Herrumbre

La herrumbre nos sonríe,
su metálica sonrisa tarda siglos en descomponerse.
Las cosas bajo tierra llevan una vida tan intensa
como las cosas que hay sobre ella.
Ni siquiera es un mundo simétrico,
es simplemente paralelo -y le basta-,
sobre el que crece un campo de trigo
tan azul como el mar. A veces
el fogonazo de un rayo lo ilumina todo
y la herrumbre tiembla,
y ese temblor dibuja una sonrisa
en lo más hondo de la tierra.
Después, la noche de octubre
queda en silencio. Huele a humedad.
Viajo entonces bajo tierra
en busca de una vida más intensa,
de una sonrisa.

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Ladra

Ladra un perro en la noche. Desvelados, le oímos. Esperamos a que deje de ladrar, a que se canse de hacerlo. No deja de ladrar, no se cansa de hacerlo. Pensamos que, tal vez, si dejara de ladrar, podríamos volver a conciliar el sueño. Estamos desvelados. No sabemos si nos despertó -a estas horas, en mitad de la noche- el ladrido del perro o si ya antes de que empezara a ladrar nos habíamos develado. Tal vez sabíamos que iba a ladrar esa noche, justo un poco después de que nos hubiéramos desvelado. Ladra como si hubiera esperado a que nos desveláramos. O tal vez empezó antes. La noche está en calma. Solo ladra un perro. Se le oye bastante cerca. Sin embargo, no podemos ubicarlo. Solo sabemos que ladra en la noche. Una noche silenciosa y oscura. Puede que esté algo más lejos de lo que parece. Pero ladra como si estuviera aquí al lado. Hemos abierto los ojos en la oscuridad. Con la cabeza excesivamente despejada. Preferimos no mirar el reloj. Es como si hubiéramos encallado en la noche, dejando de navegar por las aguas del sueño. Ahora solo nos queda escuchar el ladrido monótono del perro que no cesa. No avanzamos. Hay momentos en que parece que deja de hacerlo -toda nuestra esperanza queda cifrada en esos momentos-, pero vuelve de nuevo a ladrar con la misma fuerza. Buscamos, incluso, en el ladrido un tono de desesperación o angustia. Pero solo escuchamos un ladrido. Intentamos dormir, ignorar al perro que ladra, no escuchar el ladrido o no tenerlo en cuenta. No podemos. El mundo, la noche, todo queda reducido a ese ladrido. Aunque es casi peor sentirse encallado, sentir que no avanzamos en la negra noche, que el tiempo es absolutamente negro también y está detenido. Los pulsos, los latidos se aceleran, o al menos, se intensifican, son percibidos como zambombazos en los tímpanos. Respiramos hondo mientras continúa ladrando el perro. Otro, más lejos, le contesta. No debemos estar solos.

Ladra un perro en la noche. Nosotros, si pudiéramos, también lo haríamos. Un ladrido absurdo y necesario.

Abandono

Aunque la niebla dejaba ver los picos más altos que brillaban al sol, llevaba todo el día envolviéndonos con su abrazo húmedo, convirtiéndolo todo, un poco más abajo, -las rocas, los árboles, los caminos- en bultos borrosos, mientras que unos fantasmas aproximados sin contornos precisos avanzábamos penosamente a caballo por un estrecho, descarnado y resbaladizo camino. Las nubecillas de nuestro aliento, y las de los caballos, parecían contribuir a adensar aún más la niebla. Podríamos chorrear si no estuviéramos tan completamente empapados. El cuero de los correajes era ya negro, y nuestros abrigos pesaban tanto que nos tironeaban hacia el suelo con fuerza. Grandes gotas como lágrimas colgaban de las ramas de los robles. Sobre los arbustos se extendían, con una delicadeza impropia de estos parajes, telarañas que sostenían también pequeñas perlitas de agua. Caminábamos sumergidos, casi a tientas, en busca de un refugio suficiente.

Un poco más arriba aún, nos topamos con un enorme cortante de roca descarnada que llevaba siglos inclinándose sobre el abismo amenazadoramente. A ras del escaso suelo formaba una cavidad que, aunque no llegaba a ser una cueva, dejaba suficiente espacio como para que nos pudiéramos guarecer. Además, no éramos ya muchos, apenas media docena, aunque nuestro cansancio nos duplicaba.

Nuestra misión carecía de sentido. Nuestra tierra había dejado de ser nuestra. Era absurdo no reconocerlo y seguir empecinados en no dar el brazo a torcer. Acaso tantos años de rebeldía y resistencia, aquí arriba en las montañas, nos habían terminado por convertir en seres montaraces y con escasa capacidad de raciocinio, a los que los que la defensa de una tierra, de una dignidad, de una memoria, nos había convertido finalmente en una reliquia inservible, en una especie de amuleto que ni siquiera daba buena suerte.

