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Goliat

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Hay descubridores que prefieren ocultar sus descubrimientos, exploradores que nunca confesarán que han estado en lugares donde nadie ha estado antes, científicos que deciden no revelar sus secretos, esposas que transigen en silencio las infidelidades de sus maridos, niños que engañan a sus padres siempre que les es posible, policías que dejan escapar siempre a los mismos forajidos que piensan que no han sido capturados porque son muy hábiles.

De la misma manera, Goliat pudo en varias ocasiones haber acabado con el pequeño y débil David. Un simple gesto con su brazo izquierdo podría haber sido suficiente para liquidarle sin esfuerzo, sin siquiera despeinarse.

Pero, no sabía muy bien por qué, le resultaba simpático, incluso un punto conmovedor, tan animoso siempre y encorajinado. Le divertía ese ridículo y dispar enfrentamiento que David se empecinaba en mantener. Pero con todo, era tanta la diferencia de fuerzas que había entre ambos, que a Goliat le daba no se qué acabar con su oponente.

En cambio, David aprovechó un descuido y decidió no perdonarle la vida a Goliat.

Todo sucederá

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Todo sucederá
antes de que nos demos cuenta.
Mientras te das cuenta de que nada sucede,
sucede aquello de lo que no te das cuenta.
Siempre estás dándote cuenta de todo,
salvo de lo que verdaderamente cuenta.
De lo que no importa te das cuenta.
De lo que importa no te das cuenta.

Hasta que un día,
antes de lo que piensas,
sucederá todo aquello que quieres
-o no quieres- que suceda.
No sé si será justo
(nada tiene que ver con la justicia),
no sé si será necesario
o acaso, sin más, finalmente inevitable,
pero con toda seguridad sucederá
y no nos habremos dado cuenta.

Es otoño y las hojas caen. También están repintando las líneas y señales de las carreteras. Y ocurrió esto al trabajar los operarios con prisa bajo los árboles de la avenida: un pequeño error sin ninguna importancia. Alguien lo vio, hizo una foto y decidió compartirla.

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La silueta de una hoja sin pintar divide Facebook

Según cuenta la breve noticia -¿es realmente una noticia?-  en “una línea continua recién pintada en una carretera” ha quedado la silueta de una hoja perfectamente delineada.

Ha quedado así, un poco a la manera de esas primeras pinturas que el ser humano, hace unos cuantos miles de años, dejó dibujadas sobre las paredes de una cueva, en las que aparecen unas manos silueteadas. Aún perdura del gesto de colocar la mano sobre la pared de la cueva y aplicar las tinturas naturales sobre ella y un poco más allá de sus bordes. Al levantarla quedaba como impresa en la pared iluminada por la temblorosa luz de una hoguera. Así, más o menos, ha quedado ahora la hoja sobre la superficie del asfalto.

Resulta que “el operario que realizó el trabajo no reparó en que, en uno de los tramos, quedó una hoja en el camino que recorrió la máquina de pintura”. Todas fueron apartadas, pero una quedo atrapada -y milagrosamente extendida- bajo la máquina que, al pintarla de blanco, dibujo involuntariamente su preciso perfil.

Cuentan también que hay gente que se ha movilizado para que quede la línea continua como está, una curiosidad o un error artístico, no sé si como homenaje al otoño o a la hoja.

Pero ya hoy se han manifestado representantes de la empresa encargada de recordarnos la normativa de señalización vial. Achacaron el error -ellos prefieren denominarlo error- “a la velocidad de las máquinas y a la cantidad de hojas que se caen en esta época otoñal. Dijo, además, que «se solventarán los desperfectos a la mayor brevedad»”. También lo consideran un desperfecto.

Ya en el diario de hoy la empresa aclara “que el repintado de esa línea se llevará a cabo «próximamente», como marca la normativa de señalización vial, y valoraron estas situaciones como «cosas inherentes que pueden ocurrir»”. De forma definitiva, por si quedaba alguna duda, añaden que la hoja -la silueta de la hoja- “se ‘teñirá’ también de blanco para dar uniformidad a la línea de señalización vial”.

Bebía

No bebía para emborracharse, aunque cuando bebía se emborrachaba. Sabía que no debía e intentaba no hacerlo, pero siempre terminaba bebiendo más de lo que debía. Eran tantas las razones que había -y que tenía- para no beber -o al menos, para no beber tanto-, que no sabía por cuál de ellas decidirse y, al final, cuando ya había empezado a beber, las consideraba nimias unas o aplazables otras.

