Comparativa (3)

escalera_y_caja

como un autobús de línea vacío haciendo todas las paradas
como un piano boca abajo
como un mimo que se ha quedado afónico
como montar en bicicleta con un sombrero de copa
como un epitafio que no se entendiera muy bien
como un saltimbanqui con reúma
como una silla eléctrica de segunda mano
como la ropa tendida bajo un aguacero
como el viento soplando en un páramo
como un ángel de la guarda sin trabajo
como una casa de campo cerrada tantos años ya
como un corazón envasado al vacío
como una cámara fotográfica enterrada bajo tierra

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Abreojos

En tiempo seco y caluroso desviarte de cualquier camino y aventurarte campo a través con la bicicleta conlleva, por estas tierras, el casi seguro riesgo de pinchar. Unas diminutas semillas secas, redondas y con robustas puntas, se quedan adheridas a la rueda con la suficiente fuerza como para llegar hasta la cámara y fastidiarnos el paseo.

La naturaleza también se defiende.

abrojos

Son abrojos. La planta ya seca ha decidido dejar como rastro estas pequeñas semillas convenientemente acorazadas.

En estos territorios las llaman abreojos, no sé si como deformación de la palabra o como origen etimológico. Acaso se llamen así porque tienes que abrir los ojos para evitarlos, o tal vez es porque si los pisas -especialmente si vas descalzo- abres los ojos.

En los pequeños museos de las pequeñas ciudades suelen elegir una pieza de su colección como pieza del mes, para destacarla y hacerla, por unos días, protagonista. Así, de paso, pretenden llamar la atención, con la descabellada intención de atraer más gente a sus salas.

Hace unos meses, en la pequeña ciudad capital de estas tierras su museo eligió como pieza del mes esto:

abrojo

Es una pequeñísima pieza de bronce del siglo XIV. Un abrojo. O cuando nos decidimos a imitar a la naturaleza.

Se trata de una devastadora arma pasiva, diminuta, barata, fácil de transportar, que no precisa entrenamiento, ni especial pericia, su uso, ni mantenimiento, y muy, muy efectiva. Un arma terrible, convenientemente dispersada, para los soldados a pie, y aún más para los caballos.

Este abrojo se lanzaba sobre el campo de batalla y, al tener cuatro puntas, siempre caía de pie, apoyado sobre tres de esas puntas, quedando una de ellas apuntando hacia arriba, preparada para herir y clavándose inevitablemente en los pies de los soldados y en las pezuñas de los caballos que caían sin remedio. Las heridas eran muy dolorosas. A menudo, además, se infectaban.

En los últimos años del franquismo, los manifestantes y huelguistas, a falta de abrojos, iban cargados de bolsas de garbanzos. Cuando la policía se acercaba preparada para cargar a caballo, derramaban esta leguminosa sobre las calles. Los pobres caballos resbalaban al pisarlos cayendo al suelo y tirando, de paso, al policía que enarbolaba amenazante la porra.

Hoy tan solo se siguen utilizando estos abrojos en ciertos controles policiales formando cadenas que, al desplegarse, se activan para inutilizar los neumáticos de los vehículos que pretenden saltárselos.

Más o menos como me pasó a mí con la bicicleta.

En la parte de atrás del posavasos

brugge

La multitud empezó a rebullir de repente, aún de manera más extraña, más nerviosa, como sacudida por un oleaje sincopado. Las voces, los gritos, algunos cánticos inoportunos, el tintineo de cascabeles y los golpes de varas contra el suelo, llenaban por completo -ahuyentado los pájaros de los aleros y los tejados- el cielo azul de esa mañana de sol.

Se había corrido la voz de que el emperador estaba a punto de llegar, que estaba ya a menos de una legua de la ciudad, y el rugido de esta estrafalaria -y como poseída- multitud crecía hasta hacerse insoportable.

El emperador Maximiliano de Austria, que recientemente se había anexionado Flandes, se encontraba de camino e iba a pasar en la ciudad una mañana. Había que recibirle como se merecía, a pesar del odio -manifiesto y soterrado- que le tenían sus habitantes, ahogados por los impuestos y, lo que era peor, sojuzgados de manera injusta por leyes y soldados extranjeros.

Pero venía el emperador y había que recibirle como se merecía.

No había casi tiempo y la gente, aunque se le obligase a salir de sus casas, iba a agolparse con escaso y falso júbilo. Uno de los más notables burgueses de la ciudad tuvo una idea. “¿Y si abrimos las puertas de todos los asilos y manicomios de la ciudad y de los contornos para que acudan a recibir, como se merece, al emperador?” El ruido, la alegría y el júbilo iban a estar asegurados.

