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Gasolineras

Las gasolineras, débilmente iluminadas
en mitad de la noche, apenas brillan
en la oscuridad. Todo lo que está sucio
y es feo, descansa. Se oyen camiones a lo lejos.
Sabía que me habías mentido esta tarde,
y que me habías mentido de verdad.
Siempre he preferido las preposiciones
a los pronombres. Así que supe
que no te volvería a ver. Pero
no nos quedaba más remedio
que parar a echar gasolina
antes de llegar a ningún sitio.
¿Hace cuánto tiempo que no vacían
este bidón de la basura? Todavía
cabían estos dos vasos vacíos que tiramos en él
antes de incorporarnos de nuevo a la autopista.
Con el tiempo aprendemos
que solo existe el mientras tanto
y que vendrán tiempos mejores
aunque ya serán peores.
Las luces de las gasolineras
brillan débilmente en mitad de la noche
dejando extraños reflejos contra el parabrisas
en el oscuro cielo de la noche sin luna.
Luego, pusiste algo de música.

Aunque nunca la habían considerado como una buena casa para vivir, con el tiempo consiguieron estar moderadamente satisfechos de ella. Como les ocurrió también a ellos, terminaron por acostumbrarse. Ella se encargaba cada cierto tiempo de cambiar los muebles de sitio y de volver a pintar de distintos colores algunas habitaciones. A él le daba una pereza universal acometer -o tener que soportar- el más mínimo cambio. Pero solía terminar por transigir, mostrando una débil e inútil oposición.

Con el tiempo, los pequeños disgustos tolerados, motivados generalmente por naderías, empezaron a convertirse en ridículas pero insoportables realidades. Él, por ejemplo, desde hacía años no soportaba el cuadro que colgaba en el salón principal encima del sofá. Decían que era elegante y armonioso, y que confería de un leve aire exótico a la estancia. Pero a él siempre le pareció repugnante. Unas figuras desdibujadas y temblorosas avanzaban en una especie de desierto hacia una especie de palmeras al pie de una especie de montañas. Estaba claro que el que lo pintó no estaba dotado para el arte de la pintura aunque se empeñara de por vida. Pero lo peor de todo eran los colores, que, por alguna extraña conjunción o inexplicable reminiscencia, le resultaban insoportablemente cursis y pretenciosos, intentando plasmar todo el dramatismo y la belleza del crepúsculo en tierras ignotas y aproximadamente orientales. A ella le gustaba especialmente. Él solo podía llegar a soportarlo porque, sentado desde el sofá, no podía verlo.

Por eso, aunque le aterraban los cambios y las obras sobremanera, cuando ella le insinuó la posibilidad de tirar el tabique que separaba el pasillo del salón, para darle una mayor amplitud y luminosidad, y de paso eliminar el absurdo pasillo con forma de tubo-cueva que les llevaba hasta el dormitorio, aceptó sin la más mínima oposición. Incluso dijo que era una buena idea. Sabía que así se libraría del maldito cuadro. Soñaba con verlo en el contenedor de los escombros.

Como ella conocía su aversión por los albañiles -entre otras múltiples aversiones-, hizo coincidir las obras con uno de los viajes a los que él se veía obligado a realizar por culpa de su trabajo. En menos de una semana estaría todo listo.

Cuando regresó, ella le esperaba con una sonrisa radiante, casi demoledora. Avanzó por el hall y apenas se fijó en el nuevo y espectacular salón, mucho más amplio y diáfano, pintado ahora de un blanco roto, tampoco percibió la nueva disposición de los muebles, lo único que vio con un desagrado casi físico fue el maldito cuadro de nuevo, colocado ahora en la pared de enfrente, en un lugar central, y del que apenas se podía escapar. La besó. Dijo unas palabras de fingido entusiasmo y se marchó -definitivamente hundido- al dormitorio a cambiarse de ropa.

Allí permaneció unos minutos respirando hondo sentado al borde de la cama. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no era suficiente con tirar un tabique. Había que derribar la casa entera.

Tiempo ido

Los tejados se caen y la hierba
crece en cualquier resquicio.
El tiempo ido huye de nosotros
y, sin embargo, nos persigue.
Ya sé que no he conseguido nada
de lo que me había propuesto,
pero al menos he sobrevivido.
Como si eso tuviera algún valor.
Es cierto que lo que ha quedado
es bien poco. Lo suficiente.
Fue una lucha desigual y contra nadie.
La pintura se desgaja de las paredes
y las vigas se inclinan a mi paso.
Los que construyeron las catedrales
nunca entraron en ellas.
He llegado por fin a puerto
pero me sigo sintiendo como un náufrago.
Ahora descanso y contemplo a lo lejos
cómo avanzan las caravanas en silencio
hacia las tierras del crepúsculo.

Vacaciones

Necesito vacaciones. Irme, dejar todo esto atrás, aunque sea por unos días, marchar lejos, a otros lugares, cambiar de aires, olvidar las rutinas, llevar menos ropa y andar con chanclas. Desayunar algo más tarde y dejar luego que me hipnotice la línea del mar. Conducir por nuevas carreteras y pernoctar en lugares imprevistos. Rebuscar una camiseta arrugada en la maleta y sortear las horas de la siesta. Cenar al aire libre.

