Fiesta. Ayer

Creo que ayer fue fiesta en mi ciudad. La fiesta más importante del año de mi ciudad. Creo. No lo parecía.

Puede ser esto una apreciación personal. Puedo estar equivocado o puedo estar haciéndome mayor. Lo que no es una apreciación personal es la destrucción -que se inició hace ya muchos años- de las fiestas de Madrid, su total y completa aniquilación. Queda una especie de parodia castiza.

La fiesta es liberación, alegría y algo de anarquía. Pero aquí todo es -incluso en estos días- rancio, casposo, miedoso y reglamentario. Si toca algún grupo de música juvenil, empieza a hacerlo cuando aún es de día. A eso de las doce, todo el mundo a casa.

El ayuntamiento se ha encargado -desde hace veinte años- de exterminar cualquier atisbo de libertad y diversión. Han decidido que somos gente de orden, que tenemos que serlo incluso durante las fiestas. Os podéis divertir pero sin saltaros las normas, dentro de unos límites. Todo, siempre, recordad, dentro de un orden. Cuando la fiesta es otra cosa, algo radicalmente distinto. O debería serlo. Es una celebración, por unas horas, del desorden. Y eso les aterra.

En los barrios es aún peor. En el mío, al menos, han alcanzado unos niveles que serían surrealistas si no resultaran tan patéticos. Les dejo, para que lo vean, el cartel con la programación. No sé si después voy a tener fuerzas para comentarlo. Solo leerlo da grima.

A la gente más joven seguro que les pareció trepidante. Porque esto, realmente, no hay cuerpo que lo aguante. Ríete tú de los carnavales de Río. Diversión non stop desde las doce de la mañana. Bandas sinfónicas del conservatorio, fragmentos de zarzuela a cargo de una asociación cultural, mercado goyesco, actuación de un mago que además es mentalista (y que además se llama Norberto), pasacalles recreando a los Reyes y su séquito (¿habrán traído elefantes?), lugares destinados al entretenimiento (sic), partidas de ajedrez, damas y dominó (¡¡¡partidas de damas!!!!)… No me extraña que a la juventud le dé por drogarse.

Quedan, como cada año, hace demasiados ya, algunas imágenes impactantes de la fiesta más importante de mi ciudad, de lo que queda de ella: gente haciendo equilibrios con un temblequeante plato de plástico rebosante de callos, un grupo de aficionados perpetrando sin anestesia una selección de lo más granado de nuestro género chico a pleno sol, mientras los menos melómanos disputan una emocionante partida de damas, sin dinero de por medio, claro.

Lo dicho, una jornada memorable la de ayer. Así da gusto, debió pensar, satisfecho, el concejal del distrito.

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