Hipopótamo

Llevaba treinta y cinco años recluido en la casa familiar, separado por completo de cualquier atisbo de vida social, cuando le sobrevino la muerte en 2006. Allá por 1970 había decidido desaparecer de la faz de la tierra cuando, de vuelta de una cierta fama y un brillante futuro, traspasó de nuevo la puerta de su habitación.

Primero, al cuidado de su madre, y después, al de su hermana, sobrellevaron juntos largos años de enfermedad y de pena. Pero también de alegría por seguir juntos y poder disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Ha pasado ya tiempo, pero su hermana Rosemary, cuando sale al jardín, sigue acordándose de él.

Syd+Barrett

Syd Barrett, a su pesar, se convirtió en un icono -casi un mártir o un visionario- del rock psicodélico británico. Su fulgurante aparición y su súbita caída, similar al destello caleidoscópico de un diamante oculto, han generado cientos de historias aproximadas. ¿Qué tenía de especial? ¿Qué ocurrió entonces? ¿Es necesario seguir haciéndonos estas preguntas cuando podemos seguir escuchando sus canciones?

Con un compañero de colegio –Rogers Waters– forma en 1966 Pink Floyd. En 1967 ya tienen con contrato con la EMI. Ese mismo año graban The Piper at the Gates of Dawn, álbum que se convertirá con el tiempo en el máximo referente de la psicodelia británica. Syd era el líder, el compositor y el guitarrista de una de las bandas con más futuro. El éxito les sonríe.

Pero esa sonrisa no era más que un señuelo para su quebradizo líder, que no pudo evitar sucumbir a una vida desenfrenada, llena de episodios lamentables y dirigida por la creciente adicción al LSD. Este ácido no hizo más que agravar sus crisis esquizofrénicas.

Al año siguiente -después de situaciones como las sucedidas en un concierto en el que estuvo tocando siempre el mismo acorde en todas las canciones- ya no está en el grupo que fundó. Con los años, se convertiría en uno de los más grandes y famosos de la historia del rock. Pero ya no estaba él. Aunque su amigo Roger seguía acordándose de Syd. Wish you were here habla de él. Shine on you crazy diamond, también.

syd-barrett

En solitario llegó a grabar dos discos, repletos de pequeñas joyas que aún brillan. El tercero ya quedó sin publicar. Son discos irregulares, desordenados, levemente psicodélicos, geniales, interrumpidos, grabados con el corazón mientras su mente rota por la enfermedad y los ácidos se estaba empezando a disgregar definitivamente.

Ninguno tuvo repercusión y se retiró finalmente a Cambridge, a casa de sus padres, en la que vivió, ajeno a todo, hasta que murió. Syd pasó todo este tiempo dedicado a la pintura, al bricolaje, a la jardinería. Su único contacto con el mundo exterior era su hermana Rosemary, que vivía muy cerca de él.

Una vez, ella se enteró de que esa noche emitían en televisión un documental sobre Pink Floyd y sobre él. Se sentaron en el sofá y lo estuvieron viendo. Cuando terminó y Rosemary le preguntó que si le había gustado, Syd le contestó que quiénes eran, que no reconocía a nadie, que no se acordaba de nada.

Esta canción, aunque sé que no es de las mejores, me gusta especialmente:

Le vemos feliz en esas viejas grabaciones hechas con una cámara super 8.

Aunque esas imágenes, esa felicidad, hayan quedado atrás, después de que, de regreso de una incierta fama, buscando acaso refugio, abriera de nuevo la puerta de su habitación -que aún conservaba ese pomo que era un hipopótamo de plástico de cuando era niño- y muy despacio la cerrara para siempre.

eternity

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La isla de los gatos

Llovió tanto estas últimas semanas que los ríos se salieron de sus cauces, el nivel del agua subió como nunca se recuerda que lo hiciera y se inundaron las vegas y riberas. Todo quedó anegado. Los ríos siguen crecidos y caudalosos.

Los gatos vivían en las orillas, yendo y viniendo, acostumbrados a la calma y disfrutando de las noches de luna llena. A finales de marzo, cuando seguía lloviendo desde hacía más de un mes, se produjo, como cuando un recipiente se desborda, la mayor crecida del caudal del río. La tierra desapareció entonces bajo sus elásticos pies. Treparon a los árboles para no ser arrastrados. Miraban desde lo alto el desatado paso de las aguas con su habitual escepticismo.

