a ciegas


un débil eco de luz
apenas nos alumbra
mientras palpamos a ciegas
la pared buscando
el maldito interruptor

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When the circus comes to town

Son tres roulottes y dos camiones. Un pequeño circo que acaba de llegar a un pequeño pueblo. Porque ese pequeño circo solo se detiene en pueblos pequeños. En los descampados de las afueras.

Unos despliegan las lonas mientras otros levantan las barras de metal que soportarán la estructura. En poco más de una hora la carpa se eleva sobre el círculo donde ahora una niña se ejercita con unas acrobacias bastante previsibles. Otro chico va colocando las sillas blancas de plástico, alineándolas. Queda tan solo dejar caer las lonas laterales. Los cables están lo suficientemente tensados y bien sujetos.

Una de las roulottes está pintada de purpurina. Antes de que la pintaran, la niña recortó estrellas de cartón que pegó en las paredes de la caravana. Cuando terminaron de pintarla le hizo mucha ilusión despegar las estrellas, y verlas dibujadas.


Los niños ya no acuden como antes. No van tantos ni corren en tropel. Ahora es muy difícil sobrevivir, llevar esa vida nómada y actuar cada vez en peores condiciones. Pero algo -algo- pervive y les hace seguir. Cuando levantan la carpa, cuando empieza la función, cuando hay una entrada aceptable y los niños se ríen, cuando, una vez recogido todo, inician la marcha de nuevo. No saben muy bien lo que es, pero algo pervive.

Fue una función más. Pero una función más es algo muy importante para un circo tan modesto, tan pequeño. Y aunque son pocos -poco más que una familia- hubo payasos, malabaristas, acróbatas, trapecistas y magos.

Los animales son menos porque son más caros de mantener y de transportar. Sólo tienen dos. Pero con sólo dos, un perrito y un eral -en los carteles dicen que es un toro, el Toro Bartolo- también se puede hacer un buen espectáculo de circo.

La función ha terminado, suena la música, se apagan los aplausos y el ruido de las sillas. El público sale de la carpa.

La niña de las estrellas es ahora la Reina del Hulla-Hop.

Público

Un periódico cierra.

Acabaremos leyendo las hojas de los árboles, la corteza de sus troncos, los anuncios pegados en las farolas o en las marquesinas del autobús, los grafitis, los rótulos de las tiendas, las matrículas de los coches, las cartas de raciones de los bares, las etiquetas de las botellas de vino, las estrellas en el cielo, las palabras y los números que vienen impresos en las bombillas, los mensajes en el móvil, el rastro en el suelo de los pequeños animales, las ovaladas pegatinas sobre la piel de las naranjas, y de las mandarinas, las multas de tráfico y los recibos de la luz, la piel de quien amamos, los arañazos, lo que los pájaros caligrafían en el cielo, las nubes, las olas, los tickets de compra sin apenas tinta, las etiquetas de la ropa, las manchas en la mesa, la palabra stop pintada en el asfalto, algunos libros que dicen imprescindibles, los primeros garabatos de nuestros hijos, los mapas, los destellos de la luz sobre los limones todavía en las ramas, acabaremos leyendo las hojas de los árboles.

Ave con arroz


¿Ave? ¿Por qué ave? Supongo que será pollo. Entonces, si es pollo ¿por qué no ponen pollo? ¿Por qué ponen ave? ¿O es que están saludando al modo romano? Pero si ponen ave y no pollo, no será pollo. ¿Gallina? ¿Pato? ¿Pularda? ¿Oca? ¿Capón? ¿Faisán? ¿Perdiz? ¿Codorniz? ¿Paloma? ¿Pichón? ¿Tordo? ¿Avutarda? ¿Aguanieves? ¿Colibrí? ¿Murciélago? No sé, incluso los pingüinos son aves. Y qué me dicen de los buitres. Ave resulta un término bastante impreciso. Aunque lo realmente increíble sería que lo hubieran hecho con el ave fénix. Tendría un cierto regusto a ceniza. La verdad, prefiero pensar que al final se han decidido por el pollo. Pero, entonces, ¿por qué no ponen pollo?

Sumido como estaba en un absurdo desasosiego no me quedó más remedio que darle la vuelta al sobre. Averiguar finalmente la especie del ave.


Y acabáramos. Es de pollo. Viene un gran pollo dibujado en la parte central trasera. Es el protagonista del sobre, lo que más se destaca. Pero si lees la letra diminuta descubres que la cantidad de pollo que lleva la sopa es el 0,9% del total. ¿Cómo pueden echar tan poco? ¿Cómo son tan miserables? Con un pollo grandecito tienen para dos mil sobres por lo menos.

