En la parte de atrás del posavasos

brugge

La multitud empezó a rebullir de repente, aún de manera más extraña, más nerviosa, como sacudida por un oleaje sincopado. Las voces, los gritos, algunos cánticos inoportunos, el tintineo de cascabeles y los golpes de varas contra el suelo, llenaban por completo -ahuyentado los pájaros de los aleros y los tejados- el cielo azul de esa mañana de sol.

Se había corrido la voz de que el emperador estaba a punto de llegar, que estaba ya a menos de una legua de la ciudad, y el rugido de esta estrafalaria -y como poseída- multitud crecía hasta hacerse insoportable.

El emperador Maximiliano de Austria, que recientemente se había anexionado Flandes, se encontraba de camino e iba a pasar en la ciudad una mañana. Había que recibirle como se merecía, a pesar del odio -manifiesto y soterrado- que le tenían sus habitantes, ahogados por los impuestos y, lo que era peor, sojuzgados de manera injusta por leyes y soldados extranjeros.

Pero venía el emperador y había que recibirle como se merecía.

No había casi tiempo y la gente, aunque se le obligase a salir de sus casas, iba a agolparse con escaso y falso júbilo. Uno de los más notables burgueses de la ciudad tuvo una idea. “¿Y si abrimos las puertas de todos los asilos y manicomios de la ciudad y de los contornos para que acudan a recibir, como se merece, al emperador?” El ruido, la alegría y el júbilo iban a estar asegurados.

El resto de los notables de la villa se miraron unos a otros con complicidad hasta que terminaron por atronar la sala del consistorio con sus carcajadas.

stultorum

Y aquí tenemos al emperador -sorprendido, halagado, sonriente, digno, al trote, saludando, extrañado, asombrado, alucinado, inquieto- haciendo su entrada en la muy noble y -más o menos- leal ciudad de Brujas.

Nunca en su vida había tenido un recibimiento tan intenso, tan real y tan estrambótico. Ni siquiera sabía si estaba encantado con tanto y tan excesivo entusiasmo hacia su persona. Resultaba algo inquietante. Los burgueses que le recibieron en el ayuntamiento estaban también un poco asustados.

Cuando entre las diversas peticiones que le hicieron, le recordaron su promesa de construir un nuevo asilo, más grande, el emperador les interrumpió diciendo: “¿Cómo? ¿Un nuevo asilo? Solo tienen que cerrar las puertas de la ciudad. Hoy no he visto más que locos. Brujas entera es un manicomio”.

Desde entonces, a los habitantes de Brujas también se les conoce como Brugse Zotten, algo así como los Locos de Brujas. El bufón-saltimbanqui-arlequín-joker que aparece en la etiqueta de la cerveza Brugse Zot, se escapó de aquella fiesta del emperador para quedarse con nosotros unos años más.

(Es curioso. La palabra zot tiene el mismo origen y significado que la nuestra zote: tonto, lerdo, ignorante, torpe, pero que disfruta mucho en los desfiles)

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Y aquí estamos ahora tomándonos una Brugse Zot mientras leemos esta historia -bastante más resumida, claro- de locos y emperadores en la parte de atrás del posavasos.

No es que tenga gran cuerpo, al contrario, pero por eso mismo es de trago largo, y se agradece en tiempo de calor o cuando se tiene sed, como me pasa ahora. El color es dorado, casi excesivamente dorado, y brillante. Las burbujas suben que da gusto mientras observamos el rastro, como de encaje, en las paredes de la copa.

Se puede distinguir un sabor a frutas, pero deliciosamente ácido a la vez. Sin llegar a ser muy amarga. Afortunadamente deja, al final, un sabor seco.

Aunque los orígenes de la cervecería que la elabora datan del siglo XIX, no se puede comparar esta rubia con otras cervezas belgas de más enjundia. Aunque eso sí, es la única que se sigue fabricando dentro de la misma ciudad de Brujas.

Dicen que su antecesora estaba situada a escasos metros de uno de los asilos de la ciudad. Cuando se inauguró y dio salida a sus primeros barriles, sus primeros clientes fueron los internos del manicomio.

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