Y seguía lloviendo.

Pasaron largas horas hasta que amainó y poco a poco fue bajando el nivel de las aguas. A la mañana siguiente ya se veía de nuevo parte de la roca que sobresale junto al puente Viejo, en la margen izquierda.

Todo esto lo cuenta el periódico. Y relata también como un grupo de chavales y chavalas están intentando rescatar los gatos que se ven aislados y sin comida. Ya han conseguido rescatar a diecinueve, aunque dos han muerto. En la isla quedan unos cincuenta.

gatos

SU SITUACION HA EMPEORADO TRAS LA CRECIDA DEL GUADIANA
Piden colaboración para rescatar a los gatos de una isla del río

No es fácil rescatarlos desde el puente. Lo están haciendo con una plataforma en la que dejan comida para que alguno de los gatos se suba y puedan entonces izarlo. Seguirán intentándolo hasta que saquen de la roca a todos. O hasta que descienda lo suficiente el caudal del río.

Luego, en una especie de piso de acogida de una asociación protectora de animales, los cuidan hasta que se recuperan -suelen hallarse en un estado lamentable- y los llevan al veterinario para que los vacune y esterilice. Intentan que algunas familias los adopten.

Porque el ayuntamiento lo único que ha hecho ha sido poner a disposición del grupo de chavales que intenta salvar a los gatos unas jaulas en la Perrera Municipal. Y allí solo acude el veterinario para sacrificar. Este servicio del ayuntamiento -ha asegurado la concejala responsable- solo es de recogida. Y cuando los animales -añadió- no son adoptados, son sacrificados.

El río sigue bajando con fuerza, con un agua más oscura de lo habitual. Pero el que haya gente como estos chicos, nos hace confiar. Y creer que muy pronto el río bajará con aguas más calmadas, más claras.

No me llames

No ha pasado mucho tiempo pero ya ha pasado un siglo. Todo va ahora a una velocidad endiablada, aunque no sabemos muy bien para qué. Miramos hacia atrás y no tenemos tiempo ni para la nostalgia.

Por eso me ha parecido conmovedor volver a escuchar esto:

Qué tiempos.

Esos pitidos tan entrecortados del módem al marcar, quedándose en suspenso durante unos interminables segundos hasta que se conectaba… Esa manera lenta y desesperante de navegar…

Ver una foto en alta definición -o descargársela- era una prueba extrema de paciencia. Te daba tiempo a prepararte un café sin prisas. Cuando volvías, aún estaba la imagen a la mitad, avanzando tan lentamente, píxel a píxel.

Eso, si no te llamaban. Como no admitía la red dos conexiones a la vez, una llamada suponía la interrupción de la conexión. Y te jodían la descarga. Había que conectarse de nuevo (¡ese sonido!) y volver a empezar.

Otro café.

Recuerdo todavía -no han pasado tantos años: un siglo más o menos- que era habitual avisar a los padres, a la novia, a los amigos para decirles: No me llames, que esta tarde voy a estar en internet.

Ahí seguimos. Como atrapados.

XCTR y Z

No conozco, claro, todas las palabras. Es más, muchas de las que conozco aún no sé muy bien qué significan exactamente. A menudo, de la mayoría de ellas solo tengo una idea aproximada, una idea incluso equivocada. Porque, por ejemplo, ¿qué significa realmente la palabra amor?

Así, de esta manera, podría seguir repasando la lista de las palabras que conozco, sorprendido por la cantidad de ellas que utilizo sin saber su significado. Aunque sonarme, me suenan.

Con todo, no es habitual encontrarme con una palabra nueva, que no conocía, que no había oído en mi vida. Me resulta sorprendente a estas alturas. Y me gusta que aún ocurra.

El otro día, de forma casual, me encontré con la palabra excitatriz. Me pareció sugerente e intrépida, y se me quedó en la cabeza como uno de esos estribillos tontos de esas canciones tontas que no somos capaces luego de quitarnos de encima, tan pegajosos.