Pero ahí no acaba la cosa. De ese 0,9%, un 67% es grasa y el resto, o sea, el 33% del 0,9% es carne de pollo. La cifra se queda en prácticamente nada. ¿Cómo son capaces de pesar cantidades tan ridículas? Creo que un pollo da para mucho más de dos mil sobres. Me he quedado corto.

Pero ahí le tienes, siendo el protagonista del sobre. Como la bonita aceitera que le acompaña. Porque, claro, utilizan aceite de oliva. Y lo han acertado, utilizan muy poco. Sólo el 0,4% del total es aceite de oliva. (Luego especifican que es el 19% sobre un 2% de materia grasa. Me pierdo). Vamos, que una gota echada con un cuentagotas sería una barbaridad. Deben utilizar otros sistemas.

Luego, al final te avisan de que, aunque no son ingredientes que hayan utilizado para hacer la sopa, puede contener trazas de huevo, pescado y crustáceos (sic). O sea, que pueden habérseles caído.

Cuando lo que sí pueden, sin temor a exagerar, es calificar de trazas, inapreciables sin la ayuda de un microscopio profesional, las diminutas partículas de pollo. Hubiera sido mejor poner: puede contener trazas de pollo. O de ave.

El caso es que la sopa estaba buena.

¿Los árboles sienten? ¿Los árboles piensan?


…muchos ejemplos, quizá el más chocante el de ese árbol que cuando se siente amenazado por el fuego, la tala o los herbicidas lanza millones de semillas al aire.

Actualización del día después
Leyendo la prensa de hoy, 21 de febrero, me encuentro con esta noticia, justo horas después de haber recuperado el anterior recorte de un viejo periódico:

Una planta congelada resucita tras 30.000 años
Investigadores rusos regeneran una flor a partir de semillas heladas hace milenios
21/02/2012
Hace miles de años una afanada ardilla siberiana recogió algunos pequeños frutos y los guardó con cuidado en su escondrijo. Más de 30.000 años después, un grupo de científicos de la Academia Rusa de Ciencias encontró la madriguera, y sus frutos, conservados en una nevera natural durante eras, han sido capaces de regenerar una planta con las mismas propiedades que aquella que gestó hace mucho tiempo lo que tenía que haber sido un suculento bocado para la ardilla.

Es bonita la planta. Por fin le da la luz.

La propiedad fosfórica del seso

(Sí, así, con ese)

En una -otra- innecesaria pirueta, nos vamos de un salto desde el siglo X -donde dejamos al buen conde castellano cambiando de caballo- al siglo XIX. Mucho más cercano y aburrido.

Entretenerse ese par de horas muertas que vienen a tener casi todas las tardes de los sábados leyendo -h/ojeando más bien-  algunas poesías de Campoamor no es muy recomendable. Ni siquiera cuando el aburrimiento es feroz o se está incubando un catarro.

Don Ramón de Campoamor (1817-1901, poeta malo nunca muere), una de las más altas luminarias de nuestro penoso siglo XIX, es un poeta nefasto -no se me ocurre otra palabra más adecuada- que, sin embargo, reconozco como una de mis escasas y más poderosas influencias.

No sé si en la wiki o en algún otro sitio de eruditos de la red hablan de “un agudo ingenio acompañado de una sutil ironía y no exento de momento de afortunado humor; intencionalidad práctica; rasgo de claro matiz conceptista; un más que accidental prosaísmo no siempre reñido, bien es cierto, con detalles de alta calidad poética”. Bueno, pues no les hagan caso. Nada de nada.

A Luis Cernuda le gustaba (sic) y valoraba en él “haber desterrado de nuestra poesía el lenguaje preconcebidamente poético”. No solo lo desterró, es que lo condenó a un campo de exterminio. No se puede empezar –el primer verso es alucinante– una tirada de versos de esta manera:

Cultivando lechugas Diocleciano,
ya decía en Salerno
que no halla mariposas en verano
el que mata gusanos en invierno.

Y la cuestión es que el tío se quedaba tan ancho. Incluso llegó a senador o algo así.

A veces, como en este caso, el ingenio se queda a la altura de la letra de una canción de pop latino:

…que salen al camino
haciendo eses de amor con las caderas…

En fin. Vamos a dejarlo. Y esperemos que el catarro no vaya a más. Que se quede en una cosa nasal de un par de paquetes de kleenex. Así que termino con uno de sus arranques de alta poesía:

¡A cuánto exceso arrastra, a cuánto exceso,
ese tropel de imágenes que crea
la propiedad fosfórica del seso!