Menos confuso y menos inquieto

Después de tantas insensateces y salidas de tono -y como la cita es algo extensa- prefiero ahorrarme la creciente palabrería con la que pretendo adornarlas. Procuraré ir al grano.

La cita es de Saul Bellow, uno de los mejores novelistas del pasado siglo -según Philip Roth, constituye, junto con William Faulkner, “la columna vertebral de la literatura estadounidense del siglo XX”. Pero lo que a continuación he copiado son algunos párrafos de una conferencia que, con el título La distracción del público, dio en la Universidad de Oxford el 10 de mayo de 1990. Me pareció interesante.


Los medios de comunicación (no puede evitarse esta expresión norteamericana tan poco atractiva), cuyo deber consiste en mantenernos informados sobre los nuevos acontecimientos, naturalmente no saben lo que está pasando. Está claro que no tienen la menor idea.
(…)
Un profesor californiano ha calculado que el New York Times contiene en un día laborable cualquiera más información que la que un contemporáneo de Shakespeare podía adquirir a lo largo de toda su vida. Estoy dispuesto a creer más o menos la veracidad del dato, pero sospecho que un isabelino culto se sentiría menos confuso por sus conocimientos. Desde luego estaría menos inquieto que nosotros. Su saber no podía estar al borde del caos como el nuestro.
¿Para qué queremos tal plétora de información? La mayor parte de las noticias que nos ofrece el New York Times no nos sirve para nada. Para envenenarnos, sencillamente. No me imagino que alguien pretenda leer hasta la última página de un periódico nacional (…) Supongo que un lector obsesivo, en el hospital o sumido en una gran desesperación, sería capaz de leerse el New York Times de cabo a rabo cualquier día de la semana. Pero con la edición dominical, no podría. Yo evito la prensa de los domingos; sólo con verla me pongo malo.
Los periódicos deben leerse con astucia y cautela, a la defensiva. Sabemos perfectamente que los periodistas no pueden permitirse el lujo de decirnos claramente lo que pasa.
(…)
La palabra escrita no es fidedigna, y la palabra hablada -radio y televisión-, irresponsable.

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