Emperadores idóneos

En algunos tramos de carretera, al llegar a un desnivel provocado por el cauce de un río, ésta se bifurca porque el antiguo puente romano resultaba ya demasiado obsoleto y se ha construido uno nuevo y moderno; hay ocasiones, entonces, en las que cuando llega un convoy excepcional por su peso, es desviado para que pase por el antiguo puente de piedra, mucho más seguro.

Me he acordado de esto al volver a leer algo de literatura latina. Su escritura, en el caso de sus mejores autores, alcanza la perfección de sus puentes, calzadas y acueductos. Cada palabra, cada frase, es como una piedra, y es cada piedra, todas y cada una, quien hace elevarse y perdurar la construcción a través de los siglos. Si las comparamos -piedras, palabras, frases o construcciones- con las de ahora, salimos perdiendo.

De manera casual, y hasta arbitraria, llevo unos días leyendo las Historiae de Cornelio Tácito, deslumbrado -y un poco aburrido también- por tamaña perfección. Estas Historias cubren año a año, emperador a emperador, lo sucedido en Roma desde Galba a Domiciano. Probablemente constaban de un total de catorce libros, pero -menos mal- sólo se han conservado los cuatro primeros y algo del quinto.


A pesar de su extensa obra y su continua presencia en la alta política de Roma -fue pretor, senador, cónsul y hasta procónsul en Asia (éste sí que es un buen cargo, con sólo pronunciarlo empiezas a soñar: procónsul en Asia)- poco se sabe de Cornelio Tácito, ni siquiera las fechas y lugares de nacimiento y muerte o su primer nombre –praenomen– (se le han atribuido sin suficientes pruebas los de Gayo y Publio) Bueno, la cuestión es que nació alrededor del año 55 y murió en el 120, más o menos. Y que es uno de los más grandes historiadores de todas las épocas.

Además del extremo cuidado en la construcción de cada frase nos sorprende a cada paso la cercanía de lo que nos cuenta, lo poco que han cambiado las cosas. A poco de empezar el Libro Primero escribe (y esto sí es manera de empezar):

Empiezo un relato cuajado de calamidades, de batallas atroces, de sediciones y revueltas; un tiempo hasta en el que la paz fue inmisericorde.

Y un poco más adelante continua:

A base de sobornos, se puso a los esclavos contra los amos, a los libertos en contra de sus patronos, y a quien no tenía enemigos, le bastaban sus amigos para hallar la perdición.

Porque, la verdad, no es que fuera muy optimista:

Y ese fue el estado de ánimo: pocos se atrevieron a la peor de las fechorías; muchos la desearon; todos la permitieron.

Y más adelante:

…después de haber probado la desgracia, lo más que la bonanza me puede enseñar es que no tiene menos peligro.

Las guerras civiles eran constantes:

Y el principal estímulo de los peores era que los buenos estaban desolados.

No hubo emperador que acabara su mandato, todos fueron derrocados, cuando no asesinados. Tampoco se perdía gran cosa. Lo que ocurría es que el que venía después era peor. Así define a uno de ellos:

…tenía un talento mediocre, y su moral se mantuvo más bien al margen de los vicios que dentro de la virtud.

…todo el mundo le habría considerado un emperador idóneo si no hubiese llegado a serlo.

Cornelio Tácito se interesa sobre todo por los aspectos psicológicos y dramáticos. La corte imperial de Roma, que conoce bien, le ofrece un estupendo escenario para el análisis moral. Así dibuja los caracteres de quienes querían, confabulando, acabar con el emperador:

…los demás, en silencio, esperaban a que los de alrededor tomasen la iniciativa, porque es enraizada actitud humana la de secundar con presteza lo que nadie se atreve a emprender.

Esto ocurría en el siglo I y no han cambiado nada las cosas.

Todos estos fragmentos pertenecen al Libro Primero de las Historiae. (Con esto no quiero amenazar con escribir nuevas entradas que se ocupen del resto de los Libros)

De momento, sigo con la vieja costumbre de desviarme y seguir la vieja carretera del puente romano.

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