Un brillo distinto al final de la Edad Media

Hace años, uno de los personajes de una serie de televisión, cuando tenía problemas o la vida se le hacía insoportable, decidía desaparecer. No desaparecía, claro, pero él decidía no estar. Movía las manos por delante de la cara y era como si no existiera. Se inhibía de todo y recuperaba la calma. La serie se llamaba Soap (Enredo aquí, en español)

Por supuesto que no es solución, que es un comportamiento infantil, cuando no cobarde, pero a veces no queda más remedio. Yo hago lo mismo, más o menos, con la literatura. Cuando leo un libro es como si me pasara las manos por delante de la cara. Ya no estoy. Así que, según están las cosas, me he marchado al siglo XIV de la mano de un judío castellano.

Las Glosas de la Sabiduría de Don Sem Tob constituyen una delicada rareza en nuestras letras. Un largo poema moral en el que se cruza la gnómica medieval (ahora miro lo que es esto (gracias google, gracias wiki)) con la milenaria tradición judaica. Una joyita extraña de nuestra literatura castellana casi oculta en la lejanía del siglo XIV.

Pero no es un poema moral al uso, lleno, uno detrás de otro, de preceptos y reglas para una vida virtuosa, no. Parece escrito utilizando la experiencia propia, exponiendo las contradicciones de la vida, su relatividad y su inconstancia.

Don Sem Tob era judío de Carrión de los Condes, aunque pudo haber nacido en Soria, y escribió estas Glosas entre los reinados de Alfonso XI y Pedro I, entre 1350 y 1360. Desde el corazón mismo de la judería permite el paso de la luz por una cara distinta del cristal biselado de la literatura en castellano de aquellos tiempos, lo que produce un brillo distinto.

Tenemos que recordar -y copio aquí lo que dice Agustín García Calvo en el prólogo de la edición que he utilizado- que estamos en “aquella Castilla de los fines de la Edad Media, una Castilla en la que cabían (más o menos acosados, más o menos influyentes) judíos, más europea cuanto más arábiga, más rica cuanto menos definida, más floreciente cuanto menos conquistadora, más libres sus ciudades cuanto más impotentes sus reyes y señores, que tan alegre y graciosa se nos vislumbra cuando se la compara con el sombrío dominio de insipencia y miedo que iría cubriendo desde el siglo XVI las letras, ya españolas”.

En una de las glosas dice lo siguiente:

Por la mucha cordura
es la pro estorvada;
pues en la aventura
está la pro colgada.

Viene a decir que el exceso de razón o cordura impide el provecho, lo que uno pretende; porque es en el arriesgarse o aventurarse donde puedes encontrarlo. Me acordé leyendo estos versos de Alonso Quijano. Bien pudieran ser su divisa.

Esta también me ha gustado mucho:

Pues por regla derecha
el mundo non se guía,
el mucho dubdar echa
a omr’ en astrosía.

Vamos, que ya entonces el mundo no se guiaba con reglas ciertas y derechas; y que el mucho dudar, nos dice, arroja al hombre a la miseria.

Otra más:

Las bestias han afán
e mal por non fablar,
e os omres lo han
lo más por non callar.

Porque si los animales pasan afanes y males por no hablar, a las personas les ocurre lo contrario.

Además, nunca está el hombre seguro y a salvo de los vaivenes de la vida, incluso de los del día:

Sol claro plazentero
la nuve faz’ escuro:
de un día entero
non es omre seguro.

Dejamos aquí estas callejas empedradas de las viejas juderías castellanas en las que nos hemos perdido estos días finales del invierno y en las que aún resuenan fragmentos de estas glosas confundiéndose con el ruido de las motocicletas a escape. Salimos a la ciudad y volvemos al siglo este, veintiuno.

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