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Archive for 29 octubre 2011

Resumen


Traicionamos,
nos traicionan
y nos traicionamos
a nosotros mismos.
Eso es todo.

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Lo siento de verdad por los escasísimos y más que improbables lectores, pero aquí estoy de nuevo con Cristóbal de Castillejo (sé que al leer este nombre –oh, no, otra vez no– un altísimo porcentaje de ese reducidísimo número de lectores saldrá pitando como alma que lleva el diablo), picoteando ahora en sus poemas, que ya en su tiempo, a mediados del siglo XVI, estaban pasados de moda.


Aunque creo que, con estos dos primeros versos, habré ganado la atención -y la simpatía y la complicidad- del que haya llegado hasta aquí:

Cuanto más la voy queriendo,
menos con ella m’entiendo…

Resulta, entonces, que el año de mil quinientos y pico no queda tan lejos. Nos viene a pasar lo mismo siglo tras siglo. Así que también estaremos de acuerdo con Castillejo cuando canta:

No sé decir lo que siento,
aunque siento lo que digo.

Y la empatía será completa cuando leamos lo siguiente:

Camino voy de perderme,
pero no de arrepentirme.

Ya es como si fuera amigo nuestro. Le pasa lo que a nosotros, tan parecidos. Cuando ha conseguido, al fin, los favores de su dama, confiesa:

Me va peor con el sí,
que me iba con el no.

Aunque sin llegar a ser como Garcilaso, al que desprecia por su verso extranjerizante y un tanto melifluo, también Castillejo alcanza, si bien no tan altas, sí alguna que otra pequeña cima lírica y amorosa, una especie de tranquilo cerro al que subimos sin mucho esfuerzo. Como cuando le dice a su amada:

Y tu luz me dexó a escuras…

Mantiene, eso sí, su octosilábico machaconeo sin ningún complejo. Incluso, a veces, lo hace con elegancia y sinceridad:

En el campo me metí
a lidiar con mi deseo.
Contra mí mismo peleo;
defiéndame Dios de mí.

No está mal. Pero creo que por hoy lo dejamos. Aunque, y no es una amenaza, volveremos en breve a desperdigar aquí algunos bonitos versos de Cristóbal de Castillejo -oh, no, otra vez no.

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Me encanta la brevedad. La concisión es sublime. Y la escueta noticia que traigo aquí, y que se publicó ayer en El Periódico de Extremadura, alcanza, casi, la perfección. La frase final es contundente. Sabes que se ha terminado. No hay más.


Recogen las naranjas de Santa Marina
26/10/2011 Badajoz
Operarios de Parques y Jardines iniciaron ayer la tarea de recogida de las naranjas de todos los árboles de la avenida de Santa Marina, coincidiendo con su poda. Las naranjas, de sabor amargo, van directas a la basura.

En la mayoría de pueblos y ciudades del sur de España numerosos naranjos amargos adornan parques, calles y avenidas. Sus hojas perennes de color verde oscuro e intenso brillan especialmente bajo las escasas lluvias. Sobre las paredes blancas y los muros se recorta su sombra en los días interminables de sol. Le dan un aire de patio o de pequeño huerto a los lugares en los que están plantados. Los pueblos y ciudades resultan más amables.

Acaso las quejas de un ciudadano temeroso de que alguna naranja ya madura le cayese en la cabeza, o tal vez el mismo concejal encargado de la limpieza, para evitar que ensuciaran las aceras al estrellarse contra el suelo o ser atropelladas, han hecho que se pusiera en marcha una cuadrilla de operarios municipales para hacer esta absurda cosecha. Menos mal que los árboles ignoran que al final, esas naranjas, pobres, van directas a la basura.

Mientras tanto, en multitud de cocinas de Gran Bretaña, tras los visillos, se reinicia como un rito la experiencia casi mística de la preparación de la más deliciosa mermelada de naranja amarga. Se trocea la fruta y se llena de aromas la casa, se miden las cantidades, se ponen a hervir los frascos… Con esas naranjas que nosotros tiramos (van directas a la basura) fabrican un jarabe sublime. Cada familia tiene su secreto, pero lo que tienen en común todas, es que se elaboran con lo que han dado en llamar Seville Oranges.


