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Archive for 31 marzo 2012

Extraña


No es extraña la vida, no.

Es extraño lo que nosotros
hacemos con la vida.
Y es extraño también
lo que la vida
hace con nosotros.

Pero no,
no es extraña la vida.

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Y ejercen una irresistible atracción. A veces las tomamos demasiado abiertas, expulsados por una fuerza centrífuga mientras trazamos una curva tan amplia que nos resulta interminable. En otras ocasiones es la fuerza contraria quien nos imanta, casi nos chupa, como la boca de un agujero negro.

A menudo, acompañados de una desasosegante banda sonora de frenazos y bocinazos, se suelen organizar algunos desbarajustes en el trazo de las numerosas elipsis que orbitan a su alrededor.

Si vas excesivamente borracho, al entrar algo deprisa en una de esas órbitas que circunvalan una rotonda, sientes el tirón de esas dos fuerzas a la vez (centrífuga y centrípeta), y para zafarte de una te dejas llevar por la otra. Y al contrario, para librarte de la otra te dejas llevar por la una. Te puedes incluso salir en el intento y arrollar alguna señal o algún árbol.

Hace unos días ocurrió esto en Plasencia:

Detenida ebria tras arrastrar con su coche un árbol más de un kilómetro
REDACCION 28/03/2012
Una mujer pasó ayer por un juicio rápido después de que el viernes fuera detenida por la policía local en estado ebrio y tras sufrir un accidente de tráfico que le llevó a arrastrar con su coche un árbol algo más de un kilómetro (…)
La mujer, de 43 años, conducía un Renault Megane y en torno a las 23.00 horas del viernes, perdió el control del coche en la glorieta situada frente al bar El Pensador de la avenida de Extremadura. Se subió al acerado y rompió un árbol y una señal de tráfico. A pesar de eso, se incorporó de nuevo a la vía y siguió su marcha arrastrando el árbol y la señal, ésta unos metros y el árbol hasta Sor Valentina Mirón, donde quedó en medio de la calle.

Perdió el control, arrancó una señal y un árbol y continuó. Siempre adelante. No dicen nada acerca de si las vio, ni de si las siguió viendo cuando las tenía empotradas en el coche durante todo ese largo kilómetro. Supongo que sí. Aunque quién sabe.

Tuvo la delicadeza de dejar pronto la señal, apenas unos metros, rota, caída e inservible. Después, sólo tuvo la compañía del árbol, abrazado al coche. Siguió porque acaso la empujara el dolor de algún insoportable desastre amoroso o una situación familiar dramática, terrible, o tal vez fuera llevada simplemente por una irreparable pérdida de ilusión por la vida o un desencuentro final y demasiado duradero con ella. Por algo de eso debió beber aquel día en exceso. Y tomó así la rotonda.

Hasta que se topó con el árbol y decidió llevárselo con ella. Fueron juntos, según cuenta la policía, más de un kilómetro, hasta que no le quedó más remedio que dejarlo en medio de la avenida.

Fue un viaje extraño. Los extremos de algunas ramas entraban por la ventanilla acariciándole la cara mientras el coche gemía. Ella también. Todo lo que llevaba detrás (el dolor, etcétera) la empujaba.

(De todas maneras, lo que más me ha gustado de toda esta historia -no sé si se han fijado- es el nombre del bar. Es genial)

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Insomnia


La otra noche no pude pegar ojo,
ocupado como estaba en soñar despierto
que estaba soñando despierto.

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El éxito creciente y brutal les hizo tambalearse. Su agente les estafó y el fisco de su país les exigía unos altísimos impuestos. Estaban en la cima pero desorientados. Y en quiebra. La droga, además, todo lo aceleraba y confundía. La sensación de vértigo les tenía exhaustos. Se iniciaba, Vietnam mediante, la década de los setenta. Y ahora, ¿qué?

La banda más grande de rock del mundo decide huir, escaparse, perderse, exiliarse. Dejan Inglaterra y se marchan a Francia. Allí, como si hubieran dado un golpe, deciden dispersarse. Charlie Watts se fue a vivir muy cerca de Avignon. Mick Jagger y su esposa Bianca prefirieron Saint-Tropez. Keith Richards, su mujer Anita Pallenberg y su hijo Marlon se instalaron en Villefranche-sur-Mer, cerca de Niza y Cannes. Allí alquilaron un château, Villa Nellcôte, que había sido usada como cuartel de la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial.


