Tenemos que mentalizarnos

Al pobre señor le han puesto a caldo. Y no sé muy bien por qué. Es el mejor y más riguroso análisis acerca de la realidad socioeconómica de nuestro país que he oído en mucho tiempo. Y han arremetido contra él con furia. Con una indignación un tanto hipócrita, farisaica.

Pero no se trata de un cualquiera haciendo un comentario al desgaire en la barra de un bar. Es embajador estadounidense y secretario general adjunto de la OCDE. Vamos, el número dos de la cosa esa tan importante para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Sabe de qué va esto.

Debido al traspiés del monarca, ese día apenas se le prestó atención. La noticia apareció en prensa algo camuflada (estábamos demasiado ocupados rasgándonos las vestiduras porque el rey se había ido de caza. Pero si lo lleva haciendo toda la vida). La que me interesa decía esto:


España solo vale para flamenco y vino
Polémicas palabras del número dos de la OCDE,
que matiza que no deseaba insultar a nadie
El embajador estadounidense Richard A. Boucher, secretario general adjunto de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), que agrupa a 34 países, sorprendió el pasado miércoles a los asistentes a un seminario sobre la primavera árabe, organizado en Marsella por la Asamblea Parlamentaria de la OTAN, con una declaración insólita. “Nadie quiere ser hoy como España. España solo vale para el flamenco y el vino tinto”, afirmó el diplomático.

Pero si no nos insulta. Nadie quiere ser como España porque no pueden, serían incapaces siquiera de acercarse a nuestro nivel. Y hay que agradecerle que haya dicho en un foro tan importante que por lo menos valemos para algo.

Por lo visto, el único representante español que había en ese seminario pidió la palabra para exigirle que retirase unas declaraciones tan injustas e irresponsables. Pero, ¿dónde estaban los otros? Pues dónde van a estar. Probablemente donde están siempre. En el bar. Tomando unos vinitos. Españoles.

Nos pongamos como nos pongamos, tenemos que mentalizarnos. Esto es lo que nos espera.

Toda nuestra inversión y recursos en I+D los tenemos que derivar hacia las cátedras de flamencología y de enología. Todos nuestros esfuerzos deben ir encaminados a convertir nuestro suelo patrio en un enorme tablao, donde las juergas se alarguen hasta el amanecer para terminar cada noche vomitando al alba sobre un patio empedrado lleno de geranios mientras canta el gallo tras los tapiales.

Todos deberíamos ir disfrazados. Incluso los vascos. Vestidos de bandoleros, bailarines, toreros, alguacilillos, venteros, taberneros, arrieros, bailaoras, caballistas, cigarreras, floristas, majas (vestidas unas, desnudas otras), aguadoras, copleras, pregoneros, guardias civiles, lavanderas, gitanas que leen la mano…

A mí, me temo, el único que me quedaría más o menos bien y podría llevar con cierta dignidad es el de picador. (No es ninguna deshonra. Picasso pintó muchos)

Al Boucher ese -vaya apellido se gasta el señorito- tenemos que invitarlo a un tablao. Que termine aporreando la mesa con entusiasmo mientras taconea frenética una bailaora de muslos de bronce -Lorca dixit.

A medida que avanza la noche, envuelto en el denso humo del tabaco -tenemos también que abolir ya esa absurda ley- ha adquirido nuestro embajador favorito bastante pericia en alzar con garbo el porrón de vino tinto. Y otro. Y otro. Los que hagan falta. Ahora ya sabe lo que es sentir golpear el poderoso chorro de tan recio néctar contra el galillo.

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