Una historia de la literatura según el GPS

No muy lejos de la calle Vicente Espinel está la calle Gutierre de Cetina. Y como hace cosa de un mes hablé aquí del primero, pues no me pareció mal -aunque resulta verdaderamente absurdo- continuar con mi particular revisión de los clásicos siguiendo el callejero.

No estaría mal escribir una historia de la literatura según el GPS. Sería tan caótica y con una selección de autores tan estrambótica como las otras historias de la literatura al uso. Pero, por lo menos, sabríamos cuándo girar a la izquierda, cuál dirección es prohibida o por dónde se llega antes.

Lo malo es que la calle Gertrudis Gómez de Avellaneda cruza las dos anteriores y siguiendo esta lógica ilógica, debería ser mi siguiente lectura. Pero no creo que me atreva con esa señora. No creo.

Así que de nuevo estamos dando una vuelta por aquellos años del mil quinientos y pico, tan lejos de todo esto que nos rodea y a cubierto de todo lo que nos está cayendo encima. ¿Se puede echar de menos el siglo XVI sin haber vivido en él? A mí me ha ocurrido leyendo los sonetos y madrigales completos de Cetina.

No hay más que darse una vuelta por los cuarteles para ver la diferencia. En aquellos años, algunos de los mejores escritores y poetas eran militares. Y ahora, encontrar algo siquiera aproximado en tan marcial oficio es casi tan improbable como el que en la portada de AR no aparezca AR.

El ideal de las armas y las letras, de compaginar lo heroico y lo humanístico, se produjo de manera perfecta bajo el imperio de Carlos V. Garcilaso de la Vega, Hernando de Acuña, Jerónimo de Urrea o el mismo Gutierre de Cetina, recorrieron Europa, batalla tras batalla, asedio tras asedio, campaña tras campaña, mientras en los entreactos guerreros galanteaban con damas casadas o recordaban a su añorada amada allá en tierras españolas. Todo a la vez.

Gutierre de Cetina nació en Sevilla en un año impreciso entre 1514 y1517. Muy joven, en 1538, es nombrado edecán o ayudante de estado mayor en la Compañía del Adriático. En 1543 participa en la toma de Düren, en la Prusia renana. Regresa a Milán y en 1544 ocupa el cargo de capitán general del Milanesado. En 1546 es nombrado Gobernador de aquella provincia.

Mientras, se familiariza de tal modo con las formas petrarquistas que se convierte él mismo en un incansable seguidor de esta definida manera poética de vocación intimista, de este empeño en la expresión del sentimiento, tan aparentemente antagónica a la vida de un soldado.


Durante esos años fue también galanteador de importantes damas. Solo pronunciar sus nombres, aún hoy, tantos siglos después, resulta evocador: Laura Gonzaga, María de Cardona, la marquesa del Vasto, la princesa de Molfeta, Isabel de Capua…

Pero la muerte, de manera casual, se cruzó en su camino. Además, lo hizo en México. En torno a 1577, o algún año antes, viaja a las Indias y una noche, mientras pasea con un amigo, les emboscan unos desconocidos y es herido de muerte. Luego se supo que los encapuchados iban a por el amigo por un turbio asunto de celos. Se equivocaron de víctima. Y el galante amador de tantas damas, en este caso, no tenía nada que ver.

Y de la misma manera que Vicente Espinel -la primera no, la segunda calle- ha pasado a la historia como el inventor de la décima espinela, y luego resulta que solo la utilizó dos o tres veces -no debía estar muy convencido-, Gutierre de Cetina ha perecido aplastado por la inmensa fama de su madrigal Ojos claros, serenos. Lo único que se sabe de él, es que es el autor de esta pieza. Y madrigales solo escribió cinco, mientras que fueron 247 los sonetos que nos ha dejado. Pero, en fin. (También los Rolling Stones detestan Satisfaction)

La verdad es que sigue resultando emocionante aquello de Ojos claros, serenos, sobre todo cuando suplica no me miréis con ira, para terminar rendido ante esa mirada que le mira mal, y ya le da igual: ya que así me miráis, miradme al menos. (De la misma manera que nos sigue llegando aquello de I can’t get no)

Sus sonetos conforman un verdadero cancionero al petrarquista modo. La ausencia o el desdén de la dama se repiten soneto tras soneto, mientras él se empeña en un riguroso y obstinado análisis introspectivo. Decide, finalmente, que ya nada podrá con él:

…ni tanta soledad, ni el verme ajeno
de aquel bien que me rasga las entrañas,
ni los males, ni las iras, ni las sañas
de amor, ni el no tener un rato bueno…

Los vaivenes y las dudas hacen que la esperanza cansada, (…) a  los pies del dolor quede rendida. Pero el carrusel continúa:

Siéntome alguna vez alzar al cielo,
y otras mil abajar hasta el abismo;
ya me esfuerzo, ya temo, ya me atrevo.
Ora huyo, ora espero, ora recelo,
y en tanta variedad no sé yo mismo
qué quiero, aunque sé bien que querer debo.

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