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Archive for 30 abril 2012

Piedras


Las piedras
Solo piedras. Las piedras que puedas encontrar por ahí cerca, que puedan ser fácilmente transportadas. Las eliges en función de su forma y un poco por azar también. Poco a poco, con solo piedras, creas algo, una pared, un pequeño muro, una cerca, una gavia, un majano, un redil. Con algo más de habilidad, un cuarto, un chozo, una zahúrda, un molino, un horno.

Los sentimientos
Como con los sentimientos. Con los que tienes, intentas crear algo. Un poco por azar. Y con poca habilidad.

Las piedras
Solo piedras. Gracias a sus diferentes tamaños y formas, las vas ensamblando, hasta llegar a crear una estructura estable, perdurable en el tiempo. No es necesario ningún tipo de argamasa para unirlas, ni barro, ni yeso, ni arcilla, ni cal, ni cemento. Se sostienen por su propio peso. Se apoyan unas en otras. Encajan para no caerse.

Los sentimientos
¿Somos capaces de que encajen? ¿Tenemos la suficiente paciencia? ¿La suficiente habilidad? No hace falta nada más. Mientras, nos empeñamos en pensar que lo importante es la argamasa, el cemento que los une. Cuando se sostienen por su propio peso. Terminan siempre por encajar para no caer. Sin nada que los ahogue en una unión artificial y forzada.

Las piedras
Las piedras han cambiado de sitio, pero siguen estando donde han estado siempre. Permanecen integradas en el paisaje, en su paisaje, y lo que ahora conforman -un chozo, una pared- es parte de un todo, de un entorno humanizado, inalterado.

Los sentimientos
Son los que son, siempre han estado ahí. Nos acompañan siempre. Los podemos cambiar de sitio, pero nunca ignorarlos. Seguirán formando parte de nosotros.

Las piedras
Es una arquitectura tan pobre, básica y radical, que casi no es arquitectura. Son sólo piedras de tamaño y peso relativamente pequeños, tal y como se encuentran en el lugar, aunque a veces se tallan un poco, con dos o tres golpes.

Los sentimientos
Son solo sentimientos que también, con unos golpes, se tallan un poco para que encajen.

Las piedras
Esas construcciones las vemos aún en el campo. Permanecen. Derruidas, abandonadas, impenetrables. Son, sobre todo y siempre, obras anónimas, nunca sabremos quién las hizo. Alguien que vivió antes que nosotros.

Los sentimientos
¿Qué queda de lo que sentimos, después de todo? ¿Las piedras otra vez por el suelo? ¿Un paisaje inalterado?

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Llueve


Uno
No se le ocurrió otra cosa que ponerse a llorar bajo la lluvia.

Dos
Los peces del acuario miran con nostalgia a través de los cristales
cómo cae la lluvia ahí fuera.

Tres
En las procesiones para pedir que llueva, nadie lleva paraguas.

Cuatro
Tampoco llovía a gusto de todos en tiempos de Noé.

Cinco
A veces se paraba a oír caer la lluvia, a ver qué le contaba.

Seis
Tiene algo de ofrenda sacar las macetas al patio cuando llueve.

Siete
Esperar a que escampe en medio de la lluvia.

Ocho
¿Quién no ha mirado al cielo con la boca abierta alguna vez mientras llovía?

Nueve
A los peces les da igual si llueve o no.

Diez
Gene Kelly estaría feliz en tiempos del diluvio.

Once
Se metía en todos los charcos. Y así iba por la vida, empapado y feliz.

Doce
La lluvia suena distinta cuando golpea cristales blindados.

Trece
Las gotas de lluvia se lanzan en paracaídas.

Catorce
Antes del diluvio también diluviaba.

Quince
Los paraguas adoptan formas extrañas los días de temporal.

Dieciséis
La lluvia habla.

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Dedicatorias

Son casi un género literario que preferiría que no existiera. Muchas veces están a punto de arruinar el libro, y si no lo hacen, es porque al segundo párrafo del primer capítulo ya las hemos olivado.

La gratitud, el reconocimiento, deberían quedar en el ámbito de lo privado. Pero ahí las tenemos, con una página para ellas solas. Alardeando de no sé muy bien qué.

En ocasiones da la impresión de que el autor ha escrito el libro como excusa para poder poner la dedicatoria en la cabecera de su obra. O una cita así como interesante. El resto importa ya menos.

Por eso me pareció genial la dedicatoria del único libro publicado, hasta ahora, por Malcolm Scarpa:


Sin embargo hay raras ocasiones en las que se ganan un hueco en nuestro recuerdo. No las he leído todas, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que ésta que traigo aquí, un poco más abajo, es la más emocionante y triste que he existe en la literatura en castellano.

