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Archive for 31 mayo 2013

Si hay algo peor que un poeta malo, es un poeta mediocre. Con el malo te puedes divertir, sorprender o, lo más probable, soliviantar. Pero con el mediocre solo te queda bostezar. Después de meterme entre pecho y espalda -y no me pregunten por qué- las Rimas de Bartolomé Leonardo de Argensola he terminado con las mandíbulas doloridas.

Mientras Góngora andaba rizando el rizo y haciendo todo tipo de cabriolas verbales, Bartolomé Leonardo de Argensola  -como su hermano Lupercio, también poeta y humanista- prefería ignorar estos fuegos de artificio y seguir escribiendo en un estilo clasicista, claro y conciso. En plena orgía barroca prefería comportarse como un neoclásico.

bartolome_leonardo_de_argensola

No hay más que verle el gesto que se gasta, los ropones que lleva (menos mal que ha dejado el bonete de canónigo detrás, encima de unos libracos) y, sobre todo, la manera que tiene de sujetar la pluma. (¿Será verdad que se escribe como se viste?)

Prefería seguir los mandatos de los antiguos maestros de la antigüedad, en especial de Horacio en poesía y de Tácito en la prosa. Apenas tocó el género lírico o amoroso, decantándose con fruición por la sátira, la poesía moral y la prosa histórica. Era aragonés, claro.

Toda su vida estuvo entregada al estudio y a la literatura y fue, sin duda, una de las cabezas más preclaras de su época. Nuestro amigo Bartolomé -que nació en Barbastro en 1562 y murió en Zaragoza en 1631- fue sacerdote, rector parroquial de los estados del quinto duque de Villahermosa, capellán de la emperatriz María de Austria, canónigo de la catedral del Salvador de Zaragoza y cronista del reino de Aragón.

Lo único malo es que se empeñó con todo su esfuerzo y sabiduría en escribir poesía. Y todo ese esfuerzo y todos esos extraordinarios conocimientos están siempre presentes en sus poemas, y, tal vez por eso, en ningún momento ninguno de sus versos es capaz de elevarse.

Es como si a Ícaro le hubieran recubierto las alas de un metal indestructible y pesadísimo. Y así, claro, no tiene peligro de que se derritan, pero volar, volar, como que no. Y la poesía tiene, al menos, alguna vez, que intentar acercarse al sol, aunque luego se pegue el castañazo.

Pero como acostumbro, tal vez esté exagerando, porque he podido rescatar algunos versos que me gustaron. Como éstos:

No hago todo lo que puedo,
y no puedo más hacer;
que a la gloria de vencer
tengo cobrado gran miedo.

Estos otros tampoco están mal:

Di, ¿qué quieres que haga? ¿He de formarme
de nuevo? ¿He de alquilar inclinaciones;
o puedo de las mías despojarme?

Aquí, a la manera de Hesiodo, explica el origen del mundo:

La Materia, en el tálamo fecundo,
admitió los primeros himeneos,
y elementos discordes sintió el mundo.

Desde entonces, con ansias y deseos,
que las forman le dan, volver porfía
al primer caos por íntimos rodeos.

Siempre moralista, nos recuerda que todo pasa, que todo es fugaz, que tenemos los días -y los alientos- contados:

¿Cuál pecho no se turba cuando mira
que le dieron tasados los alientos,
y que a cuenta del número respira?

Más práctico, nos recomienda:

Y el vulgo dice bien, que es desatino
el que tiene de vidrio su tejado
estar apedreando el del vecino.

La sátira de la vida en la corte -y el elogio del retiro en la aldea- es otra constante en sus versos:

Aquí es tenido en poco quien no miente,
quien paga, quien no debe, quien no adula,
y quien vive a las leyes obediente…

Pero prefiero terminar con estos otros:

…y para juego triste de los vientos,
las cítaras y flautas suspendimos
de los crecidos sauces en los ramos.

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Etcétera

Este blog no deja de ser una mala copia de otro que descubrí hace algo más de un par de años. No solo me gustaron el tono y los temas que utilizaba, sino el aire de libertad y la sensación de complicidad que desprendía.

En aquellos días andaba algo perdido, algo inquieto y algo confuso. Decidirme a estrenar un blog -ahora ya sabía qué tono utilizar y qué temas, intentando darle un aire de libertad e intentando establecer algún tipo de complicidad con quien lo leyera- me ayudó a sentirme algo menos perdido, algo menos inquieto y algo menos confuso. (Thanks, g)

En aquel blog que descubrí hace algo más de un par de años figura un enlace a este quaderno de notas que ahora estáis leyendo.

Debajo de los links recomendados y de la nube de etiquetas, otro apartado agrupa diversos enlaces a páginas y blogs de amigos, con el título de WRITERS, ARTISTS, ETC.

etc

Bueno, ya habréis adivinado en qué grupo incluirme.

Se vive bastante cómodo en esta categoría de Etcétera.

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Townes

No fue una buena manera de empezar el año. El mismo uno de enero de 1997 un ataque al corazón acabó con su vida. Hacía muy poco que había salido de rehabilitación y estaba de nuevo en casa. Su próximo objetivo era dejar de temblar.

townes_van_zandtTownes Van Zandt nació en el seno de una familia patricia de Texas llena de petróleo, dinero y poder. Su padre era un influyente abogado. Lo lógico era que siguiera la saga familiar y llevara una vida estable y feliz. Pero algo no estaba bien dentro de su cabeza, dentro de su corazón.