Excitatriz. No me digan que la palabra no está cargada de sugerencias.

Luego, al buscar su significado y al leer más por extenso a qué se podía referir, tuve la misma sensación que cuando me dan con un palmo de narices. La excitatriz es un generador de corriente. Acabáramos. Una cosa técnica, de alternadores y corrientes, de ingenieros. Adiós poesía, adiós pasión, pensé.

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Pero al seguir leyendo empecé a notar algo extraño. Estos textos de electrónica e ingeniería -quién me lo iba a decir- están llenos de pasión, de poesía. Y pueden llegar a ser extremadamente sugerentes. La palabra excitatriz se iluminó de nuevo.

Nuestra recién descubierta excitatriz es un generador capaz de producir la intensidad de corriente necesaria para alimentar la excitación en el rotor de un alternador. Como en la vida, siempre hay momentos, íntimos, poéticos, pasionales, en los que es necesario, necesario no, inevitable, alimentar la excitación en el rotor. Y para eso se necesita corriente.

Me parecen términos casi poéticos. Más que.

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Esa corriente que genera la excitatriz es arrastrada por el rotor. ¡Arrastrada! Uf. Los poetas actuales deberían leer más textos de mecánica. Aquí, en éstos, al menos todo encaja.

Sigo leyendo: Los inductores de la excitatriz están fijos a la carcasa de la máquina, dispuestos alrededor del inducido, que es móvil. Puedo visualizar los inductores unidos a la carcasa de la máquina, fijos, tensos, vibrantes, mientras el inducido, que es móvil, se agita, aun constreñido, con violencia.

Hasta que se produce el flujo inductor, que incluso llega a barrer el inducido mientras circula, final y gloriosamente, la corriente por el circuito inductor.

Esta frase que copio a continuación es una de las más altamente eróticas que he leído: La corriente de excitación de la excitatriz se obtiene conectando un arrollamiento inductor a los bornes de la excitatriz.

La tensión está ya desatada, y como, previsiblemente, el circuito inductor está ya abierto, la excitatriz, debido a la imantación que subsiste en los núcleos de los polos inductores, produce una fuerza electromotriz.

Excitación, flujos, arrollamiento, corrientes que barren, potentes polos inductores, fuerza electromotriz… Comparados con los ingenieros, los poetas no escriben más que soserías y bobadas.

Pero también nos advierten que después de una perturbación brusca, se puede producir una variación rápida de la corriente excitadora del alternador, provocando el cierre del interruptor.

Ya está cerrado el interruptor. La máquina descansa.

Es curioso, todavía me excitan las palabras.

(Especialmente dichas al oído, en voz muy baja)

El tiempo que perdemos leyendo

Ayalagreg2Pobre San Gregorio. No sabe lo que le espera. Se acerca Pero López de Ayala con su libro, ceremoniosamente, para regalárselo. Incluso se arrodilla satisfecho, mientras el Papa Gregorio le mira como diciéndole “pero ¿qué me traes? ¿No será esto la Biblia en verso?

Casi.

Hizo bien Gregorio en no leerlo.

Nace López de Ayala allá por 1332 en el señorío de Quejana, Álava, primogénito de una poderosa familia feudal. Con el tiempo, después de una juventud dedicada a la milicia y a la guerra, hace carrera como diplomático y llega a ser una de las figuras más destacadas de la Corte. Pero eran tiempos convulsos y de constantes guerras civiles. Le llega la hora de retirarse. Los tiempos han cambiado.

Los últimos años de su vida los pasa en un convento, meditando y escribiendo. Dejó una pesada e interminable obra en verso, el Libro Rimado de Palacio; las crónicas de los reinados de los cuatro reyes bajo los que transcurrió su vida y el Libro de la Caça de las Aves. También tradujo a San Gregorio, a Boccacio y a Tito Livio.

El mes pasado estuve leyendo con creciente sopor el Libro Rimado de Palacio.

Escrito en la ya pasada de moda cuaderna vía, da la sensación de ser una especie de retablo medieval absolutamente hierático. La primera mitad aguanta una lectura voluntariosa, pero la segunda -una pedestre versión rimada de los comentarios de San Gregorio al Libro de Job– se cae constantemente de las manos. No hay nada en donde hincar el diente.

