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calor

verano

el sol la luz del sol
sobre la hierba seca brilla en el campo y se quiebra
todo es tan dorado que está a punto de volverse blanco
y cruje

el sol la luz del sol
calcina sin prisa las plantas y las piedras y el calor se condensa
en el aire parado que sostiene el arco del cielo bajo el que los insectos
zumban

el sol la luz del sol
cae de plano sobre el campo pulverizándolo todo
como si estuviera dejando caer sobre nosotros el zumo de un limón
ya seco

¿Te puedes fiar de lo que lees? ¿Puedes confiar en lo que está escrito simplemente por el hecho de que esté escrito? Y si no te fías, ¿para qué sirve leer? ¿No sería todo, entonces, un gran galimatías? ¿O es mejor creerlo, todo y siempre, a pies juntillas? Quien escribe ¿lo hace alguna vez con intención de engañar? ¿No será, más bien, esa su intención siempre? Si lo hace para comunicar algo, ¿no será que, en el fondo, el sentido de esa comunicación, aun a costa de mentir intencionadamente si es preciso, no tiene otro objetivo que el de sacar provecho u obtener ventaja? ¿Es el lector -siempre- alguien desvalido a merced, no ya de lo que lee, sino de la interpretación que tiene que dar obligatoriamente a lo que lee? ¿Nos tenemos, entonces, que pasar la vida leyendo entre líneas?

cartel gasolinera

El otro día vi este cartel en una de las puertas traseras de una gasolinera. “La recaudación del día ha sido retirada de la estación”. Al leerlo me puse en el caso de ser un atracador y no pude evitar plantearme diversas cuestiones. Aunque sé que los atracadores no tienen tiempo -cuando están actuando- de elucubrar, y mucho menos acerca de estas cuestiones.

La primera cuestión que se plantea es la de su veracidad. ¿Será cierto que ya se han llevado la recaudación del día? ¿O simplemente lo han puesto con el objetivo de engañar a los posibles cacos? Ponemos un cartelito, pensaron, y ya, por lo menos, se lo piensan. No entréis que no hay nada. Pero, ciertamente, ¿no hay nada? ¿Qué debe hacer entonces un buen atracador? ¿Creérselo e irse? ¿O entrar a comprobarlo? Santo Tomás lo tendría claro. Aunque bien pensado, ¿para qué correr ese riesgo si la recaudación del día ha sido retirada?

Otra cuestión que me asaltaría antes de entrar, mientras estuviera leyendo el cartelito, es la de averiguar, si eso fuera posible, a qué día exactamente se refería. La recaudación del día… No suena muy preciso. Y por cierto, ¿a qué hora vendrían a retirarla? Porque tal vez todavía no lo habían hecho. Entonces podrían dejar los atracadores, una vez retirada la recaudación del día, otro cartelito para avisar a los que vienen todos los días -si es que vienen- a retirar la recaudación, diciéndoles que: “La recaudación del día ha sido retirada realmente de la estación”

De todas formas, si te paras a pensarlo -un poco más- detenidamente, a altas horas de la madrugada, con poca o ninguna luz, en esa parte trasera de la gasolinera no se debe ver un pimiento. Y claro, para leer cartelitos estaría el atracador. Así que para adelante. Luego ya vería si habían -o no- retirado la recaudación del día. Sería entonces cuando averiguaría por fin si el cartel no era más que una figura literaria.

Lo que está claro es que yo no valdría para atracador. Me pierdo cuando leo.

Máscara

mask

Se colocó una máscara
que reproducía exactamente
los rasgos de su rostro,
y al mirarse al espejo,
no se reconoció.

Salió a la calle
con esa misma máscara
que reproducía exactamente
los rasgos de su rostro
y nadie se dio cuenta
de que llevaba una máscara.

Decidió quitarse, por fin,
la máscara que reproducía exactamente
los rasgos de su rostro,
y al mirarse al espejo
se vio por primera vez.

