Versos como churros

EsproncedaDe forma inconsciente, arbitraria y, como pude comprobar y padecer, totalmente equivocada, elegí entre mis últimas lecturas El Diablo Mundo, largo poema inconcluso que es tenido por la mayoría de estudiosos y eruditos de la literatura española como uno de los pocas obras auténticas del romanticismo español. Acabáramos.

Escrito por José de Espronceda -uno de los más famosos escritores de nuestra lengua gracias a su one-hit wonder del Pirata- ofrece la novedad de ser, como era habitual por esos años con las novelas, el primer poema en español publicado por entregas.  Se empezó a publicar en julio de 1840 en sucesivos Cantos y quedó inconcluso -afortunadamente, ya no podía seguir leyendo más- debido a la repentina y temprana muerte de nuestro vate.

Pero con todo, nos dejó toda una ristra de 5805 versos. Su pretendida visión totalizadora y filosófica del mundo y del hombre no es más que una insufrible catarata desordenada y hueca de las ideas e imágenes más estereotipadas del romanticismo entonces de moda. Si le comparamos con sus modelos a los que intenta imitar -Lord Byron y Goethe- no nos queda más remedio que apagar e irnos.

Pertenece Espronceda a ese tipo de poetas que tienen un altísimo concepto de sí mismos, sin tener ningún empacho en considerarse genios. Y como tales, escriben sin parar, lo que sea, sin pensar, que para eso son genios. En la historia de la literatura española abundan. Cuando se ponen a escribir es como si pusieran en marcha una máquina de hacer versos, como cuando está el aceite caliente y el churrero va dejando caer la masa repetidamente con breves intervalos. Confunden la poesía con un sonsonete.

(Perdonen el desahogo, pero es que lo he pasado muy mal leyéndole)

El_Diablo_Mundo

Aunque termina por caer bien nuestro amigo Espronceda, todo un señorito chisgarabís de nuestra literatura, no cortando el mar, sino volando a todo trapo a bordo de un velero bergantín, tan ricamente. Todo esto lo reconoce él mismo:

Que bien sé que el mundo no adelanta
un paso más en su inmortal carrera
cuando algún escritor como yo canta
lo primero que salta en su mollera;
pero no es eso lo que más me espanta,
ni lo que acaso espantará a cualquiera:
terco escribo en mi loco desvarío
sin ton ni son y para gusto mío.

Pues ahí queda eso, escribe sin ton ni son, lo primero que se le viene a la mollera. Tampoco entiende muy bien lo que dice:

Cuanto diciendo voy se me figura
metafísica pura,
puro disparatar, y ya no entiendo,
lector, te juro, lo que voy diciendo.

Pero hay ocasiones en que tiene verdadera gracia, como cuando al describir a uno de los personajes dice que tenía el pelo…

…inaccesible al peine, aborrascado…

O cuando en medio de una tremenda algarabía y una alterada discusión, uno de ellos al otro…

…gritos inortográficos le aúlla…

También podemos sentir hacia él cierta empatía cuando escribe:

Y luego, las mujeres, todavía
son mi dulce manía…

Aunque llega al colmo en alguna de sus comparaciones. (Está refiriéndose al alma pura e inocente al verse arrojada a los vaivenes de la vida. Versos 2973-2974, Canto III)

…el mundo por su amor se encarga
como un chorizo de curarla al humo…

Bueno, a ningún poeta –ni a nadie- se le ocurriría comparar el alma con un chorizo.

Otras veces, muy pocas, se eleva en sus versos al acertar con unas ideas y sentimientos más acordes con un romanticismo alejado del cartón piedra, que, por otra parte, tanto le gusta. Como ocurre aquí:

Vamos andando pues y haciendo ruido,
llevando por el mundo el esqueleto
de carne y nervios y de piel vestido,
¡y el alma que no sé yo do se esconde!
Vamos andando sin saber a dónde.

O en estos otros versos, que me gustan especialmente:

…aquí para vivir en santa calma,
o sobra la materia o sobra el alma.

Pero nuestro vate romántico por excelencia, nuestro amigo Espronceda, no olvida incluir en su magno poema filosófico unos versos que recuerdan lo que verdaderamente le mueve a escribir:

¿a ti no te será nunca molesto,
¡oh caro comprador!, que con zozobra
imploro en mi favor, comprar mi obra?

