Escupir sangre en alcatifa de oro

Sus primeros versos fueron para Crisalda, una hermosa dama y un amor imposible, ya que estaba casada con un mercader malagueño. Pedro Espinosa -que nació en Antequera en 1578- vio el cielo abierto cuando muere el marido. Pero, como suele suceder, ella siguió mirando hacia otro lado. A los tres años vuelve a casarse, esta vez con un estudiante. No sabemos si también era malagueño.

Este desengaño, y probablemente su poca pericia para este tipo de asuntos, le lleva a abandonar su vida tal y como era hasta ese momento. Decide dedicarse a la vida espiritual y contemplativa. Viste los hábitos y se marcha de la ciudad. Durante unos años será el capellán de la ermita de Santa María Magdalena, situada al pie de una serranía cercana.

Pero no se puede decir que se retirara a la soledad del yermo. Estaba bastante cerca de Antequera, y de vez en cuando, iba y venía. Además, un contemporáneo suyo describe así el lugar: “…entre aquellas peñas y riscos se conserva un pedazo de huerto muy poblado y deleitable, recreo de los que por devoción o por gusto van a aquella casa, que es muy de ver”.

Allí tendría tiempo de dedicarse a sus libros y a su poesía, que cambia de asuntos e intereses, ocupándose de desenmascarar las vanidades del mundo. Ahora se recrea en el goce de la naturaleza contemplada en soledad. Aunque no hay ascetismo. Explica la renuncia al mundo, esa soledad y esos parajes, con suntuosos colores y versos llenos de intensidad.

Pero su vida da un giro. El duque de Medina Sidonia le llama para que vaya a su corte y forme parte de su séquito. Pedro Espinosa no duda en abandonar su pequeño paraíso, al que renuncia. Marcha para Sanlúcar de Barrameda y allí es nombrado capellán de la familia y rector del colegio de San Ildefonso, una institución protegida por los duques. Permaneció en estos cargos durante treinta y cinco años.

Muerto el duque le sucede su hijo, que al poco tiempo se ve envuelto en diversas intrigas que le llevarán a conspirar contra el rey de España para erigir un reino independiente en Andalucía. Fracasó y hundió así la grandeza de la Casa de Medina Sidonia. Pero estuvo a punto de ser rey de Andalucía. Casi nada.

Pedro Espinosa -un poeta que merece mejor suerte y más lectores- pasó los últimos años de su vida en una modesta vivienda de Sanlúcar hasta que murió el 21 de octubre de 1650.

Entre los restos del renacimiento y los nuevos brillos del barroco, sus poemas, casi de orfebre, muestran siempre un amable equilibrio. En ellos, aunque parezca contradictorio, conviven la complicación del estilo con una sencillez casi familiar. Es capaz de pasar de un lenguaje culto y elevado a una expresión más común y cotidiana, sin que por eso chirríen o se resientan los versos. Antes al contrario.

Veamos.

Habla de ninfas y riberas

…con cintas de azándar y verbena…

…entre selvajes cercas de tomillo…

Divisando…

…las carnes blancas de las bellas ninfas.

Pero pronto abandona ese mundo arcádico. Ahora, ese desprecio de las vanidades humanas y esa soledad elegida le permite tener un conocimiento de sí mismo más profundo y de lo que puede esperar del mundo. Nada. Nos alecciona y lo explica en versos prodigiosos como estos:

Iré con mi esperanza envuelta en humo…

Porque pasan…

…con pies de viento las sucintas horas…

Y lo que viene…

No solo es poco ahora lo que queda,
sino que es lo peor de la jornada…

Pero con todo, ten cuidado

…no tropieces
en tu misma furiosa ligereza.

Está…

…oscuro el viento…

Sal ya de la…

…negra región de la venganza…

Porque…

…es el diablo
sutil, aunque hila grueso…

Y recuerda…

…que no harta más la sed
un río que un arroyuelo.

Y…

…que el deseo de tener
no se mitiga teniendo.

Viene otra vez el día:

Tiran yeguas de nieve
el carro de cambiante argentería
sobre que viene el día…

Y la noche:

La negra noche, con mojadas plumas,
iba volando por la turbia sombra,
lloviendo sueño encima de la gente…

Me quedo, entonces, a ver los árboles movidos por el viento:

El firme, de las hojas, movimiento
beberás en la fuente, alimentando
el ocio de plateadas alamedas,
que fingen que se van, y se están quedas.

Olvidadas definitivamente las vanidades del mundo y de los hombres que se afanan en algo que luego no les satisface, sumidos en una arrebatadora y absurda ansiedad, en una agotadora competición, para acabar por…

…escupir sangre en alcatifa de oro…

Ah, y este último, tan críptico como perfecto:

..ireis de un campo verde a un campo rojo…

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