Pero vuelven a reunirse. No lo tienen muy claro pero hay que hacer algo. Componer nuevas canciones, grabar. Dar otro golpe. La situación no es de bloqueo, es más bien la de hallarse en una encrucijada y no saber por cuál de los caminos seguir.

A mediados de julio de 1971 comienzan las caóticas e interminables sesiones de grabación de Exile On Main Street. Durante cinco meses convivieron más de setenta personas, entre técnicos e ingenieros de sonido, músicos y las novias, niños y mujeres en la mansión de Keith. Además de amistades, aduladores y proveedores de drogas. Alguien incluso robó parte de los instrumentos sin que nadie se enterara. La gente entraba y salía.

La  banda solía tocar cada noche, de ocho de la tarde hasta las tres de la madrugada, pero siempre había alguien que faltaba. Los problemas de Keith con la heroína eran evidentes. Había drogas “para desayunar, comer y cenar”. Jack Webber recuerda que él era el encargado de “liar los porros”. Tenía ocho años y su padre era uno de los camellos.

La cabeza de Richards bullía. Las canciones flotaban durante días en su cabeza. Lo intentaba con la guitarra hasta que tomaba forma. No había más método. “Tocaban mal una canción durante tres días seguidos, pero de repente, Keith se levantaba y miraba fijamente a Charlie, al otro lado Bill ponía su bajo en posición y entonces hacían una toma redonda”, dice uno de los técnicos.

Estamos hablando de uno de los discos más importantes de la historia del rock. Sucio y brillante, contaminado y puro, real y directo. En la encrucijada decidieron que todos los caminos merecen ser transitados. Fue acogido en su momento con cierta decepción. Hoy refulge como un diamante sucio en mitad de un vertedero.

Post Scriptum
Hace algo más de un año se presentó en el festival de Cannes el documental Stones in Exile en el que se cuenta la gestación de todo esto. Mick Jagger acudió al estreno, y claro, le preguntaron qué diferencia había entre aquellos tiempos y éstos. Mick, con una sonrisa, contesta: “Entonces éramos jóvenes, guapos y estúpidos. Ahora, sólo somos estúpidos”

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Barcos

Uno
Merece la pena tragarse las toneladas de bazofia que nos endilgan a diario los periódicos si, de vez en cuando, encontramos historias como ésta:

Un pesquero japonés víctima del ‘tsunami’
aparece en Canadá un año después

Un barco de pesca japonés arrastrado por el ‘tsunami’ de marzo de 2011 ha sido avistado flotando a la deriva cerca de la costa oeste de Canadá (…)
El pesquero fue visto por primera vez por una patrulla aérea militar canadiense y se ha determinado que ha estado a la deriva sin nadie al mando desde el devastador terremoto y posterior ‘tsunami’ ocurridos en Japón el 11 de marzo del año pasado.

No explican si cuando se desató la gran ola estaba el barco en el mar con su tripulación o atracado acaso en algún puerto. La cuestión es que, expulsada o ausente aquella, inició un largo viaje a través del Pacífico.

Ha estado un año a la deriva. Sin que nadie le marcara el rumbo. Tan ricamente.

Dos
Aunque no tiene mucho que ver (o sí) me he acordado de Joseph Conrad, de El corazón de las tinieblas, de La línea de sombra. Pocas novelas tan intensas, angustiosas y excepcionales como esas dos, se han escrito nunca. Muy pocas. He vuelto a hojear La línea de sombra después de leer la noticia del pesquero japonés y me ha apetecido copiar un párrafo:

El timón continuaba solo; una inmovilidad absoluta reinaba en todas partes. Si el cielo se había ennegrecido, el mar parecía haberse vuelto sólido. Era inútil mirar a los lados, esperar una señal, tratar de prever la proximidad del momento. Cuando éste llegara, las tinieblas absorberían silenciosamente la débil claridad que caía de las estrellas sobre el navío, y sobrevendría el fin de todo, sin un suspiro, sin un movimiento, sin un murmullo, y todos nuestros corazones se detendrían como relojes a los que se les terminara la cuerda.

Tres
Con una mano de pintura y algunos pequeños arreglos creo que podría volver a faenar. Se le va a hacer raro tener a un tipo manejando el timón.

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A primeras horas de la mañana del 24 de agosto del año 79 d.C. el cielo se oscureció sobre la bahía de Nápoles. Había ceniza en el aire y la tierra comenzó a temblar. El Vesubio, desatado, rugió durante dos días vomitando ríos de lava y densas nubes de cenizas.

