Una belleza egipcia camina con un pájaro en la mano

Ser la puta más famosa, más hermosa y más lujuriosa de Alejandría no estaba al alcance de cualquiera. La ciudad era entonces la capital del mundo conocido y allí llegaban las dulces hetairas de la Tesalia, las cortesanas hebreas de negros tirabuzones y las más exóticas y fibrosas bellezas de Etiopía.

Pero los burgueses, los comerciantes y los marinos disputaban entre ellos, hasta matarse en un callejón, por obtener unos minutos de éxtasis con María de Egipto, la puta más hermosa de toda Alejandría.

Su cuerpo brillaba en las penumbras.

Hasta que un buen día, sin saber muy bien por qué, se unió a un grupo de peregrinos que se había detenido en la ciudad camino de Jerusalén. Al subir al barco le piden el pasaje. No lleva dinero y les ofrece su cuerpo para pasar. No tiene otra cosa. Ellos aceptan.

Ya en Jerusalén comprueba cómo, inexplicablemente, no puede entrar en el templo. Llora sin entender nada hasta que mira una pintura de la Virgen María que hay en la entrada y todo, entonces, le resulta comprensible. Su vida ha cambiado. Emprende su camino de arrepentimiento y penitencia.

Cruza el río Jordán y se adentra en el desierto. Sola, sin ropa ni comida, pasará allí cuarenta y siete años de oración. Recorre sin prisa su camino de santidad.

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Cuando muere, al monje que la descubre ya sin vida, le ayuda un león -que se ha acercado mansamente- a cavar su tumba. Descansa al fin María de Egipto.

Toda esto lo cuenta la Vida de Santa María la Egipciaca, un poemita de la primera mitad del siglo XIII que me acabo de merendar en dos ratos de un par de tardes, mientras comprobaba cómo no entraba ni una brizna de aire por la ventana abierta.

El poema en cuestión no es más que la traducción -o adaptación- al castellano de un original escrito en francés. Tiene el encanto de la imperfección.

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La vida de María fue de un extremo a otro, y ninguno de ellos resulta incompatible, por muy alejados que se encuentren.

Pero prefiero recordarla, entonces, cuando iba de camino, viniera de donde viniera, fuera donde fuera:

En su camino entró María,
que non demandaba companyía:
una aveziella tenie en mano,
assí canta ivierno como verano;
María la tenie grant honor,
porque cada día canta d’amor.

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