Salió a la calle sin la máscara
que reproducía exactamente
los rasgos de su rostro,
y todos pensaron que era otra persona,

otra persona que llevaba
una máscara que reproducía exactamente
los rasgos de otra persona
que vieron el día anterior
y que no llevaba puesta ninguna máscara.

A band

manopla

Eran jóvenes con ganas de hacer algo. Algo creativo, básico e intenso. Después de darle algunas vueltas, decidieron finalmente montar un grupo, crear una banda capaz de sonar de una manera básica, distinta e intensa.

No eran muy diestros con sus respectivos instrumentos, así que, un buen día, como en broma, empezaron a tocar esos primeros esbozos de canciones con unas manoplas. Hacía mucho frío en el local de ensayo. Bajista, guitarrista y batería se enfundaron unas gruesas manoplas de piel y empezaron a tocar con un entusiasmo inusitado. Aquello, en contra de lo que se pudiera suponer, sonaba de miedo. Era intenso y muy básico, totalmente primitivo. Habían encontrado su sonido.

Sus primeros conciertos fueron un tanto confusos, tanto por su sonido amazacotado, como por la perplejidad del público de las primeras filas. Un repertorio con personalidad y una actitud desconcertante les fue suficiente para convertirse en una banda, si no de éxito, sí de culto, con una legión de seguidores enmanoplados. Acudían a los conciertos con una manopla en una mano y con un acusado sentido de pertenencia a un movimiento nuevo y básico. Está de más comentar que lo que les unía era su odio visceral a los punteos de guitarra.

Aquello empezó a crecer y, antes de empezar a grabar su segundo disco, les fue ofrecido un suculento contrato por una de las más grandes discográficas. La firma del acuerdo tuvo lugar en una de las más altas plantas de uno de los más grandes edificios de la más grande ciudad del país. Acudió incluso la prensa para inmortalizar el momento. Los miembros de la banda firmaron el contrato con manoplas. Las firmas tenían un trazo infantil y primitivo. Fue una gran idea de la discográfica. Al día siguiente aparecieron en la prensa, sonrientes y estudiadamente despeinados, sujetando las carísimas plumas estilográficas en la mano enfundada en una gruesa manopla de piel.

No escatimaron medios para la grabación y hasta un afamado productor extranjero fue puesto a su disposición. Se incorporó un prestigioso pianista a las sesiones y algunos de los temas fueron adornados por una pequeña orquesta de cámara. Su sonido estaba evolucionando. Aunque también mantenían -un poco como pose- cierto espíritu de rebeldía. Y por eso exigieron que tanto el pianista como todos y cada uno de los miembros de la orquesta tocaran sus instrumentos con manoplas. Al principio, el productor se opuso, aunque finalmente -como le daba igual- accedió. Luego tuvo que reconocer, una vez escuchados los resultados, que aquello sonaba de miedo.

El éxito les asaltó. Vivieron unos meses en una nube de excitación y excesos. El mundo era un juguete divertidísimo. Su música atronaba, nueva, distinta e intensa, en cada rincón. Eran jóvenes, guapos y famosos.

Hasta que un buen día, su líder, principal compositor, cantante y guitarrista, aburrido en la habitación de un hotel, sin saber muy bien por qué, cogió la guitarra y se olvido de las manoplas. Asustado, empezó a tocarla con sus dedos. Su sonido cálido y nítido le produjo escalofríos.

Esa misma noche les dijo a los restantes miembros de la banda y al mánager que abandonaba el grupo, que aquello se había terminado. Lo que no les comentó es que también había decidido abandonar la música para siempre.

Dore-munchausen

Escribir es mentir. La literatura es mentira. Contar algo implica -de manera obligatoria y necesaria- la capacidad de fabular. Y cuanto más se pretenda acercarse a la verdad, a la realidad, a los puros hechos ocurridos, incluso con una reproducción rigurosa y exacta, más peligroso y falso resulta.