El resto de los notables de la villa se miraron unos a otros con complicidad hasta que terminaron por atronar la sala del consistorio con sus carcajadas.

stultorum

Y aquí tenemos al emperador -sorprendido, halagado, sonriente, digno, al trote, saludando, extrañado, asombrado, alucinado, inquieto- haciendo su entrada en la muy noble y -más o menos- leal ciudad de Brujas.

Nunca en su vida había tenido un recibimiento tan intenso, tan real y tan estrambótico. Ni siquiera sabía si estaba encantado con tanto y tan excesivo entusiasmo hacia su persona. Resultaba algo inquietante. Los burgueses que le recibieron en el ayuntamiento estaban también un poco asustados.

Cuando entre las diversas peticiones que le hicieron, le recordaron su promesa de construir un nuevo asilo, más grande, el emperador les interrumpió diciendo: “¿Cómo? ¿Un nuevo asilo? Solo tienen que cerrar las puertas de la ciudad. Hoy no he visto más que locos. Brujas entera es un manicomio”.

Desde entonces, a los habitantes de Brujas también se les conoce como Brugse Zotten, algo así como los Locos de Brujas. El bufón-saltimbanqui-arlequín-joker que aparece en la etiqueta de la cerveza Brugse Zot, se escapó de aquella fiesta del emperador para quedarse con nosotros unos años más.

(Es curioso. La palabra zot tiene el mismo origen y significado que la nuestra zote: tonto, lerdo, ignorante, torpe, pero que disfruta mucho en los desfiles)

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Y aquí estamos ahora tomándonos una Brugse Zot mientras leemos esta historia -bastante más resumida, claro- de locos y emperadores en la parte de atrás del posavasos.

No es que tenga gran cuerpo, al contrario, pero por eso mismo es de trago largo, y se agradece en tiempo de calor o cuando se tiene sed, como me pasa ahora. El color es dorado, casi excesivamente dorado, y brillante. Las burbujas suben que da gusto mientras observamos el rastro, como de encaje, en las paredes de la copa.

Se puede distinguir un sabor a frutas, pero deliciosamente ácido a la vez. Sin llegar a ser muy amarga. Afortunadamente deja, al final, un sabor seco.

Aunque los orígenes de la cervecería que la elabora datan del siglo XIX, no se puede comparar esta rubia con otras cervezas belgas de más enjundia. Aunque eso sí, es la única que se sigue fabricando dentro de la misma ciudad de Brujas.

Dicen que su antecesora estaba situada a escasos metros de uno de los asilos de la ciudad. Cuando se inauguró y dio salida a sus primeros barriles, sus primeros clientes fueron los internos del manicomio.

brugse_zot

Más diálogos de entretiempo cada vez más a destiempo (6)

cervezas

 

-¿No has vuelto a saber nada de ella?
-No. Aunque en realidad nunca supe nada de ella.

 

-Tendré que hacer algo.
-Podías empezar por quitarte las telarañas.

 

-¿Qué necesitas?
-Nada.
-Ese nada ha sonado muy poco convincente.

 

-Dios ha muerto.
-Y ¿qué dice su testamento? ¿A quién ha dejado todo esto?

 

-¿Tiene sentido, a estas alturas, volver a las andadas?
-No. Ninguno.
-Pues volvamos entonces.

 

-Adiós.
-Adiós. Nos vemos mañana. Y en el caso de que se acabara el mundo, pues pasado mañana.

Novedades discográficas (2)

robert_wyatt_68

Acaban de editar ’68, un disco que reúne cuatro demos que Robert Wyatt grabó en el último tercio de aquel año en algún lugar de California. Aquel lejano año interminable que aún dura.

Las grabó cuando ya había decidido abandonar su grupo después de una intensa gira por los EE.UU. Cuatro jóvenes británicos que, bajo el nombre de Soft Machine, estaban a punto de tocar el cielo.

Se empezaban a abrir camino con su extraña música que no tenía reparos en incorporar la psicodelia más ácida y el jazz más free al extenuado rock. Así, cada canción se convertía en un artefacto fascinante. Rebotaban en las paredes de nuestro cerebro como una pelota de goma.

Fue entonces cuando les llamaron para irse al otro lado del charco para telonear a The Jimi Hendrix Expierence. La gira fue extenuante. Y al terminar, Robert Wyatt decide abandonar el grupo.

