Historia de mi vida

Tal vez el título resulte algo exagerado, más bien inexacto. Tendría, acaso, que haber puesto mejor Historia de mi escritura. O mucho mejor Historia de mi manera de escribir. Aunque da igual. Al final viene a ser más o menos lo mismo. O muy parecido.

Primera época

Uno se encuentra con las cosas y a los pocos años descubre, si no el lenguaje, sí las palabras: y de la misma manera que, en un principio, Dios fue poniéndole nombre a los animales, así íbamos nosotros poniéndole nombre a las cosas con las que nos tropezábamos, no sé, el triciclo, los picos de la mesa baja del salón, el marco de las puertas…

Las nombrábamos y era suficiente. Fue la época feliz de los sustantivos. Cada cosa tenía un nombre.

Pero pronto, demasiado pronto, empezó a complicarse todo.

Segunda época

Una vez aprendido el manejo del lenguaje inicié con una cierta aprensión el aprendizaje de la escritura. (Ah, y el de la caligrafía. Por cierto, ¿qué fue de la caligrafía?) Pero ese miedo inicial se desvaneció enseguida. La escritura era como un juego, era un juego.  Ya no eran suficientes los sustantivos. Había más, mucho más.

Y todo fue bien hasta que descubrí los adjetivos. Empecé, entonces, a confundirlo todo. Eran centenares, miles, brillantes, extremadamente atractivos. Creí que utilizándolos a diestro y siniestro, vinieran o no a cuento, adquiría un nuevo status, una nueva categoría. Dominaba, por fin, la escritura. Y solo porque lo llenaba todo, de una manera horrible, pretenciosa y asfixiante, de adjetivos. Utilizaba los más raros y supuestamente líricos, los que creía yo que eran raros y poéticos. Llegué a pensar que sabía escribir bien. (Y era espantoso)

Pasada esta primera fiebre adolescente, caí en una segunda casi peor. Ahora los adjetivos debían ser  inesperados, chocantes, generadores de una escritura -al menos eso pensaba- provocadora, insatisfecha y bella. Pero resultaba tan repulsiva como patética. Con los adjetivos hay que tener mucho cuidado. Si se pueden eliminar, mejor.

Pasadas las fiebres -que duraron más tiempo del deseado- decidí alejarme de ellos -de los adjetivos- todo lo que pude. Y de esta forma pasé a una tercera época.

Tercera época

Había que dejarse de gilipolleces y pasar a la acción. Eran los verbos quienes expresaban, no solo el curso de la vida, sino lo que se quería hacer con ella. Eliminar lo superfluo era la condición previa para acometer nuestros sueños. Quedó entonces reducida la escritura a lo esencial. No había tiempo para pensar, para imaginar, para soñar, para proyectar, para recordar. Se imponían los verbos sin más aditamentos. Había que actuar.

Escribir como el que escribe un informe. Ir al grano siempre. No perder el tiempo en pamemas. La literatura hedía.

Pero con todo, sentía que faltaba algo. No se puede deshuesar algo mientras está vivo. Faltaba algo o en algo estaba equivocado.

Cuarta época

Faltaba, evidentemente, algo. Debía haber algo más. ¿Sobre qué se sostenía todo? ¿Qué es lo que daba coherencia al lenguaje? Todo funcionaba porque había algo que lo hacía funcionar. La máquina, a pesar del mal uso que le damos, casi nunca chirría. Y funciona. Cuando debía estar ya absoluta y totalmente estropeada. Y ahí la tenemos. Tan pimpante como el primer día. ¿Por qué?

Y di por casualidad con algo que venía intuyendo. Al leer los Cuadernos de Paul Valéry (del que hace meses hablé aquí no una sino dos veces) encontré esto:

Lo que más caracteriza al lenguaje no son los sustantivos, adjetivos, etc., sino las palabras de relación, los si, los que, los ahora bien y los pues.

Me sentí como Saulo cayendo del caballo. Era cierto. Y como explico en uno de esos enlaces del pasado mes de julio, lo que no parece importante es, al final, lo fundamental. Son esas palabras de relación quienes lo unen todo y lo sujetan.

Desde entonces mantengo una excelente relación con las preposiciones y con las locuciones preposicionales. Son invariables y no son muchas -tampoco son muchas las notas musicales- pero son las que denotan la relación que mantienen entre sí las palabras. Haciendo posible un lenguaje posible.

Desde entonces les presto atención y todo me resulta más fácil. No echo de menos los adjetivos, es más, procuro evitarlos, y cuando caigo en la trampa de utilizar alguno, compruebo cómo es capaz de estropear una página entera. Mantengo las distancias con los sustantivos y, como dije entonces, una relación fría, pero correcta, con los verbos.

(Y si alguien me dice que las preposiciones sin el resto de las palabras no son nada, pues me está dando la razón. No son nada)

Vivo ahora encaramado en las preposiciones. Un poco más libre.

Más adelante, pues ya lo iremos viendo.

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2 comentarios sobre “Historia de mi vida

  1. Pues ya que has decidido tomar esta decisión me parece correcto….. Ahora bien no sé como explicar este tema a David, ya que estamos estudiando ahora los demostrativos, los posesivos…….los verbos y todavia no les han nombrado las preposiciones. Supongo que da igual pues ya lo estudiaremos el próximo año….. Cuando de nos olvide todo lo que hemos estudiado en este.( este ese y aquel)

    1. Ya sé que resulta bastante más complicado -y farragoso- explicar y estudiar cómo funciona el lenguaje, que utilizarlo sin más.
      A mí también se me ha olvidado todo lo que estudié en aquellos años (y en estos y en esos y en aquellos otros)

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