Ovejas pastando a las afueras de un refugio nuclear

A la manera de esos millonarios excéntricos que, precavidos ante una posible hecatombe nuclear, se han construido un impenetrable refugio bajo tierra, yo también me he creado mis búnkeres particulares, en los que, cada vez más a menudo, me atrinchero. Si ellos han provisto el lugar de una enorme cantidad de sacos con comida liofilizada, depósitos de agua potable y grandes latas de melocotón en almíbar, a mí me basta con recuperar algún libro escrito no hace menos de trescientos años. Lo abro, empiezo a leer y ya puede caer la bomba atómica.

Esta vez el refugio me lo he construido allá en la confluencia de los siglos XVI y XVII. España era entonces un buen lugar para estudiar latín y griego, viajar a Italia, hacerse soldado y recorrer Europa, medrar en la corte de algún conde o duque, perseguir a las damas y ordenarse, ya en la edad madura, sacerdote, sin que ello fuera impedimento para seguir persiguiéndolas, ahora con más éxito si cabe. Un poco como Vicente Espinel.

Además, fue escritor, traductor, músico y poeta. Nació en Ronda en 1550 y murió en Madrid en 1624. Es conocido fundamentalmente por ser el autor  de las Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón (1618), una de las más tardías aportaciones al género de la novela picaresca. También ha pasado a la historia de la literatura por ser el inventor de una nueva forma estrófica: la décima espinela. Aunque no debió quedar muy convencido porque apenas la utilizó. Y dicen que revolucionó la guitarra española al añadirle una quinta cuerda, la prima, mucho más aguda. No me consta que supiera tocarla.

Si hay algo peor que un poeta malo, es un poeta mediocre. Y Espinel, una vez leídas sus Diversas Rimas (1591), alcanza sin duda esta última categoría. El hombre pone mucho empeño, pero aburre y siempre se queda a medias. En ningún momento, ni por casualidad, logra su poesía alzar el vuelo. Es previsible y hasta ramplón.

Durante las semanas que me ha durado su lectura, me ha servido de refugio, pero me he aburrido tanto como esos millonarios excéntricos en sus búnkeres antinucleares, sin tener la posibilidad siquiera de mirar por la ventana.

Con todo, algo he podido rescatar. Cuando se pone autobiográfico, es más soportable:

De la templanza traspasé los quicios,
de Baco y Ceres ocupé el regazo
y en Chipre hice alegres sacrificios.

Y reconoce:

…tengo el entendimiento libre y sano,
aunque en la voluntad hay razón poca.

En una de sus epístolas confiesa:

…voy a escribir y el brazo se me quiebra,
si quiero asir el hilo antiguo roto,
tiembla la mano al enhilar la hebra…

Para finalmente recapitular:

Ya se me acaban, ya, los verdes años,
y solo queda un memorial que espanta,
de amargos y confusos desengaños.

En una de las varias églogas pastoriles que dejó escritas, describe la siguiente escena en la que el pastor se ecuentra con su pastora:

…en viéndome los perros de su hato
salían coleando a recibirme,
los corderos del mío, si la veían,
pies y manos de Célida lamían.

No sé si alguna vez les ha lamido los pies o las manos -o la cara- un cordero o una oveja. Es bastante desagradable. Así como excesivamente viscosa.

La saliva de los rumiantes es una mezcla de líquido de seroso y mucoso. (A veces es mejor no informarse) La liberan desde cinco pares de glándulas. (¡Cuánta glándula, dios mío, cinco pares!) Las parótidas, las submaxiliares, las sublinguales y las molares inferiores y bucales. Cada una produce un tipo distinto de secreción: más acuosas unas, más mucosas otras. (Dice una página de internet -es textual-que las sublinguales producen una secreción muy rica en moco)

(Y de lo que se entera uno) Los rumiantes producen cantidades muy abundantes de saliva. (¿Quién lo ha medido? ¿Cómo lo han hecho?) Las vacas pueden llegar a producir hasta 150 litros de saliva por día (siempre pensé que lo suyo era la producción de leche); las ovejas, algo menos, se quedan en unos 10 litros al día.

Pobre Célida.

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