Es en esos meses sobrantes, antes de regresar a las islas, cuando graba, a salto de mata, en las horas muertas de los estudios, algunas demos. Un piano, una batería, un órgano… Es música libre para oídos libres que saben permanecer abiertos.

Esas canciones fueron grabadas sin pretensiones en 1968 y sobrevuelan ahora levemente como si trazaran el vuelo de una mariposa, enroscándose en nuestro interior, como si unieran algo con algo.

El mismo Robert se encargaba de tocar todos los instrumentos. Un piano, una batería, un órgano…  Aunque en ocasiones echaba mano de los amigos.

En esta canción del vídeo es Jimi Hendrix quien toca el bajo. Un poco torpemente, porque lo hace con la derecha.

http://vimeo.com/60377218

Voy a tirar la basura

Ahora resulta que la frase que pronunciamos cada noche mientras nos ponemos cualquier cosa que nos permita salir a la calle de una manera medio decente: “Voy a tirar la basura”, tiene no solo un sentido literal, sino otro más profundo y hasta metafórico.

Porque cuando nos ponemos, después, el pijama -o nos quitamos lo que llevamos puesto (que no era suficiente para salir a la calle, pero que ahora sobra)- para meternos en la cama, también vamos a tirar la basura. Si conseguimos conciliar un sueño tranquilo y reparador, que esa es otra.

Esto venía el otro día en el periódico:

sueño

Un estudio llevado a cabo por un equipo de investigadores dirigidos por el codirector del Centro de Neuromedicina Traslacional del Centro Médico de la Universidad de Rochester, en Nueva York, ha descubierto un sistema que elimina residuos del cerebro, y que dicho sistema actúa con mayor efectividad y rendimiento mientras dormimos.

Maiken Nedergaard, el codirector de todo aquello de nombre tan largo, ha declarado que “la naturaleza reparadora del sueño parece ser el resultado de la liquidación activa de los subproductos de la actividad neuronal que se acumulan durante la vigilia”.

Me encanta cómo se explican los codirectores. Así, de esta manera, cuando tiramos la basura, no tiramos la basura, estamos llevando a cabo la liquidación activa de los subproductos de la actividad diaria que se acumulan en el cubo de la basura durante el día. Queda mejor así.

Otro tema -algo más peliagudo- sería el de la definición exacta de cuáles serían esos subproductos generados por la actividad neuronal que acumulamos mientras estamos despiertos. Porque ¿cómo distinguir un subproducto de los otros que no son sub? ¿Qué podemos hacer para no generarlos? ¿Por qué hay días, semanas enteras, en las que no generamos más que subproductos?

Y, ¿qué ocurre cuando se han generado cantidades ingentes de subproductos debido a una incansable -y bastante estúpida- actividad neuronal y luego no hay manera de conciliar el sueño, o se concilia malamente, y así no hay forma de que se ponga en marcha de una vez ese sistema que los elimina?

La sensación al día siguiente, entonces, es la misma que cuando te levantas por la mañana y no recordabas que aún continúa esa maldita y prolongada huelga de recogida de basuras en la ciudad; pero ahí siguen para recordártelo, delante de casa, los cubos rebosantes de basura de varios días sin recoger.

science

Además, el estudio en cuestión -que ha publicado la revista Science– continúa explicándonos que durante el sueño, las células del cerebro se reducen de tamaño. (Tal vez esto explique lo que, a menudo, ocurre en las camas cuando coinciden en ellas más de una persona a la vez. Aunque esto es otra historia y creo que no viene al caso)

El hecho es que esa reducción del tamaño de las células del cerebro-según los autores de estudio dirigidos por el codirector- permite desechar los residuos con mayor eficacia.

Gracias a la avanzada microscopía de dos fotones, los investigadores han podido observar en ratones -porque según ellos, sus cerebros (los de los ratones) son muy similares a los de los seres humanos (puedo dar fe de ello: conozco algunos casos de similitudes asombrosas)- una especie de sistema de tuberías, parecidas a los vasos sanguíneos del cerebro y a las bombas de líquido cefalorraquídeo, que se despliegan en los tejidos del cerebro.

Es a través de este sistema de tuberías por donde se purgan los residuos del sistema circulatorio -si consigues dormir, claro. Lo más sorprendente es que, una vez eliminados, finalmente hacen su camino hacia el sistema de circulación general de la sangre y, en última instancia, el hígado.

Bueno, les dejo. Voy a tomarme algo. Pobre hígado.