Herculano quedó enterrada bajo la lava y Pompeya también sucumbió bajo un inclemente diluvio de piedras, cenizas y gases mortíferos. La mayoría de sus habitantes murió. Aún hoy se pueden ver los cadáveres petrificados, algunos de ellos reunidos en un abrazo final.

Pompeya dejó de existir como ciudad y se convirtió en el sueño hecho realidad para cualquier arqueólogo. Casi todo quedó como era. La destrucción aquí supera cualquier reconstrucción. Llegas a Pompeya y llegas a una ciudad romana del siglo I. Viajas unos cuantos kilómetros y dos mil años.

Descubres cómo vivían entonces, paseas por sus calles… Y asombra la enorme cantidad de graffiti garabateados en las paredes. Hay conservados más de 10.000. Unos, escritos por uno cualquiera que pasaba por allí, aburrido, ocioso; otros, por particulares que quieren vender algo; y otros más, oficiales, publicitarios o electorales. Un poco como ahora.


Los que más me gustan son los que escribieron espontáneamente, sin estilo ni cuidado alguno, sin ninguna voluntad de permanencia. Quedan así, sin más, la manera de ver la vida y las preocupaciones diarias, lo que pensaba un panadero, un enamorado, un tabernero, un soldado, un viajero, el cliente del lupanar…

Cada graffiti da vida de nuevo a la ciudad y sus habitantes. A menudo, su obscenidad nos la acerca. Encima del fogón de un panadero y sobre el dibujo de un falo aparece escrito lo siguiente:

Aquí tiene su morada la felicidad.

Algunos otros apuntan indudables dotes poéticas, como en estos dísticos:

Reúnanse aquí todos los enamorados.
Quiero romperle las costillas a Venus
a bastonazos y dejarle la espalda baldada.
Si ella puede atravesar mi tierno corazón,
¿por qué no iba yo a poderle romper la cabeza de un garrotazo?


Junto a una pintura de dos gladiadores luchando, alguien, probablemente su autor, escribió  esta leyenda:

Que Venus Pompeyana haga caer su cólera sobre el que estropee este dibujo.

Como ocurre hoy en nuestras ciudades, también entonces se llenaban las paredes de anuncios de alquiler:

En las posesiones de Julia Espuria, hija de Félix, se alquilan un baño muy cómodo y bien equipado para gente distinguida, tiendas con sus habitaciones y comedores (en el primer piso) desde el 13 de agosto hasta el 13 de agosto dentro de seis años, durante cinco años completos. Si a alguien le interesa, póngase en contacto con nosotros.

Más entretenidos y útiles, aunque algo reiterativos, son los anuncios de prostitución:

Éutique, griega. Dos ases. De complacientes maneras.

Felícula, esclava de buena crianza. Dos ases.

Pítane saluda a sus parroquianos. Su precio son tres ases de bronce.

Lais la chupa por dos ases.

También hay graffitis en los que se envía un saludo o expresa un deseo, si bien a menudo resultan algo procaces y explícitos:

Eulalo, adiós, que te vaya bien con Vera, tu mujer, y jódela bien.

Satir, no te dediques a lamer el coño fuera de casa. Hazlo dentro.

En la habitación de un prostíbulo aún se conserva este graffiti que parodia la célebre frase de César:

Nada más llegar aquí, jodí y me volví a casa.

También en aquella época los insultos eran bastante habituales:

Cosmo, hijo de Equicio, gran invertido y mamón, es un perniabierto.

Había, como hoy, sufridos ciudadanos hartos de que la gente hiciera sus necesidades a la misma puerta de su casa. En las termas de Tito aparece esto escrito:

Quien meare o cagare aquí tenga encolerizados contra él a los doce dioses, a Diana y a Júpiter Óptimo Máximo.

Porque es que a veces llegan a extremos bastantes indecorosos y ofensivos, no respetando nada:

Amigo, te ruegan mis huesos que no mees aquí junto a este túmulo,
y si quieres ser más respetuoso con él, no cagues.
Ves aquí el sepulcro de Úrtica. ¡Fuera, cagador!
¿Te crees tú que podrías enseñar el trasero aquí impunemente?

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El corazón


El corazón palpita
por motivos extraños,
pero aún se le puede
escuchar latir,
un poco amortiguado,
como oímos a veces
el eco de nuestros pasos
rebotando en las paredes
de una calle estrecha
y vacía.

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