Incluso se organizan en señoriales castillos de la campiña britaniquísimos concursos en los que se compite para obtener el primer premio a la mejor mermelada de naranja amarga. Que para ellos es la reina de las mermeladas.

Tal es su veneración, que tienen una palabra exclusivamente para designarla: marmalade -que sólo se aplica a la elaborada con cítricos, en especial la de naranja amarga- mientras que a las otras mermeladas las llaman jam.

Tomar una buena taza de té y un trozo de bizcocho bañado en mermelada del año pasado, mientras oímos hervir los recipientes al fuego rebosantes de la fruta troceada, no es mala manera de pasar la tarde. Fuera sigue lloviendo.

Mientras, aquí, oímos bufar al camión de la basura cargado de naranjas alejarse camino del vertedero.

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Los prólogos


Los prólogos
deberían ir al final.
Y los epílogos,
detrás del prólogo.
O antes.

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¿Que qué tienen que ver Cristóbal de Castillejo y Bob Dylan? Nada. Absolutamente nada. No podía ser de otra manera. Porque, ¿qué pueden tener en común un clérigo español del siglo XVI y Bob Dylan? Pues eso, nada.

Sin embargo, aunque he de reconocer que bastante por los pelos, aquí los traigo de la mano.

Cristóbal de Castillejo -y ya empezamos a tirar de la wiki- nació en Ciudad Rodrigo en 1490. (Permitidme que pare aquí un momento a imaginar Ciudad Rodrigo a finales del siglo XV: debía ser una ciudad dura, lejana y casi mágica).

Pues hasta allí nos vamos para acompañar a este clérigo y erudito que luego viajaría por toda Europa -ajeno a los inconvenientes de las líneas low cost– siempre al servicio de Fernando de Habsburgo, hermano del Emperador, que llegaría a ser, entre otras cosas, rey de Hungría.

Y por aquellas ciudades de Centroeuropa no era difícil entonces toparnos con nuestro monje y cortesano, escribiendo poemas y persiguiendo damas de alta alcurnia. Llegó a tener varios hijos y a publicar algunos libros.

A pesar de que eran imparables y más que evidentes los nuevos tiempos del Renacimiento, Castillejo, como si fuera el último bastión de la gozosa Edad Media, no perdía ocasión para arremeter contra las nuevas, afeminadas y extranjerizantes modas (Boscán, Garcilaso, los sonetos, el endecasílabo…), manteniendo enhiesto el castizo y tradicionalista estandarte español. O sea, yendo siempre al grano, tanto en su poesía como en su vida.

Curiosamente está enterrado en Wiener Neustadt, a unos cincuenta kilómetros al sur de Viena. (Estaría bien, aunque reconozco que es absurdo, organizar un viaje a aquellas tierras con el único objetivo de visitar su tumba. Con otros escritores lo hacen)


Pero me parece que me estoy extendiendo en exceso, yéndome por las ramas y no avanzando. De Bob Dylan, del que no me he olvidado, me temo que no voy a decir nada. Solo intentar explicar qué hace aquí.

Hace unas semanas, leyendo las Obras de Amores de Cristóbal de Castillejo (y, por favor, no me pregunten qué coño hacía leyendo las Obras de Amores de Cristóbal de Castillejo, cuando hace siglos que ya nadie lee las Obras de Amores de Cristóbal de Castillejo) encontré unos versos que me hicieron pensar en que, siglos antes, nuestro clérigo debió sentir algo similar a lo que debió sentir Bob Dylan cuando escribió una de sus más trilladas canciones:

Y ando a tiento
buscando contentamiento,
pero no acierto a tomallo;
piérdolo donde lo hallo,
y después búscolo en el viento.

Así que el contentamiento -como the answer, my friend- is blowin’ in the wind. Porque después de perder el contentamiento (Castillejo) y de buscar la respuesta (Dylan), terminamos buscándolos en el viento. Que, según Dylan, es donde está. Y donde Castillejo hace ya tiempo que lo busca.

Aunque puede, también, que el paralelismo y la semejanza las haya yo imaginado y estén, al cabo de los siglos, Castillejo y Dylan, hablando de cosas distintas.

