Copas de vino en el kebab

Siempre corre el aire en esa calle que está en el lateral por donde descargan los camiones del centro comercial. Al otro lado, justo delante del kebab, la acera cuadriplica su anchura dejando un amplio espacio al que dan sombra tres o cuatro pinos. Durante todo el año hay un par de mesas altas fuera. Algunas mañanas tontas, a eso de las doce y media o una, me siento a tomar unas copas de vino.

Han comprado unas copas elegantes, de cristal fino, grandes, altas. La chica que nos sirve no debe tener mucha experiencia en esto de servir copas de vino. El sacacorchos y ella no se llevan muy bien. Luego, algo despeinada, comienza a echar hasta que se para y me mira. Las copas, a pesar de ser estilizadas, son bastante culonas. Yo no digo nada.

Ella vuelve a inclinar la botella para seguir echando. Le parece poco. (Esas copas engañan) Incluso se agacha y gira un poco la cabeza para comprobar el nivel. Añade otro poquito más. La copa queda por encima de la mitad. Es más o menos el triple de lo que te suelen servir en otros sitios.

Me sonríe y le parece que así está bien. Le doy las gracias y también sonrío -sí, así está bien-, mientras me siento como el capitán Haddock en esta viñeta:

haddock

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