Mientras Rafael Sánchez Ferlosio estaba preparando la edición de La homilía del ratón, un libro en el que recopilaba ensayos y artículos periodísticos, murió su hija Marta con apenas 26 años. Al publicarlo dejó caer estas palabras al inicio del libro:


A la memoria
de quien más he querido en este mundo,
Marta Sánchez Martín,
que tantas veces metió baza en estas páginas,
con su palabra aguda y redicha
como una campanita de convento,
que, a despecho del mundo,
todavía me sonaba a amanecer.

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Estoques como labios


Uno
Lo más complicado fue hacerle funcionar, sacar la punta al bolígrafo. Luego escribir no lo es tanto. Lo hace cualquiera.

Giré la cruceta del estoque y nada, aquello no iba, luego, incluso, intenté moverla hacia abajo, y casi la rompo. Hasta que vi la bola amarilla, y me dije, claro, cómo puedo ser tan torpe, ya está, la apreté y… tampoco. Luego, de forma casual, giré la bolita amarilla de la empuñadura y apareció, por fin, la punta del bolígrafo.

Al ponerme a escribir la decepción fue mayúscula: la tinta no era roja.

Dos
No sabía que Joan Brossa tuviera seguidores en China. Las tiendas de todo a cien aún guardan un pequeño espacio para la poesía.

Tres
Al cabo de los siglos ha encontrado su resolución el tópico renacentista de las armas y las letras. Si antes estaban en conflicto y competía el noble oficio de las armas con el no menos noble de las  letras, y años después se consideró que la pluma era más poderosa que la espada, en un rincón de una tienda de chinos he visto superada y sintetizada tal controversia en este humilde bolígrafo.

Cuatro
Uno se defiende con lo que escribe, y el que maneja la espada trata, también, de decirnos algo.

Cinco
En los chinos todo resulta contradictorio y chocante. Miro otra vez el bolígrafo y me pregunto: ¿a quién se le ocurrió? ¿Quién lo diseño? ¿Cómo nos ven en el exterior si creen halagarnos fabricando este tipo de cosas? ¿O las hacen para los turistas como recuerdo? Pero como recuerdo ¿de qué? ¿De España? ¿Van los turistas a las tiendas de todo a cien? Y ¿cuántos han fabricado? ¿Los han distribuido por todo el mundo o sólo por nuestro país? ¿Incluso por las zonas menos taurinas? ¿Pensaban, acaso, que los iban a vender bien, que se los iban a quitar de las manos, que iban a ganar mucho dinero con estos bolígrafos-estoque?

Bueno, yo al menos he comprado uno.

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A la manera de esos millonarios excéntricos que, precavidos ante una posible hecatombe nuclear, se han construido un impenetrable refugio bajo tierra, yo también me he creado mis búnkeres particulares, en los que, cada vez más a menudo, me atrinchero. Si ellos han provisto el lugar de una enorme cantidad de sacos con comida liofilizada, depósitos de agua potable y grandes latas de melocotón en almíbar, a mí me basta con recuperar algún libro escrito no hace menos de trescientos años. Lo abro, empiezo a leer y ya puede caer la bomba atómica.

Esta vez el refugio me lo he construido allá en la confluencia de los siglos XVI y XVII. España era entonces un buen lugar para estudiar latín y griego, viajar a Italia, hacerse soldado y recorrer Europa, medrar en la corte de algún conde o duque, perseguir a las damas y ordenarse, ya en la edad madura, sacerdote, sin que ello fuera impedimento para seguir persiguiéndolas, ahora con más éxito si cabe. Un poco como Vicente Espinel.

Además, fue escritor, traductor, músico y poeta. Nació en Ronda en 1550 y murió en Madrid en 1624. Es conocido fundamentalmente por ser el autor  de las Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón (1618), una de las más tardías aportaciones al género de la novela picaresca. También ha pasado a la historia de la literatura por ser el inventor de una nueva forma estrófica: la décima espinela. Aunque no debió quedar muy convencido porque apenas la utilizó. Y dicen que revolucionó la guitarra española al añadirle una quinta cuerda, la prima, mucho más aguda. No me consta que supiera tocarla.

Si hay algo peor que un poeta malo, es un poeta mediocre. Y Espinel, una vez leídas sus Diversas Rimas (1591), alcanza sin duda esta última categoría. El hombre pone mucho empeño, pero aburre y siempre se queda a medias. En ningún momento, ni por casualidad, logra su poesía alzar el vuelo. Es previsible y hasta ramplón.

Durante las semanas que me ha durado su lectura, me ha servido de refugio, pero me he aburrido tanto como esos millonarios excéntricos en sus búnkeres antinucleares, sin tener la posibilidad siquiera de mirar por la ventana.

