Townes

No fue una buena manera de empezar el año. El mismo uno de enero de 1997 un ataque al corazón acabó con su vida. Hacía muy poco que había salido de rehabilitación y estaba de nuevo en casa. Su próximo objetivo era dejar de temblar.

townes_van_zandtTownes Van Zandt nació en el seno de una familia patricia de Texas llena de petróleo, dinero y poder. Su padre era un influyente abogado. Lo lógico era que siguiera la saga familiar y llevara una vida estable y feliz. Pero algo no estaba bien dentro de su cabeza, dentro de su corazón.

Durante su adolescencia padeció diversas crisis depresivas y el médico que le atendía le diagnosticó mínima adaptación a la vida y propuso su internamiento en un psiquiátrico. La familia aceptó. Más tarde, su madre cargaría durante toda su vida con la pena de haberlo consentido.

De vuelta a casa, Townes descubre la guitarra que su padre le regaló años antes. Decide refugiarse en ella hasta que se larga para llevar -como hicieron miles de jóvenes allá por mediados de los sesenta- una vida nómada, llena de necesidades, azar y libertad. Se marchó para no volver.

Le apasionaba el blues de Lightnin’ Hopkins y su forma de tocar la guitarra le ayuda a refinar su estilo. Al poco tiempo le tenemos convertido en un cantante y compositor que transita por la delgada línea que separa el folk del country. Aunque en el fondo siempre permanece, de alguna manera, el blues. Empieza a labrarse una cierta reputación, aunque siempre le reprochan que sus canciones sean tristes. Él lo niega: simplemente son canciones desesperanzadas.

Era habitual verle tocar en clubes como el Sand Mountain o el Old Quarter de Houston, hasta que da el salto a Nashville para grabar su primer disco, For the sake of the song, en 1968. En los cinco años siguientes graba otros cinco discos, llenos de canciones de una belleza triste. Son las canciones de un poeta.

Pero aquella certera y cruel descripción de aquel médico que lo trató en su juventud -aquella “mínima adaptación para la vida”- le acompañaba a todas horas. Canciones excepcionales, un éxito esquivo, una extrema sensibilidad y largas noches de drogas y de alcohol, eran para Townes su mundo.

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Un mundo que refleja en las letras de sus canciones, que hablan de la falta de dinero, del constante vagabundear de un motel a otro, de una ciudad a otra, del whisky siempre fiel, de la cocaína, del amor que se va, del amor que nace de nuevo, de la luz del amanecer, de la cárcel, de los animales, del horizonte. Mucho beber y mucho deambular.

Cada día estaba más delgado y su figura, antes elegante, ahora aparece desgarbada. A pesar de que, finalmente, alcanzó el éxito -aunque de manera indirecta: una canción suya Pancho and Lefty, en las versiones de Emmylou Harris o de Willie Nelson, alcanzó lo más alto de las listas- su vida había perdido la inspiración y no era ahora más que una pesadilla de adicciones.

Su vida, como él sabía, se agotaría pronto. Justo lo contrario que sus canciones, que aún vuelan cada vez que suenan.

Post scriptum
Traigo aquí, además, una escena de Heartworn Highways, un documental que James Szalapski grabó en 1975 sobre un grupo de jóvenes cantantes y compositores que, sin proponérselo y desde la autenticidad, volvieron a las raíces, recuperaron lo más básico y renovaron el country.

Mientras su novia friega los cacharros y llega su viejo amigo y vecino, Uncle Seymour, el herrero del pueblo que nunca tuvo coche y que siempre iba andando a todos lados, Townes toca Waitin’ around to die.

El viejo Seymour no puede contener las lágrimas.

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