El metal del alma

Las horas altas giran ingrávidas
y la urgencia de la vida entera sopla
sobre nuestras cabezas mientras
la pena invade los metales.

(Las playas del sur en invierno
esperan la llegada de un ciego
que ordeñe las ubres de la luz)

Oigo ahora el llanto mudo de las alcobas
y contemplo la luz del sol sobre los insectos,
su delicada sombra proyectada y rota.

Y sé entonces que el metal del alma
se funde si la tocas,
sé que son las grietas
quienes sostienen el edificio,
sé que un pétalo en el suelo
no sirve para nada
y que un cubo lleno de agua
también refleja el cielo.

Y tiembla.

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Editor

Abrió el libro en cualquier parte y señalando por tanto una página cualquiera, dijo:

-Es mi opinión, y espero que no sea usted uno de esos mierdas individualistas que no toleran que le corten una coma, hay que cambiar algunas cosas. La literatura, mi querido Antonelli, es un acto corporativo. ¿De acuerdo?

No sé a qué se refería, pero igual dije que sí porque golpeó el escritorio con un puño y me apuntó con el cortapapeles:

-Esto, esto y esto lo podemos condensar; ¡dije CONDENSAR!, en una sola página, inclusive en una sola palabra.

No sé a qué se refería, pero igual dije que sí al término condensar, detalle que recuerdo ahora, porque en ese momento casi me salta el corazón por la boca, pues el degenerado mientras gritaba esto, esto y esto iba arrancando una hoja tras otra. Me levanté de la silla temblándome el ojo de tal loca manera que veía un montón de Requenas y creo que alcancé a decir: “Un momento…” No me dio tiempo para más porque volvió a saltar y poniéndome una rodilla en el pecho me gritó a la cara:

-¡Soy el editor! ¿No es así?

Tenía un aliento a sótano que mataba.
Con la misma rapidez se calmó y volviendo al escritorio dijo con los ojos entrecerrados y voz de falsete:

-No se preocupe usted por nada, señor Antonelli. Confíe en mí, se lo ruego. Un editor es algo más que un simple hijo de puta. Es un amigo, un padre… ¿De acuerdo, señor Antonelli?

Haroldo Conti. Bibliográfica. La balada del álamo carolina. 1975

La hora malva

La hora malva dura apenas unos instantes,
pero las umbrías la guardan durante el resto del día
como un eco de la noche agazapada
al otro lado de los taludes, entre la fronda.
Ha pasado el tiempo
-azul que se vira hasta desaparecer-
y ya no es como ayer. Fingir
nunca es divertido y la lucidez estorba.
Ahora debo seguir el rastro hasta perderle,
antes de que el amanecer nos conceda su privilegio.

Domingo por la tarde

Ya no hay cines de sesión continua. Entrabas en la oscuridad después de apartar un pesado cortinón y seguías la escasa luz de la linterna del acomodador hasta que dificultosamente llegabas y te sentabas en la butaca y empezabas a ver una película ya empezada, a la mitad o en su tramo final ya. Hasta que terminaba. Y luego veías la otra -siempre eran dos- ya en su orden, desde el inicio, y entera. Y entonces permanecías en la hundida butaca y veías -ahora ya desde el principio- la primera película, hasta que comenzabas a reconocer las escenas que ya viste cuando entraste. Era hora entonces de levantarse y salir del cine y volver a la calle, y allí, en mitad de la vida real de nuevo, volver a reconocer las escenas que estabas viendo antes de entrar al cine. Pero sin poder levantarte y salir.

Una de las cumbres, dicen

Hay lecturas insufribles, absurdas y fácilmente sustituibles que, sin embargo, sufrimos hasta su última página -exhalando al cabo de la misma un bufido de alivio-, obstinados, más que en el error de la elección, en su completa y torturante duración.

El azar -y cierta inquietud completista y caducamente erudita; pedante, se mire como se mire- me llevó a la lectura de las Rimas Inéditas de Fernando de Herrera, todo un clásico -así está considerado- de la poesía de nuestro, así llamado, Siglo de Oro. (En este punto de la entrada entiendo -y comparto- que la mayoría -por no decir todos- de los que se han aventurado -ya sea por equivocación, puro azar, aburrimiento o una asombrosa fidelidad- a entrar aquí, hayan subido el cursor hasta la pestaña de la página para cerrarla. Y a otra cosa. Hasta otro rato entonces. Adi…)

Fernando de Herrera nació en Sevilla en 1534 y es conocido especialmente por sus Anotaciones a la Poesía de Garcilaso (1580). Su poesía pretende continuar la herencia petrarquista -su cancionero poético es fundamentalmente de tema amoroso- y ha pasado también a la historia de la literatura como uno de los primeros eruditos centrado de manera casi exclusiva y onfaloscópica en su quehacer literario. Dice la crítica -adocenada y reiterativa, chapoteadora feliz en los mismos lugares comunes- que con Herrera la lírica del siglo XVI llega a una de sus cumbres. ¡Ja!

