La busca

Como no se podía seguir podando los olivos debido a la niebla y al agua acumulada en los árboles, y mucho menos quemar los restos de la poda del día anterior, no era mala opción perder la mañana entre esa niebla, recorriendo -y confundiendo a propósito- los vericuetos entre las peñas de los cerros que se amontonaban desde hacía siglos, en un desorden preciso, alrededor del cuarto. La niebla empapaba cada rama y cada mata. La hierba aprendía a temblar bajo su húmedo peso inapreciable. Caminar entonces en zigzag, subiendo y bajando, esquivando las distintas alturas y fijando con cuidado la suela de la bota en la tierra empapada, evitando la traicionera superficie de los canchales vestidos de un musgo tierno y resbaladizo, era el oficio del día. La niebla se adensaba como una gasa real e inexistente, nube baja al fin, pulverizada. La mirada tenía afinarse en cada mata y las manos sentían el arañazo consistente -y a veces feroz- de la planta, protegiendo sus brotes. No había horizontes hoy. La gran gris nube se había enganchado en la montaña y no la iba a dejar en todo el día. Pero por fin hay algo de barro en las botas. Una manada será suficiente. Tiernos, recientes, levemente amargos y tan reales. Noblemente silvestres y vegetales. Camino de regreso saltando las paredes de piedra. El sol, a ratos, es un disco blanco al que se le puede mirar de frente. Les perderemos unos huevos.

Anuncios

Retrato (18)

Fingía confusión para ocultarla. Fue constante en el error sin pretenderlo. Tenía prisa por conquistar la lentitud. Guardaba las distancias bajo llave. Al hablar se escuchaba a sí mismo y no entendía nada. Todos le querían, por eso no podía fiarse ya de nadie. No podía quitar ojo de encima a los relojes de arena. Su autoestima encontró en los suelos su hábitat natural. Le sobraban los motivos que le faltaban. Cuando iba bebido evitaba sentarse en la mecedora. Le seguía sorprendiendo lo previsible. Disfrutaba cayendo en todas las trampas, eran ya como su casa. Subcontrató sus sentimientos. Cuando tenía resaca evitaba sentarse en la mecedora. Se ocultaba cosas a sí mismo con bastante éxito. La tristeza iluminaba su sonrisa. Sobrevivía gracias a los malos hábitos. Cogía la escopeta al revés porque siempre le salía el tiro por la culata.

Casi dos horas libres a la caída de la tarde

Como mi padre trabajaba hasta muy tarde y mi madre, aunque con un horario más asequible, también trabajaba, era difícil que cuadraran los horarios laborales y escolares. Gracias a eso, teníamos, mi hermano y yo, casi dos horas libres -libres y nuestras- al salir del colegio. El resto de los niños, o bien les esperaba alguien, o bien marchaban ellos solos a casa. Menos nosotros. Y, claro, no nos importaba. Era -y lo sigue siendo aún hoy, después de tantos años- el mejor momento del día.

El conserje, que vivía en una vivienda adosada al colegio, nos permitía que le dejáramos las carteras para poder disfrutar de esas últimas horas de la tarde en libertad, recorriendo, sin cansarnos ni aburrirnos nunca, todo el territorio -espléndida e inacabable sucesión de descampados- que circundaba ese colegio del extrarradio, hasta que llegara nuestra madre a recogernos con el coche. A menudo se retrasaba, pero no nos importaba gran cosa. Teníamos así más tiempo para inspeccionar -cada cárcava, cada terraplén, cada árbol, cada lavadora abandonada- nuestro territorio.

Siempre había pandillas de chicos del barrio que campaban por aquellos andurriales a las horas más extrañas. Era, a pesar de su apariencia, un lugar habitado. A veces jugaba al fútbol con ellos. Formábamos improvisadamente dos equipos y luego, después de un descabellado intercambio de balonazos, discutíamos interminablemente si había sido gol o no, ya que jugábamos en un campo -tan irregular que era divertido- sin porterías. Dos pequeños montones de piedras señalizaban la distancia de un poste a otro, pero ellos, los postes, así como el larguero, venían dibujados solo en nuestra imaginación. Y, claro, dependía de si habíamos marcado o encajado el gol. Siempre había alguno que mediaba: “Ha sido poste”, pero luego te tocaba correr cuesta abajo a por el balón que, caprichoso, había preferido ignorar la presencia -imaginaria, pero tan necesaria- del poste.

Mi  hermano era dos años menor que yo y no era muy aficionado a este tipo de actividades un tanto tontas y gregarias como el fútbol. Prefería seguir investigando el territorio, su orografía, sus animales -hormigas, arañas, escarabajos, pájaros, lagartijas- y otras presencias inesperadas -una rueda, una puerta rota, un trozo de manguera- que nos alegraban la tarde. A veces, cuando iba ya a ser la hora, me costaba trabajo encontrarle, siempre en el lugar más inesperado, haciendo un hoyo -perdón, una presa, con agua embalsada- o subido a un árbol con un arco recién fabricado esperando una presa cualquiera. Las luces se iban amortiguando muy suavemente mientras la ciudad se afanaba en otras cosas más importantes. Aquí, simplemente, empezaba a anochecer.

De regreso a la puerta del colegio y recuperadas nuestras carteras, esperábamos, con la ropa un tanto astrosa y los zapatos calamitosos, a reincorporarnos a la vida normal, los deberes, el baño, el poquito de televisión y la cena. Siempre aparecía nuestra madre levemente despeinada, como si no le diera tiempo a nada y, sin embargo, llegara siempre tarde. Pero a nosotros no nos importaba.

