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Le dieron liebre por gato.

Debieron equivocarse. Él pidió gato. Y le trajeron liebre. Ya sabía que era mucho mejor la liebre que el gato. Pero él pidió gato. No sabe con qué intención le dieron liebre esta vez, tal vez con la de engañarle sin más. O simplemente fue un error. Se equivocaron y le trajeron liebre. Lo mismo no se dieron cuenta ni ellos. No se dieron cuenta de que era liebre y no gato, como había pedido, lo que le dieron. Así que ni siquiera podía protestar. No se podía quejar de que le hubieran dado algo mejor, mucho mejor, de lo que pidió. Pero él pidió gato y le han dado liebre. No se le iba de la cabeza.

Si hubiera sido al revés, si él hubiera pedido liebre y le hubieran dado gato, podría protestar, podría quejarse y acusarles de querer engañarle. Habría una clara intención de estafarle, de darle algo bastante peor de lo que había pedido y hacerlo pasar como que era, realmente, lo que quería. No permitiría tal abuso, tal engaño. Podría hacer algo.

Pero ni siquiera, ahora que le habían dado liebre por gato, le quedaba la opción de ese desahogo. No sabía si protestar o no, si seguirles el juego o desenmascararles. Estaba sentado mirando la liebre sin saber muy bien qué hacer. Él había pedido gato.

Sancho al final

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De la misma manera que Alonso Quijano, en el lecho de muerte, se arrepentía de todas sus locuras, de haber confundido la realidad con la ficción, de haber hecho el ridículo y ser el hazmerreir de todos, de haber creído que los sueños pueden llevarse a la realidad, de haber confiado en el ser humano, de haber dado la espalda -y tantos disgustos- a su familia y amigos; Sancho, por el contrario, con lágrimas en los ojos, se arrepentía de haber vivido siempre tan apegado a la realidad, de ser tan sensato, de haber estado constantemente reprendiendo a su señor, intentándole quitar la venda de los ojos, haciéndole ver que no eran más que locuras y extravíos aquello que emprendía, de haber desconfiado del ser humano, de haber vivido feliz con tan pocas cosas, una hogaza de pan y un trozo de queso, y conminaba a su señor, en cuanto se recuperara, a volver a cabalgar por esos mundos de dios en busca de nuevas y memorables aventuras, aunque ello implicara hacer el ridículo y ser el hazmerreir de todos, a volver a vivir confundiendo la ficción con la realidad, a creer, con una fe ciega, que los sueños pueden cumplirse, en cuanto se recupere nos vamos de nuevo por esos caminos, pero no se muera, mi señor.

atardecer

Se suele escapar del taller mecánico donde vive. Husmea por los alrededores y algunas noches se acerca al porche del bar de carretera. Una palabra amable es suficiente para verle mover el rabo. Da hasta saltos de alegría. Si cae algún resto de comida, su felicidad es completa. Hay noches en que decide no volver al taller.

Cuando empiezan a barrer y a levantar las sillas, aunque no tienen prisa por cerrar, nosotros sabemos que es ya hora. Pagamos y nos dirigimos a casa. El perro, dando saltos y haciendo cabriolas, nos sigue. Ha decidido venirse con nosotros. Lo ha hecho ya varias noches.

Y tiene una curiosa manera de seguirnos. Se coloca cuatro o cinco metros delante de nosotros e inicia, con la cabeza muy erguida, el paso. Cada ocho o diez segundos vuelve la cabeza para asegurarse que le seguimos. Si giramos de dirección o torcemos por otra bocacalle, al volverse se da cuenta de que tiene que rectificar la dirección y de nuevo, con la cabeza muy erguida y moviendo el rabo, se sitúa al frente de la marcha. No he conocido manera más inteligente de perseguir a alguien. Hay que hacerlo, para no despertar sospechas, por delante. Así, el perseguido parece en realidad el perseguidor.

