En tiempo de los RR.CC. a 45 r.p.m.

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Estoy hablando de aquellos años en los que todavía los poetas eran músicos. De aquellos años en los que esta larga tradición está a punto de perderse. Adiós juglares, adiós trovadores, adiós minnesänger. Juan del Enzina será uno de los últimos.

Sus canciones son cantadas y escuchadas en todo el reino, tanto en la gran corte de los Reyes Católicos como en las otras pequeñas cortes de la nobleza castellana. Las pesadas telas y los levísimos encajes se rozan veloces mientras las parejas bailan.

En 1492 Juan del Enzina entra al servicio del Duque de Alba como -o algo así como- director de espectáculos de la corte de Alba de Tormes. Escribe para los duques pequeñas églogas teatrales, canciones, música, largos poemas laudatorios… Eran años de alegría y diversión.

En 1519 Enzina se ordena sacerdote para mejor asegurase un buen cargo en el estamento eclesial. Ya va teniendo años. Deja atrás su ya gastada libertad. Pero antes decide marchar en peregrinación a Tierra Santa para cantar su primera misa en Jerusalén. Seguía conservando el sentido del espectáculo y sabía calcular los golpes de efecto.

Después de intrigar en Roma, consigue el cargo de prior de la catedral de León, puesto que ocupa hasta su muerte.

Quedan atrás los tiempos en los que fue el primer poeta que editó un Cancionero -en 1496- solo con obras suyas. Las nuevas ediciones se sucedieron sin parar los años siguientes. Las letras de las canciones procedían casi siempre de coplas populares que Enzina dotaba de cierto empaque y adornaba de polifónicas tonadas.

Algunas de ellas fueron todo un éxito -dentro de los parámetros de la polvorienta escena musical de entonces, claro. Sesudos críticos posteriores le reconocen que supo comprender el encanto de la sencillez. Cada una de sus canciones cabría perfectamente en un microsurco de 45 r.p.m.

Por allí iba -ya entonces- el hombre de negro:

Por unos puertos arriba
de montaña muy escura
caminava el cavallero
lastimado de tristura.

A pesar de decenas y decenas de insustanciales canciones de amor, también, de vez en cuando, deja escapar, cierta sesuda melancolía:

Las cosas que desseamos
tarde o nunca las havemos,
y las que menos queremos
más presto las alcançamos.

Pero dejémonos de historias y démonos prisa:

Ya rebulle la mañana;
aguijemos, qu’es de día…

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