Un robo

Este recorte es mucho más reciente, del lunes pasado, y apareció en el diario Hoy, de Badajoz. Aunque ni siquiera es un recorte. Es un simple pantallazo. Hace demasiado calor para coger las tijeras. Y también hace demasiado calor para encontrarse con noticias como ésta, tan poco refrescantes.


Detenido por el robo de cuatro alfombras

Almendralejo. 27.06.11
La Policía Nacional detuvo el pasado día 19 a un vecino de Almendralejo por su presunta de un delito de robo con fuerza en un domicilio particular.

La Policía recibió una llamada en la que se advertía de que un individuo había escalado una pared para entrar por una terraza en un domicilio particular, desde el que arrojaba objetos a un solar cercano.
El detenido fue interceptado a pocos metros de la casa con una alfombra de la que no pudo explicar su procedencia. Además en el solar descrito en la llamada, hallaron otras tres alfombras.
El detenido es de nacionalidad rumana, vecino de esta localidad, de 31 años de edad y que responde a las iniciales de V. D. S. Una vez practicadas las diligencias policiales oportunas, fue puesto a disposición judicial, quien decretó su puesta en libertad con cargos.

Ese día de finales de junio los termómetros rondaban los cuarenta grados y, tal vez por eso, decidió robar algo. Algo no muy complicado. Unas alfombras. ¿Unas alfombras? Sí, unas alfombras. Da igual. Cualquier cosa. Algo fácil y que pueda tirar al otro lado del muro sin mucho esfuerzo. Hace tanto calor… Está decidido. Unas alfombras. Vamos.

Hubiera preferido, la verdad, llevarme el frigorífico. Sí que nos vendría bien. Mucho mejor. Pero ¿cómo lo saco de la casa y cómo hago para saltar la pared del patio con él a cuestas? Imposible. Ya sé que maldita falta que nos hacen. Pero está decidido. Me llevaré las alfombras.


Pero ¿por qué esas alfombras? ¿Por qué precisamente ésas? ¿Es que no las vio antes de llevárselas? ¿O es que estaba oscuro? Seguro que cuando estaba llevándoselas, ya se estaba arrepintiendo.

(La fotografía -perdón- es de la propia Policía)

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La utilidad del caos

No hay nada peor que la perfección y la exactitud. Si las cosas funcionaran bien, realmente bien, se estropearían al instante. No lo soportarían. La realidad respira en los márgenes, y por eso puede existir. Cada imperfección, cada inexactitud, ilumina la vida. Luego está el caos, que no nos debe asustar, porque nos explica quiénes somos y cómo vivimos, y nos prepara para lo que ha de ir viniendo.

¿Que a qué viene todo esto? Tiene la culpa la recuperación de un viejo recorte de periódico, sin fecha, encontrado en la carpeta azul de gomas (y el aburrimiento, claro):


…que explicar la utilidad del caos. Si el corazón latiera con la exactitud de un cronómetro suizo, dice Contopoulos, no podría afrontar sustos, ni físicos ni emocionales, “un corazón con un ritmo muy regular sería incapaz de ajustarse a los cambios. Sería muy peligroso para la persona”.

Así que un corazón exacto y preciso no nos vale. Es un peligro llevarlo dentro. Pero no tenemos por qué preocuparnos. Ya se encarga la vida de encogerlo, de acelerarlo, de alterarlo… a capricho y sin avisar, como si estuviera subido, sin posibilidad de escapar de ella, en una perpetua montaña rusa.

Cruzar la calle

Si uno tiene ciertos conocimientos de mitología clásica, por escasos que sean, da no sé qué cruzar esta calle.


Al otro lado del río o laguna Estigia se halla el mundo de los muertos, el Hades. Y ya sabemos que cuando se cruza hasta el otro lado, no hay vuelta atrás.

