Exiliados en la calle principal

El éxito creciente y brutal les hizo tambalearse. Su agente les estafó y el fisco de su país les exigía unos altísimos impuestos. Estaban en la cima pero desorientados. Y en quiebra. La droga, además, todo lo aceleraba y confundía. La sensación de vértigo les tenía exhaustos. Se iniciaba, Vietnam mediante, la década de los setenta. Y ahora, ¿qué?

La banda más grande de rock del mundo decide huir, escaparse, perderse, exiliarse. Dejan Inglaterra y se marchan a Francia. Allí, como si hubieran dado un golpe, deciden dispersarse. Charlie Watts se fue a vivir muy cerca de Avignon. Mick Jagger y su esposa Bianca prefirieron Saint-Tropez. Keith Richards, su mujer Anita Pallenberg y su hijo Marlon se instalaron en Villefranche-sur-Mer, cerca de Niza y Cannes. Allí alquilaron un château, Villa Nellcôte, que había sido usada como cuartel de la Gestapo durante la Segunda Guerra Mundial.


Pero vuelven a reunirse. No lo tienen muy claro pero hay que hacer algo. Componer nuevas canciones, grabar. Dar otro golpe. La situación no es de bloqueo, es más bien la de hallarse en una encrucijada y no saber por cuál de los caminos seguir.

A mediados de julio de 1971 comienzan las caóticas e interminables sesiones de grabación de Exile On Main Street. Durante cinco meses convivieron más de setenta personas, entre técnicos e ingenieros de sonido, músicos y las novias, niños y mujeres en la mansión de Keith. Además de amistades, aduladores y proveedores de drogas. Alguien incluso robó parte de los instrumentos sin que nadie se enterara. La gente entraba y salía.

La  banda solía tocar cada noche, de ocho de la tarde hasta las tres de la madrugada, pero siempre había alguien que faltaba. Los problemas de Keith con la heroína eran evidentes. Había drogas “para desayunar, comer y cenar”. Jack Webber recuerda que él era el encargado de “liar los porros”. Tenía ocho años y su padre era uno de los camellos.

La cabeza de Richards bullía. Las canciones flotaban durante días en su cabeza. Lo intentaba con la guitarra hasta que tomaba forma. No había más método. “Tocaban mal una canción durante tres días seguidos, pero de repente, Keith se levantaba y miraba fijamente a Charlie, al otro lado Bill ponía su bajo en posición y entonces hacían una toma redonda”, dice uno de los técnicos.

Estamos hablando de uno de los discos más importantes de la historia del rock. Sucio y brillante, contaminado y puro, real y directo. En la encrucijada decidieron que todos los caminos merecen ser transitados. Fue acogido en su momento con cierta decepción. Hoy refulge como un diamante sucio en mitad de un vertedero.

Post Scriptum
Hace algo más de un año se presentó en el festival de Cannes el documental Stones in Exile en el que se cuenta la gestación de todo esto. Mick Jagger acudió al estreno, y claro, le preguntaron qué diferencia había entre aquellos tiempos y éstos. Mick, con una sonrisa, contesta: “Entonces éramos jóvenes, guapos y estúpidos. Ahora, sólo somos estúpidos”

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