Todos creían que bebía para olvidar, pero cuando bebía no olvidaba nada, simplemente aquello que recordaba -o aquello que tenía pendiente- le resultaba soportable. Ya sabía demasiado bien que beber no era la solución, que no era más que un callejón sin salida, pero ya hacía tiempo que había renunciado a encontrar soluciones o salidas. Simplemente bebía porque al hacerlo sentía que había encontrado un rincón acogedor y suyo, aunque estuviera al fondo de ese inhóspito y solitario callejón.

Bebía porque los días eran demasiado largos. A última hora de la noche estaba definitivamente borracha, pero sentía que había sobrevivido, una vez más, al día.

Siempre había algún pelmazo que la invitaba, pero el juego ya no era divertido. Era como jugar con las cartas marcadas. Si se empeñaba en acompañarla a casa sentía hastío, ni siquiera pena por el pelmazo. Prefería tomar la última. Las luces de los bares debían tener algo hipnótico. Iluminaban realmente aquellos lugares que consideraba ya su casa. Al salir se sentía perdida.

Nadie entendía que bebiera para emborracharse, cuando ella, en realidad, no bebía para emborracharse, solo pretendía beber sin más, estar en otro lugar siempre y, a ser posible, fuera del tiempo, aunque acabara la mayor parte de las noches borracha. Ella bebía para otras cosas. La bebida -como las otras drogas ocasionales- era una vía de conocimiento. Ya sabía que nada podían solucionar, antes, al contrario, terminaban siempre por estropearlo todo. Pero no buscaba soluciones, buscaba otra cosa.

En esa búsqueda terminaba exhausta al día siguiente y con una fenomenal resaca. Pero su espíritu explorador le volvería a llevar a la búsqueda -con una copa, o lo que fuera, en la mano- de aquello que le faltaba. Porque es angustioso vivir sin aquello que uno necesita, aunque no sepa de qué se trata.

Acaso no fueran más que justificaciones, excusas para no reconocer sus problemas con la bebida. Una noche coincidió con un tipo conocido también en el barrio por su afición a los bares. Estuvieron hablando de esto y de lo otro, cada vez más torpe y deshilachadamente. En una de sus confesiones sin importancia, él le dijo: “Yo bebo porque me gusta”. Ella soltó una corta carcajada. Se pidieron otra copa.

Al día siguiente no se acordaba de nada. Tenía la ropa de la cama tendida desde hacía varios días y amenazaba lluvia. Así que decidió recogerla. Las sábanas eran demasiado grandes y tenía dificultades para doblarlas como era debido. Cuando lo intentó con la bajera, que era de esas fruncidas en cuatro puntos de ajuste, fue incapaz de hacerlo siquiera de una manera aproximada, quedaba hecha en burruño. Lo volvió a intentar de nuevo. Le dolían los brazos. Cuando comprobó que era incapaz de doblar la sábana, se sentó abatida al borde de la cama y lloró desconsoladamente.

De regreso

Emprendió el viaje de regreso cuando, en realidad, no había ido a ningún sitio, no había llegado a ningún lado. Habían pasado unos cuantos años, los suficientes para vivir varias vidas, y los suficientes, también, para estropearlas, hasta que, cansado, sin tener ya un motivo claro por el que seguir por esos mundos de dios, tomó la decisión de regresar, de volver a aquel lugar al que, de alguna manera, aunque fuera aproximadamente, podía llamar su casa.

Sentía el paso del tiempo y el peso de los años y de las cosas vividas, sobre todo, el de las cosas vividas. No le importaba reconocer que había fracasado. Estaba regresando, estaba de vuelta, cuando, en realidad, no había ido -no había ido realmente- a ningún sitio. Todo fueron, después de tantos años, rodeos. Estaba de vuelta sin haber ido.

Llega una tarde, un buen día, en el que uno se sienta y siente que el tiempo ha pasado, se ha ido. Queda difuminado, cuando no definitivamente perdido del todo, en la memoria. Un álbum de fotos o una carpeta en el ordenador que nos dará pereza -¿miedo?, ¿tristeza?- volver a abrir, que preferiremos no volver a abrir. Porque todo queda ya muy lejos.

Faltaban un par de horas para volver a ver, oculto tras la última curva, el lugar de donde salió y al que no volvió más que para algún entierro. Ahora había decidido regresar para quedarse, abrir la casa familiar y rehabilitarla. Más que empezar una nueva vida -algo que le producía una pereza infinita-, quería romper definitivamente con lo poco que dejaba atrás, apenas una aburrida colección de fracasos. Con un poco de suerte llegaría antes de que se pusiera el sol.

