Paseo nocturno con estruendo a lata

Como Jesucristo tranquilamente dando un paseo sobre las aguas, así, aunque algo más beodo y a una hora más tardía, caminó este joven sobre los coches estacionados en una avenida, dando grandes zancadas sobre sus relucientes techos, maleteros y capós.


La acera acaso se le antojaba demasiado aburrida y la carretera no parecía propicia para un peatón borracho, así que se decidió por subirse a lo alto de un coche para comprobar si aguantaba y sería capaz, de esta manera, de llegar a casa de unos cuantos trancos.

Y comprobó que las carrocerías ya no son lo que eran, apenas aguantan, y las abolladuras que iba dejando le parecía que no le iban a hacer ninguna gracia a los dueños de los coches. Pero una vez iniciada la marcha no iba a volver a atrás. Y mucho menos a bajarse.

La única dificultad estribaba en la separación que había entre un coche y otro. Tenía que afinar el salto para no caer.

Aunque esta manera de caminar por la ciudad -a no ser que seas miembro de Bodies in Urban Spaces– entrañaba más problemas. Por ejemplo, era muy fácil llamar la atención. El estruendo a lata y la negra silueta del andarín de la noche sobre los coches ni siquiera pasó inadvertido a los policías. Le vieron y le detuvieron.

Cuando le preguntaron que qué hacía, se encogió de hombros.

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Un buen día

Guardamos cosas hasta que un buen día las tiramos.

Cosas que inexplicablemente nos gustaron y cosas que, aunque no nos gustaron, inexplicablemente guardamos, cosas que compramos o que nos regalaron, valiosas y sentimentales, sin ningún valor o que nada significan ya, simplemente estuvieron -están- ahí durante años, y que todas juntas, acumulándose, cuentan una extraña, ininteresante y ridícula historia: la nuestra.

Cada cierto tiempo, si hay una mudanza o hay que pintar la casa o sin otro motivo que el de sacar lo que hay en los armarios para volver a ordenarlos y hacer sitio, entonces, lo que fue guardado con cierto cariño o inexplicable respeto, es apartado definitivamente, tampoco se sabe muy bien por qué, pero lo cierto es que aparece, al cabo, desventrado junto a los cubos de la basura, indefenso y con una pueril obscenidad. Ahí acaba todo.

Entonces otras cosas nuevas sustituirán a esas cosas viejas. Y la historia se repetirá. Aunque con algo menos de convicción.

El hombre es un animal que guarda cosas y que luego las tira. Un buen día.

Signos que aparecerán antes del Juicio Final

Según la que está cayendo y viendo lo que se nos viene encima, volver a perderse entre renglones y páginas escritos en el siglo XVI se me antoja algo peligroso. No está demasiado lejos. No lo suficiente.

Así que sacudiéndome, no sin trabajo, la pereza, decidí marcharme a pasar unos días al siglo XIII, allá por el año de mil doscientos y poco. La desinhibida ingenuidad, el esfuerzo primigenio y cierta frescura afable en cada verso hacen de la poesía medieval  una especie de mejunje que me alivia.

Me tiré entonces de cabeza, como si fuera una poza lo suficientemente honda, a este librito piadoso -cuyo llamativo título, Signos que aparecerán antes del Juicio Final, no es más que un resumen-  redactado hacia 1237 por Gonzalo de Berceo -sí, el autor de los Milagros de Nuestra Señora, que pasa, además, por ser el primer autor conocido en escribir en castellano.

Pasó su vida como clérigo secular entre los monasterios de San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de Silos. Y trabajó trasladando textos piadosos de las fuentes latinas al román paladino. Explicando el mundo bajo la ortodoxa perspectiva cristiana. De la misma manera que lo hacían los pintores de frescos en capillas, iglesias y catedrales, o los maestros canteros en los pórticos y capiteles románicos. A menudo parece tratar las palabras y la sintaxis con el mismo cincel, con la misma fuerza, con la misma deliciosa tosquedad.

La inextricable prosa latina revive ahora en la lengua del vulgo. Aunque sus libros están organizados en estrofas de cuatro versos de catorce sílabas, divididos en hemistiquios simétricos, con acento rítmico en la sexta sílaba y rima consonante. Es lo que se llama cuaderna vía o tetrásforo alejandrino, conscientemente diferenciada de las fáciles cantinelas de los juglares.