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7 comentarios sobre “Versos como churros

  1. Los desahogos afilados te sientan muy bien. Te costaría un mal rato largo, pero a cambio, a mí me has hecho reír a carcajadas. Y la verdad es que me ha sentado muy bien antes de empezar a empapuzarme la evolución del ensayo en España entre los siglos XVIII y XIX. Igual dentro de un rato, cuando necesite un poco de aire, me vuelvo a leer el de Campoamor.

    1. Glups. Perplejo me dejas. No sé si porque estés empezando a empapuzarte -no hay forma mejor de entender algo- la evolución del ensayo en España entre esos dos siglos (glups again), o porque te hayas dejado caer por las más decimonónicas entradas de este blog.
      (Sí, es cierto que antes tenía más gracia…)
      No sé, tengo por entretenimiento -o inconfesable parafilia- leer obras de clásicos más o menos olvidadas, subrayo algo -si hay algo que subrayar- y luego lo traigo aquí para que se oreen. Aunque no puedan interesar a nadie. Al cabo del tiempo he comprobado que podría reunir todas estas entradas y formar una especie de historia incompleta, absurda, abreviada y desmontable de la literatura española.
      Siempre hay alguien que curiosea en estas cosas. Pero aún así, perplejo me dejas.

      1. La “culpa” la tiene la oposición. Ni soy filóloga ni he leído clásicos olvidados (y no olvidados tampoco muchos, la verdad). Me resulta árido estudiar obras que no he leído, ni tanta concentración de información en tan poco espacio. Como no sé estudiar de memoria tengo que entender y para eso ampliar. He encontrado en tus entradas sobre literatura tu tono (alguien humano detrás, por fin), tus extractos y tu opinión. Como te decía, en medio de la aridez, curiosear por tu quaderno supone un respiro. No sería una mala idea esa compilación. Yo lo he encontrado porque te sigo, pero quienes estén interesados no lo tendrán fácil para encontrarte mediante búsquedas.

      2. Oposición… Qué palabra.
        Espero que tengas suerte, que vaya todo bien. (No sé por qué me da que va a ser así, que finalmente irá todo bien)
        Llevo tanto escrito en el quaderno que daría para varias compilaciones…
        Pero aún me sorprende -y me alegra- que alguien curiosee y enrede en él. Ya sé que es difícil que alguien pueda llegar hasta aquí. (Muchos de los pocos que se asoman, salen corriendo)
        Pero es igual. Yo me entretengo.
        Yo tampoco sabía estudiar. Todo lo resolvía en hacer resúmenes (y para eso, es cierto, hay que comprender). Y luego en resumir los resúmenes. Y finalmente en esquematizar ese resumen del resumen. Al final toda la asignatura del año me cabía en un folio. Por una cara.
        Y no me fue mal.
        No te entretengo más. Estudiar no es más que comprender. Y retener lo comprendido. Luego, solo hay que tirar del hilo.
        Ánimo, fuerza y dedicación.

      3. Sí, me lo leí esta mañana, para desayunar. Junto con el de Campoamor, Meléndez Valdés y Villarroel. Sabes, me cuesta trabajo creer que alguna vez haya habido un siglo de las luces en este país. Y menos en el siglo XVIII. Yo en mi cabeza lo veo más bien como un gran agujero oscuro con alguna luz suelta y desubicada. Desde luego es sorprendente que ya Jovellanos tuviera esas ideas sobre la educación, en una España casi (o sin casi) estamental. Y que sus soluciones a los problemas del país pasaran por una democratización de la cultura. Ahora sabemos todos leer, y vamos todos al colegio, pero me da la sensación de que seguimos siendo profundamente ignorantes. En cuanto a la relación conocimiento-felicidad…. me ha hecho gracia tu paréntesis, es tan tuyo… y me he acordado de la criatura de Frankestein, (que justo lo estuve leyendo anoche con mi hijo), cuando a través del conocimiento se hace consciente de su diferente naturaleza, y de la soledad a la que ésta le va a obligar a vivir, y esa consciencia le provoca un dolor tan terrible.

      4. Hubo intentos, buenas intenciones, aspiraciones a cambiar… pero los españoles somos -¿genéticamente?- un pueblo bastante cerril, y aquello de la ilustración sonaba aventurado, raro, arriesgado y, sobre todo, extranjero. Luego estaba la corona, la iglesia, la nobleza, los curas y los señoritos (que de alguna manera siguen estando). Pero especialmente -y esto no lo puede arreglar nadie- estábamos nosotros, los españoles. Que gritábamos eufóricos al regreso de Fernando VII: “¡Vivan las caenas!”, mientras Goya agonizaba en Burdeos.

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