Involuntario ejercicio mandibular

Si hay algo peor que un poeta malo, es un poeta mediocre. Con el malo te puedes divertir, sorprender o, lo más probable, soliviantar. Pero con el mediocre solo te queda bostezar. Después de meterme entre pecho y espalda -y no me pregunten por qué- las Rimas de Bartolomé Leonardo de Argensola he terminado con las mandíbulas doloridas.

Mientras Góngora andaba rizando el rizo y haciendo todo tipo de cabriolas verbales, Bartolomé Leonardo de Argensola  -como su hermano Lupercio, también poeta y humanista- prefería ignorar estos fuegos de artificio y seguir escribiendo en un estilo clasicista, claro y conciso. En plena orgía barroca prefería comportarse como un neoclásico.

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No hay más que verle el gesto que se gasta, los ropones que lleva (menos mal que ha dejado el bonete de canónigo detrás, encima de unos libracos) y, sobre todo, la manera que tiene de sujetar la pluma. (¿Será verdad que se escribe como se viste?)

Prefería seguir los mandatos de los antiguos maestros de la antigüedad, en especial de Horacio en poesía y de Tácito en la prosa. Apenas tocó el género lírico o amoroso, decantándose con fruición por la sátira, la poesía moral y la prosa histórica. Era aragonés, claro.

Toda su vida estuvo entregada al estudio y a la literatura y fue, sin duda, una de las cabezas más preclaras de su época. Nuestro amigo Bartolomé -que nació en Barbastro en 1562 y murió en Zaragoza en 1631- fue sacerdote, rector parroquial de los estados del quinto duque de Villahermosa, capellán de la emperatriz María de Austria, canónigo de la catedral del Salvador de Zaragoza y cronista del reino de Aragón.

Lo único malo es que se empeñó con todo su esfuerzo y sabiduría en escribir poesía. Y todo ese esfuerzo y todos esos extraordinarios conocimientos están siempre presentes en sus poemas, y, tal vez por eso, en ningún momento ninguno de sus versos es capaz de elevarse.

Es como si a Ícaro le hubieran recubierto las alas de un metal indestructible y pesadísimo. Y así, claro, no tiene peligro de que se derritan, pero volar, volar, como que no. Y la poesía tiene, al menos, alguna vez, que intentar acercarse al sol, aunque luego se pegue el castañazo.

Pero como acostumbro, tal vez esté exagerando, porque he podido rescatar algunos versos que me gustaron. Como éstos:

No hago todo lo que puedo,
y no puedo más hacer;
que a la gloria de vencer
tengo cobrado gran miedo.

Estos otros tampoco están mal:

Di, ¿qué quieres que haga? ¿He de formarme
de nuevo? ¿He de alquilar inclinaciones;
o puedo de las mías despojarme?

Aquí, a la manera de Hesiodo, explica el origen del mundo:

La Materia, en el tálamo fecundo,
admitió los primeros himeneos,
y elementos discordes sintió el mundo.

Desde entonces, con ansias y deseos,
que las forman le dan, volver porfía
al primer caos por íntimos rodeos.

Siempre moralista, nos recuerda que todo pasa, que todo es fugaz, que tenemos los días -y los alientos- contados:

¿Cuál pecho no se turba cuando mira
que le dieron tasados los alientos,
y que a cuenta del número respira?

Más práctico, nos recomienda:

Y el vulgo dice bien, que es desatino
el que tiene de vidrio su tejado
estar apedreando el del vecino.

La sátira de la vida en la corte -y el elogio del retiro en la aldea- es otra constante en sus versos:

Aquí es tenido en poco quien no miente,
quien paga, quien no debe, quien no adula,
y quien vive a las leyes obediente…

Pero prefiero terminar con estos otros:

…y para juego triste de los vientos,
las cítaras y flautas suspendimos
de los crecidos sauces en los ramos.

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2 comentarios sobre “Involuntario ejercicio mandibular

  1. Yo conocí la existencia de estos poetas (Bartolomé Leonardo y Lupercio, vaya nombres incluso para el siglo XVII) en las memorias desmemoriadas de Pablo Neruda. Poco después, en la carrera universitaria, en la asignatura correspondientes de Historia de la Literatura aparecen en el fondo del tema sus nombres, después de los grandes. Entonces no existía Wikipedia y tuve que ir a una enciclopedia a ver quienes eran. Y hoy tantos años después compruebo que no me perdí nada por no leerlos en aquel momento.

    Descubrí tu blog anoche por casualidad, es lo que tienen las noches de insomnio febriles, sorpresas que valen la pena. Te sigo 🙂

    1. En mis años de facultad también tuve que frecuentar a estos individuos. Pero es ahora, al cabo de los años, y por diversas circunstancias, cuando he podido volver a ellos con más tiempo y algo más de perspectiva.

      Como por juego, capricho o entretenimiento, estoy leyendo alguno de los nombres menos importantes. A pesar de su aridez, siempre encuentro algo magnífico, aunque sea muy poco. Y me relaja y me aleja.

      Ah, siempre es un placer saber que lo que uno hace le gusta a alguien. Y que ese alguien te lo diga.

      Gracias.

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