Este libro de los Signos parece escrito como texto obligatorio de una catequesis del terror, dibujando una apocalíptica que busca o la conversión o la destrucción de infieles o herejes, todo ello envuelto en un aire más o menos asfixiante de ideas milenaristas.

Nos habla de las señales que precederán al Juicio Final. Lo que se sabe que va a suceder en los quince días previos, detallando cada día y la señal correspondiente. Primer día: elevación del nivel del mar. Segundo día: descenso del mar y vuelta a su nivel. Tercer día: el incontenible llanto de los animales. Cuarto día: arde el agua. Quinto día: las plantas sudan sangre. Sexto día: se derrumban los edificios. Séptimo día: se quiebran las piedras. Octavo día: todo cae a tierra. Noveno día: allánase la tierra. Décimo día: estampida enloquecida de los humanos. Undécimo día: se abren los sepulcros. Duodécimo día: caída de los astros. Décimo tercer día: triunfo absoluto de la muerte. Décimo cuarto día: arden el cielo y la tierra. Décimo quinto día: resurrección de los muertos.

Pero veamos, mejor, algunos ejemplos de cómo nos lo cuenta el bueno de Gonzalo:

Esti será el uno   de los signos dubdados:
subirá a las nubes   el mar muchos estados,
más allá que las sierras   e más que los collados,
tanto que en sequero   fincarán los pescados.

El día duodécimo caerán los astros del cielo:

No será el dozeno   qui lo ose catar,
ca verán por el zielo   grandes flamas volar;
verán a las estrellas   caer de su logar
como caen las fojas   quand caen del figar.

Por si fuera poco, el día décimo cuarto, arderán cielo y tierra. (El último verso de esta tirada resulta definitivo: no quedarán ni conejos)

El día quarto décimo   será fiera varata,
ardrá todo el mundo,   el oro e la plata,
balanquines e púrpuras,   xamit e escarlata;
non fincará conejo   en cueva ni en mata.

Y ya el último día, el de la resurrección de los muertos, no nos quedará más remedio que hacer las maletas y largarnos:

El día postremero   como diz el propheta,
el ángel pregonero   sonará la corneta;
oírlo han los muertos   quisque en su capseta,
correrán al Judicio   quisque con su maleta.

Pero no siempre resultaba fácil. La lengua literaria estaba prácticamente sin estrenar y aún crujía cuando la utilizabas. Con el uso -y el paso de los siglos- ya se le iría cogiendo el punto.

Así que cuando Gonzalo de Berceo se encontraba cansado y los versos ni cuadraban ni salían, sabía que lo mejor era dejarlo y dar una vuelta por los campos que rodeaban el monasterio. Respiraba entonces mejor, paseando entre las viñas, cuyas largas y repetidas hileras eran como sus versos, largos y de ritmo repetido y previsible.

De vuelta al monasterio se pondría de nuevo a escribir, antes de que cayera la noche.

Furia

No fue un momento de furia. Fueron varios, demasiados, los momentos que se encadenaron, que se acumularon hasta condensarse y provocar una imparable, aunque premeditada, espiral de violencia. Vivimos tiempos parecidos a estos que nos cuenta El Periódico de Extremadura:


Condenado por destrozar con un hacha
la oficina de la empresa que no le pagaba

Cansado de que la empresa responsable de las residencias de ancianos de las que era proveedor de los productos de limpieza no le pagara lo que le adeudaba –unos 12.000 euros–, José S. G. se presentó en las oficinas de la empresa en Cáceres provisto de un hacha con el que destrozó todo lo que encontró a su paso.

Que a gusto se quedó, después de agarrar con tanta fuerza el mango del hacha que le dolían hasta los nudillos, mientras el brazo subía y bajaba, destrozando todo lo que se encontraba a su paso, cada vez con mayor violencia. ¿Por qué no le pagaban? ¿Por qué seguían sin hacerlo? ¿Se estaban riendo de él?

Dejó a su marcha un reguero de puertas, mesas y sillas de oficina gravemente maltrechas. Pero  seguían sin pagarle. Así que, dándole vueltas y más vueltas al asunto –hasta la exasperación y un poco más- determinó que tenía que volver.

Con esta actuación, que tuvo lugar sobre las 12.15 horas del 22 de mayo del 2009, no logró su objetivo, motivo por el que cuatro días después, acompañado en esta ocasión por su hijo, que también ha sido condenado, acudió de nuevo a la oficina y al no encontrar en ella al gerente, se desplazaron hasta su domicilio, en Arroyo de la Luz.

