Anticinco antihaikus de antiamor

I
Un poema de amor
es siempre
triste.

II
El amor nos sublima.
Por eso suele
resultar fatal.

III
El amor hace
extraños compañeros
de cama.

IV
El amor deja
cantidades industriales
de desechos.

V
El amor, como la muerte,
no es más que una complicación
añadida.

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No tocar


Uno
Si fuera un cartelito, creo que impondría menos, porque de la misma manera que se ha puesto, se podría quitar. Pero si está grabado sobre el hormigón del pilar de un poste de la luz, la cosa ya es definitiva.

(¿Lo hicieron con un molde al fraguarlo o lo cincelaron después? ¿Cuánto años lleva amenazando sin que la gente le preste la más mínima atención? ¿Se aburre la calavera de sonreir?)

Un ciego podría pasarle la mano por encima y sentir cierto sobresalto al palpar la calavera, sus incomprensibles tres dientes, los huesos cruzados debajo: no tocar (y sin embargo estoy tocando). Se sentiría entonces como aquel que lee algo que no debe y que al hacerlo, una maldición cae sobre él.

Dos
Pero hasta Santo Tomás dudó y tuvo que tocar -por mucho que no estuviera bien- para comprobar que era cierto lo que veía. Metió incluso los dedos.

Tres
Pero uno de los carteles más absurdos que he visto en mi vida, estaba colocado sobre los instrumentos de una tienda de música y decía: No tocar.

(¿Nunca?)

Cuatro
En otra tienda de música, en la sección en la que vendían guitarras eléctricas, los empleados que trabajaban en ella colocaron otro cartel, bien visible, que decía: Prohibido tocar Stairway to heaven. Cuando oían los primeros acordes se les ponían los nervios de punta.

Cinco
Incluso cuando Jesucristo, una vez resucitado, se le apareció a María Magdalena (así lo cuenta el versículo 17 del capítulo 20 del Evangelio según San Juan), ella intentó acercársele, pero Él le dijo: Noli me tangere (algo así como No quieras tocarme o No me toques). Todavía hoy se siguen preguntando los padres de la iglesia y los teólogos por qué dijo eso. Noli me tangere.

Seis
Tampoco me gustan los carteles que prohíben pisar el césped.

Los gnomos sucios


Llevan toda la vida viendo pasar los trenes pero nunca se han subido a uno de ellos. Se limitan a saludar cuando pasan traqueteantes y cargados de niños. No se alejan nunca de la puerta de sus casas, no vaya a ser que pase el tren. Tienen que estar -es su trabajo- y saludar y sonreír como si estuvieran contentos.

La línea férrea tiene una trayectoria bastante escasa y muy poco imaginativa. Pero a los niños no les importa. Cuando el tren gira en esas curvas tan previsibles, gritan alborozados. Los gnomos lo saben.

A cada extremo de la elipse tienen sus acogedoras setas en las que viven y, aunque no salen nunca por ahí -les está prohibido cruzar las vías-, de vez en cuando se sientan juntos un rato, un día en la puerta de la casa de uno y otro día en la de otro, a charlar de sus cosas. Suelen hacerlo de madrugada, cuando todo está en calma.

Probablemente no les hayan hecho contrato. No creo ni que tengan permiso de residencia. Pero, como es bien sabido, las autoridades suelen hacer la vista gorda con los gnomos. Aunque según se están poniendo las cosas, nunca se sabe. Cualquier día de estos los deportan.

A los niños no les importa, pero los padres miran a los gnomos con bastante aprensión. Podían haberles echado un agua, por dios. Llevan cientos de años sin cambiarse de ropa y sin lavarse. Las barbas, que en tiempos fueron blancas, tienen ahora un color grisáceo y áspero. Tienen tanta mugre como las alfombras que hay a la puerta de sus casas. Están tan sucios que cuando los tiren a un vertedero no les van a dejar entrar. Pero así es la vida, hoy día, para los pobres gnomos.

Los dueños de la atracción piensan que lo importante es el tren.

Verano (fragmento)


Recuerdo los caminos alfombrados con las agujas secas de los pinos. Decir que era verano resulta insuficiente. Crujían.
Recuerdo los vestidos de verano de las chicas en verano. Una suave, apenas apreciable brisa, moviéndolos.
Recuerdo los polos de hielo y el sabor, al final, del palo de madera, mordisqueado.
Recuerdo aquellos veranos en la costa, lejanos, pero que siguen conectados, de alguna manera, con los veranos de ahora.
Recuerdo la algarabía sin sentido de los pájaros todas las mañanas de verano.
Recuerdo el sonido de los grillos en las noches de verano. Y el croar de las ranas en las noches de verano. Bueno, no sé qué decir más. Oídlos.
Recuerdo el olor a cloro de las piscinas.
Recuerdo a las chicharras interpretando la banda sonora del verano.
Recuerdo los puestos de melones y sandías que había en la calle durante los meses de verano. Recuerdo que los pesaban en una romana.
Recuerdo una buena sombra en el mes de julio. Los grillos derrumbando el cielo. Los gritos alborozados llegando desde la piscina. Alguien que decía: “No se mueve una gota de aire”.
Recuerdo el sol arriba inmóvil.
Recuerdo la luna de agosto, tan parecida a la de julio.
Recuerdo las noches de julio.
Recuerdo la luz férrea de agosto.
Recuerdo las cañas detrás de las dunas, agitadas por un aire abrasador en una tarde de agosto.
Recuerdo que no podía dormir la siesta.
Recuerdo las bicicletas tiradas en el suelo o apoyadas en un árbol.

