El azar y las casualidades

Ahora compro los libros en una tienda de discos. Libros de segunda mano en una tienda de discos de segunda mano. Son más baratos. Es la única tienda de discos que hay en el barrio. Ha sobrevivido porque apenas vende discos. Ahora vende libros de segunda mano.

Lleva abierta desde los tiempos del vinilo. Pero acabó -hace muchos años ya- por arrinconarlos cuando apareció el CD. Fueron buenos años. Hasta que dejaron de serlo. La gente empezó a bajarse la música de internet. Apenas vendían. Mantuvo el tipo un tiempo gracias a los videojuegos y a las películas en DVD. Pero muy pronto empezó a pasar lo mismo. Ya se descargaba todo.

Poco a poco, el espacio para los viejos vinilos volvió a crecer. Cada vez había más gente dispuesta a pagar algo más por lo viejos vinilos. A veces he estado a punto de tropezarme con Malcolm Scarpa que sentado -casi en cuclillas- en un taburete minúsculo de patas muy cortas, estaba viendo los vinilos que están debajo de los aparadores, casi a ras de suelo. Busca algo nuevo entre lo más antiguo. Ha pasado el tiempo, pero él hace como si no.

Ahora casi todo el espacio de la tienda de discos de segunda mano lo ocupan libros de segunda mano. Se ve que la gente se está deshaciendo de ellos. (O que también ha empezado a bajárselos de internet) Y la tiendecita empieza a dar algo de miedo. Hay libros por todas partes y amenazan con venírsete encima. Hay torres de libros ciertamente inclinadas.

Me acerco de vez en cuando, curioseo sin ninguna idea preconcebida y es el azar -mientras las casualidades le dicen por dónde tiene que ir- el que decide qué libros tengo que comprar.

El otro día me detuve en las cajas que hay apiladas en lo alto de la estantería central. Están llenas de libros de poesía. No sé si es porque están en un lugar bastante inaccesible o porque es un género que no interesa, pero no he visto nunca a nadie buscar algo entre ellas. Así que me entretuve mirándolos uno por uno, hojeando las solapas y constatando mi ignorancia. Casi todos los libros eran de poetas contemporáneos, de los países y lenguas más diversas, y no conocía a ninguno.

Pero el azar no se preocupa por estas nimiedades. Es nuestro compañero más fiel y sabio. Y fue él quien me descubrió a C.K. Williams. Dice la wiki que nació en 1936 y que es uno de los mejores poetas norteamericanos actuales. Tiene los más prestigiosos premios de su país. A mí, ni me sonaba. Después de leerle no me va a quedar más remedio que seguir leyéndole. Sus poemas son magníficos.

Un poco desesperado y aburrido, tropecé con Reparación, de C.K. Williams. Y éste, ¿quién coño es? En la solapa contaban que también traducía. Y entre los poetas que ha traducido estaba Francis Ponge. Eso fue suficiente para que me decidiera a comprar el librito. A ver qué tal.


Ponge, hace tres o cuatro años, fue, para mí, otro descubrimiento. El azar, ya saben. Leerle fue una de las causas de que esté ahora escribiendo. En este poeta francés lo que más importa es el proceso de escribir, no la escritura. En sus libros muestra ese proceso –lo muestra-, y ese proceso clarifica las cosas, ilumina la realidad. La escritura es lo de menos. Lo que importa es escribir.

Y me dije que si C.K. Williams había dedicado buena parte de su trabajo a traducir al inglés a Francis Ponge, algo debía tener en común con él, o si no, demostraba, al menos, buen gusto. O un gusto acorde con el mío.

Bueno, la cosa es que acerté. Fue una puta casualidad, pero acerté.

Durante varias noches estuve leyendo, poema a poema, el libro. Y cada uno era como un golpe, una iluminación, una complicidad establecida. Me pasó con casi todos. También, es cierto, que haya podido influir en ese estado de recepción la inmoderada ingesta de alcohol a la que sucumbo a partir de la caída de la tarde. Pero es igual. Tengo que mirar si tiene más cosas traducidas al español.

Los poemas para C.K. Williams no son literatura. Muestran las heridas de la vida. Y al describirlas, al contar su origen, el motivo, al explicar sus consecuencias, al intentar compartir lo que siente -lo que duelen-, las cauteriza. Da algo de consuelo. Una especie de amparo. (También puedo estar exagerando)

Un poco al azar traigo ahora aquí, antes de dejar el libro en la estantería con sus otros compañeros, un trocito de un poema suyo, Rabieta, en el que los gritos de los  niños pequeños, insoportables e injustificados -cuando cogen un berrinche, vamos- le llevan a cuestionarse que por qué dejamos, cuando crecemos, de gritar. Debería -ese grito- de acompañarnos siempre, aunque fuera de forma preventiva. Porque su equivalente en palabras resulta siempre demasiado abultado, demasiado mitigado y absorbe, además, demasiado tiempo emocional.

Necesitamos, en algunas ocasiones, gritar, gritar al mundo, gritar ante lo imperfecto, dar un alarido por los ideales traicionados. Hay que

…mantener ese núcleo duro de ira dentro de nuestra propia ira
y con ella encender, confrontar, acusar, lamentar
toda esa necesidad de desagravio que tanta falta le hace a nuestros deseos, tan absurdamente frustrados.

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3 comentarios sobre “El azar y las casualidades

  1. Me tienes que dejar el libro, seguro que me va ha interesar, alguien que se pregunta por qué dejamos cuando crecemos, de gritar, me gusta…. Y además menciona mi palabra favorita; IRA.

    1. Una vieja canción de Dylan, Tears of rage, dice en el estribillo: Tears of rage, tears of grief / Why must I always be the thief? (Lágrimas de ira, lágrimas de pena / ¿Por que debo ser yo siempre el ladrón?)
      Gracias, Cris, por leer.

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