Vamos a su casa. Se va a enterar.

Ya en él, cubiertos por pasamontañas y portando sendas pistolas, una detonadora y otra de aire comprimido, rebuscaron por los cajones al tiempo que José S. G. decía: “Mis hijos no van a pasar hambre porque este hombre no me pague los 24.000 euros que me debe…, si no me los paga quemo la casa, el coche y lo que haga falta”.

Los acusados, que se marcharon llevándose un ordenador, fueron interceptados en el kilómetro 56 de la Ex 206, interceptando los agentes en el interior de su vehículo las dos pistolas simuladas, cuatro bates de béisbol, una cizalla, unas navajas, varios metros de cuerda, unos prismáticos y dos ordenadores portátiles.

Sólo quería que le pagaran lo que le debían. Y primero fue por las buenas. Y luego tuvo que utilizar un hacha. Y finalmente todo se enredó de mala manera y no quedó más remedio que ir a la misma casa donde vivía el responsable de su ruina, y tuvieron que hacerlo cubiertos por unos pasamontañas y con unas pistolas de aire comprimido. Tuvo suerte de que no le quemáramos la casa.

Al final -sin saber muy bien para qué- se llevaron un ordenador. Pero fueron detenidos al poco tiempo de salir huyendo.

El otro día fueron condenados cada uno de ellos, el padre y el hijo, a 20 meses de prisión. Por un delito de -a veces son fantásticos los términos jurídicos- realización arbitraria del propio derecho, al que se le añade el de allanamiento de morada, con una circunstancia agravante, la de disfraz.

O sea, los pasamontañas.

7.004 cosas

De la vieja carpeta azul de gomas aún siguen saliendo viejos recortes de prensa como éste:


Nunca hemos estado tan ocupados ni nos hemos movido tan deprisa ni hemos tenido tantas cosas. El artista Michael Landy hizo hace poco una obra en la que catalogaba todo, todo lo que tenía, desde los libros hasta los calcetines o las sillas, y lo destrozaba. Se deshizo de todas sus pertenencias, incluidos sus propios cuadros y su pasaporte. Tenía 7.004 cosas y se quedó sin nada.

¿Seríamos capaces de hacer cada uno nuestra lista? ¿Seríamos capaces de deshacernos de todas nuestras cosas? ¿A qué nos estamos aferrando? ¿Es preferible tener? ¿No será que acumulamos para escondernos?

Sin nada, ¿seríamos?

Una posibilidad de negocio

Últimamente huyo de los bares españoles, prefiero refugiarme en sitios como al que voy a tomarme las cervezas, uno de los kebabs que hay en el barrio, porque aunque estemos en Madrid, la cerveza es catalana y el local, aunque es de comida turca, lo llevan unos búlgaros, y aunque el dueño es búlgaro, pertenece a la minoría turca de aquel país, y casi todos los que trabajan allí son búlgaros, aunque también los ha habido de Ecuador, de Perú, de Colombia y otros países, incluso estuvo una temporada trabajando una chiquita negra que pensé que era dominicana, pero hablaba raro, no era español, tal vez era brasileña, pero no, se entendía perfectamente con sus compañeros, hablaba búlgaro perfectamente, luego me enteré de que era mulata, de padre angoleño y madre búlgara, y al local van españoles, ecuatorianos, dominicanos, peruanos, búlgaros, rumanos, no sé, a última hora viene un paquistaní vendiendo rosas, y de vez en cuando un senegalés con collares, cinturones y cosas así, y no sólo vienen chavalitos españoles al local, también vienen parejas, familias con niños, incluso con la abuela, ha cambiado todo mucho en unos años, el otro día estuve hablando con el dueño y me explicó que la carne la traen de Alemania, donde la elaboran unos turcos, pero que está pensando en cambiar de proveedor y traerla de Polonia, donde tienen fábrica unos kurdos.

También me comentó que hace unos días coincidió con un camionero búlgaro, que venía con su camión a cargarlo aquí en España, ¿de qué?, bueno, pues de algo que nosotros tiramos, así que le sale prácticamente gratis y luego allí lo vende a buen precio, porque en Bulgaria es una delicia gastronómica, normalmente encebollados, aunque también se pueden hacer de otras maneras, venía a cargar el tráiler entero de corazones de pollo.