En la calle, a veces


Hay días en los que te cruzas con alguien en la calle que lleva un brazo escayolado y en ese mismo día no ves más que a personas en la calle con un brazo escayolado. O embarazadas. Doblas una esquina y te cruzas con una mujer embarazada. Es la tercera que has visto hoy. Luego pueden pasar días o semanas sin ver a nadie con el brazo escayolado o a ninguna mujer embarazada.

El día que vea a una mujer embarazada con un brazo escayolado no creo que vuelva a ver ninguna más. Pero nunca se sabe. Probablemente ese mismo día, al doblar la esquina…

Así que debe ser también una coincidencia. Me he cruzado en la calle en los últimos días con tres mujeres que iban llorando. Una de ellas, hablaba por el móvil. Las otras avanzaban con una prisa extraña entre la gente, sin ver a nadie, intentando no llorar. Seguían andando, pero iban desconsoladas.

Unos y otros


Es una escena de una vieja película italiana. Pero no recuerdo nada más de ella, ni el título, ni el argumento, ni los actores, ni el director. Con estos datos -claro- me ha sido imposible encontrarla. También pudiera haberla imaginado. O acaso esté tan distorsionada, que ha quedado ya definitivamente mal archivada en la memoria.

Un ricachón hastiado decide una mañana salir a pescar con su imponente yate. La mañana es magnífica. Cuando está lo suficientemente alejado de la costa, ordena detener la embarcación y se coloca en su elevado sillón, con la caña entre las piernas, al borde mismo de la cubierta. El sol empieza a despegarse de la línea del horizonte. Hoy va a hacer calor.

Un criado le renueva el hielo del Martini cada poco tiempo, antes de que se diluya. El magnate está empezando a desesperarse. Está siendo un día malísimo. No ha conseguido pescar prácticamente nada. Apenas un par de pequeñas piezas colean en el fondo de un gran cubo que tiene a su derecha.

Entonces, un pequeño oleaje mueve ligeramente el yate. Lo está provocando el paso cercano de una maltrecha embarcación de pesca, con cuatro pescadores a bordo, que regresa cargada después de faenar toda la noche.

Llevan tanta carga que la barca parece que está a punto de hundirse. Avanza con dificultad, moviéndose con ligereza y torpeza a la vez sobre el oleaje. Montañas de pescado brillan sobre la cubierta. Los pescadores, desharrapados y cansados, levantan los brazos para saludar al potentado.

El magnate, elevado sobre su sillón blanco, les mira, al tiempo que le comenta a su criado que inclina la cabeza para oírle:

¿Qué te parece? ¡Qué injusto es el mundo! Unos tanto -dice mientras señala con la barbilla a la pequeña barca cargada con la pesca- y otros tan poco -concluye mientras mira el gran cubo vacío que tiene a su derecha.

Noticia de la grieta

Mientras se resquebraja el país entero, nuestra manera de vivir -tal y como la habíamos conocido hasta ahora- se está yendo al garete sin que nos hayamos dado cuenta ni sepamos muy bien porqué, y las escasas perspectivas de mejorar se desvanecen de manera definitiva, empiezan a verse unas grietas.

La prensa no es capaz de contarlo, simplemente apabulla y confunde. Apabulla y aburre. Procuro fijarme entonces en los escasos resquicios que aún quedan. El que la vida asome resulta, a estas alturas, fascinante y conmovedor. Pero, con todo y contra todo, se empeña en asomar.

Esta noticia no está cortada o resumida, no se trata de un fragmento. Es así. Tan breve que pudiera parecer incompleta. Pero es exacta. Queda un aire extraño, inquietante. Como si fuera un cuadro de un pintor surrealista belga.


Fuerzan una casa ante el silencio de la inquilina
11/06/2012. La policía local y los bomberos forzaron la entrada a una casa de la calle De Gabriel, alertados por los vecinos ante la falta de respuesta de una mujer mayor que vive sola. Cuando los agentes entraron, estaba dormida. En una inspección observaron una grieta en el techo y solicitaron la inspección de los técnicos.

Tiene la extensión precisa, no sobra ni falta nada y cada elemento que aparece en el texto deja abiertas algunas interrogantes, las más importantes. La vida también es un poco así.

Parece que ya uno no puede ni permanecer en silencio. Aunque es normal que los vecinos, después de llamar, gritar y aporrear la puerta, se alertaran. Mientras, la inquilina respondía con su silencio, acaso exhausta, sorda o atiborrada de orfidal. La casa tuvo que ser forzada por su bien.

Pero al entrar, la vieron sobre la cama y la dejaron dormir, plácidamente. Uno de los bomberos levantó la cabeza y vio que en el techo de la habitación se abría una grieta reciente.