No nos quedó más remedio que dejar los caballos fuera, entre la espesa y cargada niebla, mientras nosotros nos acomodábamos como podíamos en la estrecha franja seca al resguardo y nos despojábamos de los pesadísimos abrigos y las empapadas botas. Encendimos -no fue fácil- un mínimo fuego en el que calentarnos, aunque fuera insuficientemente. Después pusimos una lata llena de agua de lluvia a hervir para preparar una especie de té -té de las peñas, lo llamaban- que los lugareños recogían de entre las rocas más altas y que era en realidad una especie de manzanilla salvaje, sin las benéficas propiedades del té que no era. Pero no había otra cosa. El café hacía semanas que se acabó. Y ahora nos teníamos que conformar con ese líquido levemente aromatizado que al menos nos calentaba por dentro, nos relajaba algo y nos mantenía agradablemente ocupadas las manos con algo que no eran las bridas de nuestra montura o el demasiado conocido tacto de nuestro fusil. Sosteníamos nuestras tazas de latón casi amorosamente.

Alguno de los nuestros intentaba dormir, otros miraban la montaña envuelta en la tupida gasa de la persistente niebla como si no la miraran o lo hicieran más allá, yo alimentaba mientras el fuego con pequeños palitos secos, trozos de ramas que crepitaban un momento. Era complicado mantener el fuego, era agradable y angustioso a la vez. Las laderas, las cárcavas, los árboles y las piedras estaban empapados como si estuviera lloviendo, pero no se oían caer las gotas. Acaso a media tarde abriera por fin el día. Los caballos, a cada instante, se sacudían nerviosos para nada.

Cuando nos quedamos los dos solos delante de la mísera lumbre, supe lo que me iba a decir. Era uno de nuestros mejores compañeros y uno de los primeros en incorporarse a nuestro quimérico ejército de hombres libres y desesperados. Nos conocíamos bien y habíamos vivido juntos muchas peripecias y peligros.

-Mañana me marcho -dijo sin mirarme, el cacillo en la mano y la voz, sin embargo, firme.

El fuego chisporroteaba como si nadie hubiera dicho nada. Era entretenido mirar las llamas, cómo se elevaban, cómo se retorcían, cómo volvían a emerger, de un lado hacia otro, indisciplinadamente. El silencio entero de la montaña se había condensado ahora en este silencio que nos separaba. Estaba claro que no iba a decir nada más, al menos, de momento. A mí, oírle decir aquello, ni siquiera me dolió. Las cosas eran como eran, aunque podían siempre ser mucho peor.

-Bien… -dije, como queriendo decir que estaba bien, que había estado bien compartir durante estos últimos años el espíritu de libertad y dignidad con tan escasos medios y sin ninguna ayuda aquí arriba en las montañas- No te reprocho nada.

Siguió sin levantar la mirada del fuego. El silencio volvió a ser el silencio de los bosques de la montaña. La niebla era ahora aún más espesa. Yo intentaba mover los dedos de los pies enfundados en unos gruesos y sucios calcetines. Era raro no escuchar pájaros.

-Mañana temprano me marcho -volvió a repetir como si no me hubiera escuchado.

-Bien… -¿es que no éramos capaces, ni él ni yo, de decir otra cosa?- Gracias por todo. Gracias. Deseo que te vaya bien, que tengas suerte, que puedas empezar de nuevo. ¿Dónde vas a ir? ¿Qué vas a hacer?

Intentaba ser amable y comprensivo, aunque sabía que a él, esto, lo que yo dijera, le daba igual. Tenía la cabeza demasiado ocupada en desterrar las ideas -sus propias ideas- que le acusaban -a sí mismo- de abandono, de deserción, casi de traición. Empezó a mover también los dedos de los pies.

-No lo sé. Lo único que sé es que esto, nuestra vida en las montañas, nuestra lucha contra el invasor del sur, nuestras desgastadas ideas que nos hicieron subir hasta aquí y resistir y golpear al enemigo cuando podíamos, todo esto ha terminado, hace ya tiempo que terminó. No tiene sentido seguir. Nuestro afán ahora no es más que una inercia sin sentido. Hemos perdido, hemos fracasado. No somos más que unos fantasmas que recorren las montañas y que juegan a ser héroes.

-Puede que tengas razón. Pero eso no cambia nada. No sé si el destino nos viene impuesto o si podemos nosotros cambiarlo. Pero éste es el nuestro.

Hubo más silencio. Era probable que ninguno de los dos entendiera por qué nos empeñábamos en romperlo.

-Mañana temprano me marcho.

-¿Adónde irás?