Cuando una persona moría, su alma era llevada hasta su orilla. Allí les recibía un viejo barquero, Caronte, a bordo de cuya barca emprendían el último viaje. Era costumbre depositar una moneda sobre cada párpado del difunto, o también en la boca, para que el barquero se cobrara sus honorarios. (Por mí se puede quedar con la vuelta). Llegados al inframundo, las almas recibían un premio o un castigo, según la vida que hubieran llevado. Algo así como en el colegio.


(Es curioso. Estige o Éstige, eso dice la wiki, significa en griego “odio”. Así que, al menos etimológicamente, sólo dejamos atrás el río del odio cuando llegamos al país de los muertos. ¿Significa ésto que cuando dejamos de odiar morimos? )

Menos mal que la calle no es muy ancha y apenas tiene tráfico. Si hubiera un semáforo, en lugar del hombrecillo verde, estaría bien ver parpadear a Caronte, apremiándonos a que cruzáramos.

Porque ¿quién pone el nombre a las calles? Es este caso no tiene mucho sentido. Aunque no deja de tener cierto macabro encanto poder decir: “Vivo justo al otro lado de la calle Estigia”. O: “Menuda casa tiene el señor Caronte en la calle Estigia”.


Al final no es más que una calle cortada, en pendiente, que hasta hace poco estaba sin asfaltar. No está muy lejos de mi casa.

Cassettes

Dando una (otra más) vuelta por el barrio, me fijé en esta tienda que tiene todo el aspecto de llevar bastante tiempo cerrada. Realmente en lo que me fijé fue en su rótulo, que resulta a estas alturas un tanto ingenuo y levemente melancólico. Papelería, librería, fotos, discos… y cassettes. Era fantástico aquel tiempo en el que vendían cassettes.


Siempre había uno en la basca que sacaba todos los días a la calle el loro. Un pedazo de radiocassette más aparatoso que consistente. Cintas (una cintita guapa de los Rolling, de los Led Zeppelin o de los Leño) que llevábamos sin funda, en los bolsillos.

Porque cuántas tardes pasamos grabando cintas. Había que tapar no se qué ranura con un poco de celo para poder grabar encima. Y para no gastar pilas, se podían rebobinar introduciendo en uno de sus huecos dentados un boli bic y darle vueltas. Se hacían un montón de copias del disco que se compraba un colega cuando tenía dinero o era su cumpleaños. O si no, cazábamos de la radio las canciones que nos gustaban. Había que estar atento, con el dedo sobre el rec, y rezar para que el imbécil del locutor no empezara con su cháchara intrascendente antes de que terminara la canción.

Había cintas en cualquier sitio, en los cajones, en las guanteras de los coches, en el bolsillo de la camisa, encima de los bancos del parque… Porque la música sonaba, no sé cómo explicarlo, al aire libre, en el aire libre. Llenaba el aire. Y nosotros la cogíamos al vuelo. Ahora los chicos, las chicas, van tan aislados con sus precisos auriculares, en su propia, exclusiva y solitaria burbuja que dan hasta pena. Sumergidos y aislados. Probablemente estén escuchando todos la misma canción, brillante y banal. Pero la escuchan solos.

En África aún existe una potente industria del cassette. Es el principal medio que tienen de oír música. Y la escuchan todo el día. En los puestos callejeros de los mercados y zocos de pueblos y ciudades venden toda una producción artesanal de magníficos y desconocidos músicos todavía ajenos a la ordalía absurda de las nuevas tecnologías. También en España, en el mismo Rastro sin ir más lejos, se siguen vendiendo.  Pero ya no es lo mismo.


Así que cuando escucho o leo la enésima disputa entre los partidarios de los formatos digitales y los talibanes del vinilo (suena más humana, respira la música con mayor calidez, es como comparar el metal con la madera…) tuerzo el gesto y procuro no prestar mucha atención. No hay nada más cercano y mejor que una cinta de cassette. Siempre que no se te quede enganchada.