostalgia, ni por nuestra tierra ni por las montañas en donde vivimos tantos años, sino una especie de liberación, la de estar estrenando algo que no sabíamos manejar pero que nos estaba llevando lejos, cada día más lejos y, a un tiempo, cada vez más cerca de las montañas del sur, que al fondo del horizonte, como un decorado de cartón piedra, azul y elemental, nos estaban esperando. Y era extraño también sentir que estábamos pisando, por fin, el territorio que intuíamos a lo lejos, difuminado en los confines, como una extensa tela desenrollada de un extremo a otro del arco del cielo, cuando nos sentábamos a contemplar, desde nuestras atalayas derruidas, las inseguras y quebradizas líneas de las lejanías. Ahora andábamos por ellas. Y era casi irreal.

Sin caballo y sin equipaje era más fácil -aunque más lento, mucho más lento- todo. Íbamos evitando las grandes rutas y sobrevivíamos de lo que encontrábamos y de lo que cogíamos al descuido. Estábamos dejando de ser fugitivos o exiliados para convertirnos casi en vagabundos. Aunque en aquellos tiempos confusos, eran muchos los que iban y venían. Los caminos vomitaban a menudo grupos de viajeros que parecían expulsados de algún sitio. La mayoría se dirigía al territorio recién conquistado del norte, en busca de una mejor vida o nuevas posibilidades de encontrarla. Otros regresaban. Y otros más, como nosotros, preferían escapar de la ignominia y del impuesto control de los ocupantes e intentaban traspasar las montañas del sur en busca de lugares distintos, nuevos y lo suficientemente alejados de todo esto. Eran pequeñas hordas de caminantes llenos de polvo que, al caer la noche, se apartaban de los caminos y se reunían en pequeños campamentos en torno a una pequeña hoguera. Hasta el horizonte, esos pequeños fuegos pespunteaban los campos en una tosca imitación de lo que brillaba en el cielo. Se oían voces e incluso risas, una vez una guitarra, hasta que el cansancio los derribaba. El rocío de la mañana les vendría a tocar en el rostro y a decirles que había que continuar la marcha hacia algún lugar mejor o simplemente otro.

Las montañas azules del sur se nos mostraban cada día más grandes y menos azules. Eran ya varios los días pasados desde que cruzamos el río. Los caminos no eran difíciles, a menudo se ofrecían amables. Las llanuras se sucedían separadas por leves lomas. Avanzábamos paso a paso, como si ya no huyéramos. Nuestro aspecto era una acabada conjunción de cuero y polvo, pero, por algún inexpresable motivo, caminábamos, aunque exhaustos, en un estado de rara felicidad. Haber franqueado la frontera, haber dejado atrás hasta la más pequeña porción de lo que pudiera ser un equipaje, estar pisando aquellos lugares tanto tiempo apenas vislumbrados a lo lejos, semiocultos en la bruma de lo inaccesible, hacerlo juntos y en silencio, nos proporcionaba un estado de inesperada armonía. Los pájaros cantaban y las nubes eran blancas hasta que se deshilachaban. Nuestra penuria no solo no nos importaba, sino que la transportábamos con agrado. A veces sonreímos sin motivo.

Tampoco nos planteábamos qué iba a ser de nosotros. Simplemente no lo sabíamos. Al menos, yo. Tal vez no lo supiera nunca. Llegar a las montañas, sin saber muy bien por qué, ni mucho menos para qué, era algo así como un objetivo absurdo, inexplicable, inmotivado. Tal vez el hecho de que estuvieran en el sur fuera la única causa. Caminábamos hacia allí. Era lo que teníamos enfrente. El tiempo, salvo alguna brusca tormenta de granizo, era agradable, templado, casi fragante. No hablábamos mucho, pero nunca habíamos hablado mucho. Solo, de vez en cuando, iniciábamos una conversación escasa, interrumpida por nuestros pensamientos o tal vez por nuestros miedos, con grandes huecos de silencio entre las frases por los que nos dejábamos caer o esperábamos que el otro lo hiciera. Sin embargo, nos entendíamos. De alguna manera. Nos gustaba por la noche, tumbados en el suelo, mirar las estrellas brillar desperdigadas por el cielo, sin ningún orden y tan precisas a la vez.

