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Cae la nieve

John Huston dirigió su última película desde una silla de ruedas y conectado, intermitentemente, a un pulmón de acero. Tal vez por eso todo tiene en ella un aire testamentario, pausado, ceremonioso y cargado de emoción. Como el de una vela que tiembla y que sabemos que se va a apagar pero que aún da luz.

Aunque la película se titula The Dead -como el relato original de Joyce en el que se basa- aquí decidimos llamarla Dublineses. (No sé, es como si llevaran al cine El Licenciado Vidriera -sería una curiosa mezcla de ciencia ficción, metafísica y costumbrismo- y en el mercado anglosajón decidieran cambiarle el título y llamarla Novelas Ejemplares).

The Dead se rodó en 1987. En ese mismo año murió Huston.

La película transcurre como el paso de un iceberg inmóvil. Cada diálogo, cada gesto, cada mirada, son siempre convencionales, corteses, educados y hasta banales, pero algunas palabras de esos diálogos, algunos gestos, algunas miradas, dejan traslucir el dolor por el paso del tiempo y la felicidad perdida. Suenan en el salón burgués las viejas canciones de amor.

Pero no es de esta puta maravilla de película de lo que quería hablar, sino de su final, del monólogo de Gabriel ya de noche a última hora, cuando todos duermen y fuera cae la nieve.

Gretta, su mujer, duerme después de haber llorado. Una de esas canciones le hizo acordarse de su primer amor, Michael Furey. Por vez primera le habla de él. De su mutua atracción y de esos largos paseos por el campo. Y de su escasa salud debida a sus débiles pulmones.

Le cuenta a Gabriel, su marido, cómo Michael Furey, a pesar de su delicado estado, cuando se enteró de que ella se marchaba a Dublín, corrió hasta el internado en donde ella estaba y, en la fría noche, bajo la nieve, empezó a tirar piedrecitas a su ventana para que se asomara. Estaba abajo, mirando hacia arriba, poco abrigado y tiritando. Ella entre lágrimas le decía que se marchara…

A los pocos días Michael Furey murió.

Después de esta esta cena familiar de Epifanía de 1904, ya solos en la habitación, Gretta le cuenta esta historia de su primer amor a Gabriel, su marido. Después de llorar desconsoladamente -por el tiempo pasado, por Michael Furey, por lo que pudo ser, por él, también por ella…- se queda dormida, mientras él se desviste y mira por la ventana. Está nevando.

Mira ahora a su mujer dormida y se lamenta: “Qué pobre es el papel que he representado en tu vida”

Lo que parecía

Los atracos perfectos solo suceden, y muy de vez en cuando, en las películas. En la vida real siempre surgen inconvenientes e imprevistos. Es más, la vida real no es más que una sucesión de ellos. Así que, hablar de mala suerte, sobra.

A este atracador, a pesar de su escasa y deficiente preparación, sí que parece sobrarle la mala suerte. Debía haber elegido otro lugar con más posibilidades y haber construido con algo más de pericia aquello que iba a esgrimir a modo de amenaza. A pesar de que era noviembre, ese día hacía calor.

Ahora -aunque bastante tarde: ya han pasado siete años de aquello- tendrá que pagar las consecuencias de su mala suerte, de su mala cabeza. Y de que aquello se descuajaringara en el momento clave.

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Veintiún meses de cárcel por robar en una pollería
con una pistola que se le desmontó

El juzgado de lo penal número 2 de Badajoz ha condenado a Juan Carlos V. P. tras ser encontrado culpable del robo cometido el 26 de noviembre de 2006.

Ese día, haciendo uso de un pasamontañas para ocultar su identidad, entró en el establecimiento ‘El Palacio del Pollo Asado’ de la avenida Carolina Coronado y esgrimió «lo que parecía una pistola» ante el empleado del establecimiento mientras lo cogía del pecho y le exigía que le entregara el dinero.

El asalto no llegó a perpetrarse porque el instrumento que portaba se desmontó, momento en el que el delincuente golpeó al empleado y huyó del establecimiento sin apoderarse de efecto alguno.

