Sobres y sellos

No sé, pero tengo la impresión de que tarde o temprano se volverán a escribir cartas. Hacerlo será entonces, incluso, considerado como algo exclusivo y delicado. Sobre el papel encima de la mesa recuperaremos la escritura a mano, cuidando la caligrafía, viendo crecer cada párrafo, inusualmente autógrafos, llenos de ideas, deseos, preguntas y palabras que terminan, al cabo, por despedirse afectuosamente.

Y con el mismo afecto doblaremos el papel que introduciremos en el sobre, que cerraremos con cuidado, y sobre el que escribiremos la dirección deseada. Arriba, en la esquinita, pegaremos el sello. Nos daremos luego un paseo hasta el buzón. Imaginando al destinatario abrir el casillero, apartando las cartas del banco para entresacar el sobre blanco con la dirección escrita a mano, volteándola en busca del remite, para ver quién escribe, guardando entonces la carta con una sonrisa, abriéndola más tarde. Leyéndola.

No sé. Es ahora todo tan rápido, tan automático, tan instantáneo, tan imparable, tan fantástico, y las posibilidades de comunicarse tan vertiginosamente variadas, que escribir una carta parece algo propio de psicópatas o de colgados sin remedio.

Ya sé que resulta bastante decimonónico, pero una relación epistolar, sobre todo si no funciona demasiado bien el servicio de correos, puede llegar a ser un extraño y sublime placer, lento y circular.

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