Dentro de dos días nos toparíamos por fin con las estribaciones, por fin reales, de aquel macizo montañoso que suponía para nosotros, habitantes condenados tiempo atrás a vivir en las más agrestes y feroces montañas del norte, el fin del mundo conocido hacia el sur, el muro azul que cerraba el horizonte, la promesa incierta de que otra tierra, otra vida acaso, era posible. Volveríamos a trepar siguiendo una inercia que nos mantenía vivos, esquivando los llanos y valles, renunciando a las escasas poblaciones que se acostaban sobre las faldas de las montañas y que podrían ofrecernos una posibilidad de empezar de nuevo entre la gente. Pero ni siquiera nos lo planteamos. Debíamos continuar sierra arriba, buscar un lugar apartado, como si estuviéramos apestados o fuéramos incapaces de contagiarnos de aquella otra peste más benigna que imaginábamos que pudieran tener los habitantes de las llanuras, de los poblados, de las ciudades. La soledad era una droga demasiado potente, demasiado adictiva. Allí arriba la vida era más dura, pero en su escasez encontrábamos atisbos -tan valiosos- de una necesaria armonía. O eso creíamos. Tal vez solo fuera un impulso, una necesidad irracional. O una huida sin más y perpetua.

Evitamos, como hacíamos siempre, los pueblos y poblados y buscamos alguna trocha que nos llevara hasta las cimas, aún con neveros. El aire todavía era frío y los bosques de pinos habían alfombrado el camino de agujas secas. Nos sentábamos cada poco a descansar, sobre alguna peña al sol, calculando lo que nos quedaba. No eran tan altas ni tan imponentes ni tan agrestes como las montañas del norte. Pero ahora teníamos que transitarlas a pie. En uno de esos descansos para recuperar el aliento le comenté que, cuando llegáramos a la ladera sur, buscaríamos un lugar en el que quedarnos. Seguir huyendo sería una condena renovada a diario. Y yo estaba ya muy cansado. En algún pequeño y soleado valle podríamos construir una casa de piedra e intentar sobrevivir en aquellas tierras más amables y soleadas, protegidas de los vientos del norte. Yo hablaba, y ella movía una ramita seca contra el suelo de piedra de la roca donde estábamos sentados, como si la rascara. “Una casa”, dijo. Comimos algo -pan duro y un resto de embutido que robamos en un caserío- y nos dispusimos a seguir nuestra ascensión en busca de algún portillo que nos llevara al otro lado. No lo dijo con entusiasmo, carecía de entonación precisa la frase, sonaba más bien como una repetición -un eco- de lo que yo había dicho. Una casa. No pude llegar a saber lo que pensaba. Una hendidura suficiente entre la pedregosa crestería nos permitiría esquivar las cimas y acceder a la vertiente sur en menos tiempo de lo esperado. Queríamos acampar ya al otro lado. No tuvimos tiempo de mirar siquiera el sol ponerse como una fruta demasiado madura engullida por el horizonte insensible. Teníamos que apresurarnos y buscar un abrigo para pasar la noche.

Conseguimos, aunque íbamos ya sin hálito, traspasar el exiguo puerto que nos llevó a la otra ladera, la que miraba al sur y estaba más resguardada de los fríos vientos del norte. La vegetación era escasa y pobre, y aún más a la decreciente luz del crepúsculo. Las piedras volvían a ser nuestras amigas. Una gran peña, precipitante e inclinada, ofrecía una especie de cobijo en el que decidimos pasar esas horas nocturnas hasta que amaneciera y descansar de los esfuerzos y los días. No era un lugar cómodo pero estábamos, al menos, al resguardo. La visión de los campos allá abajo, aún sin la luz del sol, era sobrecogedora. La tierra, que se extendía hasta perderse en nuevos y sucesivos confines, llana y difuminada, parecía estar en paz. Pequeñas luces temblaban. Apenas nos quedaba nada que llevarnos a la boca. Con la espalda apoyada en la pared de la roca mirábamos esas luces, temblonas, casi intermitentes, como pequeñas llamitas expuestas a los vaivenes del viento. Pero permanecían empeñadas en alumbrar algo, lo que tuvieran que alumbrar, lo que fuera que allí hubiera.

