Injertos

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Un corte brutal desmocha del todo el árbol dejando solo el tronco.

Por aquí los llaman aguaperos, aunque su nombre -creo- es galapero. Son perales salvajes que crecen de manera espontánea y dan como fruto unas peras silvestres, muy pequeñas, duras y de sabor bastante ácido.

Decidimos injertarlos con pequeñas ramas de un peral de huerto, más dulce y abundante. Así que insertamos con la suficiente profundidad esas pequeñas ramas desnudas, con apenas unas yemas, entre la corteza y el tronco.

Dicen los libros que resulta fundamental poner en contacto buena parte de los tallos con el tronco, para que lleguen a juntarse vegetativamente y convivan. Para procurar, en la medida de lo posible, que no haya rechazos.

Una vez insertados los vástagos, se atan fuertemente al tronco con unas gomas con el objeto de que haya la máxima presión (que convivan vegetativamente) y el mínimo daño (no conviene estrangular el paso de la savia). Después se cubre el tajo con barro.

El tiempo, la lluvia, un clima benéfico y el sol, con un poco de suerte, obran el milagro. O como dicen en los libros, se produce la interacción de las células respectivas y, con ello, el tránsito de las sustancias vitales.

Pero a mí me parece un milagro ver esas hojas tan verdes. Después de un corte tan brutal.

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