-Intentaré atravesar la llanura. Una cosa sé. No me quedaré en nuestra tierra ni en ninguna de nuestras ciudades. No podría ver allí las repugnantes y satisfechas caras de los ocupantes. O lo que es peor, la plácida connivencia de los nuestros. Intentaré llegar hasta la frontera del gran río y aprovechar algún descuido de sus patrullas para atravesarlo. Y luego seguir y seguir hasta llegar hasta las últimas montañas azules. Supongo que no me será difícil atravesarlas después de tantos años yendo y viniendo por éstas. Tal vez al otro lado de las montañas azules encuentre la paz y pueda empezar de nuevo.

-Ojalá lo consigas -le dije de corazón.

Luego volvió el silencio hasta que eché unas ramitas más al fuego que crepitaron con chasquidos, no sé si de alegría o de dolor. Se nos iluminó fugazmente la cara. El té estaba ya frío y amargaba ahora algo más.

-¿Se lo has dicho a los demás?

-Ya lo saben.

-¿Y qué te han dicho?

-Nada.

Estaba tan cansado que tenía ganas de dormir, aunque sabía que me costaría conciliar el sueño. Mañana sería otro día, ese era el problema. Quedaba poco para que atardeciera y la niebla ya no iba a levantar. Las gotas de agua colgaban de cualquier sitio y eran como joyas o lágrimas.

A la mañana siguiente todo transcurrió como en una película muda, o más bien como en una película que hubiera perdido el sonido. Aunque no salió el sol, al menos la niebla desapareció. Los abrigos y las mantas no habían tenido tiempo de secarse del todo. Durante la noche pensé en que cuando nos levantáramos él ya no estaría, habría aprovechado las últimas horas de la madrugada para irse sin despedirse. Era, tal vez, mejor así. Pero me equivoqué. Allí estaba ajustando la silla de montar a su cabalgadura. Esperó a que amaneciera para despedirse, pero no pudo decir nada. Una vez montado en su caballo nos miró, levantó la mano con un gesto amistoso y cansado, se dio la vuelta y empezó su camino senda abajo.

-Buena suerte, compañero -le grité intentando no descomponer la voz.

El sol empezaba a jugar con las nubes y la mañana olía a tomillo. Empezamos a recoger las cosas. Cada vez éramos menos, pero había que continuar.

Un soplo

Un soplo. Los años pasados.
Las tardes de antaño. El estruendo
producido por un roce o al apoyar
la frente sobre un hombro.
Un leve vestido manchado de barro
aún lo mueve el viento impreciso de la tarde.
La luz lo transparenta apenas. Y te alejas.
Esas nubes que en el cielo azul pasan
ajenas y veloces, ya no existen.
Llega amortiguado el ruido de la calle
mientras atardece triste e inevitablemente
y antes de encender la luz sabes
que serán los estorbos los únicos
que te harán compañía.
Hubiera preferido que los sueños
no se hubieran hecho realidad.
Cuando nos quisimos dar cuenta
ya nos daba igual. La hora
de la verdad también mintió.
La vida es absurda y además
vivimos tiempos abyectos,
pero esto nada tiene que ver con nosotros.
Son fantásticas esas nubes cruzando
tan rápidamente el cielo de la noche.
Los años pasados. El tiempo, ajeno a todo.
Y la sangre cumpliendo su oscura misión.

Retrato (11)

Le hubiera gustado ser un botarate. Lo que más le interesaba del regalo era el envoltorio. Por eso lo rompía con tanta rabia. Le hubiera gustado tener la voz de Kevin Ayers. Le resultaba conmovedora la ropa de entretiempo. Había mañanas en las que le hubiera apetecido estar sentadito en su tejado, como el señor Don Gato. Cuando al terminar en la peluquería le pasaban el espejo por la nuca, no se reconocía. No le resultó fácil hacerlo tan mal. Vio a los más inútiles de su generación llegar a lo más alto. Se seguía haciendo un lío con los flash-backs de las películas. Le solían confundir con otra persona. Creían que era él. Desde que se puso gafas, oía peor. Sentía que todo se movía cuando pensaba en la deriva de los continentes. No encontraba motivos para dejar de fingir. Mientras fregaba los platos siempre silbaba algo de Nino Rota. Ya no tenía margen de error, pero los seguía cometiendo.

Acerca de la demasiado conocida -y padecida- miseria del hombre

En estos tiempos de zozobra, volver a escaparse a aquellos siglos que quizás erróneamente calificamos de oscuros -como si los nuestros fueran especialmente luminosos-, aunque sea a lomos de un libro tan pedestre como éste, supone un alivio, un bálsamo, una huida necesaria. Volver, de vez en cuando, a la literatura medieval, a estos libros olvidados y llenos de polvo, constituye uno -otro- de mis vicios privados. Los textos, a menudo, son arduos, pero, una vez inmerso en ellos, resultan gratificantes. Y altamente absorbentes y aislantes del entorno. Algo que se agradece especialmente en estos tiempos de absurda, innecesaria -pero real- zozobra.