Necesito vacaciones. Aunque sé que no valdrán de nada. Irme, cambiar de aires, descubrir nuevos lugares, romper los horarios o cambiarlos por otros nuevos, se convertirá muy pronto en una nueva rutina. Las duchas nunca acaban de funcionar como debieran. Una cerveza no demasiado fría puede acabar por arruinarlo todo. Buscar otros lugares más recónditos no sirve gran cosa si en ellos encontramos gente como nosotros, que también necesitaba unas vacaciones y que llevan las camisetas algo arrugadas, recién rescatadas de la maleta. Por lo menos, cenaremos al aire libre y dejaremos la luz del cuarto de baño encendida.

Necesito unas vacaciones. Aunque sé que no valdrán de nada. Ni nuevos lugares, ni cambiar de aires, ni llevar menos ropa o mirar el mar mientras cenamos al aire libre. Necesito unas vacaciones de mí mismo.

Lechuzas

Una lechuza puede afectar a las futuras obras que se hagan

 

…las viejas viviendas de la Policía -unas casas bajas a la entrada y un pequeño bloque de viviendas, abandonadas desde hace años, con jardines abandonados desde hace años, en los que la maleza crece -desde hace años- hasta llegar a las puertas rotas y desvencijadas de las viviendas abandonadas desde hace años, como rotas y desvencijadas están también las ventanas por las que se cuelan, desde hace años los pájaros buscando refugio y tranquilidad- permanecen valladas y no es posible el acceso a ellas. Desde fuera se ve que la maleza -y el paso del tiempo y el abandono- se ha adueñado de las zonas en las que vivieron numerosos agentes con sus familias -dice el periódico.

…lagartijas, arañas, hormigas, gecos, esquivos y desconfiados gatos, son ahora sus habitantes -entre la maleza de los devastados jardines y el abandono del interior abierto y caído de las viviendas-, y alguna pareja de palomas y vencejos y gorriones anidan en los resquicios de los pisos altos.

Pero no podrán empezar las obras -su derribo y aniquilamiento final, como si se quisiera borrar así el tiempo ido y los años de abandono- porque uno de sus inquilinos actuales es una pareja de lechuzas, y al ser una especie protegida no podrán hacer obras que puedan molestarles mientras estén anidando -dice el periódico.

…ignora esa pareja de lechuzas, mientras tanto, el inexorable avance de las excavadoras, preocupadas como están en buscar algo de comida, en alimentar a sus polluelos. Pero esta fase terminará dentro de pocas semanas -dice el periódico.

Y empezaran las obras con más furor si cabe, intentando recuperar el tiempo perdido por culpa de esas lechuzas, que espantadas por los primeros rugidos de los motores de la mañana, batirán sus alas sin ninguna dirección. Las pequeñas lechuzas lo intentarán también. Como el resto de animales que, durante los años del abandono y la soledad, hicieron de las viviendas de la Policía su lugar donde guarecerse entre la maleza, las paredes agrietadas y los techos noblemente caídos.

Las pequeñas lechuzas lo intentarán también.

Las letras formando la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro del local sin vender se duplican mientras que una sube para después bajar y la otra desciende para después subir. Así que, en un punto, resulta inevitable que se crucen, en un movimiento ondulatorio que volverá a repetirse. Hasta que acabe la pared. O, al menos, eso es lo que percibimos. Pero ya sabemos que somos algo más que lo percibimos. O, al menos, eso es lo que dice la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro.

Paso por delante y no sé muy bien qué pensar al respecto. Porque ¿qué somos?, ¿qué percibimos?, ¿lo que realmente somos, más allá de lo que percibimos, nos hace percibir mejor, o, al menos, discernir mejor lo que percibimos?, ¿lo que percibimos indiscriminadamente, al final, nos confunde y nos hace ser peores, o, al menos, estar más confusos y desorientados?, ¿percibimos para poder ser o somos a pesar de lo que percibimos?

Realmente ni siquiera llegué a pensar en todo esto mientras leía la frase en letras amarillas escrita sobre la pared pintada de marrón oscuro del local sin vender. Simplemente me fijé en su color y en la forma de estar escritas -y ondulantemente duplicadas. Una pura percepción ajena a cualquier pensamiento o consideración acerca de lo que decía o pretendía decir.

Pensé –realmente– en que ese local lleva demasiado tiempo cerrado. En que, desde que construyeron el bloque de viviendas, está cerrado. En que nunca, después de tantos años, nadie se ha decidido a abrirlo. La tienda que hay al lado está en liquidación y va a cerrar. No debe ser buena calle, no deben ser buenos tiempos.

Somos lo que percibimos y algo más. Y ese algo más no debería nunca fijarse -ni entretenerse- en lo que percibimos. Y no hacemos otra cosa.

Retrato (7)

Aún sentía el aplicador de la mercromina sobre las heridas de las rodillas. Pensaba que tener razón era accesorio. Tomaba nota de todo, pero luego las perdía. Estaba encerrado dentro de su propia cabeza, más bien prisionero. Prefería llevar una brújula antes que un reloj. No iba a ningún sitio, pero llegó tarde. Siempre utilizaba el plan B antes que el A. Cierta debilidad de su carácter lo terminó por condicionar todo. Incluso la ley del mínimo esfuerzo le resultaba costosa y complicada. Vivió la época de las verbenas y las pastelerías. Cuando se miraba al espejo era como si mirara una fotografía antigua. Tenía la iniciativa de una sombra. Terminó matriculándose en un curso para aprender a respirar. Salió a dar una vuelta y dio demasiadas. Había abandonado toda esperanza y, sin embargo, le acompañaba.