Nosotros, al volver a casa, le seguimos. Nos va, por decirlo de alguna manera, marcando el camino. Cuando es él en realidad el que nos sigue. Ni siquiera, la primera noche, tuvo que averiguar dónde vivíamos. Nos llevó hasta la misma puerta.

Un poco antes, al vernos sacar las llaves y abrir la puerta, se queda parado, se sienta en la esquina observándonos, sabiendo que ha terminado el viaje. Entramos y cerramos con cuidado. Nos le imaginamos solo, en la calle, a la luz de la farola, sentado cobre sus patas traseras y mirando la puerta cerrada.

Luego nos cuentan que por la mañana temprano le ven acurrucado en la puerta del taller, durmiendo, esperando a que abra el dueño. Cuando le ve venir no mueve el rabo.

perro

Cada vez menos

taza

A estas alturas debería estar ganando lectores y, sin embargo, los estoy perdiendo. Tampoco es que pierda muchos. Es algo imposible. Tenía muy pocos. Así que estos muy pocos se están convirtiendo en poquísimos. Y me temo que solo hay un responsable de esta penuria.

Pero no me preocupa en exceso. Aunque tengo que reconocer que mi autoestima se vuelve a resentir con estos datos que, día a día, me suministra la aplicación que utilizo para publicar estas cosas que escribo en internet. Pero más allá de las estadísticas, es una sensación demasiado real, algo así como una intuición de que lo que escribo va degenerando en una inevitable falta de interés y, en consecuencia, en una desoladora falta de respuesta.

No es la primera vez que me quejo de lo mismo. Casi se está empezando a convertir en una especie de género literario. Entre la lamentación y el desahogo. Y ya sé que quejarse no es de buen gusto. Pero cada cierto tiempo vuelvo con lo mismo. Es como si, además, hubiera cierta autocomplacencia en el fracaso. Y la obstinación en no hacer nada por evitarlo.

Cuando escribo avanzo a trompicones -o acaso doy vueltas a la misma noria-, pero cuando lo hago, me muevo. Aunque no llegue a ningún sitio. La posibilidad de que alguien lea lo que he escrito es un regalo añadido. Y como son tan pocos los que recibo, hacen más ilusión.

Pero si fuera coherente conmigo mismo y con lo que me movió en un principio a escribir todo esto y, lo que es, no sé si peor, pero sí más absurdo, a publicarlo en la red, no debería extrañarme esta creciente -y persistente- ausencia de lectores. Era algo previsible, lógico y tal vez necesario.

bla

Alguien me ha dicho algo que alguien le ha dicho. Me dijo que no lo dijera, y si lo decía, que no dijera que había sido él quien lo había dicho, porque a él se lo habían dicho, y alguien, a su vez, se lo dijo a ese alguien, pero que él, aunque me lo dijo, no había dicho nada. Así que lo que te digo es algo que alguien me ha dicho, pero si te lo digo, es para que no se lo digas a nadie, porque es algo que yo no digo, a mí me lo han dicho. Quien lo dijo, dice que a él se lo dijeron. Él simplemente lo dijo como se lo dijeron, como le dijeron también que no dijera quién se lo había dicho. Porque a él alguien, alguien que no quería que dijeran quién se lo había dicho, se lo dijo. Lo digo ahora como me lo dijeron, pero no digas nada a nadie, y si lo haces, no digas quién te lo ha dicho. Con decir que alguien te ha dicho algo que alguien le ha dicho, creo que ya está dicho.

crepusculo

como un caballo mirando una estatua ecuestre
como la misma piedra
como un montón de tiempo deshaciéndose bajo la lluvia del pasado
como las luces aún encendidas después de que la fiesta terminara
como un mamut dentro de una tienda de antigüedades
como el frufrú de la tela de los vestidos de los cardenales en un concilio
como salir a dar un paseo espacial y olvidarse las llaves de la nave
como una sirena tragándose un anzuelo
como una mosca muerta de un cañonazo
como un dibujo desanimado