Dije al cabo que, a partir de mañana, buscaríamos un lugar algo más abajo, a eso de media montaña, un pequeño valle, una llanada suficiente, antes de que hubiera lugares habitados o simplemente transitados, para permanecer -y descansar- unos días, y tal vez, si fuera un buen lugar, o un lugar adecuado, intentar construir algo así como un cuarto, un pequeño cuarto de piedra, algo así como una casa, e intentar vivir en ese lado de la montaña, tan lejos de las nuestras, mirando al sur, sin el azote de los vientos del norte, cazando lo que hubiera, incluso plantando algo si era posible, llevar una vida más tranquila y dejar, por fin, de huir. Dejar de huir, le dije.

Estaba acostumbrado a su silencio. Era más consecuente con nosotros, con nuestra vida, con el lugar en donde estábamos y con lo que teníamos enfrente, que mi tartajeante y bienintencionada palabrería. Ella no decía nada mientras la noche respiraba y las luces en el horizonte brillaban.

Pero, unos minutos después de que yo le hubiera contado lo que pretendía, rompió ese silencio de manera imperceptible y empezó a hablar como si se hubiera interrumpido la conversación por algún cataclismo y hubiera que retomarla de cualquier manera, jugando a esa ficción de hablar entre dos, entre nosotros dos. “Sí. Tenemos que buscar un lugar. No hacemos otra cosa. No hemos hecho otra cosa desde que empezamos. Un lugar. No es pedir mucho”. Ahora brillaban ya las estrellas con más intensidad que esas débiles luces de la llanura. “Dices que éste, o un poco más abajo, es el lugar. Después de tantos otros lugares. Y ahora, por fin, hemos llegado hasta aquí”, en ella los silencios entre las frases eran también frases con sentido, “y aquí no es ningún sitio”. Prosiguió con su hablar dulce y mecánico, sin apenas entonación aparente, una salmodia triste, cansada y entrecortada. “Nunca he sabido lo que me impulsa a seguir pero, gracias a ese impulso, sigo. Es algo que no entiendo. Y camino cada día como si fuera el primero. O como si fuera el último. Hay poca diferencia. Y poco más. Continúo para no parar. Llegar es secundario, casi un accidente más del camino”. Aunque el viento se había acostado seguía haciendo frío allí arriba. Nos arrebujamos en las mantas, estábamos demasiado cansados como para hacer lumbre. Tiritó. “A veces, cuando apoyaba la cabeza en tu hombro, me tranquilizaba, incluso me podía hacer la ilusión de que era feliz”. Lo dijo con la misma entonación, con esa falta de énfasis habitual, que dijo las otras cosas. “Ahora hablas de buscar un lugar, de intentar construir una casa. Una casa”. Debían ser más importantes los silencios que lo que decía, pero yo no los sabía interpretar. “Deberías saber que cuando todo encaja, acaba”. Ahí terminó la conversación. No supe retomarla. Algún otro cataclismo minúsculo e inadvertido la había interrumpido de nuevo. El silencio de la noche era imponente en aquellas alturas. Se inclinó y apoyó su cabeza en mi hombro. Creo que conseguimos dormir algo.

