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Archive for 30 marzo 2013

El campo

dehesa

El campo no tiene prisa.

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Desconozco el nombre de las flores y el nombre de los pájaros. Desconozco también los nombres de la mayoría de los árboles. Y el de las nubes. Es una ignorancia que, después de tantos libros y tantos y tan inútiles estudios, molesta. Como si lo más básico, lo más importante, se nos hubiera escapado.

Miro -las flores, los pájaros, los árboles, las nubes- y no sé cómo llamarlas.

¿Cómo se llaman estas curiosas flores que han aparecido ahora de manera inesperada y fugaz? Ni idea.

Ahora las fotografío.

fritillaria

Por aquí, me dicen, las llaman campanulas o campanitas. Así que me puse, ya en casa y después de haber descargado las fotos, a comprobarlo en internet.  Pero por campanulas salían un montón de flores moradas que no eran éstas. No se parecían en nada.

¿Cuál será su nombre entonces?

Después de un buen rato de idas y venidas por la red, de manera un tanto casual y cuando estaba a punto de dejarlo, encontré estas flores en el buscador de imágenes.

Fritillaria Hispanica dicen que se llaman. Aunque en lugares más técnicos, más fiables, se refieren a ella como Fritillaria Lusitanica. En castellano son conocidas como campanicas o meleagrias. Pero nunca campanulas.

La fritillaria es un género de pequeñas plantas bulbosas de la familia de las Liliáceas, dice la wiki. Son tan frágiles que suelen crecer cerca de las rocas o paredes de piedra, como si buscaran abrigo. Porque son flores solitarias.

fritillaria23

Tienen un aspecto contradictorio entre la languidez en su manera de inclinar hacia el suelo la flor y su porte altivo, admirable si tenemos en cuenta su endeblez. El gesto de aparente humildad, de pequeño tulipán doblado hacia abajo, las convierte en flores elegantes y algo coquetas, que pretenden pasar desapercibidas y llamar nuestra atención a la vez.

Con su elegante vestido jaspeado con tonalidades rojizaoscuras y verdeamarillentas que surcan longitudinalmente los pétalos, parecen contemplar a las otras flores con cierta complacencia.

Las polinizadoras, debido a la obcecación de estas fritillarias en mirar de forma exagerada el suelo, suelen tener bastante complicado acceder a su interior. Aunque ayer, mientras hacía las fotos, vi una abeja hacer malabarismos en el aire. Hasta que consiguió entrar.

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Gafas

gafas

Desde que llevo gafas oigo peor.

Creo que no tiene nada que ver una cosa con la otra, pero yo las relaciono.

Es como si, al recuperar la nitidez visual, el contorno de las cosas y las precisas aristas del mundo, el oído, la atenta capacidad de escuchar cualquier atisbo, se relajara, después de años de tensión ocasionada por una permanente visión borrosa del mundo.

Ahora te toca a ti, le dijo el oído a la vista, mientras contemplaba las nuevas gafas recién compradas y, sin embargo, ya pasadas de moda.

Hasta que el otro día perdí un tornillo.

A continuación -¿ven como las cosas están relacionadas?- una de las patillas empezó a dar muestras de debilidad, de falta de estabilidad, como si estuviera mareada, y, al ir a comprobar su estado, me quedé con ella en la mano, pero ya separada del resto.

Durante un par de días -hasta que me decidí acercarme a la óptica- recuperé esa visión borrosa del mundo. Sus aristas se difuminaron y mi oído se afinó de nuevo. Creo que llovía.

Cuando salió de su pequeño taller la chica que se ocupó de mis gafas y me las puso para que encajaran y no me volvieran a resbalar por la nariz, vi su cara por primera vez, cada línea, cada detalle, tan de cerca, mientras me sonrió.

Aunque no sé muy bien qué me dijo.

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Escrito en el suelo

Anoche, escrito en el suelo, sobre el cemento de una rampa paralela a unas escalinatas, encontré esto:

sonrie

Me hizo sonreír.

La noche estaba lluviosa en estos barrios periféricos. No recuerdo muy bien si mejoró o no lo que quedaba del día, qué pasó después, si pasó algo o languideció como acostumbra.

