Despreciar a la fortuna incluso cuando nos favorece

Apenas se saben cosas de su vida, y las pocas cosas que se saben de él conviene dejarlas en suspenso, pues no tenemos certezas. Incluso él mismo, uno de los escritores más insignes del reinado de los Reyes Católicos, puede que no fuera él, sino un homónimo del verdadero Diego de San Pedro.

Debió nacer en torno a 1437 -aunque puede también que fuera otro el que nació- y probablemente fuera judío converso o de familia de judíos conversos. Probablemente fue bachiller en derecho. En 1459 un tal Diego de San Pedro era gobernador de la fortaleza de Peñafiel. Aunque no sabemos si este Diego de San Pedro era él o el homónimo o cualquiera de los otros Diegos de San Pedro que coincidieron por aquel entonces.

Se llamaba Diego de San Pedro pero no tenemos la seguridad de que fuera el mismo que escribió Desprecio de la Fortuna. En los documentos de la época aparecen varios con el mismo nombre y uno no sabe a qué atenerse, ni siquiera los incansables eruditos. Sí parece que alguno de ellos -hablo ahora de los Diegos de San Pedro, no de los eruditos- estuvo al servicio de don Pedro Girón, maestre de Calatrava, y después, de su hijo, que fuera segundo conde de Ureña. Probablemente fuera partidario de los Reyes Católicos y probablemente participara en la Guerra de Granada, aunque también pudiera ser otro el que lo hizo.

Fue el autor de dos novelitas sentimentales –Tratado de amores de Arnalte y Lucenda en 1491 y Cárcel de Amor en 1492- que fueron auténticos best sellers en su época, y no solo en nuestro país, sino en toda Europa. Fueron traducidas al inglés, francés e italiano, y siguieron reeditándose hasta muy entrado el siglo XVII. Durante siglo y medio se mantuvieron en la lista de los libros más vendidos de los más importantes países de Europa. A ver qué autor actual puede decir eso.

Sus novelitas han eclipsado su poesía, pero tampoco se está perdiendo nada por eso. Mantuvo en ella el alicorto aliento de la poesía tradicional castellana anterior a la renovación italianizante de Garcilaso. Prefirió no hacer experimentos y siguió en sus trece. Escribió algunos poemas extensos –Desprecio de la Fortuna, Invocación a las Siete Angustias de la Virgen, La Pasión Trobada– que tuvieron gran difusión en su época, pero que hoy permanecen olvidados, solo curioseados por algún hispanista con gafas.

(Vino Garcilaso y todo lo que había antes, pues ya no valía nada. Era todo obra de copleros vulgares, rutinarios, que utilizaban siempre los mismos -viejos- trucos. Y como casi toda la poesía cancioneril, no hace más que levantarnos dolor de cabeza.

Como mucho queda emparejado con algunos de los mejores poetas del tiempo de los Reyes Católicos: fray Iñigo de Mendoza, fray Ambrosio de Montesinos, fray Juan de Padilla, Gómez Manrique… Ese es, más o menos, su nivel)

En el Desprecio de la Fortuna se pregunta lo que el hombre se ha preguntado siempre y seguirá preguntándose siempre. Cosas como el porqué de las vicisitudes de la vida humana, inesperadas, inexplicables, crueles, injustas o sorprendentes. El azar, el destino, la diosa Fortuna… los golpes de suerte y los mayores desastres.

Concluye al final de sus días -ya viejo, descabalgado de sus cargos y de su buena posición, al borde de la miseria, interrumpido definitivamente el acceso a la corte e ignorado con crueldad por las bellas damas que le inspiraron tantos versos- que los únicos bienes duraderos son la virtud y la sabiduría. Y piensa en cómo ha malgastado su vida.

Todo tiene que acabar
y en tierra se ha de volver,
y pues qu’esto ha de pasar,
ni es el ganar ganar,
ni es el perder perder.

Siempre hay -y habrá- algo que perjudica nuestra escasa felicidad, que altera nuestro sosiego, que rompe y echa por tierra nuestra modesta aspiración a la armonía. El contentamiento no puede venir de lo que no tenemos y deseamos, viene de no desear más de lo que tenemos. Aunque no tengamos nada.

La codicia, la envidia, la lujuria, la vanagloria y la soberbia ladran en la noche cerrada mientras cerramos la ventana por si acaso.

Nuestra locura, ¿do va?
¿Qué hazemos? ¿Dónde andamos?
Nuestro seso, ¿dónde está?

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