Claustro

Pocos lugares son capaces de contener tanta paz como un claustro, esa vieja solución arquitectónica que consiguió armonizar el interior con el exterior, lo de dentro con lo de fuera, lo cerrado con lo abierto, lo cubierto con lo descubierto, el silencio con el ruido de la naturaleza.

Árboles, algún pájaro, un jardín, un pozo, una fuente o incluso un huerto son entonces como un resumen de lo que hay fuera. Un trozo de cielo es suficiente.

En nuestra experiencia de visitantes o de simples turistas, al entrar en alguno de ellos, percibimos, por muy atareados que estemos, el tránsito. Hacia cierto sosiego. En los claustros.

Ayer ocurrió esto en Plasencia:

limoneros_catedral

Casi no es una noticia, apenas un breve de cuatro líneas. La tala de árboles es siempre un desastre, pero la de unos limoneros en el claustro de una catedral resulta más extraña.

La explicación de lo ocurrido es sencilla. Estaban enfermos, atacados por la cochinilla -nos explica quien ha redactado la nota-, y empezaban a ser devorados por la carcoma.

Y muy cerca están el coro y los retablos, espléndidos, de madera. Tenían miedo de que pudiera llegar esa carcoma al interior de las naves de la catedral y continuara allí su trabajo. Esas maderas de los siglos XVI y XVII son especialmente apetecibles.

Espero que saneen el terreno y vuelvan a plantar limoneros. Que el claustro vuelva a recuperar en poco tiempo -¿cómo se mide el tiempo en un claustro?- su tradicional imagen, porque -como concluye la breve noticia- ahora “la fuente se ha quedado sola”.

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