No me llames

No ha pasado mucho tiempo pero ya ha pasado un siglo. Todo va ahora a una velocidad endiablada, aunque no sabemos muy bien para qué. Miramos hacia atrás y no tenemos tiempo ni para la nostalgia.

Por eso me ha parecido conmovedor volver a escuchar esto:

Qué tiempos.

Esos pitidos tan entrecortados del módem al marcar, quedándose en suspenso durante unos interminables segundos hasta que se conectaba… Esa manera lenta y desesperante de navegar…

Ver una foto en alta definición -o descargársela- era una prueba extrema de paciencia. Te daba tiempo a prepararte un café sin prisas. Cuando volvías, aún estaba la imagen a la mitad, avanzando tan lentamente, píxel a píxel.

Eso, si no te llamaban. Como no admitía la red dos conexiones a la vez, una llamada suponía la interrupción de la conexión. Y te jodían la descarga. Había que conectarse de nuevo (¡ese sonido!) y volver a empezar.

Otro café.

Recuerdo todavía -no han pasado tantos años: un siglo más o menos- que era habitual avisar a los padres, a la novia, a los amigos para decirles: No me llames, que esta tarde voy a estar en internet.

Ahí seguimos. Como atrapados.

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2 comentarios sobre “No me llames

  1. Eso sí que era tener paciencia (y yo la tenía, gran parte de los resultados de mi trabajo dependía de ese sonido y de la perseverancia en los intentos de conexión). Igual por eso (por la rapidez de las telecomunicaciones) yo la he perdido… (la paciencia, digo)

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