Recuerdo aquellos meses como los mejores de mi vida y, sin embargo, no podría contar nada extraordinario de ellos, salvo, acaso, que encontramos un lugar y allí intentamos construir una casa. El resto flota en una nube de recuerdos evanescentes e intercambiables, que se van deshilachando como nubes, la mayoría perdidos ya. Los años de la guerra y los meses de la huida quedaron definitivamente atrás, al otro lado de la montaña, enganchados para siempre en las cimas de aquella cara norte, agreste, hiriente y fría. Aquí, todo iría a cambiar, y al descender durante unas horas desde la cima, encontramos una vaguada que flanqueaba un robledal a la izquierda y un arroyo suficiente a la derecha. Nos pareció un buen lugar, algo así como una interrupción o un paréntesis. Más adelante comprobamos que durante los meses del verano apenas llevaba agua el arroyo, pero entonces ya no nos importó. La pradería que ocupaba la pequeña explanada era feraz. Y estaba al resguardo de los aires fríos del norte y también, de alguna manera, de los más oscuros nubarrones de nuestro pasado.

Recuerdo también el duro trabajo que supuso construirnos una casa, aunque esa palabra sea algo exagerada para referirse al cuarto de piedra que conseguimos, al cabo de unos cuatro meses, levantar. No era extraño encontrar en estos territorios construcciones de piedra seca, sin posibilidad -ni necesidad- de argamasas o cementos, solo la piedra encajada una sobre otra. Muros, paredes, terrazas, cuartos, rediles, cochiqueras, bardas, linderos, dibujaban las líneas de los campos y desmontes con una caligrafía algo gruesa, pero precisa y duradera. Así que, a la manera de los chozos de piedra de los pastores o los cuartos que presidían las viñas, nos dispusimos a construir, con lo único que teníamos a mano -piedras, más piedras y ramas-, nuestra casa, no más que un refugio donde pasar las noches de invierno, descansar al final de la jornada o cobijarse de las inclemencias del cambiante tiempo de las montañas.

Fueron meses arduos y, en ocasiones, desesperantes. Las grandes piedras, a duras penas arrastradas, que sirvieron de base a los muros, fueron colocadas sobre unos mínimos cimientos que tuvimos que rozar y cavar en el suelo con grandes y aplanadas lascas de piedra. Todo se manejaba despacio. Sobre este zócalo recio, robusto y resistente, iríamos colocando las piedras que conformarían las paredes. Hileras de piedras que debíamos encajar de tal manera que, sobrepuestas, quedaran lo suficientemente firmes, lo suficientemente fijas. Fueron días y días de acarrear piedras y no todas valían. No había que precipitarse y colocar cualquiera. Tenían que encajar y sostenerse una contra otra de manera segura. A menudo había que partirlas. Las que no valían -no encajaban- las tirábamos a un montón que iba creciendo cada día. Muchas de las que no encajaban en una altura, encajaban más tarde, encontrando, al fin, su lugar en el muro. Cuando tuvo la altura suficiente -y una puerta y una pequeña ventana- construimos un somero pero resistente entramado de gruesas ramas de madera a manera de vigas. Sobre ellas iría una cubierta con ramas y retamas, que a dos aguas, impermeabilizarían -siempre que el aguacero no fuera demasiado torrencial- nuestro modesto y pobre habitáculo.

A medida que iba tomando forma -no más que un cuarto, pero nuestro cuarto- nos fuimos familiarizando con esa pequeña vaguada, apenas una terraza llana encajonada entre paredes de piedras y peñascos, y con los alrededores, extensos robledales que cobijaban buena caza y buena cantidad de hierbas y frutos silvestres comestibles. La vida allí no sería fácil. Pero teníamos la vieja costumbre de sobrevivir siempre. Una navaja y una pistola era lo único que teníamos. Y cuando tuviéramos espárragos o pieles para vender, bajaríamos a uno de los pueblos cercanos para intentar conseguir algo -balas, comida, algún apero- a cambio.

Y un buen día terminamos la casa de piedra. Nos sentamos entonces a contemplarla desde una distancia suficiente y empezamos a reír, a reírnos de la casa, a reírnos de nosotros, en un arranque absurdo de felicidad. Era como si no la hubiésemos construido, como si hubiera estado ya allí antes, mucho antes de que llegáramos nosotros, era como si nadie la hubiera construido, como si hubiera “crecido” de entre las piedras, como si se hubieran organizado ellas solas, como si al formarse, millones de años ha, las montañas, hubiera surgido también ella y ahora se nos mostraba, cuadrada y recia. Ojalá hubiéramos tenido una botella de vino.

