En esto de la botánica

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En esto de la botánica -bueno, no solo- ando entre la ignorancia y la confusión.

En lugares poco transitados de estas tierras abundan unos arbolillos que crecen siempre entre las hendiduras de las rocas o al pie de las paredes de piedra. En los sitios más inverosímiles. Son silvestres, no producen nada y por eso son ignorados por los lugareños. Me dijeron que eran charnencas.

Luego, buscando en la red, comprobé que en realidad se llaman charnecas, una variedad de lentisco. Iba avanzando en la identificación pero seguía confundiéndome. (¿Es inevitable confundirse para avanzar?)

Por las descripciones, me di cuenta de que había algo que no cuadraba del todo. Hasta que volviendo a buscar, descubrí que la charneca sí que era una especie de lentisco, pero que, a pesar de que las llamaban así, no era ésta un lentisco, sino un árbol que en otros lugares de la península llaman cornicabra. Pongamos su nombre científico para centrarnos: Pistacia therebinthus.

La confusión viene dada porque además de pertenecer a la misma familia y al mismo género que el lentisco, y de ser muy similares, a menudo se hibridan entre ellos.

El arbolillo emite un fuerte olor, amargo, intenso, a resina. La wiki nos dice que desde la antigüedad era muy apreciado, ya que de él se extraía la esencia de trementina –el primer aguarrás, para entendernos.

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Pero no es esta la única confusión en la que me hallaba. Como las desgracias, nunca vienen solas.

El nombre común de cornicabra proviene de esos cuernos con forma de pequeños y retorcidos pimientos que tienen en el extremo de muchas de sus ramas. Pensé que eran los frutos.

Pero no. Resulta que -descubrí en la red- son unas agallas en forma de cuerno que brotan de sus tallos, y que las forman unos áfidos que habitan en su interior. Son unos pulgones -para seguirnos centrando, vamos a utilizar el nombre científico- que se llaman Baizongia pistaciae.

Acabáramos.

Pero es curioso. A pesar de estas tumoraciones -son hasta bonitas- producidas por estos parásitos, no parece que los árboles plagados de esos cuernecitos estén enfermos. Por lo visto, es casi imposible encontrar un ejemplar que no tenga estas agallas producidas por los pulgones.

A pesar de estos cuernos, el árbol sigue vigoroso y resistente. Es probable, incluso, que la presencia del insecto estimule las defensas de la planta. Entre el amargor resinoso y los pulgones, resultan muy poco apetecibles para los herbívoros.

Y por ahí me los encuentro, entre canchales, ignorados, en lugares aislados, remotos, poco accesibles, por los que apenas pasa gente.

Los veo y prefiero pensar que son frutos.

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