El tiempo que perdemos leyendo

Ayalagreg2Pobre San Gregorio. No sabe lo que le espera. Se acerca Pero López de Ayala con su libro, ceremoniosamente, para regalárselo. Incluso se arrodilla satisfecho, mientras el Papa Gregorio le mira como diciéndole “pero ¿qué me traes? ¿No será esto la Biblia en verso?

Casi.

Hizo bien Gregorio en no leerlo.

Nace López de Ayala allá por 1332 en el señorío de Quejana, Álava, primogénito de una poderosa familia feudal. Con el tiempo, después de una juventud dedicada a la milicia y a la guerra, hace carrera como diplomático y llega a ser una de las figuras más destacadas de la Corte. Pero eran tiempos convulsos y de constantes guerras civiles. Le llega la hora de retirarse. Los tiempos han cambiado.

Los últimos años de su vida los pasa en un convento, meditando y escribiendo. Dejó una pesada e interminable obra en verso, el Libro Rimado de Palacio; las crónicas de los reinados de los cuatro reyes bajo los que transcurrió su vida y el Libro de la Caça de las Aves. También tradujo a San Gregorio, a Boccacio y a Tito Livio.

El mes pasado estuve leyendo con creciente sopor el Libro Rimado de Palacio.

Escrito en la ya pasada de moda cuaderna vía, da la sensación de ser una especie de retablo medieval absolutamente hierático. La primera mitad aguanta una lectura voluntariosa, pero la segunda -una pedestre versión rimada de los comentarios de San Gregorio al Libro de Job– se cae constantemente de las manos. No hay nada en donde hincar el diente.

Libro_Rimado_Palacio_2

No hay ni la más mínima conciencia artística. Es tal su prosaísmo que dan ganas de tirar el libro por la ventana. (Si San Gregorio hubiera tenido tiempo de leerlo, se hubiera levantado de su estrado, hubiera separado los pesados cortinones de una de las desproporcionadas ventanas del palacio vaticano y habría acabado el libraco en el santo suelo de la plaza de Roma).

Es justamente la otra cara de la moneda. Coetáneo a Juan Ruiz y a su chispeante Libro del Buen Amor -también escrito en cuaderna vía y perteneciente al mester de clerecía-, Pero López de Ayala es justo lo contrario.

No hay ni un ápice de pintoresquismo ni un lenguaje vivo. Se aburre pronto nuestro autor y se dedica a traducir, adaptar y versificar una obra entera, interminable, así, a palo seco, bastante indigesta ya en su origen latino.

layrpaegSi Juan Ruiz es todo ambigüedad y viveza, Pero López es monocorde, frío y aburrido como una losa de mármol situada en un lugar en el que nunca da el sol. Donde el primero enreda con las situaciones, los personajes y los conceptos, el segundo sermonea de una manera machacona y senil.

El Libro Rimado de Palacio acumula más de ocho mil versos y es difícil rescatar alguno. En ellos repasa los mandamientos, los pecados mortales, las obras espirituales y los pecados de los cinco sentidos. Continúa exponiendo los males de la Iglesia, hace una sátira de la corte y concluye esta primera parte con varias oraciones a la Virgen.

Pero lo peor está por llegar. En verso tetrásforo monorrimo -sobre todo monorrimo- endilga al pobre -e improbable- lector una traducción del Libro de Job y de los comentarios –Moralia– que San Gregorio Magno hizo del mismo.

Empieza un tétrico y aburrido carrusel de sentencias acerca de la miseria del hombre, de la injusticia del mundo, de lo inescrutable de los designios divinos y de la necesidad de obedecer siempre. Todo esto -y mucho más- lo aguantó Job. Así alcanzó la santidad.

Superó todo tipo de castigos y de pruebas. Pero lo que no creo que superara sería la lectura del Libro éste, Rimado por Pero López de Ayala en sus momentos de ocio. En serio, no creo que pudiera con él.

Pero pobre Ayala. Acaso pueda decir, si llegara a leer esto, lo mismo que Job en su libro:

Conllagaron mis lomos, ronpieron mis entrañas,
de cada parte siento muchas crueles sañas,
e llagas sobre llagas, todas sus duras mañas:
añaden sobre mí palabras muy estrañas.

Bastante tuvo con las constantes recriminaciones de su mujer cada vez que lo veía inclinado sobre el escritorio. Que también debieron ser muy parecidas a las que sufrió el santo más paciente:

Yazía Job llagado en un estercolero,
de la planta del pie todo su cuerpo entero;
profaçával’ su mujer, diciendo: “¡Refertero;
porfía en tu sinpleza!, otro bien non espero”.

La experiencia de la vida y su profunda decepción con respecto al hombre le hace escribir:

Asaz de poco recabdo es el omne e baldío
que, estando sus huertos secos, echa el agua al río…

Y todos conocemos -o nos reconocemos en ellas- a personas de poco seso, que teniendo secos los huertos, se dedican a echar el agua al río. En fin.

También resulta sorprendente cómo parece conocer nuestra situación política, plagada de miserables y codiciosos:

Está el mundo en quexa e en tribulación:
los nuestros regidores son d’ello ocasión;
e así cresçen los males -además muchos son-,
ca cobdiçia les çiega todo su coraçón.

Qué bien sabe don Pero que vivimos en tiempos de queja y tribulación. O es que acaso no hayamos salidos de ellos.

Pero hemos de darnos cuenta de que:

Todas estas riquezas son niebla e roçío;
con onras e orgullos e aqueste loco brío
échase omne sano e amanesçe frío,
ca nuestra vida corre como agua de río.

Así que, rara vez, tal vez por equivocación, o sin pretenderlo, también es capaz de dejarnos unos versos llenos de melancolía que nos llegan al corazón:

…el tienpo que tenemos jamás non tornará.

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