Tampoco sé si tiene razón quien escribió esa frase en el suelo.

Pero estuvo bien eso de sonreír.

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Destino

estanque

Lo que nos tiene reservado
el destino
ni el propio destino
lo sabe.

O al menos se comporta
como si no lo supiera.

Si es que realmente
lo sabe.

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Amo la prensa regional, la prensa de provincias, la prensa que informa de que han robado varias bombonas de butano en un patio con las paredes bastante altas o de que una abuela ha cumplido cien años.

Desde luego que no son cosas importantes, pero son cosas que pasan, y que pasan cerca de donde vivimos, que pasan a gente como nosotros.

Descubrí, hace tiempo ya, que puede ser un placer, un placer pequeñito y tranquilo, cuando llegas a una pequeña ciudad o a un pueblo más o menos grande, comprar el periódico de la región, buscar un buen bar o una buena cafetería, a ser posible con terraza, y perder un buen rato tomando algo y leyendo la prensa. No la prensa nacional, nunca la prensa nacional.

Si al sol no lo tapa ninguna nube, es una delicia a esas horas de la mañana.

El otro día encontré esto en uno de estos periódicos, esta noticia algo desasosegante:

coria

Los latidos de la catedral de Coria
Los estudios realizados en los dos últimos años revelan
que el monumento se mueve

¿Cómo que se mueve? ¿Se desplaza así como así? Y ¿dónde va?

Nos dice la periodista, en un estilo algo impostado, que el corazón de la catedral sigue latiendo y que por eso se mueve. (No lo acabo de entender, ¿cómo se puede mover una catedral por muy grande que tenga el corazón? Y ¿sabe dónde va? ¿Tiene prisa por algo?)

Un ingeniero de caminos lleva estudiando durante los dos últimos años la estabilidad del monumento. Y ha detectado un desplazamiento de entre 10 y 15 centímetros.

Es un problema, dice, de cimentación. Está ubicada a escasos metros de una ladera muy pronunciada y por eso tiene esa tendencia. Aunque no quiere alarmar, la catedral “no está para caerse”.

Simplemente se está yendo.

Es muy probable que dentro de unos años la catedral de Coria esté en Portugal.

Ya sabemos que en estos últimos tiempos -y lo que nos queda- lo mejor de nuestros jóvenes, los más preparados, se están largando de nuestro país.

Ahora lo están empezando a hacer nuestros monumentos.

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Mi tarjeta de visita

Internet es un vertedero. Un interminable desmonte en el que se acumula todo, lo que nos puede llegar a servir y lo que simplemente apesta. Caminamos a ratos por él con la esperanza de ver brillar algo entre la inmundicia. O simplemente lo hacemos por inercia, sorteando con desgana lo que no nos interesa, que cada vez es más.

Nos adentramos en él y lo primero que pensamos es en que alguien -acaso cada uno de nosotros- tiene el síndrome de Diógenes pero a lo bestia. Qué manera de acumular.

Y como en los paisajes de los más grandes basureros, a pesar de lo heteróclito y diverso de las cosas que los anegan, al final, la vista, el panorama, mires donde mires, es el mismo.

No deja de ser también, en el fondo, un espejo en el que nos reflejamos -o que nos refleja- y que continuamente atravesamos. Como Alicia.

Ya vivimos más tiempo al otro lado del espejo. Y empezamos a dudar. Tal vez lo que llamamos realidad haya quedado definitivamente al otro lado de este espejo que ahora miras al leer esto.

Pero no quería hablar de estas cosas. Los párrafos anteriores -incluido éste- los debería haber puesto en cursiva, o entre paréntesis, o directamente haberlos suprimido. (Aún estoy a tiempo)

El otro día, perdiendo consciente y lastimosamente el tiempo, dando una vuelta por alguno de los rincones de este vertedero, me encontré con mi tarjeta de visita.

Hace tiempo que debí perderla y ni me molesté en hacerme una nueva. Creo que ya no se llevan, que son escasamente útiles. Ahora, al cabo de los años, la encuentro.

La rescaté de la basura y me sentí reconocido en ella, identificado por fin. Está un poco ajada, pero me puede valer.

tarjeta_visita

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