Puede ser.

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Peluquería


Dios, es tan barato que estoy por hacérmelo todo.

Y que me hagan, por primera vez en mi vida, en lugar de un Corte caballeros, por muy poquito más, un Corte de Dama. Aunque también resulta tentador eso de Rapar con máquina. Si llevas esta hojita se te queda sólo en cuatro eypos. (Podía haber sido más sugerente si hubieran puesto Esquilar con máquina…)

No entiendo por qué diferencian el Corte caballeros del Corte niños, los dos cuestan lo mismo, siete eypos (seis si llevas este papel). Eso sí, el siete de los caballeros es algo más grande que el de los niños. No sé si querrá decir algo.

Lo que se me escapa del presupuesto es lo de la Extensión de Pestañas. Me tendré que conformar con un Maqui ajé, siempre que se refieran a un maquillaje y no a algún extraño rito afroamericano.

Tampoco entiendo esa desorbitante diferencia de precios entre la Manicura (siete eypos) y la Pedicura (diecisiete eypos). Casi todo el mundo tiene el mismo número de dedos, y de uñas, en los pies que en las manos.

Pero el puntazo final va a ser esa Piedra de brillante (Swarovski), en Mi diente, para Mi sonrisa. Tengo que decidir si hacerlo en una de mis palas delanteras o tal vez, como detalle de complicidad, en uno de mis colmillos. Que, por cierto, se me están empezando a retorcer en exceso.

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October song

Vino finalmente a morir el mismo día que lo hacía Steve Jobs, y como a todos los medios de comunicación les dio por entonar un unánime, extensísimo y tecnológico lamento por su desaparición -se erigieron incluso improvisados altarcitos en numerosos lugares en los que, rodeadas de flores y manzanas, temblaban velas virtuales en la pantalla de las tabletas- apenas quedó espacio para las breves necrológicas por Bert Jansch.

Murió este músico escocés, del que dice Neil Young que fue para la guitarra acústica lo mismo que Jimmy Hendrix para la guitarra eléctrica, el pasado cinco de octubre. Alguno de los discos más intensos y balsámicos que he escuchado nunca los grabó este prodigioso guitarrista de adusta y, a veces, inarmónica voz allá por los años sesenta. Si tengo que elegir entre los cuatro o cinco músicos que más me han llegado a lo largo de mi vida de oyente tumbado en el sofá, casi siempre está Bert Jansch entre ellos.

Al poco tiempo de iniciar su carrera, alcanzó su momento de gloria al fundar y formar parte de Pentangle. La música folk sale de su reducto, se renueva y llega a un público masivo. Pero es que aquí se juntaron cinco talentos superlativos: Jacqui McShee, de prístina (nunca pensé que fuera alguna vez a utilizar este adjetivo) voz; John Renbourn, exquisito guitarrista de influencias y querencias renacentistas y cultas; nuestro Bert Jansch, con una mayor tendencia al blues y al humo de los pubs; y una precisa y delicada base rítmica, de origen jazzístico, formada por el contrabajo de Danny Thompson y la batería de Terry Cox.

El prodigio duró hasta 1973, año en el que se separó la formación original. Luego siguió cada uno su camino. Incluso volvió a reinventarse Pentangle con variables formaciones y sucesivas entradas y salidas. Bert Jansch, hasta hace bien poco, no dejó de grabar y de actuar.

Llevo desde el pasado día cinco, casi todo el mes de octubre, recuperando sus viejos discos. Cada vez me parecen mejores. Y ahora encuentro en sus canciones, no solo belleza y tranquilidad, sino incluso propiedades terapéuticas, casi sanadoras.

Aunque es tarde para necrológicas, al menos no ha terminado este mes, y traigo aquí una canción, esta canción de octubre.

Cuando nos dejan tipos como Bert Jansch, el mundo se convierte en un lugar más inhóspito.

I’ll sing you this October Song
There is no song before it
The words and tune are none of my own
For my joys and sorrows bore it
Beside the sea the brambly briars
In the still of evening
Birds fly out behind the sun
And with them I’ll be leaving…

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