Ya he dicho que apenas recuerdo nada de aquellos meses, casi un año, que fueron los más felices de mi vida. Subsistir, conseguir algo de comida, era nuestra única -y no era poca- preocupación. Pero, unas veces mejor, otras veces peor, nos fuimos apañando. En los ratos vacíos de ocupaciones nos sentábamos a mirar la lejanía de los confines del horizonte, que se extendía allá lejos, más lejos, allá abajo, más abajo, y a oír, en una especie de éxtasis desconocido y banal, el canto de los pájaros.

Pasaron los días y todo iba, por fin y de alguna manera, encajando. Por eso no me sorprendió -aunque me hundió en las más negra desesperación que aún, al cabo de los años, intento sacudirme- que un día de principios de primavera, por la mañana temprano, recogiera sus cosas y se vistiera para emprender, de nuevo, su viaje hacia ninguna parte. Intentó explicármelo, aunque los dos sabíamos que no era necesario. No puedes impedir lo que nace sin premeditación. Ella cargaba, acaso desde que nació, con el intangible peso de una condena que la obligaba, antes que a cualquier otra cosa, a ser libre, a intentarlo siempre. Sentada en el poyo de la puerta, a mi lado, mirando, como si lo hiciéramos por primera vez, los campos sucesivos de los llanos de los territorios aún más al sur, empezó a despedirse a su manera: “No sé si me conoces. Supongo que ya intuías que esto, vivir en las montañas, solos, sin otro afán, no duraría mucho. Tal vez tú si lo consigas y te harás viejo aquí y te echaré de menos siempre y me acordaré de ti. Pero yo empiezo a sentirme como si estuviera de nuevo en la aldea de las mujeres. Aquella sensación de estancamiento. Ya sé que vaya donde vaya y haga lo que haga, nada podrá cambiar. Nada puede hacerse. Pero hay que continuar. Tengo que seguir. No puedo parar. No me conformo nunca. Ni siquiera con esto. Esta casa, tú… Puede que no lo entiendas nunca”. Y era cierto, me ocurría a menudo desde el principio, que no la entendía, pero siempre la sentía. Como ahora. Esa obstinación suya de rechazar el principio de realidad, las cosas como son, la vida como se nos presenta. Esa obstinación de su espíritu libre golpeándose siempre contra el imponente poder del mundo y de las cosas. Mi perplejidad apenas me dejaba entender algo más, confusamente. Sabía que volvería a estar solo. Miraba ahora el horizonte sin verlo. Y era más extenso aún, inacabable.

“Me marcho. Tengo que partir. No sé adónde. Tampoco me preocupa llegar. Se trata de partir, de partir siempre. No podría quedarme mucho más aquí, en nuestra casa de piedra. Es un buen lugar para ti. Sin embargo, yo…” Estábamos sentados uno al lado del otro, inmóviles, casi rígidos, las espaldas contra las piedras de la pared, hasta que se levantó y se echó su mochila al hombro. Yo también me levanté, ya hundido en el pozo de mi soledad futura. Y nos abrazamos. Y las lágrimas, aunque no se podían diferenciar, eran de felicidad y de pena, de gratitud y reproche. Nos separamos. Luego ella empezó a andar por el camino que llevaba hasta el primer pueblo y después seguiría hacia el sur. Yo me quedé clavado, de pie, y supe en ese instante que estaría clavado en aquel lugar para siempre, en aquel pequeño valle y en aquella casa de piedra que un día construimos. Era un buen lugar para mí.

Solo horas después reparé en algo que me dejó confundido, sin saber muy bien a qué atenerme. Y era que ella ni siquiera me ofreció la posibilidad de que la acompañara. Acaso prefirió no darme esa opción. O acaso sabía lo que le contestaría.

Ella estará lejos de aquí ahora, igual de lejos de lo que ella estará de lo que busca, pero todo esto no importa. Aún la recuerdo yéndose, camino abajo de la montaña, como si llevara, guardada en algún sitio de su corazón, inextinguible, la luz del albedrío.