Durante su adolescencia padeció diversas crisis depresivas y el médico que le atendía le diagnosticó mínima adaptación a la vida y propuso su internamiento en un psiquiátrico. La familia aceptó. Más tarde, su madre cargaría durante toda su vida con la pena de haberlo consentido.

De vuelta a casa, Townes descubre la guitarra que su padre le regaló años antes. Decide refugiarse en ella hasta que se larga para llevar -como hicieron miles de jóvenes allá por mediados de los sesenta- una vida nómada, llena de necesidades, azar y libertad. Se marchó para no volver.

Le apasionaba el blues de Lightnin’ Hopkins y su forma de tocar la guitarra le ayuda a refinar su estilo. Al poco tiempo le tenemos convertido en un cantante y compositor que transita por la delgada línea que separa el folk del country. Aunque en el fondo siempre permanece, de alguna manera, el blues. Empieza a labrarse una cierta reputación, aunque siempre le reprochan que sus canciones sean tristes. Él lo niega: simplemente son canciones desesperanzadas.

Era habitual verle tocar en clubes como el Sand Mountain o el Old Quarter de Houston, hasta que da el salto a Nashville para grabar su primer disco, For the sake of the song, en 1968. En los cinco años siguientes graba otros cinco discos, llenos de canciones de una belleza triste. Son las canciones de un poeta.

Pero aquella certera y cruel descripción de aquel médico que lo trató en su juventud -aquella “mínima adaptación para la vida”- le acompañaba a todas horas. Canciones excepcionales, un éxito esquivo, una extrema sensibilidad y largas noches de drogas y de alcohol, eran para Townes su mundo.

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Un mundo que refleja en las letras de sus canciones, que hablan de la falta de dinero, del constante vagabundear de un motel a otro, de una ciudad a otra, del whisky siempre fiel, de la cocaína, del amor que se va, del amor que nace de nuevo, de la luz del amanecer, de la cárcel, de los animales, del horizonte. Mucho beber y mucho deambular.

Cada día estaba más delgado y su figura, antes elegante, ahora aparece desgarbada. A pesar de que, finalmente, alcanzó el éxito -aunque de manera indirecta: una canción suya Pancho and Lefty, en las versiones de Emmylou Harris o de Willie Nelson, alcanzó lo más alto de las listas- su vida había perdido la inspiración y no era ahora más que una pesadilla de adicciones.

Su vida, como él sabía, se agotaría pronto. Justo lo contrario que sus canciones, que aún vuelan cada vez que suenan.

Post scriptum
Traigo aquí, además, una escena de Heartworn Highways, un documental que James Szalapski grabó en 1975 sobre un grupo de jóvenes cantantes y compositores que, sin proponérselo y desde la autenticidad, volvieron a las raíces, recuperaron lo más básico y renovaron el country.

Mientras su novia friega los cacharros y llega su viejo amigo y vecino, Uncle Seymour, el herrero del pueblo que nunca tuvo coche y que siempre iba andando a todos lados, Townes toca Waitin’ around to die.

El viejo Seymour no puede contener las lágrimas.

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¿Qué tal se llevan
lo que fuimos,
con lo que somos
y con lo que seremos?

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Todavía quedan algunas historias, algo de vida, en los arcenes de la actualidad. Aún circulan por ellos carromatos a las afueras de la gran ciudad. Su ritmo cansino ya nos parece una anomalía. Como una estampa agrietada y sucia de otros tiempos.

Esta historia sucedió ayer mismo y lo contaba de esta manera el periódico:

robo

Iba atado en la parte trasera
Detenido por llevar en su carro un caballo robado
El dueño del animal, sustraído hace un año, lo reconoció en la carretera

Cuenta el periodista que fue en marzo del año pasado cuando le robaron dos caballos y que ayer, un año después, se ha encontrado uno de ellos, atado en la parte trasera de un carro, en la carretera de Sevilla, a las afueras de Badajoz, camino de La Albuera.

Tuvo un pálpito. Parecía su caballo. Pero no estaba seguro.

Se acercó y ya no tuvo dudas:

…reconoció a su caballo por dos cicatrices en el cuerpo del animal…

Era definitivamente el suyo.

Cuenta poco más la noticia. Lo denunció a la policía, que intervino para devolverle el caballo y detener al dueño del carro que carecía de cualquier tipo de documentación.

Creo que, al final, nos reconocerán también, como a este caballo, por nuestras cicatrices.

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Una metáfora inesperada

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Han limpiado y recogido todo, recargado los botelleros y han echado el cierre. Mañana será otro día. El cartel queda bien visible, directo, escueto, casi como el resto de un poema del que quedaran tan solo un par de hexasílabos.

En estos tiempos extraños, así andamos un poco todos, exhaustos, con las máquinas abiertas pero con los cajones vacíos.

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Un vocabulario escaso

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Un vocabulario escaso
es suficiente.

Y sin embargo,
un vocabulario ilimitado
no es suficiente.

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