Tibuliana

Nacer en Gabios, una ciudad del Lacio, unos cincuenta años antes de Cristo, en el seno de una familia acaudalada del orden ecuestre, que había sufrido las confiscaciones del segundo triunvirato, le permitió a Albius Tibullus iniciarse en la carrera militar y combatir en la guerra civil junto a Marco Valerio Mesala Corvino, en el bando favorable a Augusto.

Pero fue breve su épica aventura, ya que enfermó y no tuvo más remedio que quedarse en la isla de Córcira -la actual Corfú- y allí convalecer. Mientras triunfales marchaban sus camaradas de armas, Tibulo se recuperaba de los estragos de su maltrecha salud en esta isla del mar Egeo, escribiendo algunos de los poemas más cercanos y armoniosos de toda la literatura latina.

En aquellos años los poetas romanos se agrupaban en torno a dos círculos bien diferenciados. Horacio, Virgilio y otros, quedaron al amparo de Cayo Cilnio Mecenas. Sus obras, bajo una imponente forma poética, trataban siempre de grandes temas, erigiéndose sus autores en cantores del nuevo clasicismo favorecido por Augusto.

Tibulo, por el contrario, pertenecía al círculo de Mesala, en el que los poetas mostraban unos intereses bien distintos. Es el amor, la belleza, las súplicas, las estratagemas que se urden durante la pasión amorosa, el rechazo de la guerra, de la codicia, el elogio y añoranza de la vida en el campo, la nostalgia por la paz y la sencillez de las viejas costumbres campesinas romanas, esa edad de oro que está a punto de desvanecerse, todo esto, y poco más, es lo que da vida a sus poemas y elegías.

Con todo, las relaciones entre los dos grupos fueron cordiales. Tibulo fue amigo de Horacio, Virgilio, Propercio y Ovidio. Y no creo que se haya producido nunca después en la historia tal coincidencia al mismo tiempo de tanto talento poético. Habría que verlos charlar a la caída de la tarde o caminar por las afueras, un poco sin rumbo fijo, a la sombra intermitente de los cipreses.


Aunque Tibulo murió joven. Sólo nos han llegado hasta nuestros días dos libros de Elegías, el primero dedicado a su amada Delia y el segundo dirigido a Némesis, acaso una cortesana, por la que sintió una pasión tan violenta como efímera. Un tercer libro, con poemas escritos por poetas del círculo de Mesala, contiene también obras suyas. Murió el año 19 o 18 antes de Cristo. Pero sus poemas se leen aún a la luz de una nostalgia real y un amor intenso por las cosas pequeñas de la vida.

En estos dos fragmentos nos urge, siguiendo el tópico del collige, virgo, rosas (coge, jovencita, las rosas de la vida, ahora, ya, ¿a qué esperas?, antes de que se marchiten), a aprovechar los amores pasajeros y a disfrutar de las noches bajo la lasciva danza de las brillantes estrellas:

Liber I Carmina V

Nescio quid furtivus amor parat, utere quaeso,
dum hicet: in liquida nat tibi linter aqua.

No sé qué depara un amor pasajero, pero aprovéchalo, te lo ruego,
mientras te sea posible: tu barca navega sobre aguas que se van.

Liber II Carmina I

Ludite: iam Nox iungit equos, currumque sequuntur
matris lascivo sidera fulva choro,
postque venit tacitus furvis circumdatus alis
somnus et incertus somnia nigra pede.

Divertíos: ya la Noche unce sus caballos y al carro siguen
de su madre con jovial danza las luminosas estrellas,
detrás vienen envueltos en sus oscuras alas y en silencio
el sueño y los negros ensueños con inciertos pasos.

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