Sirenas


UNO. El edificio es ya algo viejo, de esos que tienen todo el aspecto de estar deshabitados y sin embargo sigue viviendo gente en él, y el modelo de alarma debió de ser de los primeros, de cuando no existían las alarmas. Probablemente sea casera, fabricada por un tipo algo mañoso, que se fue apañando con lo que encontró por ahí.

Si todavía funciona, cuando se active debido a alguna emergencia o salte sin más, no la harán ni caso, pensarán que es una ambulancia que pasa por la calle. Pero ese sonido no es el que hacen ahora las ambulancias. Si sonara, sería como si estuviera pasando una ambulancia hace treinta años.

DOS. El canto de las sirenas es dulce y envolvente, del todo irresistible, a menos que estés sordo como una tapia. Entonces, amigo, estás salvado. El resto, mientras nos quitamos los tapones de cera de los oídos, nos dejamos seducir por ese canto tan dulce y tan envolvente que nos promete delicias no imaginadas siquiera y sucumbimos entonces con una sonrisa estúpida en los labios.

TRES. Ahora aúllan las sirenas y nos apartamos. Nos amontonamos en un mismo carril para que pasen. Su estrépito nos altera y nos tranquiliza a la vez. No somos nosotros.

Es Ulises quien conduce la ambulancia, con el cinturón de seguridad bien puesto como si estuviera atado al mástil de una embarcación. Porque se sabe débil y tiene que continuar. Pero ha oído su canto.

CUATRO. En la Odisea es el propio Ulises quien ordena: “…mas atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca firme allí, junto al mástil; que sujeten a éste las amarras, y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme todavía con más cuerdas”.

En lugar de taparse los oídos como sus compañeros con abundante y espesa cera, quiso oírlas cantar y prefirió someterse a esta especie de sesión de BSDM: un placer sin límites, sumisión, ataduras y súplicas que se ven despreciadas con crueldad. Si os pido que me desatéis, apretad aún más las cuerdas. Por favor, desatadme, no puedo más… (Aunque no sé cómo le podrían oír sus compañeros, si tenían las orejas embadurnadas con ese emplasto de cera)

CINCO. Dan ganas de trepar y entrar por la ventana, o de forzar la puerta de entrada, solo para verla encenderse y aullar, girar toda roja. Y esperar a que vengan las otras sirenas, más jóvenes, más modernas, en su auxilio.

Pero no creo que funcione. No tiene pinta. Es casi una reliquia. Y a los inquilinos que viven en ese edificio que parece un edificio en el que no vive nadie, tampoco les importa mucho.

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