De cerca

Hace ya unos meses hablamos en estas mismas páginas de Nathaniel Hawthorne y de sus Cuadernos Norteamericanos. Quedó traspapelada esta nota suya -escrita en 1837- que ahora recupero aquí. Resulta bastante evidente, pero me gusta.

Cuanto más de cerca se observa la obra más refinada que produjo el hombre, más se notan todas sus imperfecciones, como un microscopio que captase la rugosidad de un metal pulido. Por el contrario, todo cuanto parece rudo o grosero en la obra de la naturaleza, observado de cerca muestra una total e infinita perfección.

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Grúa


ahora que la están
desmontando sé
que voy a echar de menos
la grúa de la obra de enfrente
tan tranquila
los fines de semana
desde mi ventana quieta
o lentamente girando
como una reina alta y grácil
de lunes a viernes

Pide un deseo

(Solo hay una cosa más detestable que te pregunten cuál es tu canción, película o libro preferido, o qué te llevarías a una isla desierta, y es que un genio volviera a escaparse de la lámpara y te pidiera -precisamente a ti- que le formularas un deseo. O tres, o los que sean. Ya el colmo sería que esa noche vieras pasar una estrella fugaz)

Uno encuentra a veces papeles extraños cogidos en el limpiaparabrisas del coche. Pero esta vez han conseguido sobrepasar los anchísimos márgenes de mi capacidad de sorpresa.


Si ya es, no sé cómo expresarlo, si ya es terrible pedir como tu último y más íntimo deseo un trastero (sic), mucho más, y tampoco sé cómo expresarlo, mucho más abyecto resulta el que te sea concedido.

La vida, al final, te enseña pocas cosas, pero una de ellas es a tener mucho cuidado con lo que deseas, porque siempre, de una manera u otra, siempre se acaba consiguiendo. En la mayoría de los casos, para nuestra secreta y duradera desgracia.

Líbrate entonces de que tus deseos se cumplan. Ya nos lo advirtió Santa Teresa de Jesús cuando nos hizo ver que eran muchas más las lágrimas derramadas por las plegarias atendidas, que por las no atendidas.

Sobre todo si lo que se desea es un trastero.

(Además, creo que estamos equivocados. No necesitamos un trastero, lo que ocurre es que, simplemente, nos sobran cosas)

Regreso

Madrid es una ciudad fea, triste, sucia y crispada. Decidió hace dos o tres decenios convertirse en algo abominable, dedicándose con especial minuciosidad a destruir todo lo que hacía de ella un lugar habitable. Ahora es todo tan difícil aquí que sus habitantes no tenemos tiempo ni fuerzas de sentirnos a gusto en nuestra propia ciudad, no ya secuestrada, sino destruida y aniquilada por los políticos y los poderosos. Tan solo podemos sobrevivir en ella, mal que bien, en un continuo estado de alteración.

Nos han robado la ciudad, convertida ya sin remedio en un patético remedo de algo que nos prometían enorme, dudosamente fascinante y brillante. (Y que ni queríamos ni necesitamos). Embarcados en un ridículo y costosísimo quiero y no puedo, mientras tiran por la borda la forma de vida que durante años hemos llevado. Esa vida común y normal ha quedado abolida.

Creemos, nos hacen creer entonces que todo cambia y crece, que todo mejora, cuando en realidad lo están destruyendo todo. Y lo nuevo se construye con la única intención de arrasar todas y cada una de las virtudes que tuvo Madrid, de destruir la vida normal de la gente normal. Y lo que queda, enorme, absurdo, espantoso, bien pudiera ser aniquilado. Todo. Madrid entero. Tan sólo merecería la pena salvar algunas salas del Prado.

Madrid ya no existe.

Abonad con Nitrato de Chile

El mundo exterior tenía la forma de la ventanilla del coche. En aquellos largos viajes de inicio de las vacaciones -la noche antes apenas dormíamos- descubríamos a través de los cristales un mundo recién estrenado ante nuestros ojos. Amplio y distinto. Entrevisto y veloz. El campo, los cultivos, los árboles, los bosques, los ríos, los páramos, las montañas, los pueblos, las otras ciudades, las gasolineras, los bares de carretera, eran el escenario de una película muda, que a pesar de no tener argumento, nos resultaba entretenidísima.

Las carreteras de entonces atravesaban cada pueblo y era posible parar en cualquier sitio, a desayunar unos churros o a comprar el pan. Todo resultaba cercano y la velocidad tenía una medida aún humana.

Nos gustaba bajar la ventanilla para que el aire nos diera con violencia en la cara, pero entonces nos obligaban a subirla. Y le dábamos con desgana a la manivela.

Los anuncios también eran parte de ese paisaje convertido en película tras el cristal. En casi todos los pueblos, sobre la pared de la primera y más visible casa, nos saludaba la negra silueta a caballo del hombre de Nitrato de Chile. Era una imagen tan nítida que todavía la podemos encontrar en nuestra desordenada memoria.

Quedan todavía algunas, muy pocas ya.

Cualquier día de estos, con una piqueta, destrozarán los últimos azulejos que durante tantísimos años han compuesto la negra silueta a caballo del hombre de Nitrato de Chile. Les va a costar trabajo despegarlos.

Oiremos cada golpe.

Gabba Gabba Hey

Es ahora a finales de agosto, o también en septiembre, cuando hay que empezar a cortar los mamones. Aprovechado las primeras claridades de la mañana y con un hacha pequeña o una hachuela -una especie de azada que se maneja con una mano- resulta tonificante descuajar los pies de los olivos de esas varetas que han crecido con fuerza durante estos últimos meses.

Los agarras con una mano mientras que, con un golpe de hachuela en la base, los arrancas de raíz. Es necesario limpiar el pie y también el tronco del olivo cada año de lo que aquí llaman mamones y en otros sitios ramones o chupones.


Hay veces que no dejan ver el tronco, algunos miden más de metro y medio. Le quitan fuerza al árbol y luego es casi imposible coger la aceituna si no los has quitado. Queda el tronco con pequeñas heridas que ahora, con el calor y el tiempo seco, no tardan en cerrar. Hay que preparar las peanas y cuidar los árboles para cuando llegue diciembre y haya que recoger la aceituna.

Son las siete y media de la mañana y subo una pequeña cuesta con la hachuela en la mano. El sol se asoma tras la línea de la sierra. Como nunca llevo reloj, estaré hasta que empiece la chicharra a cantar. Entonces es mejor dejarlo.


Un par de horas cortando mamones
, descuajándolos de raíz, no me parece mala manera de empezar el día. Así, de esta manera, hago algo de ejercicio. Aunque da una pereza inmensa madrugar, luego, en cambio, resulta una delicia estrenar el día en el campo, entre estos olivos de sierra.

A otros les da por morder esquinas.