Malgastando los mejores años de nuestra vida

UNO

No he podido con el ciclo completo, pero aún no me doy por vencido. Perder el tiempo leyendo En busca del tiempo perdido todavía entra dentro de mis planes. Tengo que llegar, algún día, a El tiempo recobrado.

Recuerdo en mis años de juventud cómo hubo una noche en la que me lancé de cabeza, como si fuera una piscina, a la lectura de Por el camino de Swann, primera entrega de las siete que componen el ciclo novelístico. ¡Una piscina! Cuando en realidad es un océano. Así que, sin haber calibrado mis fuerzas, terminé agotado de bracear.

Con todo, la sensación fue de euforia al descubrir otra manera de contar. Era como mirar a través de una lente para ver el pasado. Y esa lente no era la de un catalejo, ni siquiera la de un telescopio, como pudiéramos suponer; era la de un inmenso y poderoso microscopio.

Terminé un poco asfixiado. Las frases, larguísimas, enrevesadas, perfectas en su construcción, que parecía que habían perdido el hilo, cuando de repente, lo recuperaban al final inesperadamente, se enroscaban de una manera mareante y deliciosa. Después de acabar con este primer tomo, no me encontré con fuerzas como para empezar el segundo.

Pasaron años hasta que volví a intentarlo. Pero, claro, todo había quedado ya más o menos olvidado, perdido. Y en lugar de empezar por el segundo, A las sombras de las muchachas en flor, le metí mano primero a Por el camino de Swann, otra vez.

Los años han vuelto a pasar -y en este caso han sido muchos más. Ahora, volver a intentarlo me sitúa en una posición delicada. ¿Seré capaz de coger -así, sin más- El mundo de Guermantes? ¿De empezar por el tercero, obviando los dos primeros, como si me acordara de algo de ellos? No. No sería capaz. Si me decido, finalmente volveré a empezar Por el camino de Swann.

Así, cuando acabe de leer El mundo de Guermantes, habré leído tres veces Por el camino de Swann y dos veces A la sombra de las muchachas en flor.

Pero puedo acabar exhausto. Y tal vez pasen años hasta que me vuelva esta fiebre proustiana, extraña e intermitente, de nuevo. Y cuando intente volver a empezar con el cuarto tomo, probablemente me pase lo mismo. Y así con todos.

Si alguna vez acabo con el ciclo completo, habré leído siete veces el primer tomo, seis veces el segundo, cinco veces el tercero, cuatro veces el cuarto, tres veces el quinto, dos veces el sexto y una vez el séptimo.

Supongo que no me plantearé, entonces, una relectura de la obra.

DOS

Tampoco entendí nunca muy bien la importancia desmesurada, casi única en toda la obra completa, de la escena de la magdalena. Me tiene perplejo la enorme influencia que ha tenido en toda la literatura posterior el hecho de que Proust las prefiriera a las galletas.

TRES


Me parece mucho más cercana y real la historia de Charles Swann, su exclamación final y el reconocimiento de los absurdos mecanismos del amor. En el primer tomo -uno de los pocos que he leído, pero, eso sí, dos veces, por ahora- incluye una especie de flashback en el que explica Unos amores de Swann.

Nuestro autor se siente fascinado por una preciosa adolescente, Gilberte, hija de Charles Swann. Y se detiene -Proust siempre se detiene, más que el tiempo perdido, o el tiempo recobrado, debía haberlo titulado El tiempo detenido– en este extenso capítulo del primer tomo, casi una novela en sí misma, a contarnos la historia del padre de la chica.

En su juventud, Charles Swann se encapricha, se enamora, se desvive por Odette de Crècy, una dama bastante casquivana, frívola y calculadora que no le hace mucho caso. Es -y él lo sabe, y a él le da igual- una mujer hermosa, pero también un ser mediocre, sin cultura alguna y de abundante mal gusto. Sus escasas cualidades se resumen en saber peinarse y vestirse de manera irresistible.

La vida de Charles Swann se humilla y descarrila detrás de esta pasión insatisfecha y este deseo desesperado. Para que al final, Charles se confiese a sí mismo, cansado pero lúcido: “¡Cada vez que pienso que he malgastado los mejores años de mi vida, que he deseado la muerte y he sentido el amor más grande de mi existencia, todo por una mujer que no me gustaba, que no era mi tipo!”

(Varios tomos más adelante nos contará el autor que finalmente se casaron, Charles y Odette, y que ella se convirtió en una señora fofa y vulgar, y tuvieron una hija. Sí, Gilberte. Una adolescente adorable y también vulgar de la que el autor -el propio Proust- que nos está contando todo esto, se enamora. Probablemente tampoco le gustaba ni era su tipo)

Anuncios

Un comentario sobre “Malgastando los mejores años de nuestra vida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s