Por eso resulta tan simpático nuestro barón de Münchhausen, feliz contador de historias, exagerador fidedigno y trápala mentiroso. Cuando relata los hechos y peripecias que vivió en sus viajes, su único objetivo es el de mantener despierta la atención del oyente o del lector y arrancarle cada cierto tiempo una sonrisa de asombro, complicidad o pura diversión. Estas son historias, amigos.

El barón de Münchhausen -que, lo mejor de todo, existió realmente-, cuando abandonó su vida pública, en la que destacó por su servicio en el ejército ruso en diversas campañas militares contra los turcos a mediados del siglo XVIII, se retiró a sus posesiones. Allí solía entretener las veladas con la narración de sus aventuras. Empezaba con sucesos acaecidos que, gracias a su caudalosa imaginación, enseguida derivaban en increíbles y exageradas aventuras.

Años después, un tal Rudolph Erich Raspe, en Londres, en 1785, publicó una parodia de aquellas aventuras del barón. En 1786, Gottfried August Bürger tradujo, muy libremente, las historias de Raspe de vuelta al alemán y las amplió con nuevas aportaciones del folclore popular y de su propio magín.

A partir de estas asombrosas -y literalmente increíbles- hazañas, como cabalgar sobre una bala de cañón, viajar a la Luna, salir de una ciénaga tirándose de su propia coleta, bailar en el estómago de una ballena o cabalgar sobre un caballo partido por la mitad que no paraba de beber, claro, se creó todo un personaje literario, una especie de estrafalario antihéroe, en tiempos tan hieráticos y racionales.

Fue G.A. Bürger quien le dio forma definitiva, con nuevas aventuras y un estilo vivo y directo, a dichas historias. Es la suya la versión más difundida y popular de estos “viajes prodigiosos por tierras y mares, campañas y aventuras festivas del barón de Münchhausen, tal y como él suele contarlas en su tertulia junto a una botella”.  Siempre está presente en ellas la pura alegría de contar, y ya que te pones a contar, la de contar las más descabelladas e imaginativas mentiras.

El barón de Münchhausen

Al barón de Münchhausen da la impresión -como le ocurre a los buenos escritores- de que le daba un poco igual ser creído o no -eso es única responsabilidad del oyente o lector-, le era suficiente saber que los que lo hacían, estaban pasando un buen rato. Porque de eso se trata, ¿no? Y junto a una botella, además.

Después de la de G.A. Bürger ha habido innumerables versiones posteriores, adaptaciones al público infantil y secuelas de todo tipo, sin contar sus adaptaciones al cómic o al cine. Todo este trajín editorial, todas estas variaciones, amputaciones o añadidos, parecen sentarle bien a la obra.

Ha llegado el singular barón a ser una figura icónica en la literatura infantil, aunque es estas versiones supongo que habrán suprimido uno de los episodios marítimos del barón.

“En efecto, cuando la primera vez se fue la ballena llevándose al barco, se hizo en éste una grieta y el agua penetró por ella tan violentamente que todas nuestras bombas no hubieran podido mantenernos a flote más de media hora. Por suerte fui yo quien descubrí el daño. Era un gran agujero, de un pie aproximadamente de diámetro. Intenté taponarlo por todos los medios, pero vanamente. Finalmente, salvé aquel noble buque y a su numerosa dotación gracias a la ocurrencia más feliz del mundo. Aunque el agujero era tan grande, pude taparlo con mis partes más sensibles, sin quitarme los calzones; y la verdad es que hubiera podido hacerlo aunque la abertura hubiera sido mucho mayor”.

Luego tuvo que venir un carpintero para, con mucho cuidado, desencajarlo.

Pensará el lector que exagera, porque está mal acostumbrado y desconfía por culpa de otros viajeros menos veraces, pero como reconoce el mismo barón:

“Muchos viajeros afirman a veces más cosas de las que, en rigor, son verdaderas. Por eso no es de extrañar que lectores u oyentes se sientan un tanto inclinados al escepticismo. No obstante, si alguno de los presentes dudase de mi veracidad, tendría que compadecerlo sinceramente por su poca fe y rogarle que nos dejara antes de que comience mis aventuras marineras, que son casi más asombrosas aunque no menos auténticas”.