Si disfruté en entradas anteriores de espléndidos poemas escritos en cuaderna vía, con versos como hileras de vides, monótonos y eficaces, ahora me he encontrado con este libro escrito con menos arte -estamos en los años finales del mester de clerecía, en su inevitable y final descomposición-, y aquí los versos son más bien como zanjas, zanjas irregulares y mal cavadas.

El Libro de Miseria de Omne debió escribirse muy a finales del siglo XIII o en los primeros años del siglo XIV. Desconocemos quién pudiera ser su autor, aunque con casi toda seguridad fuera un clérigo empeñado en facilitar la predicación -y los sermones- a sus colegas, especialmente a los que tuvieran dificultades con el latín.

Porque el libro no es más que la traducción de la obra De miseria conditionis humanae, escrita en 1195 por el cardenal Lotario di Segni, que llegaría más tarde a la silla pontificia como Inocencio III. Tal vez sea la obra más destacada de lo que en aquellos años se constituyó casi como un género, el contemptu mundi, en el que se exponen los males, pecados y vilezas que adornan la condición humana. Males físicos y morales y después la muerte. Luego el Juicio Final y los males eternos del infierno. Como para animarse, vamos. Breve es la alegría y largo el dolor, las miserias de todo tipo acompañan siempre al hombre, su camino sobre la tierra no es más que una sucesión de desgracias, y así etcétera, etcétera.

Nuestro clérigo traduce con bastante fidelidad, aunque a menudo amplia o abrevia episodios, intentando hacer el texto latino más cercano y comprensible a los oyentes -feligreses más bien. Y versifica. Bueno, hace lo que puede, por que su estilo es bastante rudo y tosco. Utiliza el verso para dar más fuerza -y verdad- a las ideas expuestas. Lo que rima, no solo se escucha con más agrado y se recuerda mejor, sino que lo expresado rítmicamente parece transformarse en una verdad indiscutible. Alabín, alabán, mi equipo (o mi país) / y nadie más.

Como el autor no es más que un predicador que se dirige a un público tan variopinto como iletrado, añade al texto detalles populares y cierto tono entre burlesco y macabro, criticando los vicios, execrando los pecados, el amor desmedido por el dinero y denunciando, incluso, el abuso de los señores contra los campesinos. Pero sobre todo atiza al hombre, sea cual sea su condición, haciéndole ver lo mísero de su persona, hasta degradarle hasta los mayores extremos, para conducirlo a su objetivo, que no es otro que su arrepentimiento y la penitencia. Otra cosa es que, pasado el susto del sermón, y una vez fuera de la iglesia, volviera la cabra al monte, esto es, el hombre a sus costumbres, muchas de ellas, como ya sabemos, muy poco edificantes. Pero en fin…

Pero los clérigos -y llevan ya siglos- siguen a lo suyo.

No debe extrañar la misoginia desplegada durante estos siglos oscuros. De esta manera, ya el hombre nace como nace:

Si metiéredes el vino en el vaso corrompido,
la corrupción del vaso tornará el vino podrido;
así es el mesquino omne que de mujer es nasçido;
nasce suzio, con pecado, ¡de tal vaso es salido!

Luego, ya mayorcito, no es más que esto:

Fruto faz de lombrices, de liendres e de piojos;
por el fondón echa estiércol e lagaña por los ojos;
por orejas, cera mala; por las narices, mocos;
por la boca, los gargajos e muy pudientes reglotos.

(regloto: eructo)

Su vida es una sucesión de afanes y locuras sin cuento y para nada:

Tajan, duelan, urden, tejen, fazen muchas maestrías;
plantan viñas, fazen casas, uertas, fornos, pesquerías;
fazen furtos e engaños, que son malas merchaderías,
e, por amor de los dineros, otras muchas folías.

El que no tiene dinero ni riquezas, mal lo tiene:

Aún vos quiero dezir del pobre e del menguado;
por la su mala ventura, de todos es olvidado
e de todos confundido e de todos despreciado;
lo que es mayor quebranto: de los suyos desechado.

Y luego la vida es tan injusta que todo va al revés, manga por hombro (y no solo entonces; aún seguimos):

Oy el que non ave culpa es rastrado e traído;
el falso ladrón e malo de la cárcel es salido,
e que es piadoso es destruto e perdido;
el soberbio e lozano, onrado e bienvenido.

En fin, que la vida del hombre vale lo que la hoja de un árbol:

…atal es como la foja que del viento es arrebatada,
que la sube en las nubes: d’ella non sabemos nada.