Siempre íbamos los dos atrás, pero esa tarde, al subirnos, me dijo que, si quería, podía subir yo adelante, junto a ella. Nos quedamos parados un momento, pero mi hermano enseguida trepó a la parte de atrás donde se refugió. Yo abrí la puerta de adelante. Era increíble verlo todo desde la posición del copiloto, la calle entera, el salpicadero tan cerca. “Voy a tener que comprarte unos pantalones nuevos. Solo se te ven los calcetines y los tobillos. No paras de crecer”, me dijo. Me sentía ya mayor. Y arrancamos.

Pasados esos primeros minutos me di la vuelta y vi a mi hermano que me miraba con unos ojos muy grandes e inmóviles. Intenté sonreír. Pero tuve que volver a mirar adelante. En esa mirada de mi hermano había, no un reproche, no una acusación de traición, sino el reconocimiento de una pérdida. Aceptando la propuesta de sentarme donde se sientan los mayores, había dejado atrás -para siempre- el prodigioso territorio de la infancia. Y, de alguna manera, en esa mirada cargada y redonda, también estaba -pero eso lo supe mucho tiempo después- el germen de la decisión que tomaría él y que consistía, sencillamente, en no abandonar nunca ese territorio, porque cuántas cosas se podían hacer con la carcasa de una vieja lavadora abandonada en un descampado…

Preguntas al cielo

E igual que nosotros el amor requerirías
para el secreto de la visita
y la restitución, en una luz, de lo uno, a pesar de que esa luz
carboniza…
Y ha de ser, igualmente, la participación, la que, de algún modo, has de cumplir…
y la separación misma la llevará consigo
cual si fuese una semilla
de ese árbol que ha de abrir,
simultáneamente, un día,
las hojas de su vuelo y las de su caída…
Pues que habrás de saber, tú, que, aisladamente, nada existe:
que esa lisura
de un más allá de yemas no puede sino descubrir escalofríos
que, cósmicamente, la exceden…
que lo ardido y lo subido
no pueden pasar sin el amianto ni la hondura de los limos…
que hasta la deidad, sí,
tiene una sombra de frío…
que el mutismo
del ser no puede, tampoco, desembarazarse del rumor a cuyo origen,
desde el cubil,
tendemos, por nuestra parte, el oído…

Juan L. Ortiz, La orilla que se abisma, 1970

Reconozco los lugares

A veces camino por las calles del pasado. Reconozco los lugares porque, cuando era joven, los soñé. Allí está ahora nuestra casa de entonces, las explanadas y los montones de arena, el patio del colegio y las aulas, los cielos azules llenos de nubes blancas, los charcos tan recientes. Un joven alto sentado en el respaldo de un banco de madera me recuerda a alguien, me resulta inquietantemente familiar. Él ni me mira. No debe saber quién soy. Todos me saludan y algunos hasta me preguntan que qué tal me ha ido y qué fue de éste o del otro. Corríamos también por los pequeños bosques de los alrededores o jugábamos al fútbol sin porterías hasta que se hacía de noche. Nunca teníamos frío y llovía más que ahora. Llevar las botas llenas de barro era un signo de distinción. Era agradable volver a verles. Era como si no hubiera pasado el tiempo. Pero el joven alto y de pelo levemente ensortijado me ignora, como si no supiera quién soy. Es posible que no sepa, de verdad, quién soy. Y aunque han pasado los años, no hay otra posibilidad. Debo ser yo. Soy yo entonces. Pero han pasado los años -los años de ese tiempo estático- y ahora no me reconoce, no sabe quién soy. Camino por las calles del barrio del pasado y vuelvo a mi casa de ahora. No pensaba ese joven alto que terminaría siendo el que soy ahora, tan otro, tan distinto, tan fallido, que no me reconoce. Yo, ahora, era él entonces.

Hasta que sucede

Un corazón abierto enseguida se contrae.
Algo gotea, apenas débilmente,
y empapa de un líquido pálido
la mano sobre la que descansa.
Respira pero no es aire,
late pero no es rosa.
Ya sabes que el ave fénix
antes tuvo que arder,
aunque alguien nos dijo también
que el orden de los factores
resulta irrelevante. Por eso
lates a destiempo, antes de que todo acabe.
O continúe. Porque es más
la mirada que la palabra
y nada tiene que ver
la esperanza con la espera.
Deja, entonces, que el corazón lata
mientras se pierde -o se aleja-
su eco. Tan débil sobre los labios.
Escapar, tranquilamente
hacia el abismo, es una quimera.
El corazón ignora las consecuencias
y cada día es un fragmento del pasado.
Sin embargo, amanece en las orillas.
Has aprendido tarde
que todo es real hasta que sucede.

Retrato (17)

Tenía una impaciencia infinita. Le costaba horrores salir de la cama: era como si le hubieran dicho que tenía que ponerse a calafatear entera el arca de Noé. Fue engullido, poco a poco, por las arenas movedizas de su propia incompetencia para la vida. No se agobiaba. Vivía tranquilamente en el agobio. Tenía la manía de leer todos los letreros. De vez en cuando le gustaba echar margaritas a los cerdos. Fabricaba sus deseos con bastante poca imaginación. Dejó de comprar el Ruta 66 cuando lo empezaron a editar en color. Se pasó la vida dando puntadas sin hilo. Prefería las preposiciones a los pronombres. Incluso en su propia tragedia tuvo un papel secundario. Pensaba muy de vez en cuando, y con penosos resultados. Echaba de menos los periódicos vespertinos. También la luz de los candiles. Era estricto con lo accesorio y absolutamente descuidado con lo fundamental. Fue feliz de niño en los terraplenes.