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Archive for 29 enero 2013

Camiones

camion

Uno

Los camiones de la basura
no se paran a pensar
en lo que tienen
que triturar.

Dos

Los camiones de mudanzas
nos persiguen cargados
de muebles y recuerdos
sin atreverse a volcar.

Tres

La gente de los países
más avanzados sobrevive
gracias a los camiones
de reparto de cerveza.

Cuatro

Aún oigo desde la cama
el ruido de los camiones
pasar en la noche como
si fuera el ruido del mar.

Cinco

Prefiero
que el camión de bebidas
vuelque
cuando esté vacío. 

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Tonto

Uno se pasa la vida haciendo tonterías, pero luego compruebas que es cuando dejas de hacerlas, cuando en realidad te conviertes en un tonto. Un tonto de verdad. Me temo que sin remedio.

Hace ya veintitantos años, pasé una larga temporada en la que decidí perder un montón de horas cada día en leer el periódico entero, de cabo a rabo. No sé si así pensaba que iba a estar más informado o era, simplemente, que me sobraba el tiempo. Incluso, con una tijera, recortaba fotografías o párrafos.

De las fotografías no sé qué fue de ellas. O sí. Las tiraría un buen día. Pero algunos recortes de aquellos días aparecieron, al fondo de un cajón, en una carpeta azul de gomas. Muchos de ellos han ido apareciendo por aquí.

(Es un poco como cuando vuelves a hojear un libro que leíste hace años, en el que subrayaste frases o escribiste notas en los márgenes, y no entiendes por qué subrayaste precisamente esas frases que ahora no te dicen nada, o por qué escribiste esas notas tan banales o ridículas.

No te reconoces.

Entonces, ¿quién fue aquel que lo hizo?)

Y si me parece ahora que fue una tontería dedicarme durante unos meses a recortar periódicos, también, algún día, me llegará a parecer una gilipollez, recuperar esos párrafos, fotografiarlos y traerlos aquí, al cabo de casi treinta años.

Así que no todo está perdido. Seguimos haciendo el tonto.

almohada

Cuando era pequeña quería irme a la cama porque allí la cabeza se me llenaba de música. Estaba convencida de que la música venía de la almohada.

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El cielo malva

puente_de_ventas

Ni los ridículos alardes arquitectónicos, ni las brillantes luces, ni el veloz e insensato tráfico hacia dónde, ni el ruido interminable, pueden siquiera competir con el color del cielo a última hora de la tarde.

Sigue siendo prodigioso ver cómo cae la tarde, en esos breves momentos en que ni es tarde ni es noche. Luz apenas, casi.

Y, de repente, sin darnos cuenta, ya es noche.

Un cielo de una noche de enero, cargado de electricidad, aproximadamente metálico, en el que estas últimas luces siguen iluminándolo todo de una manera especial, inadvertida.

Debe tener Dios la última versión del Photoshop para conseguir esos colores.

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Poesía

molineta

Poesía la escribe
cualquiera,
incluso
los poetas.

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reloj

Después de iniciar la restauración del edificio, y con el exterior ya terminado, se quedaron, una vez más, sin dinero para continuar las obras. Y creo que no va a volver a haber más. Todo lo que es el interior está como estaba, totalmente deteriorado después de años de abandono. Pero, al menos, le han lavado la cara.

Aunque, claro, tampoco tenía sentido colocar un nuevo reloj.

En una decisión bastante coherente con la situación de desastre en que vivimos, optaron por pintarlo. (Así que éste debe ser el famoso reloj que no marca las horas). Las manecillas -pequeñas manos- permanecen quietas sobre el blanco redondel, sin ninguna intención de moverse.

Porque ningún reloj en el mundo marca exactamente la hora real. Es imposible. Anda el tiempo siempre escapándose. Aunque, si lo piensas, los únicos relojes capaces de hacerlo -de dar la hora exacta, con la más absoluta precisión- son los relojes que están parados. La dan dos veces al día.

Además, tengo la sensación de que si todos los relojes marcaran la misma hora nos volveríamos locos.

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Hoy los periódicos venían cargados de aburridas noticias de nuevos latrocinios de nuestra clase dirigente acompañadas con las consiguientes y renovadas muestras de cinismo de los mismos. Como todos los días.

Sonríen cuando les pillan con las manos en la masa -porque saben que nada les va a pasar- como diciendo, además, que la culpa es nuestra. Luego añaden, compungidos, que tenemos que arrimar el hombro.

Creo que nos estamos empezando a habituar a la indignación, nuestro estado natural.

Pero no era de esto de lo quería hablar. De entre toda esta avalancha de informaciones que traen los periódicos que, cada vez con más desgana, ojeo a diario, no sé porqué, tal vez por su escasa importancia y trascendencia, me ha llamado la atención esta breve noticia:

vela

Por lo visto una chica salió de su habitación dejando encendida una vela, que -no se sabe muy bien cómo- fue la que ocasionó un pequeño incendio que obligó, una vez avisados, a intervenir a los bomberos. El hecho de que la vela fuera aromática se destaca como fundamental, tanto en el texto de la noticia como en el mismo titular.

Las chicas a esas edades se distraen con facilidad -¿en qué estarán pensando realmente?- y son muy aficionadas a las velas aromáticas.

Como el fuego empezó a extenderse, hubo que llamar a los bomberos, bueno, aquí los llaman Servicio Municipal de Extinción de Incendios. Luego, en una sola frase, el periodista en cuestión, resume lo que ocurrió de forma, además, bastante didáctica:

Rápidamente se desplazaron al lugar todas las dotaciones de guardia, que utilizaron sus mangueras para enfriar la habitación y acabar con las llamas.

Y lo que pudo haberse convertido en un infierno dantesco, con el agravante de estar en un cuarto piso, las llamas asomando por las ventanas, acabó convertido, en escasos minutos, en un lugar en el que sobrenadaban los pecios después de un tsunami. La habitación de la chica parecía un estanque.

Para ello utilizaron una gran cantidad de agua que encharcó tanto la vivienda como las escaleras del bloque, por lo que los vecinos tuvieron que hacer tareas de achique cuando el fuego quedó totalmente extinguido.

El agua bajaba los escalones en busca de la calle, convirtiendo el hueco de la escalera en una cascada.

Pero más vale así. No hubo daños personales. La chica que salió de la habitación dejándose una vela -una vela aromática- encendida y qué nunca sabremos en qué estaría pensando realmente, no sufrió lesiones porque logró salir de la vivienda con rapidez.

La calma, finalmente, después del susto, volvió al edificio.

Al final de la noticia, en su última frase, nos cuentan algo que no sabíamos, pero que nos tranquiliza profundamente:

En el piso había un perro que también pudo ser salvado.

Salvado del fuego, primero, y salvado, después, de morir ahogado.

Estaba empapado. Ya en la calle, delante del portal, se sacudía con fuerza el agua. La chica se le acercó y le rascó la cabeza. Probablemente sea el único que sabe en qué piensa realmente la chica que, sin darse cuenta, dejó encendida una vela en su habitación.

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Siempre

siempre

No siempre.

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