El valle de oro

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Como estaba llorando, no veía bien. El sol brillaba sobre el agua, pero no con tanta fuerza -pensó- como para hacerla moverse. Y sin embargo, muy cerca de la orilla, la superficie se estaba agitando de una manera extraña.

Se secó los ojos, sin dejar de olvidar por un momento la pena inmensa que la consumía y que ahora era aún mayor. Un corazón roto puede hacerse más pedazos. Esa mañana había perdido su anillo nupcial, el más íntimo tesoro que le quedaba de su marido, muerto, tan joven, hace unos meses en las Cruzadas. Ahora ella, la condesa Mathilde, por nacimiento duquesa de la Toscana, era quien reinaba en esas tierras valonas.

Pero había perdido su anillo.

Estaba desesperada. Comenzó a rezar a la Virgen María con todo el fervor del que era capaz. Al cabo, empezó a removerse el agua de la fuente junto a la que estaba sentada. Y no era por culpa del sol o de las lágrimas. Era una trucha que asomaba la cabeza, una trucha que llevaba, sí, el anillo de la condesa en la boca.

Ella se acercó temblando y lo recuperó. Volvió el anillo a su dedo y lloró entre risas, agradecida a la Virgen, a la trucha y a ese sol que doraba todo el valle. Era un valle de oro. El pez desapareció inadvertidamente y la lámina de agua de la fuente volvió a quedar en calma.

Orval

Hoy solo quedan los restos de la antigua abadía que se fundó por aquellos años de finales del siglo XI y principios del XII. Pero el monasterio, que fue expoliado y destruido durante la Revolución Francesa, fue recuperado y construido de nuevo en los años veinte del siglo pasado. La orden cisterciense volvió a hacerse cargo del lugar.

Decidieron los monjes, con la intención de ser autosuficientes y poder así mantener la abadía, reemprender la secular fabricación de cerveza en el propio monasterio. Y lo hacen siguiendo las más estrictas normas de pureza. El agua con que la elaboran es la misma que la que mana en la fuente de la condesa Mathilde. El nombre del monasterio, y el de la cerveza que elaboran allí, hace referencia al valle de oro y tiene como símbolo la trucha y el anillo.

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Es una cerveza extraña y auténtica. No es fácil. Es muy aromática pero con un sabor muy seco, oxidado, casi áspero, hasta que empezamos a discernir un montón de deliciosos y sorprendentes matices que aniquilaríamos si la bebemos muy fría. Sería un pecado hacerlo así. Ofrece tal complejidad que, además de la temperatura precisa -entre 12° y 14°-, requiere respeto y paciencia poder apreciarla, como casi todo lo relacionado con la vida monacal.

Es elegante y turbia.

De vuelta a casa persiste su recuerdo. Un amargor fresco, como de hierba y de frutas lo suficientemente amargas, aún dura en mi boca. Ya de noche cerrada, camino despacio pensando en los milagros, en las leyendas y en el paso del tiempo. Creo que hoy voy a ser capaz de introducir la llave a la primera.

Buenas noches.

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