No deja de ser impactante la imagen de alguien que entra en un asador de pollos con un pasamontañas. Y si ya el tipo parece que esgrime una pistola, pero si te fijas, compruebas que no es una pistola, sino algo -no sé, un tubo, un grifo- que parecía una pistola, ya no eres capaz de discernir si estás ante un atraco o una escena de carnaval a destiempo.

Porque cuando la esgrime como amenaza para que le entreguen el dinero -o tal vez un par de pollos, más bien tostaditos- la pseudopistola o, como bien dice la noticia, el instrumento que portaba, aquello, en definitiva, se desmontó. Todo se vino abajo. Así que, de nuevo, una vez más, tuvo que huir sin poder llevarse nada.

Ahora le han condenado por robo con violencia, y según dice la sentencia, por hacerlo con empleo de medio peligroso, aquello que parecía una pistola y se desmontó en el peor momento. Como aquello que parecía un robo y acabó como una escena ridícula. Como su vida, que se fue al traste hace ya mucho tiempo.

Cuando se desarmó aquello que parecía una pistola, sintió que otra vez volvía a ir todo mal, que el fracaso, de nuevo, otra vez le perseguía, y sintió ya no rabia, sino toda la pena y la desolación posible, allí solo, en mitad de El Palacio del Pollo Asado.

Olivos

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Nudos, oquedades, grietas, fragmentos de corteza desprendidas y las heridas de las podas se acumulan en estos troncos de olivos que contemplan con desdén el paso del tiempo -el paso de centenares de años- casi con la misma imperturbabilidad de las rocas y peñascos cercanos.

Y sin embargo, aun huecos algunos y otros casi petrificados, están llenos de vida. Siguen un impulso antiguo y absurdo que se renueva en cada estación.

Nacimiento y pérdida

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Este año todo en el campo va bastante tardío, con algo más de un mes de retraso. Pero los árboles continúan tranquilos.

Me paro a contemplar (¡obs!) la floración de un granado, ahora tan verde y ya tiznado de rojo intenso por las flores. Empiezan a desperezarse los capullos y de ellos está a punto de salir la flor, protegida como en un estuche que ahora se abre, liberada por fin.

Se abren las flores de manera inconsciente y natural. Son de pétalos leves y muy rojos. Expuestas pero también tranquilas.

Y de la flor nacerá  -algo más tarde este año- el fruto, allá por el otoño. Habrá que esperar.

En la antigua Babilonia, antes de la batalla mascaban los granos de la granada porque estaban convencidos de que eso les hacía invencibles. Yo me conformo con menos.

Entonces, ¿cuándo perdimos nosotros la tranquilidad?

Azar, error, desprecio, descubrimiento

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Azar, error

Ciertos pistilos de ciertas plantas, macerados en agua, son el cuajo vegetal indispensable para que el queso cuaje. Pero, de vez en cuando, por azar, o acaso por error, había algunos que no terminaba de cuajar del todo. Quedaban excesivamente blandos, como si el proceso se hubiera interrumpido, como si se hubieran, por lo que sea, estropeado.

Desprecio

Y esos quesos estropeados se los daban a los pastores o se tiraban al mismo ganado. No eran ni quesos. Como decían, se habían hecho torta. No valían para nada.

Descubrimiento

Pasado el tiempo, alguien, alguna vez, descubrió que eso que comían los pastores untándolo en el pan, tenía un sabor fuerte, un sabor intenso pero también prodigioso. Poco a poco empezaron a preferir esos quesos a medio a hacer. Hasta que se, con el tiempo, convirtió en uno de los quesos más caros del mundo.

Ahora, cuando, por algún motivo, ya sea por azar o por error, el queso cuaja de más y queda duro, dicen que se ha estropeado, que se ha hecho queso.

La culpa -el error que cometían- era de los pistilos de los cardos que utilizaban para elaborar el cuajo vegetal. Evitan que cuaje del todo. Ahora, esos pistilos, son el secreto de su éxito.

Esos cardos (Cynara Cardunculus) que ahora, al final de la primavera, se agolpan al borde de los caminos.

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Este proceso de azar, de error, de desprecio y de descubrimiento final, no sé, me parece una paráfrasis, alegoría o metáfora de algo.

A lo largo de la vida, se repite a menudo. Aunque la mayoría de las veces, sin llegar a la última fase.