Nieve en la Polinesia

El 20 de julio de 1903 se realizó en Hiva-Oa, una de las islas Marquesas, una primera subasta judicial con los objetos útiles de un extravagante pintor europeo que murió dos meses antes, para poder pagar así a los acreedores. Además de sus cartas y libretas manuscritas, se requisaron diez cuadros, uno de ellos todavía puesto en el caballete.

El 2 de septiembre se celebró otra subasta en Papeete, ya en Tahití. Los colonos europeos que vivían allí compraron los objetos domésticos y el médico de a bordo de La Durance compró los objetos artísticos que quedaban: siete de las diez telas, cuatro planchas de madera grabada, la paleta del pintor, varias libretas con numerosos dibujos y pruebas de xilografías.

Algunos años antes, en 1891, arruinado y cansado de luchar, Paul Gauguin decide dejarlo todo y se embarca hacia la Polinesia. La vida merece la pena ser vivida de otra manera. Y su obra quiere respirar libre y sin cortapisas. Huyendo de la civilización occidental, de la cultura europea y de todo lo artificial y convencional llega a Tahití. Pero es en las Islas Marquesas donde se instala definitivamente para volver a encontrar la inspiración. En 1901, llega a Atuona, en la isla de Hiva-Oa, en las Marquesas. Cree estar en el paraíso.

Los colores vivos, ingenuos y plenos de expresividad, inundan sus cuadros. Influido por el entorno tropical y la cultura polinesia simplifica aún más sus composiciones. Todo es color y sugerencia.

Pero de nuevo se impone, incluso aquí, la cruda realidad. Gauguin vive enfermo, en la miseria, despreciado por los colonos europeos, enfrentado con los misioneros católicos y el gobernador, y condenado por la justicia por enfrentamiento con la autoridad. Dos años después, muy debilitado ya, muere el 9 de mayo de 1903.

Meses después es cuando se subastan sus bienes para hacer frente a sus múltiples acreedores. Todo se hace en un ambiente de desdén, casi de burla. Entre los asistentes está el escritor Victor Segalen, que en aquellos años era el médico adscrito a La Durance y que pudo recoger el testimonio de los últimos días de Gauguin.

Uno de los cuadros que pudo adquirir fue Pueblo bretón bajo la nieve. En la subasta lo presentaron boca abajo entre las risotadas de los asistentes. Segalen lo compró por siete francos.

Tres casas bretonas de tejados a dos aguas muy inclinados y con anchas chimeneas bajo una gran nevada. El campanario pugna por aparecer justo en medio. Un acantilado o una montaña violeta completa al fondo la línea del horizonte bajo un cielo crudo de crepúsculo. En primer plano, muy a la derecha, se alzan unos árboles delgados. Todo lo cubre la nieve.

Huyó Gauguin a la luz y el color, encontró en las islas de la Polinesia el paraíso y sus cuadros expresan como pocos la felicidad posible en la tierra. Pero en sus últimas horas recuperó uno de ellos, distinto. Según los estudiosos resulta bastante improbable que lo estuviera pintando en sus últimos días. Lo único que sabemos es que lo tenía sobre el caballete, en su habitación, como si quisiera tenerlo a la vista cuando expirara. Un lejano y glacial invierno bretón.

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