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No hay ni la más mínima conciencia artística. Es tal su prosaísmo que dan ganas de tirar el libro por la ventana. (Si San Gregorio hubiera tenido tiempo de leerlo, se hubiera levantado de su estrado, hubiera separado los pesados cortinones de una de las desproporcionadas ventanas del palacio vaticano y habría acabado el libraco en el santo suelo de la plaza de Roma).

Es justamente la otra cara de la moneda. Coetáneo a Juan Ruiz y a su chispeante Libro del Buen Amor -también escrito en cuaderna vía y perteneciente al mester de clerecía-, Pero López de Ayala es justo lo contrario.

No hay ni un ápice de pintoresquismo ni un lenguaje vivo. Se aburre pronto nuestro autor y se dedica a traducir, adaptar y versificar una obra entera, interminable, así, a palo seco, bastante indigesta ya en su origen latino.

layrpaegSi Juan Ruiz es todo ambigüedad y viveza, Pero López es monocorde, frío y aburrido como una losa de mármol situada en un lugar en el que nunca da el sol. Donde el primero enreda con las situaciones, los personajes y los conceptos, el segundo sermonea de una manera machacona y senil.

El Libro Rimado de Palacio acumula más de ocho mil versos y es difícil rescatar alguno. En ellos repasa los mandamientos, los pecados mortales, las obras espirituales y los pecados de los cinco sentidos. Continúa exponiendo los males de la Iglesia, hace una sátira de la corte y concluye esta primera parte con varias oraciones a la Virgen.

Pero lo peor está por llegar. En verso tetrásforo monorrimo -sobre todo monorrimo- endilga al pobre -e improbable- lector una traducción del Libro de Job y de los comentarios –Moralia– que San Gregorio Magno hizo del mismo.

Empieza un tétrico y aburrido carrusel de sentencias acerca de la miseria del hombre, de la injusticia del mundo, de lo inescrutable de los designios divinos y de la necesidad de obedecer siempre. Todo esto -y mucho más- lo aguantó Job. Así alcanzó la santidad.

Superó todo tipo de castigos y de pruebas. Pero lo que no creo que superara sería la lectura del Libro éste, Rimado por Pero López de Ayala en sus momentos de ocio. En serio, no creo que pudiera con él.

Pero pobre Ayala. Acaso pueda decir, si llegara a leer esto, lo mismo que Job en su libro:

Conllagaron mis lomos, ronpieron mis entrañas,
de cada parte siento muchas crueles sañas,
e llagas sobre llagas, todas sus duras mañas:
añaden sobre mí palabras muy estrañas.

Bastante tuvo con las constantes recriminaciones de su mujer cada vez que lo veía inclinado sobre el escritorio. Que también debieron ser muy parecidas a las que sufrió el santo más paciente:

Yazía Job llagado en un estercolero,
de la planta del pie todo su cuerpo entero;
profaçával’ su mujer, diciendo: “¡Refertero;
porfía en tu sinpleza!, otro bien non espero”.

La experiencia de la vida y su profunda decepción con respecto al hombre le hace escribir:

Asaz de poco recabdo es el omne e baldío
que, estando sus huertos secos, echa el agua al río…

Y todos conocemos -o nos reconocemos en ellas- a personas de poco seso, que teniendo secos los huertos, se dedican a echar el agua al río. En fin.

También resulta sorprendente cómo parece conocer nuestra situación política, plagada de miserables y codiciosos:

Está el mundo en quexa e en tribulación:
los nuestros regidores son d’ello ocasión;
e así cresçen los males -además muchos son-,
ca cobdiçia les çiega todo su coraçón.

Qué bien sabe don Pero que vivimos en tiempos de queja y tribulación. O es que acaso no hayamos salidos de ellos.

Pero hemos de darnos cuenta de que:

Todas estas riquezas son niebla e roçío;
con onras e orgullos e aqueste loco brío
échase omne sano e amanesçe frío,
ca nuestra vida corre como agua de río.

Así que, rara vez, tal vez por equivocación, o sin pretenderlo, también es capaz de dejarnos unos versos llenos de melancolía que nos llegan al corazón:

…el tienpo que tenemos jamás non tornará.