Una vuelta

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El otro día salí a dar una vuelta. Como todos los días. Como he hecho miles de veces. Una vuelta por ahí, sin rumbo y sin objetivo. Cuando ando, todo fluye y todo parece estar dentro de un sueño. Las calles, los edificios, la gente, los coches, las tiendas. Un sueño anodino y agradable.

Como Madrid está empezando a parecerse a una ciudad del siglo XIX, con todos los inconvenientes y suciedades propias de una ciudad del siglo XIX, y sin ninguno de los encantos que tenían las ciudades en el siglo XIX, me acordé de esa figura tan moderna en el siglo XIX que recibió, entre los snobs y los pseudointelectuales del mismo siglo XIX, el nombre de flâneur.

Ya en casa acudí, como el que, ante cualquier primera molestia, echa mano de la caja de aspirinas, a la wikipedia:

El término flâneur procede del francés, y significa ‘paseante’, ‘callejero’. La palabra flânerie (‘callejeo’, ‘vagabundeo’) se refiere a la actividad propia del flâneur: vagar por las calles, callejear sin rumbo, sin objetivo, abierto a todas las vicisitudes y las impresiones que le salen al paso.

También añade algo relativo a sus rasgos, que son los propios de un personaje indolente, un explorador urbano no demasiado intrépido, aunque lo suficientemente curtido en la calle. Así que pasear, o más concretamente, perder el tiempo en la calle, también podía ser un acto creativo, casi artístico. Y practicarlo a diario, una especie de filosofía de la vida.

Los intelectuales de la época -continúa contando la wiki- consideraban que este callejeo sin un objetivo concreto era, sin embargo, lo más opuesto a no hacer nada, que este aparente holgazanear estaba producido por una inquietud, que este deambular era la mejor -y acaso- única manera de aprehender la compleja realidad de la ciudad y sus habitantes.

No es solo un simple acto físico de pasear, sino que es una manera filosófica de ver y de pensar -mientras se anda- que implica un proceso de aprendizaje y desemboca en un descubrimiento. Un proceso de aprendizaje y un descubrimiento continuos, que nunca se acaban. Este deambular, para ellos, es casi un arte.

Yo, que lo llevo practicando un montón de años, no diría tanto.

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Así que no sé a qué viene todo esto. Tampoco es cuestión de plantearse tantas historias. Es simplemente -solo- salir a dar una vuelta. No hay más. Y está bien así.

Aunque lo que sí es cierto es que Madrid se ha convertido, definitivamente, en una ciudad fea, sucia, triste y crispada.

Y también que -menos mal- sus calles me siguen pareciendo un familiar y extraño galimatías, un embrollo que no pretendo en ningún caso desenredar, sino simplemente recorrer, perdiéndome en él sin prisa.

Salgo a dar una vuelta y es como si anduviera por calles de una ciudad que conozco demasiado bien en las que no he estado nunca.

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