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Rob Carr & Bill Kahl
Communication 1
released January 1, 1971
Wayfaring Strangers/The Numero Group

Bueno, en realidad ni es una novedad -fue grabado en 1970- ni es apenas un disco- fue editado en un tiraje privado de escasas copias el 1 de enero de 1971. Así que, como todo lo que por aquí vengo publicando, no es lo que dice que va a ser. Ni novedad ni discográfica. Pero en algún sitio lo tenía que meter. Como todo lo que por aquí vengo publicando. En algún sitio lo tengo que meter.

Después de los cuarenta y siete años que han pasado desde su subterránea y limitadísima publicación, ahora, otro sello marginal lo ha vuelto a poner en circulación. Su repercusión vendrá a ser la misma que entonces. Aunque siempre habrá algún buscador de fracasos y rarezas que lo descubra y disfrute unas horas. Como recuperando un eco demasiado real de aquellos años. Lejanos, perdidos, de aura mágica y extraña luz sentimental.

Son dos amigos, fascinados por la guitarra, que deciden tocar juntos unas canciones que transitan desde el blues acústico hasta la inevitable psicodelia que todo lo inundaba aquellos años. Podemos hablar entonces de un disco de folk de clara tendencia psicodélica: very rare private folk psych.

Son Rob Carr y Bill Kahl dos discípulos de John Fahey -y si les interesa la música no me explico muy bien que hacen perdiendo el tiempo leyendo esto si no han escuchado todavía a John Fahey-, que trenzan metronímicamente las armonías de sus guitarras acústicas en aquel territorio introspectivo donde el folk se transforma en blues o el blues se transforma en folk. Más allá de las etiquetas, adjetivos o filiaciones, y a pesar de la pobreza de medios y del delicioso amateurismo con que fue grabado, aún hoy -sobre todo hoy- resulta un disco absolutamente disfrutable.

Rob Carr era un guitarrista autodidacta atraído por el primitivismo rural de John Fahey. Cuando conoció a Bill Kahl, también guitarrista, algo mayor que él y bastante más experimentado, de manera inesperada, decidieron tocar juntos y experimentar con los sonidos de las guitarras en espiral y dejarse atrapar por la confusa y atrayente neblina de la codeína. Era 1967.

Aquellos años culminaron con la publicación -marginal, privada, sin ninguna repercusión- de este disco. Inmediatamente después, el dúo se separó. Bill Kahl empezó a tener serios problemas con las drogas. Rob Carr decidió dedicarse profesionalmente a su otra afición: la fotografía de la naturaleza. No volvió nunca a grabar nada.

Ahora dejo aquí esto:

…y esta otra. No hay más:

Aquí se puede escuchar entero. Rob Carr & Bill Kahl: Communication 1

Flores ahora

No se zancadillean porque no van a ningún lado, aunque se agolpan ahora en busca de la luz del sol y parecen empujarse. Han de sentirse -como por obligación- pletóricas para que un insecto imbécil se fije y, precedido por su insoportable zumbido, llegue a posarse unos segundos sobre ellas. Liban cuanto les apetece y salen enseguida manchados de su polen hacia otra pradera cubierta de nuevas y más frescas flores. Quedan entonces las primeras a merced del viento, aún frío y traicionero, esperando que antes de la caída de la tarde algún otro rezagado insecto llegue de nuevo con su torpe zumbido. Pocos días después, tan pronto, se empezarán a ajar. Pero ahora disfrutan de unas largas horas de sol, todas juntas entre la hierba, sin sentirse -aunque les sobren los motivos- nunca miserables.

Sombra

Nuestra sombra se conforma con lo que hacemos
y nos sigue con una fidelidad solo rota
por la falta de luz en la que a veces nos refugiamos.
Pero nuestra sombra siempre vuelve a acompañar
sin reproches ni exigencias todos y cada uno
de nuestros movimientos con una precisión absoluta.

Aunque a veces pienso que somos nosotros quienes
nos conformamos con lo que hace nuestra sombra
y que la seguimos con una fidelidad que solo abandonamos
al perdernos en la oscuridad en la que a veces nos refugiamos.
Pero siempre volvemos a acompañar sin mayores reproches
a nuestra sombra ya en la luz con una precisión absoluta
en todos y cada uno de sus movimientos.

Porque es ella quien dirige nuestros pasos.
Es ella quien en realidad tiene una sombra que somos nosotros.
Tal vez por eso nos gusta perdernos en la noche
entre las sombras por fin en compañía.

Primavera

Debió ser en tiempos un árbol espléndido. De tronco robusto, extendía sus poderosas ramas bien hacia lo alto, bien en paralelo al suelo, a una altura suficiente. Pero, era evidente, no estaba ahora en sus mejores años. Alguna enfermedad o silenciosa plaga, o acaso la simple vejez, lo habían dejado bastante tocado. Medio seco y parcialmente deteriorado.

