Otra excursión al XIII

Me he pasado la vida buscando libros y procurando tenerlos cerca. He leído, incluso, algunos de ellos. Pero lo que nunca se me ocurriría sería alternar con quienes los escriben.

Los escritores, así, en general, nunca me han gustado. Prefiero evitarlos, tenerlos tan lejos como me sea posible, no tener trato con ellos, alejarse, al verlos venir, como de la peste. Justo lo contrario que me pasa con los libros, que si los tengo cerca, parece que estoy más tranquilo. Aunque no los lea.

Sin embargo, la simple presencia de un escritor me pone de los nervios. Siempre -los escritores- te defraudan.

El único que, tal vez, salvaría, el único con el que me iría a tomar unos vinos, sería Gonzalo de Berceo. Ya sé que no tenemos nada que ver, que su visión de las cosas y de la vida es bastante distinta de la mía, y que es, además, bastante improbable un encuentro con él, dada la distancia, no solo física, sino temporal, que nos separa, pero creo que congeniaríamos, de alguna manera, ya delante de la segunda jarra de vino.

No se nos ocurriría hablar de literatura. Y mucho menos de sus manuscritos. Para él, escribir tiene la misma importancia -o trascendencia- que labrar el campo y cuidar una viña. No más.

manos

El otro día, me contó, estuvo hablando con un cantero que estaba esculpiendo en su taller las figuras de un capitel para el claustro, mientras miraba cómo el cincel avanzaba con decisión, pero con delicadeza, de la misma manera, pensó, que él escribía esas vidas de santos, con las hileras contadas de sus versos de rima machacona.

No sé muy bien, al final, de qué estuvimos hablando, pero no nos aburrimos. No teníamos prisa, como la suelen tener los escritores, que siempre parece que les estuvieran esperando en otro sitio.

No es la primera vez que asoma por aquí Gonzalo de Berceo. Lo hice para hablar de dos de sus libros, del Poema de Santa Oria, en el que narra la vida de la santa, y de otro librito catequético, Signos que aparecerán antes del Juicio Final. Así que, ahora, nos volvemos sin ninguna pereza, al siglo XIII.

berceoLa excusa es una nueva lectura de su Vida de Santo Domingo de Silos, una especie de poema épico a lo divino. En lugar del héroe valiente y esforzado, tenemos un santo de extrema virtud; en lugar de hazañas y victorias, tenemos milagros; en lugar de ejército, frailes; en lugar de aplastar infieles, rescata cautivos presos de los moros… Pero el sentido de exaltación y propaganda, es el mismo.

Tiene toda la pinta de ser éste, como todos, un libro escrito por encargo. (Porque del resto, mejor sospechar)

Tampoco a Gonzalo se le caen los anillos cuando utiliza recursos propios de juglares, es más, está orgulloso de escribir en la lengua que hablan a diario sus vecinos. Así, además, las lecturas públicas en voz alta son más divertidas.

Nos cuenta que el santo, antes de entrar en el monasterio, estuvo un tiempo viviendo como un antiguo eremita en el páramo castellano:

andando por los yermos,    por la tierra vazía…

Teniendo todos los sentidos siempre alerta, porque el diablo

…siempre en pos nos anda,    non ha otro mester…

Gonzalo trabaja como un copista libre que, si bien procura seguir al pie de la letra lo que dicen los venerables originales latinos, se permite lujos y licencias que son hoy lo que más le agradecemos. Además, la lengua que utiliza es virgen para la escritura; ha sido él uno de los pocos y uno de los primeros en utilizarla de esa manera, y aunque avanza con dudas, avanza feliz.

Eran los años de la carestía allá por el año 1043 -tiempos difíciles de escasez y hambre, tan cíclicos en la vida de la humanidad- y así nos lo cuenta, como si nos contara lo de ahora:

El año era duro:    toda la gent, coitada;
toda la tierra era    fallida e menguada;
non fallavan manlieva    de pan nin de cevada;
avién por mal pecado    mengua cada posada.

Pero siempre le queda al buen Gonzalo, como acostumbra, todo el sentido común para terminar el libro con un ruego y un deseo:

…salut e tiempos bonos,     pan e vino assaz…

emaus

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