La lectura de sus sonetos, canciones y églogas han supuesto para mis encallecidas entendederas lectoras todo un suplicio. Centenares de versos carentes de cualquier vestigio o apunte de vida o sentimiento, reiterativos y encadenados a una retórica perfecta, aprendida y tan previsible como vacía. Como un músico virtuoso que dominara asombrosamente su instrumento pero sin capacidad para decir algo nuevo o que conmueva. Irritante a los pocos minutos de soportar su arte. Escribe poesía -petrarquista, neoplatónica, ponga los antecedentes o corrientes que usted quiera o encuentre- porque sabe escribir -es técnicamente irreprochable-, pero no porque tenga algo que decir. Su corazón es el de un orfebre minucioso y predecible en su artesanía, y no el de un poeta angustiado o feliz. Todo lo que nos admira y subyuga en Garcilaso, lo echamos tanto en falta en Herrera…

Sus poemas, poemazos y poemitas reiteran con el mismo mecanismo creativo la misma queja y desdicha por un amor imposible o no correspondido. Una precisa -e innecesaria- herramienta retórica llena de lugares comunes, escasos, siempre los mismos, repetidos hasta la arcada. Su amor -dice en ellos- es desgraciado, no correspondido e imposible. Pero ni es amor, ni busca que sea correspondido. No es más que una excusa -que literariamente necesita- para poder castigarnos con sus reiterativos y vacuos poemas. Gran balumba tronituante y autosatisfecha.

Dice la crítica -volviendo a pisar los mismos charcos que se forman en los mismos lugares comunes que se repiten de generación en generación- que a Fernando de Herrera se debe “la creación de una lengua poética de altura, cuidada en sus aspectos rítmicos y dotada de imaginería propia”, que “el registro amoroso de su poesía ofrece una delicada elaboración de temas petrarquistas”. Quien tenga interés -no creo que quede ya nadie- en corroborarlo, que se aventure en su lectura. Vamos, si es cierto lo que dicen los eruditos y expertos, que baje Dios y lo lea. Yo, inexplicablemente, he salido escaldado de las lecturas de sus Rimas Inéditas. Que deberían haber seguido estándolo.

Me he abstenido de seleccionar al azar, como debiera haber hecho, algunos ejemplos para mostrar tales monsergas petrarquistas -pobre Petrarca, las tropelías que se cometieron en tu nombre-, y lo que traigo aquí -más como costumbre o tradición que como venganza- son unos pasajes, apenas unos versos, que me he visto negro en seleccionar y que pueden tener algo de valor:

Entre espinas, huyendo este desierto,
pruebo buscar el paso no dañoso.
Resuena áspero el viento tempestoso,
el cielo en negra sombra está cubierto.
Ya corro, despeñándome, sin tiento;
ya doy en las espinas con mis ojos,
y término no hallo en mi camino.

O estos otros versos dirigidos a su -pobre, si llegó a intentar siquiera leer estos poemas- amada:

…vos sois mi mal, y junto sois mi gloria,
aunque ingratos y crudos en mi pena;
no tenéis ya memoria,
después de que me enlazaste la cadena
que no podrá romper desdén y olvido,
ni el dolor de mi tiempo mal perdido.

Extrema su amor con estas metáforas ardientes:

Abrásame las venas este fuego;
las junturas y entrañas abrasadas
siento, y nervios arder y correr luego
las llamas por los huesos dilatadas.

Y ya acabo:

Yo sé bien cuánto duele una esperanza
que huye, y un temor que crece en pena,
y cuán vano es el fin de mi deseo.

