Noches perdidas en el Metropolitan

Malcolm Scarpa se pasaba las horas muertas en el Metropolitan, mirando las volutas de humo que salían de su cigarrillo y bebiendo a sorbitos, observando a la gente que se acodaba en la barra o llenaba las mesas, y que hablaban animadamente, como si fueran figurantes de una vieja película francesa.

Las chicas, con el pelo corto y las gafas de carey, doblando la muñeca al sostener el cigarrillo, se sentían el centro del mundo porque eran el centro del mundo.

Sonaba música de jazz con mucho swing, al estilo de Django Reinhardt. Se acordaba entonces Malcolm de cuando sacaba a su chica a bailar al barroom’s dance.

Pero ahora, a punto del cerrar el viejo Metropolitan, el salón estaba vacío. Los espejos parecían más grandes y los camareros se perdían en ellos. Eran malos tiempos.

Malcolm Scarpa se pasaba las horas muertas en el Metropolitan cantando la la la. Nadie sabe que tiene una pistola. Una pistola de agua llena de ginebra.

(Algún día les hablaré de Malcolm Scarpa. Más adelante)

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