Pero si alguien se empeña en tildarlas de simples embustes, que sepa que si no son ciertas estas aventuras es porque no pueden serlo, no por otra cosa, no por la nobleza de espíritu y valentía del que las cuenta, porque…

“En todos estos casos, señores, de los que siempre salí bien librado pero siempre a duras penas, me ayudó el azar que, gracias a mi valor y presencia de ánimo, pude inclinar a mi favor”.

Münchhausen_10

Pasos

No podía conciliar el sueño. La intranquilidad se tornó angustia y el tiempo pasaba con una lentitud alquitranada. Solo podía, a duras penas, agarrar leves jirones de duermevela.

Al cabo, como surgidos de la propia oscuridad, pareció escuchar unos pasos que se acercaban de alguien que calzaba una especie de chanclas, clap clap, apenas audible y que poco a poco se dejaban oír con mayor precisión. Estaba paralizado -y creía que despierto- escuchando aquellos pasos en la oscuridad que se acercaban al pasillo que pasaba por delante de su habitación.

Empezó a tener miedo y a desear con una extrema intensidad que aquello -ese clap clap metronómico- pasara de largo y se alejara como había venido. Aunque también podía ocurrir que se dirigiera directamente a su habitación, a su misma cama.

No podría decir el tiempo que estuvo escuchando esos pasos acercarse, tal vez fueran unos segundos, tal vez horas. Creyó despertarse y ese chancleteo se diluyó en el sueño leve e intranquilo que volvió a cazar al vuelo de manera inesperada a última hora.

Cuando despertó finalmente, le costó salir de la cama. Era como si hubiera caído en ella desde una altura considerable y estuviera recomponiendo su cuerpo dolorido. Se sentó al borde y se puso las zapatillas para ir al cuarto de baño. Por el pasillo sonaba un clap clap idéntico al que le mantuvo horrorizado buena parte de la noche.

Actores

mascaras-de-teatro

Hay actores que parece que están actuando siempre, que están interpretando de manera excesiva, que están dando vida a un personaje como si se la perdonaran y fueran ellos mucho más importantes, hay actores que están, en definitiva, jugando a ser actores.

Hay, sin embargo, otros actores que no parece que estén actuando, que no parece que estén interpretando, no dan vida a un personaje porque, mientras dura la obra, se han convertido ellos mismos en ese personaje, son ese personaje, no juegan a serlo, son.

Pero también existe otro tipo de actores que no actúan, simplemente se ganan la vida como pueden, intentan aparentar que actúan, que interpretan, finalmente, como si fueran actores aficionados, y no les hace falta más porque o caen en gracia o el público -vaya usted a saber por qué- les adora. O les soporta con resignación.

Lo más importante siempre para un actor es que, por muy metido que esté en su papel, nunca ha de entender del todo el sentido de la obra. Él no es más que un personaje.

Luego, al bajarse del escenario o salirse de plano, empieza -o continúa- la vida, la gran obra en la que hay que seguir actuando, interpretando un papel que se saben de memoria, dando vida a un personaje que conocen demasiado bien, jugando entonces a ser uno mismo, como si se interpretaran a sí mismos, pero sabiendo a la vez que, esta vez, no se trata de un juego.

Por eso, la mayoría de los actores deciden seguir actuando en su propia vida particular y privada. A algunos se les nota más porque viven sobreactuando siempre. Otros, directamente, han decidido convertirse en personajes. Y la mayoría simplemente viven como pueden, aparentando que actúan, como si fueran actores aficionados.

Pero ninguno acaba de entender el sentido de la obra. Tal vez por eso decidieron actuar siempre. No les quedaba otro remedio.

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