You can’t shine…

El pasado dieciocho de febrero murió Kevin Ayers mientras dormía. Su mesilla de noche era un pequeño revoltijo de libros y cuadernos. Ocurrió en su casa del sur de Francia, en donde vivía desde hace tiempo. Siempre buscó el sol.

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A mediados de los años sesenta todo estaba por descubrir. Un grupo de jóvenes músicos decide mezclar con total libertad los sonidos del jazz y del rock, alumbrando de esta manera las primeras e irisadas luces de la psicodelia.

Robert Wyatt, Hugh Hopper, Mike Ratledge, Daevid Allen son quienes compartirían con Kevin Ayers estos primeros y mágicos años. Él mismo comentaba que le invitaron a unirse a la banda porque era el que tenía el pelo más largo de todos. (Tampoco es mal motivo). Ya estaba en marcha Soft Machine.

Graban su primer LP en 1968. Tras una larga gira por Estados Unidos como teloneros de Jimi Hendrix, Kevin se siente agotado y abandona el grupo. Inicia su autoexilio a climas más cálidos, más tranquilos. Las adicciones químicas también le ayudan a tomar la decisión.

Vivió algunos años en Deià, en aquella deliciosa Mallorca, casi idílica, antes de que fuera destruida y devastada por la voracidad turística. Iba a pescar y componía. Su primer disco en solitario Joy of a Toy, está lleno de inspiración y delicadeza.

Kevin+AyersSu figura rubia y aniñada no se correspondía con su voz grave. Era un extranjero extraño, aficionado a los sombreros de paja un tanto estrafalarios, pero que, a pesar de sus señas de identidad hippie, no podían ocultar a un verdadero dandi. Un dandi que andaba descalzo y con la camisa por fuera.

Grabó más discos, pero su carrera se mantenía siempre alejada de las modas, un tanto errática, ajena al circuito comercial. Desde finales de los noventa vivía, más o menos recluido, en el sur de Francia.

Miraba hacia atrás -sin importarle demasiado- y comprobaba con una sonrisa como cada vez que había estado cerca de alcanzar el éxito, había decidido largarse a algún lugar soleado donde la vida fuera menos complicada y el vino y la comida fueran buenos.

Puede resultar frustrante, puede que lo sea. Pero en su caso no lo fue. Personifica Kevin Ayers de alguna manera ese ingenuo ideal de los años sesenta de creatividad y libertad.

Redescubierto por las nuevas generaciones, casi le obligaron a volver a grabar. En 1997 edita The Unfairground, un disco lleno de pequeñas joyas de bisutería pop. Explicó en una de sus últimas entrevistas acerca de este título:  “Sirve como perfecto resumen de mis pensamientos. Todos viajamos en el túnel del amor de una feria injusta“.

En uno de los cuadernos que se encontraron en su mesilla de noche había escrito horas antes de morir: “You can’t shine if you don’t burn”.

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