Cornelio Tácito strikes again

Las amenazas se profieren para cumplirlas. Así que aquí estamos, de nuevo, otra vez, hablando de Cornelio Tácito y de sus Historias. Asunto, ya lo sé, sin ningún interés. Pero como ocurre casi siempre, cuando no se quiere una taza, se dobla la ración. (Una buena opción es leer sólo lo que viene en cursiva)

Procuraré no extenderme y traer tan solo algunas citas que fui entresacando de su lectura. Sorprende seguir el hilo que descubrimos al leerle y que de alguna manera nos conecta. Un hilo larguísimo pero muy resistente, más aún por su extremo inicial, perdido allá por el siglo I de nuestra era.

Las Historias, según su plan inicial, abarcaban desde el año 69 al 96, tiempo especialmente convulso en el que se sucedieron numerosas guerras intestinas y que se cerraron con el triunfo de Vespasiano y los siguientes años de gobierno de la dinastía Flavia. Pero solo nos han llegado los cuatro libros iniciales. Del primero ya hablamos hace unos días. Ahora, con brevedad, me atrevo a copiar algunas cosas del resto de los libros.

Éstas pertenecen al Libro Segundo:

En la capital, presa de la discordia y a causa de los continuos cambios de Príncipe, incapaz de distinguir la libertad del desgobierno, incluso los asuntos triviales se desarrollaban entre grandes convulsiones.

…la mesura es más difícil cuando la dicha se prevé efímera.

Y es que el poder nunca se siente seguro cuando es excesivo.

Prosigue su plan de narrar la historia de Roma año a año y esto le lleva a contar la historia de un deterioro y de una deriva que le hace contraponer el viejo ideal republicano de Roma, forjador del imperio, a la desagradable y cambiante realidad dinástica e imperial, enredada en personalismos, bandos, traiciones, asesinatos, guerras civiles y baños de sangre.

La historia colectiva de Roma ha sido sustituida por un tétrico y continuo carrusel de corrupción e ineptitudes, como si fuera un mal y enrevesado guión de una película descabellada que nos cuenta las peripecias y vicisitudes del emperador de turno, sus seguidores y sus feroces adversarios. La lucha por el poder, tan vieja, siempre es encarnizada.

Del Libro Tercero copio esto otro, refiriéndose a alguno de esos emperadores que tan poco duraban:

…sus amigos eran tanto más ilustres cuanto menos fiables…

…giraba de un lado para otro al dictado de los gritos del enemigo; prohibía lo que acababa de ordenar, ordenaba lo que acababa de prohibir. Luego, como sucede en las situaciones desesperadas, todos daban instrucciones y ninguno las seguía. Al final arrojaron las armas y ya sólo buscaban la manera de escapar y esconderse.

Luego, por falta de convicción y, como es característico del pánico, porque a quien de todo recela lo que menos le gusta es precisamente lo que está en curso, regresa al Palacio, enorme y desierto, del que incluso los más humildes esclavos han desaparecido o rehúyen su encuentro.

Para terminar ya, en el Libro cuarto se lamenta:

Incluso estéril, la villanía hace escuela: ¡Qué decir si florece y prospera!

Bueno, ya acabo. Dejaremos descansar entonces a Cornelio Tácito durante otros veinte siglos, con la seguridad de que, al cabo de ellos, lo que escribió en estos libros seguirá tan vigente como ahora.

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