Con todo, algo he podido rescatar. Cuando se pone autobiográfico, es más soportable:

De la templanza traspasé los quicios,
de Baco y Ceres ocupé el regazo
y en Chipre hice alegres sacrificios.

Y reconoce:

…tengo el entendimiento libre y sano,
aunque en la voluntad hay razón poca.

En una de sus epístolas confiesa:

…voy a escribir y el brazo se me quiebra,
si quiero asir el hilo antiguo roto,
tiembla la mano al enhilar la hebra…

Para finalmente recapitular:

Ya se me acaban, ya, los verdes años,
y solo queda un memorial que espanta,
de amargos y confusos desengaños.

En una de las varias églogas pastoriles que dejó escritas, describe la siguiente escena en la que el pastor se ecuentra con su pastora:

…en viéndome los perros de su hato
salían coleando a recibirme,
los corderos del mío, si la veían,
pies y manos de Célida lamían.

No sé si alguna vez les ha lamido los pies o las manos -o la cara- un cordero o una oveja. Es bastante desagradable. Así como excesivamente viscosa.

La saliva de los rumiantes es una mezcla de líquido de seroso y mucoso. (A veces es mejor no informarse) La liberan desde cinco pares de glándulas. (¡Cuánta glándula, dios mío, cinco pares!) Las parótidas, las submaxiliares, las sublinguales y las molares inferiores y bucales. Cada una produce un tipo distinto de secreción: más acuosas unas, más mucosas otras. (Dice una página de internet -es textual-que las sublinguales producen una secreción muy rica en moco)

(Y de lo que se entera uno) Los rumiantes producen cantidades muy abundantes de saliva. (¿Quién lo ha medido? ¿Cómo lo han hecho?) Las vacas pueden llegar a producir hasta 150 litros de saliva por día (siempre pensé que lo suyo era la producción de leche); las ovejas, algo menos, se quedan en unos 10 litros al día.

Pobre Célida.

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Por fin. Ha sido como una pesadilla. Pero al fin hemos dejado el euro. No está lejos el día en el que ni nos acordaremos de él. ¿Alguien se acuerda del Ecu?

Ya tenemos una nueva unidad monetaria por la que nos regimos desde hace dos meses escasos: el café.


El consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha, José Ignacio Echániz, comentaba el otro día lo que les va a suponer a los jubilados el que tengan que volver a pagar por los medicamentos que ya han pagado previamente y que tan caprichosa e inconscientemente toman: “Al pensionista que más le va a costar las medicinas al mes van a ser solo ocho euros. Ocho euros son cuatro cafés”. Bueno, eso es lo que a mí me cobran en los sitios finos donde los suelo tomar, comento después off the record.

También la presidenta de Aragón, Luisa Fernanda Rudi, ha hablado del tema. “Creo que da para seis periódicos. Y yo no soy fumadora pero alguien me decía que con eso se compran dos paquetes y medio de tabaco, no se compran tres. Podríamos seguir poniendo ejemplos”  Van a tener que hacer unas tablas de equivalencias.

Así que no te extrañe que la próxima nómina venga expresada en cafés. Si ganas mil euros al mes, pues hazte una idea, unos 500 cafés. Si lo conviertes a paquetes de tabaco, te deprimes.

Vas al bar y le preguntas a Jose al irte:
-¿Qué te debo, Jose?
-Pues cuatro cafés.
-Pero, si me he tomado dos gintonics…
-No te enteras…

Pero es que después del esfuerzo que me supuso pasar de pesetas a euros, ahora pasar de euros a cafés, me está costando un huevo. (Que podría ser claramente otra unidad monetaria. El huevo. Esto cuesta un huevo. Y ¿esto otro? Bueno, esto sale algo más caro. Esto cuesta un huevo y la parte del otro)

Y en vez del cambio, te van a dar un sobrecito de azúcar.

-Qué putada, chico, me ha fallado el puto Atleti en la quiniela y me he quedado con trece.
-Joder, ¿pero por qué pones al Atleti que gana siempre? Siempre igual. A ver si aprendes de una vez… Bueno, y ¿cuántos cafés te han tocado?

No me extraña que estemos de los nervios. Voy a tener que pasarme al descafeinado.

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¡Qué solos se quedan los chicles de bola
dentro de las máquinas expendedoras de chicles de bola!
Pasan los días y pasan las noches en las esquinas
de los anchos pasillos del centro comercial,
inmóviles y cada vez más pálidos,
como si les aterrara salir al exterior casi tanto
como quedarse para siempre dentro
de las máquinas expendedoras
de chicles de bola que hay en las esquinas
de los anchos pasillos del centro comercial.

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