Calma en los prados

Los azules verdean
y hay calma en los prados,
tranquilidad en los caminos.
El humo se pierde y es algo todavía,
algo todavía y ya nada en el cielo.
Recuerdo los girasoles inmóviles
en los días nublados esperando
acaso la luz fría de la luna llena,
cuando el corazón cabía en un puño
y las manos no se atrevían aún
a acariciar las cicatrices.
Ahora antes de que anochezca
tiendo las sábanas en lo alto
de las más lejanas colinas
y camino ya sin miedo
entre la hierba crecida.
Hay calma en los prados
y tranquilidad en los caminos.
El campanario se oxida a lo lejos
y el muro de tierra del huerto
late con el preciso y cada vez
más desganado intervalo del cangilón.
Regreso a casa cuando los verdes azulean
y el frío desciende sobre nuestros hombros.
Habrá que mantener este invierno
las hogueras encendidas por las noches.
Ya no me pregunto quién
despierta al gallo para que cante.

E-mail

Desde que me han actualizado -a la fuerza- el correo -su diseño, sus funcionalidades-, me funciona peor, o acaso sea yo el que se maneja peor con él. Supongo que lo hacen por nuestro bien, por mejorar, pero yo no acabo de creérmelo. Siempre he pensado que tienen otros intereses. Porque -¿quiere actualizarlo ahora o dentro de una semana?, esa era la disyuntiva que te proponían, o sea, nolens volens- ni siquiera te dejan la opción de mantener el viejo y obsoleto correo, tan básico como eficaz, y lo que es más importante, sin tantas prestaciones que no voy a utilizar nunca, ya sea por desidia, por simple incapacidad técnica o porque ni las necesito ni las voy a necesitar. A no ser que al hacerlo me cree esas nuevas necesidades y entonces me parezca este nuevo correo, con sus nuevas y prodigiosas utilidades, una maravilla. Una maravilla que muy pronto -otra vez- ha de quedarse obsoleta. Ya se encargarán ellos.

Lo que más me ha sorprendido -ya ni siquiera me ha parecido mal ni me he indignado- es que, antes de elegir la opción de responder, te aparecen ya respuestas fabricadas que solo tienes que seleccionar y enviar -desde el más evidente ¡Gracias!, al más extrovertido ¡Genial! o el más escueto Ok-, sin necesidad de tener que molestarte en escribir la contestación al correo que te había llegado. Así que, con la noble y loable intención de facilitarte el trabajo y ahorrar tu valioso tiempo, se empeñan en dártelo todo tan masticado -como si tuvieras dificultades no solo para morder, sino incluso para deglutir-, que este ofrecimiento de papilla o comida precocinada, la tragues o no, te puede llegar a inducir la contestación y escribir algo que sientes que se debe parecer a lo que te proponen, que es, o debe ser, lo habitual, lo correcto, lo debido. Aunque da igual rebelarte, porque si optas por escribirlas tú mismo y a “a tu manera”, sabes que se acabarán pareciendo cada vez más a las opciones que te ofrece la máquina y puedes, finalmente, acabar “entrando en vereda” y clicar -dejándote de más líos- lo que tan amablemente se te ofrece: “Ves qué fácil. Si al final es lo mismo que ibas a decir tú”.

Pero empezar a usar estas respuestas fabricadas por la propia aplicación -creo que- puede acabar derivando en situaciones paradójicas, al menos curiosas o que a mí me seguirán pareciendo extrañas. No es descabellado llegar a imaginar intercambios de mensajes automáticos, sin nuestra participación, aunque sean nuestras cuentas de correo, mensajes elaborados por las plantillas propuestas de la propia aplicación o sistema -¡y enviados!-, como si fueran las cuentas de correo las que -por su propia y redundante cuenta- entablaran, ellas solas, la comunicación entre las dos personas titulares de las mismas. Entonces quedaríamos nosotros solo para clicar el botón de enviar. (Una nimiedad técnica que podría ser -y lo acabará siendo- incluso evitada)

De momento son frases bastante escuetas, o solo palabras, las que se nos ofrecen tan amablemente para que las elijamos, pero estoy seguro de que con el tiempo serán capaces de mayores desarrollos, párrafos que incluso contendrán referencias a nuestros gustos, circunstancias familiares, estado de ánimo o costumbres. Es cuestión de tiempo y de información. Y ya la tienen toda. O casi.

Por ahora las evito y me tomo la molestia en escribir yo las respuestas. Lo que sí echo de menos es que no tengan ya preparadas diversas plantillas de inicio -no de respuesta, sino para redactar un mensaje nuevo- con las que seleccionar el texto completo de un correo y evitarme así el fastidio -tan decadente y pasado de moda, pero tan delicioso, reconfortante y vital- de tener que escribirlo.