No había anunciado nada a ningún miembro de la familia. Sus relaciones eran frías y correctas. No pretendía causar molestias. Y esperaba que no se las causaran a él. No contaría qué había hecho todos estos años y cómo le había ido. Tampoco le importaba que hicieran cábalas acerca de ello. Intentaría pasar inadvertido y vivir al margen. Como si eso, en un lugar tan pequeño y apartado, fuera posible. Tampoco le iba a importar que le consideraran un tipo huraño. Simplemente había decido regresar.

Las luces se iban amortiguando y, mientras conducía, se iba fijando en los árboles, en las colinas, en las casas de campo, en los cultivos, en los campos, como si los estuviera fotografiando con la mirada y fueran un escenario fuera del tiempo al que él, más que nada en el mundo, quería acceder, ser parte de esa tranquila naturaleza. Algún fuego humeaba a lo lejos y los pájaros volaban hacia el crepúsculo.

Llevaba horas conduciendo mientras hacía esfuerzos para no pensar. Otros, en su lugar, se verían abocados a hacer balance o a trazar planes. Y de lo que se trataba -lo que pretendía- era no hacer ninguna de las dos cosas. Dejar que el pasado se condenara por sí mismo e ignorar el futuro.

Al pasar la última curva se vieron las luces de las casas y de las calles recién encendidas. No sintió nada en especial. Simplemente se sintió bien porque parecía, por primera vez, que estuviese fuera del tiempo. Aminoró la marcha y detuvo el coche en el bar de carretera que hay justo antes de las primeras casas. Al entrar sintió cómo le miraban los tres o cuatro parroquianos que había apoyados en la barra. Debieron pensar que era uno que había parado a tomar un café o a mear para en seguida seguir el viaje. Él pidió una cerveza y cuando se giró a mirar por el gran ventanal comprobó que el sol ya se había puesto.

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Salimos en tromba, acelerados, pletóricos de ilusión, convencidos de que el partido -no podía ser de otra manera- sería nuestro. Aunque el rival era experimentado y difícil, nuestro empuje y nuestra fe nos llevarían en volandas hacia la victoria. Pero pasaban los minutos y a pesar de nuestras múltiples aproximaciones al área rival, varios remates a bocajarro e incluso algún balón al larguero, el gol no llegaba. No queríamos reconocer que la desesperación y la ansiedad empezaban a hacer mella en nuestro ánimo. Ellos, por el contrario, empezaban a manejar las claves del juego. Estaba a punto de acabar la primera parte. Todo había transcurrido a gran velocidad y ya habíamos malgastado, no solo las fuerzas y las ilusiones, sino la mitad del tiempo, nos hallábamos in mezzo del cammin di nostra vita. El desagradable y horrísono estruendo del silbato del árbitro nos mandó a los vestuarios.

Pero quedaba todo un mundo por delante. Nuestro arranque en esta segunda mitad fue vertiginoso y el equipo contrario pasó verdaderos apuros. Un acrobático e inverosímil remate volvió a ser repelido por uno de sus postes. Con el equipo volcado en un corner ocurrió lo que ocurre siempre en estos casos, y el equipo contrario, que apenas se había acercado a nuestra portería, en un chapucero contraataque, y con la suerte de los rechaces de su parte, consiguió batir a nuestro desesperado y solitario portero. A partir de entonces, apremiados por el cronómetro, corrimos hasta la extenuación en busca de equilibrar el marcador. Y eso nos hacía cada vez más vulnerables. Quedaba poco tiempo y poco a poco nos iban abandonado las fuerzas, y lo que es peor aún, la fe. Aunque era posible no solo empatar, sino incluso darle la vuelta al marcador -cosas más difíciles e improbables se habían visto-, se fue apoderando de nosotros un sentimiento definitivo de impotencia y fracaso. No había manera, ansiosos e imprecisos, hiciéramos lo que hiciéramos, todo salía mal. La desesperación lo iba estropeando todo cada vez más. Incluso llegaba a parecer que lo que queríamos era que acabase el partido.

Íbamos perdiendo y, sin embargo, nos dedicábamos en algunas ocasiones -fingiendo lesiones, enviando el balón lejos cuando estaba el juego parado, demorándonos más de lo debido en los saques de banda o de falta- a perder el tiempo. Aunque están debidamente estipuladas en el reglamento como infracciones merecedoras de amonestación las pérdidas deliberadas de tiempo, artimañas que impiden el normal desarrollo del juego y que suelen utilizar quienes pretenden conservar el resultado, el árbitro, perplejo, no sabía si sacarnos la tarjeta amarilla. Éramos nosotros quienes íbamos perdiendo.