Su silueta, vista desde lejos, se recortaba a la caída de la tarde contra el crepúsculo aún con la suficiente elegancia y empaque como para llamar la atención del que pasaba por el camino hacia el poblado que daba la vuelta antes de dejar atrás la colina y antes de que se topara con las blancas paredes del cementerio. Debió ser en tiempos un árbol espléndido, pensaría el viajero alejándose de él, dejando atrás, sobre la breve colina, el tembloroso dibujo, como delineado con tinta china, de sus imponentes ramas, de su recio tronco, mientras se santiguaba.

Pero a pesar de los achaques que tenían todo el aspecto de ser imparables, de resultar, al fin, irreparables, llegaban los días, más largos y nuevos, en los que volvía, inexplicablemente, a resucitar y a dejar que numerosos brotes -verdes, tiernos, inesperados- lo volvieran a intentar. Las noches habían olvidado la costumbre de traer horas de hielo y escarcha, y el tiempo parecía templar tímidamente. Lo suficiente como para transmitir algo de calor a la savia que, con dificultad, pero obstinada, volvía a fluir por su interior. Sus partes y ramas definitivamente secas miraban con nostalgia esa nueva eclosión verde y pletórica en el resto del árbol. Había llegado -parecía mentira- de nuevo algo de calor, un nuevo e inexplicable impulso de vida.

Pero debía ser de poco consuelo para el que descansaba al otro lado de las tapias del cementerio comprobar -si pudiera- que el árbol en el que le ahorcaron había vuelto a florecer por primavera.

Retrato (4)

Utilizaba su propio nombre como seudónimo. Tropezar era su mejor manera de avanzar. Cuando se miraba al espejo le costaba reconocerse. Oía el silencio. Ardía en deseos a fuego lento. Se distraía con el vuelo de una mosca. De hecho, era una de las cosas que más le distraían. Añoraba el olor de las gomas de borrar. Daba paseos a media mañana, cuando todo el mundo estaba trabajando. Despedazaba los abrefácil con los dientes. Buscaba una salida y se fabricaba laberintos. Procuraba que sus meditaciones no fueran demasiado trascendentales. Se autoengañaba sin mucha convicción. Tenía pecados muy poco originales. Se dedicó toda su vida a enfriar clavos ardiendo. Estaba convencido de que el día después del fin del mundo saldría el sol como si nada hubiera pasado.

Hortelana

I
Volteaba con la pala del azadón los terrones oscuros entre los que se retorcían pequeños gusanos seccionados por la mitad. Se incorporó a descansar y sonaron las campanas de la iglesia. Eran las doce del mediodía y sonaban anunciando el ángelus. En una cadencia de siglos.

II
Un surco es un verso. (Etimológicamente, versus, aunque tenía varios sentidos, significa surco que da la vuelta y, por extensión, también hilera, fila o verso. Al final de cada surco hay que girar, dar la vuelta, volver, como ocurre en el poema después de cada verso, a otro verso, a otro surco) Y si un surco es un verso, una huerta es un poema.

III
En este caso, nadie le llevó al huerto, se fue él solo.
Por llevar la contraria, entre lechuga y lechuga, plantaba una col.
Una vez plantó toda la huerta de berenjenas y ya no supo salir de allí.
Los pimientos le importaban.
Aunque no es de extrañar. La parte del rábano que más le gustaba eran las hojas.

IV
En los mercados la verdura y las hortalizas se resignan y añoran, tristes, la huerta. Pero al menos se han salvado del destino atroz de los supermercados, horriblemente plastificadas en bandejas hasta su asfixia.

V
La huerta, un día, quedará al fin abandonada, algo más confusa, pero felizmente invadida por las malas hierbas.

El deshielo

Ha llegado el deshielo y todo se viene abajo, todo se desmorona y derrumba con un ruido sordo y suave. La calma de las grandes extensiones blancas, su armónica quietud, se ve alterada por unos movimientos lentos, casi imperceptibles, que la terminan por quebrar. Los témpanos pierden su muda consistencia y a los carámbanos ya no les queda fuerza para sostenerse. Se agrietan las lisas capas de hielo de los lagos y la nieve se desploma de sus bordes, lenta pero imparablemente, hasta desaparecer. Todo se convierte en agua, en gotas que penden de las oscuras puntas de las ramas hasta caer, en arroyos que se empecinan en golpearse contra las lustrosas piedras de los cauces. Empiezan a verse cada vez mayores rodales de tierra descarnada. La nieve se encoge sintiéndose culpable. Hasta desaparecer.

Dentro de unos días ya no quedará ni un solo nevero. Y se habrá perdido aquella calma blanca e interminable de las extensiones heladas, aquel aullar de la nevisca, más melancólico que salvaje, aquella silenciosa armonía del hielo sobre los lagos, aquella respiración exhausta de los árboles bajo los cielos grises, aquella prístina blancura que protegía los horizontes y las quebradas líneas de las montañas. El deshielo ha culminado su trabajo destrozando toda esa armónica quietud.

Y lo ha hecho como si fuera a durar para siempre.